Contempladores

El Reino de Dios se instaura con la Segunda Venida de Jesucristo

Capítulo 8: El Juicio Final Y El Reino De Dios Eterno

Indice general del libro


Capítulo 1: Los dogmas de fe católica sobre la Segunda Venida de jesucristo
Capítulo 2: La interpretación de las profecías mesiánicas del Antiguo Testamento
Capítulo 3: Los acontecimientos precursores de la Segunda Venida de Cristo
Capítulo 4: El surgimiento de la Gran Babilonia
Capítulo 5: El Juicio de Dios
Capítulo 6: Primera Fase del Juicio: el tiempo de la advertencia o de las 7 trompetas
Capítulo 7: La Segunda Fase del Juicio: el tiempo de la ira de Dios o de las 7 Copas
Capítulo 8: La materia del juicio de Cristo a la Iglesia
Capítulo 9: La Parusía del Señor
Capítulo 10: La instauración del Reino de Dios
Capítulo 11: El Juicio Final y el Reino de Dios eterno
Epílogo

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Capítulo 11: El Juicio Final y el Reino de Dios eterno


  A) La vida en el Reino de Dios terrenal
  B) El destino de los que mueren en este Reino Terrenal
  C) La suelta de Satanás y la batalla final
  D) El Juicio Final Universal
  E) El descenso de la Nueva Jerusalén Celestial
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A) La vida en el Reino de Dios terrenal.

No encontramos en el Nuevo Testamento descripciones sobre la vida en el Reino terrenal de Dios, pero donde encontramos numerosas alusiones a ella es en el Antiguo Testamento, con las descripciones proféticas de los tiempos mesiánicos.

Todos estos pasajes de los profetas han presentado y siguen presentando una enorme dificultad para los exégetas católicos, que se ven en figurillas para acomodar los sucesos que se describen, que indudablemente pertenecen al orden terrenal, al concepto que usualmente se sostiene, en el sentido que con la segunda Venida de Jesucristo queda inaugurado un único y eterno Reino celestial poblado por toda la humanidad redimida y resucitada.

En cambio, es de una sencillez extrema la interpretación de estas mismas escenas proféticas cuando las referimos al Reino de Dios terrenal o Reino Milenario que hemos venido describiendo, considerando por supuesto que el pueblo de Dios del que se habla es el Nuevo Israel, o nuevo pueblo de Dios, conformado por la Iglesia.

Las profecías que encontramos abren un panorama diáfano y lleno de esperanza, haciéndonos pensar que el deseo de un mundo mejor, donde imperan la paz y la justicia, no es una utopía descabellada nacida de mentes que se encuentran fuera de la realidad, sino que es algo muy concreto que Jesucristo quiere regalar a su Iglesia y a todos los hombres de la tierra.

Nos asomaremos ahora a algunas de estas visiones proféticas, aplicables sin duda al Reino de Dios terrenal:

Isaías 65, 19-25: “Me regocijaré por Jerusalén y me alegraré por mi pueblo, sin que se oiga allí jamás lloro ni quejido. No habrá allí jamás niño que viva pocos días, o viejo que no llene sus días, pues morir joven será morir a los cien años, y el que no alcance los cien años será porque está maldito. Edificarán casas y las habitarán, plantarán viñas y comerán su fruto.
No edificarán para que otro habite, no plantarán para que otro coma, pues cuanto vive un árbol vivirá mi pueblo, y mis elegidos disfrutarán del trabajo de sus manos. No se fatigarán en vano ni tendrán hijos para sobresalto, pues serán raza bendita de Yahveh ellos y sus retoños con ellos.
Antes que me llamen, yo responderé; aún estarán hablando, y yo les escucharé. Lobo y cordero pacerán a una, el león comerá paja como el buey, y la serpiente se alimentará de polvo, no harán más daño ni perjuicio en todo mi santo monte - dice Yahveh.”

Habrá larga vida, ya que se alcanzarán fácilmente los cien años, algo muy raro en la época de Isaías, pero que ahora sabemos que es perfectamente posible. En la mentalidad de la época también significa que no habrá ni violencia ni guerras, ni tampoco hambre y pobreza, todas causas principales de las muertes prematuras.

No habrá trabajos y ocupaciones donde el beneficio sea solamente para unos pocos poderosos, sino que cada persona disfrutará de su propio esfuerzo, que le proveerá una vivienda digna y el alimento necesario. Los hijos serán realmente una bendición, porque todo será esperanza para ellos, ya que los acompañará siempre la bendición de Dios. Hasta la naturaleza y los animales acompañarán de alguna manera la paz y armonía que existirá en toda la creación.

Isaías 11, 5-9: “Justicia será el ceñidor de su cintura, verdad el cinturón de sus flancos. Serán vecinos el lobo y el cordero, y el leopardo se echará con el cabrito, el novillo y el cachorro pacerán juntos, y un niño pequeño los conducirá. La vaca y la osa pacerán, juntas acostarán sus crías, el león, como los bueyes, comerá paja. Hurgará el niño de pecho en el agujero del áspid, y en la hura de la víbora el recién destetado meterá la mano. Nadie hará daño, nadie hará mal en todo mi santo Monte, porque la tierra estará llena de conocimiento de Yahveh, como cubren las aguas el mar.”

Se presenta aquí la imagen de una paz paradisíaca, donde la armonía entre el hombre y sus semejantes, y la del hombre con la naturaleza, rota por la rebelión de la criatura contra Dios, es restablecida. Son la paz y la justicia mesiánicas, cantadas también por el salmista: “Amor y Verdad se han dado cita, Justicia y Paz se abrazan, la verdad brotará de la tierra y de los cielos se asumirá la justicia.” (Salmo 85, 11-12).

Ezequiel 36, 8-14: “Y vosotros, montes de Israel, vais a echar vuestras ramas y a producir vuestros frutos para mi pueblo Israel, porque está a punto de volver. Sí, heme aquí por vosotros, a vosotros me vuelvo, vais a ser cultivados y sembrados. Yo multiplicaré sobre vosotros los hombres, la casa de Israel entera. Las ciudades serán habitadas y las ruinas reconstruidas.
Multiplicaré en vosotros hombres y bestias, y serán numerosos y fecundos. Os repoblaré como antaño, mejoraré vuestra condición precedente, y sabréis que yo soy Yahveh. Haré que circulen por vosotros los hombres, mi pueblo Israel. Tomarán posesión de ti, y tu serás su heredad, y no volverás a privarles de sus hijos. Así dice el Señor Yahveh: Porque se ha dicho de ti que devoras a los hombres y que has privado a tu nación de hijos, por eso, ya no devorarás más hombres, ni volverás a privar de hijos a tu nación, oráculo del Señor Yahveh.”

La tierra ya no será hostil como lo fue durante la gran tribulación, con todos los terremotos y catástrofes naturales, que deben permanecer todavía como un recuerdo fresco en los atemorizados sobrevivientes, sino que todo será propicio para que haya frutos abundantes y la naturaleza brinde a los hombres la fecundidad de su suelo.
Las ciudades derruidas serán pobladas nuevamente, y poco a poco se reedificará lo perdido en la destrucción, aunque sin duda todo será de alguna manera diferente.

Amós 9, 13-15: “He aquí que vienen días - oráculo de Yahveh - en que el arador empalmará con el segador y el pisador de la uva con el sembrador; destilarán vino los montes y todas las colinas se derretirán. Entonces haré volver a los deportados de mi pueblo Israel; reconstruirán las ciudades devastadas, y habitarán en ellas, plantarán viñas y beberán su vino, harán huertas y comerán sus frutos. Yo los plantaré en su suelo y no serán arrancados nunca más del suelo que yo les di, dice Yahveh, tu Dios.”

Aquí también encontramos la figura de la reconstrucción de todo lo devastado, y que cada hombre recibirá el fruto de su trabajo y no será injustamente despojado de él.

El trasfondo de todas estas profecías es que finalmente los habitantes del Reino Mesiánico poseerán la tierra, es decir, ya no habrá explotación del hombre por el hombre, y todos tendrán lo necesario para una vida digna como hijos de Dios.

Necesariamente estas imágenes proféticas hacen resonar en nuestra memoria la descripción de la primera comunidad cristiana que encontramos en los Hechos de los Apóstoles:

Hechos 2, 42-47: “Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones. El temor se apoderaba de todos, pues los apóstoles realizaban muchos prodigios y señales. Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno.Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón. Alababan a Dios y gozaban de la simpatía de todo el pueblo. El Señor agregaba cada día a la comunidad a los que se habían de salvar.”

Hechos 4, 32-37: “La multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma. Nadie llamaba suyos a sus bienes, sino que todo era en común entre ellos. Los apóstoles daban testimonio con gran poder de la resurrección del Señor Jesús.
Y gozaban todos de gran simpatía. No había entre ellos ningún necesitado, porque todos los que poseían campos o casas los vendían, traían el importe de la venta, y lo ponían a los pies de los apóstoles, y se repartía a cada uno según su necesidad. José, llamado por los apóstoles Bernabé (que significa: "hijo de la exhortación"), levita y originario de Chipre, tenía un campo; lo vendió, trajo el dinero y lo puso a los pies de los apóstoles.”

No es mucho más lo que podemos encontrar en las Escrituras sobre el Reino de paz que instaurará el Mesías, pero es suficiente para permitir que nos asomemos a este tiempo de inigualable paz, justicia y caridad, donde la santidad florecerá y el nombre de Dios será ensalzado para la alabanza de su gloria.

B) El destino de los que mueren en este Reino terrenal.

Hemos visto que con la Parusía de Cristo se produce la resurrección de los santos, que junto con el Señor reinan en la Jerusalén celestial. Como veremos en el punto “D” de este capítulo, el Apocalipsis sitúa la resurrección del resto de los muertos al momento del Juicio Final, en el tiempo del fin del mundo.

Evidentemente las almas de estos muertos estarán mientras tanto en dos lugares o estados, según como se lo quiera considerar:

*Los que se salvarán, en el Purgatorio.
*Los condenados, en el Infierno.

Esta es la situación que encontramos al inicio del Reino de Dios terrenal. Pero a medida que transcurra su historia, los hombres morirán, y, de acuerdo a lo estudiado hasta ahora, podemos plantearnos las siguientes hipótesis sobre su destino después de la muerte:

a) Los santos arrebatados que volvieron con Cristo a la tierra en la Parusía:

Vimos que existen razones muy claras para pensar que estos santos fueron confirmados en gracia, es decir, ya no se condenarán, porque no caerán en pecado mortal. En el caso que mueran sin pecados ni culpas para purgar, es lógico pensar que irán directamente al cielo, por lo que deberían recibir la resurrección en forma inmediata, ya que la Jerusalén celestial ya será un Reino compuesto solamente por resucitados.

b) Los santos que surgirán en el Reino de Dios terrenal:

El resto de los santos, tanto los que hayan alcanzado esta meta por su constancia en las tribulaciones de los tiempos del fin, como los que llegarán a la perfección cristiana durante el Reino Milenial, también sería lógico pensar que, a su muerte, deberían ir al cielo viviendo su inmediata resurrección (no confundir este supuesto con las teorías modernas de los protestantes que niegan, en la actual etapa de la Iglesia previa a la Parusía, la escatología intermedia del alma separada, afirmando que para cada hombre la resurrección sucede en el momento de la propia muerte).

c) Los que mueran en gracia de Dios:

En cambio, los que lleguen a la muerte estando en gracia, pero imperfectamente purificados, deberán pasar por la necesaria purificación antes de poder entrar al cielo, por lo que su destino, al menos temporario, debería resultar el Purgatorio. En este caso podrían existir dos posibilidades distintas:

*Las almas permanecerían en el Purgatorio hasta el momento del Juicio Final, de la misma manera que estarían las almas de los muertos que no tomaron parte de la primera resurrección.

*Las almas saldrían del Purgatorio una vez completada su purificación, y al ir al cielo deberían recibir la inmediata resurrección.

Esta última alternativa parecería ser la más acertada, ya que sabemos que existe la doctrina de orar por las almas del Purgatorio y ofrecer sufragios por ellas, a fin de que se complete cuanto antes posible su purificación. Es decir, la mayoría de los teólogos admiten que la duración de las penas del Purgatorio es distinta, ya que el reato contraído por cada alma es diferente.

Indudablemente hay todavía mucho por discernir y estudiar en toda esta cuestión, por lo que no vamos a ir más allá de esta síntesis orientativa.

C) La suelta de Satanás y la batalla final.

El Libro del Apocalipsis, al culminar el famoso Capítulo XX, nos sigue describiendo los acontecimientos que sucederán a la instauración del Reino milenario de Cristo en la tierra:

Apocalipsis 20, 7-10: “Cuando se terminen los mil años, será Satanás soltado de su prisión y saldrá a seducir a las naciones de los cuatro extremos de la tierra, a Gog y a Magog, y a reunirlos para la guerra, numerosos como la arena del mar. Subieron por toda la anchura de la tierra y cercaron el campamento de los santos y de la Ciudad amada. Pero bajó fuego del cielo y los devoró. Y el Diablo, su seductor, fue arrojado al lago de fuego y azufre, donde están también la Bestia y el falso profeta, y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos.”

En estos cuatro versículos de apretadísima intensidad, vemos los acontecimientos que ocurrirán al finalizar el período simbólico de “mil años”. Habrá un acontecimiento estremecedor: el Adversario del hombre, Satanás, será soltado de la prisión a la que había sido arrojado lleno de cadenas por un Ángel poderoso (20,1-3).

Misteriosa y pavorosa revelación, que produce un frío mortal al aceptar la posibilidad de su realización, ya que es como un temible estruendo que estremece la calma y la paz imperante en el Reino de Dios terrenal. Volverá a surgir la tentación diabólica entre los hombres, quizás ayudada por un tiempo en que la fe cristiana habrá comenzado a enfriarse nuevamente, estando ya muy lejos en la historia y en la memoria lo sucedido en la Parusía del Señor.

Esta seducción de Satanás a los pueblos para volver a formar un ejército con el cual enfrentar a los santos y a la ciudad amada Jerusalén (la Iglesia), está dirigida específicamente a dos pueblos denominados “Gog” y “Magog”, que representan a los reinos y pueblos anticristianos.

Encontramos una fuente bíblica muy clara de este texto, en el pasaje de los capítulos 38 y 39 de Ezequiel. El profeta ha planteado en los capítulos anteriores la visión de la restauración de Israel, que estaba como muerta, con sus huesos secos expuestos al sol, reviviendo y levantándose.

Además profetiza la unión de todo el pueblo de Dios, Israel y Judá, es decir, de las doce tribus que componen el Israel completo. Tendrán un solo rey, el Mesías descendiente de David, que será su único Pastor, quien establecerá una alianza de paz eterna con ese pueblo. Veamos la profecía:

Ezequiel 38, 1-8: “Fuéme dirigida la palabra de Yahveh en estos términos: Hijo de hombre, dirige tu rostro contra Gog, la tierra de Magog, príncipe de Rosca, Mosco y Tubal; y profetiza contra él: Dirás: Así dice Yahveh, el Señor: Heme aquí contra ti, oh Gog, príncipe de Rosca, mosco y Tubal. Yo te haré dar vueltas y pondré garfios en tus quijadas; te sacaré fuera, juntamente con tu ejército, caballos y jinetes, todos magníficamente armados, un gentío inmenso, que llevan paveses y escudos y manejan todos la espada.
Persas, etíopes y libios estarán con ellos, todos con escudos y yelmos. Gómer y todas sus tropas, la casa de Togormá, y los de las partes extremas del norte, con todas sus tropas, muchos pueblos serán tus aliados. ¡Aparéjate y prepárate, tú y todo tu gentío, reunido en derredor de ti; se tú su jefe! Al cabo de muchos días recibirás el mando, y en los años postreros marchará contra una nación salvada de entre muchos pueblos sobre las montañas de Israel desoladas por muchísimo tiempo; una nación sacada de entre los pueblos y que habita toda entera en paz.”

Gog es un príncipe que comanda un ejército inmenso y bien equipado y entrenado dispuesto para la destrucción, pero que no tiene la permisión divina para obrar, su accionar se encuentra impedido (“pondré garfios en tus quijadas”). Esta situación recuerda claramente el período en que Satanás está encadenado e impedido de actuar durante el milenio.

La existencia de la Iglesia del reino Milenial es descripta certeramente en esta profecía: “una nación sacada de entre los pueblos y que habita toda entera en paz” Será al fin del mundo que estas fuerzas enemigas de los santos serán soltadas: “al cabo de muchos días” y “en los años postreros marcharás contra una nación salvada de la espada”. Esa será la orden que Dios le dará a Gog:

Ezequiel 38, 14-16: “Por eso, profetiza, hijo de hombre, y di a Gog: Así dice Yahveh, el Señor: En aquel día, cuando Israel mi pueblo habite en paz tú lo sabrás; y vendrás de tu lugar, desde las partes más remotas del norte, tú y mucha gente contigo, todos a caballo, una gran muchedumbre y un ejército inmenso. Y subirás contra Israel, mi pueblo, como una nube que cubre la tierra. Esto será en los últimos días, y seré Yo quien te conduciré contra mi tierra, para que las naciones me conozcan cuando Yo manifieste mi santidad en ti, oh Gog, viéndote ellos.”

Estos acontecimientos se producirán sin ninguna duda al fin del mundo (“en los últimos días”), y, sin saberlo, Gog será el instrumento que Dios utilizará para mostrar su poder y santidad, impidiendo que se cumplan los planes de ese terrible enemigo del cristianismo, que no podrá llegar ni siquiera a tocar la Ciudad Santa.

Es muy interesante ver como esta visión profética de Ezequiel presenta el accionar de la tentación de Satanás, soltado de su encierro, sobre Gog, impulsando sus ansias de poder y sus maquinaciones, y actuando, de la misma forma que otras veces, como el “idiota útil” de Dios.

Ezequiel 38, 10-12: “Así dice Yahveh, el Señor: En aquel día trazarás planes en tu corazón y maquinarás un designio perverso: Te dirás: Subiré contra una tierra indefensa, iré contra gentes tranquilas que viven en paz y que habitan todas sin muros, y sin tener cerrojos ni puertas, para depredar y saquear, para extender tu mano contra ruinas que recién han sido habitadas, y contra un pueblo recogido de entre las naciones, que se ha adquirido ganado y bienes y habita en el centro de la tierra.”

Yahveh, en la profecía, asegura la derrota de Gog, que se producirá en medio de cataclismos, y especialmente por la caída de fuego y azufre sobre sus fuerzas:

Ezequiel 38, 19-22; 39,4-6: “En mis celos y en el furos de mi ira declaro: En aquel día habrá un gran temblor en la tierra de Israel. Temblarán ante Mí, los peces del mar, las aves del cielo, las bestias del campo, todos los reptiles que se arrastran sobre el suelo y todo hombre que vive sobre la faz de la tierra; y serán derribados los montes, se desmoronarán los peñascos y todos los muros se vendrán al suelo.
Llamaré contra él la espada por todos mis montes, dice Yahveh, el Señor, y cada uno dirigirá la espada contra su hermano. Le juzgaré con peste y sangre, y lloveré aguas de inundación, pedrisco, fuego y azufre sobre él, sobre sus huestes y sobre los numerosos pueblos que le acompañan.
Sobre los montes de Israel caerás tú y todos tus ejércitos y los pueblos que te acompañan; te entregará a las aves de rapiña, a los volátiles de toda especie, y a las fieras del campo, para que te devoren. Sobre la superficie del campo caerás; porque Yo he hablado, dice Yahveh, el Señor. Enviaré fuego sobre Magog, y sobre los que habitan confiadamente en las islas; y conocerán que Yo soy Yahveh.”

Encontramos así en el pasaje de Ezequiel el correlato del relato del Apocalipsis, donde baja del cielo un fuego devorador y aniquila a Gog y Magog y sus ejércitos.

Es sumamente importante este texto profético del Antiguo Testamento, que queda desvelado a la luz de la existencia del Reino de Dios terrenal, ya que precisamente afirma su existencia (“la nación rescatada de entre los pueblos que habita toda entera en paz”), y que al final de un largo período sobrevendrá la destrucción de la tierra por el fuego.

Será el momento entonces que Satanás volverá definitivamente al infierno, junto a todos los condenados, donde permanecerá por toda la eternidad:

Apocalipsis 20, 10: “Y el Diablo, su seductor, fue arrojado al lago de fuego y azufre, donde están también la Bestia y el falso profeta, y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos.”

En el Nuevo Testamento encontramos otro pasaje clave sobre éstos acontecimientos del fin del mundo, que también ha traído muchos dolores de cabeza a los exegetas que han tratado de acomodar su descripción a una simultaneidad de la Parusía con el Juicio Final:

2 Pedro 3, 3-13: “Sabed ante todo que en los últimos días vendrán hombres llenos de sarcasmo, guiados por sus propias pasiones, que dirán en son de burla: «¿Dónde queda la promesa de su Venida? Pues desde que murieron los Padres, todo sigue como al principio de la creación». Porque ignoran intencionadamente que hace tiempo existieron unos cielos y también una tierra surgida del agua y establecida entre las aguas por la Palabra de Dios, y que, por esto, el mundo de entonces pereció inundado por las aguas del diluvio, y que los cielos y la tierra presentes, por esa misma Palabra, están reservados para el fuego y guardados hasta el día del Juicio y de la destrucción de los impíos.
Mas una cosa no podéis ignorar, queridos: que ante el Señor un día es como mil años y, mil años, como un día. No se retrasa el Señor en el cumplimiento de la promesa, como algunos lo suponen, sino que usa de paciencia con vosotros, no queriendo que algunos perezcan, sino que todos lleguen a la conversión. El Día del Señor llegará como un ladrón; en aquel día, los cielos, con ruido ensordecedor, se desharán; los elementos, abrasados, se disolverán, y la tierra y cuanto ella encierra se consumirá.
Puesto que todas estas cosas han de disolverse así, ¿cómo conviene que seáis en vuestra santa conducta y en la piedad, esperando y acelerando la venida del Día de Dios, en el que los cielos, en llamas, se disolverán, y los elementos, abrasados, se fundirán? Pero esperamos, según nos lo tiene prometido, nuevos cielos y nueva tierra, en lo que habite la justicia.”

Hay en los impíos un descreimiento acerca de la Parusía, y como el tiempo pasa y nada ocurre, se burlan de aquellos que sostienen que “un día volverá Cristo”. Pero el autor de la Carta insiste que la promesa se cumplirá a su debido tiempo, en el momento que nadie lo esperará, ya que los cielos y la tierra actuales están destinados a la destrucción en el Día del Señor.

En este pasaje aparece una interpretación muy valiosa respecto precisamente al “Día del Señor” o “Día de la ira del Señor”: este “día” no corresponde, obviamente, a la duración de un día según el calendario de los hombres, sino que ese “día” es un período de tiempo largo, que se puede definir de una duración de mil años, según la medida humana del tiempo. ¡Es exactamente la duración que da el Apocalipsis del Reino de Dios terrenal!

Nuestra conclusión es que “el Día” tiene la duración que tendrá el milenio, lapso durante el cual se ejecutará el juicio de Cristo, que comprenderá entonces a todos los acontecimientos que transcurran entre su manifestación visible al mundo, la Parusía, y el aniquilamiento material del mundo, el Juicio Final y la instauración eterna de la única Nueva Jerusalén.

Es así que con esta clave podemos entender claramente la explicación de los versículos 12 y 13: los cielos y la tierra se quemarán, fundirán y disolverán al final del “Día de Dios” que comienza con la segunda Venida, dando lugar a la aparición de los “cielos nuevos y tierra nueva”, donde morará la justicia perfecta por toda la eternidad.

Podemos encontrar un apoyo a esta exégesis en un escrito de San Pablo, en la Segunda Carta a Timoteo 4,1, en base al texto de algunas traducciones:

Biblia de Jerusalén: “Te conjuro en presencia de Dios y de Cristo Jesús que ha de venir a juzgar a vivos y muertos, por su manifestación (“epifanía”) y por su Reino.”

Biblia de Straubinger: “Te conjuro delante de Dios y de Cristo Jesús, el cuál juzgará a vivos y muertos, tanto en su aparición (“epifanía”), como en su reino.”

A partir de este pasaje se entiende muy bien que el juicio de Cristo Jesús a los vivos y a los muertos se desarrollará tanto por su Manifestación o Segunda Venida como durante el tiempo de su Reino, lo que coincide totalmente con nuestra interpretación.

Otras traducciones, coma la Biblia del Pueblo de Dios y la Biblia de Latinoamérica vierten: “Yo te conjuro delante de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a los vivos y a los muertos, y en nombre de su Manifestación y de su Reino.”

Aquí se interpreta que el conjuro de Pablo es no solamente por la presencia de Dios y de Jesucristo, sino que adicionalmente se añaden otros dos motivos para la adjuración: la Manifestación de Cristo y su Reino. Sin embargo esta interpretación no parece muy sólida, ya que estos dos motivos adicionales dan la impresión de ser redundantes frente a la invocación de Dios y Jesucristo, que engloban todo lo demás.

Con esta argumentación se elimina la denominación de “Venida Intermedia” de Jesús, que ha surgido en los últimos años, especialmente en el ámbito de teólogos italianos. Es sin duda muy acertada la postura que plantea esta doctrina (ver nuestro estudio “La Venida Intermedia de Jesús: análisis sobre esta doctrina”), en cuanto a la instauración de un Reino terrenal después de la Parusía de Jesús (“Venida Intermedia”).

Pero en nuestro desarrollo sostenemos que solamente hay una Venida de Jesucristo en la Parusía, luego de la cual el Señor reina en su Reino (tanto en el terrenal como en el celestial) durante todo el período de tiempo denominado “el milenio”, terminado el cual llegará el Juicio Final y el fin del mundo, sin que sea necesaria una nueva “Venida”, ya que hasta allí todo lo que suceda será efecto de la Parusía.

De esta manera toma un sentido total lo expresado en este pasaje de la Segunda Carta de Pedro que vimos antes, que resulta completamente en armonía con la revelación profética del Antiguo Testamento, en este caso de Ezequiel, y con la del Apocalipsis, en los pasajes que estudiamos con anterioridad.

D) El Juicio Final Universal.

Nos asomaremos ahora a la contemplación del magno acto de la soberanía de Dios que conocemos como el Juicio Final. La realidad de este juicio, con características de universal es una verdad de fe divina y católica definida, que establece que Dios, a través de Cristo, será el juez de vivos y muertos, según las innumerables definiciones del Magisterio de la Iglesia.

En ese Juicio comparecerán todos los hombres resucitados, para dar cuenta de sus actos y recibir el premio o el castigo eterno. Nosotros sostenemos que ese juicio comienza con la Parusía del Señor y terminará con el fin del mundo, según los acontecimientos que enseguida veremos. El Libro del Apocalipsis presenta con figuras de gran plasticidad este acontecimiento que culminará la historia de la humanidad:

Apocalipsis 20, 11-15: “Luego vi un gran trono blanco, y al que estaba sentado sobre él. El cielo y la tierra huyeron de su presencia sin dejar rastro. Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie delante del trono; fueron abiertos unos libros, y luego se abrió otro libro, que es el de la vida; y los muertos fueron juzgados según lo escrito en los libros, conforme a sus obras.
Y el mar devolvió los muertos que guardaba, la Muerte y el Hades devolvieron los muertos que guardaban, y cada uno fue juzgado según sus obras. La Muerte y el Hades fueron arrojados al lago de fuego - este lago de fuego es la muerte segunda - y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue arrojado al lago de fuego.”

“El que está sentado en el trono” puede ser Dios Padre, o quizás, él y Cristo Juntos, como define Apoc. 22,3, que presenta “el trono de Dios y el Cordero”. La tierra y el cielo conocidos desaparecieron, tal como vimos en el punto anterior, fundidos y aniquilados por el fuego que descendió desde el cielo.

En la visión de Juan aparecen en primer lugar “los muertos, los grandes y los pequeños” que están “en pie ante el trono”. La expresión “en pie” tiene siempre en el Apocalipsis una connotación de resucitado (cf. 5,6, el Cordero resucitado, ó 7,9, los santos resucitados).

Menciona el texto que “fueron abiertos unos libros” y que “luego se abrió otro libro, que es el de la vida”. Pero los muertos a los que se está refiriendo en primer lugar “fueron juzgados según lo escrito en los libros, conforme a sus obras”. Es decir, estos muertos que resucitan, sufren el juicio según “unos libros”, conforme a las buenas obras realizadas en su vida, y no según el “libro de la vida” que se utilizará para juzgar a las otras categorías de muertos que se describirán en los siguientes versículos.

¿Quiénes son estos “muertos grandes y pequeños”? En nuestra opinión son los santos que estaban en la Ciudad Amada, cuando descendió fuego del cielo. Es decir, estos santos mueren y resucitan de inmediato, y según sus obras, que determinarán su estatura espiritual o santidad (grande o más pequeña) reciben todos el premio de la vida eterna, con un grado de gloria acorde a los méritos de cada uno.

Otro texto de la Escritura que nos muestra los elementos que hemos visto anteriormente es de San Pablo:

1 Corintios 3, 7-15: “De modo que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios que hace crecer. Y el que planta y el que riega son una misma cosa; si bien cada cual recibirá el salario según su propio trabajo, ya que somos colaboradores de Dios y vosotros, campo de Dios, edificación de Dios. Conforme a la gracia de Dios que me fue dada, yo, como buen arquitecto, puse el cimiento, y otro construye encima. ¡Mire cada cual cómo construye!
Pues nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo. Y si uno construye sobre este cimiento con oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, paja, la obra de cada cual quedará al descubierto; la manifestará el Día, que ha de revelarse por el fuego.
Y la calidad de la obra de cada cual, la probará el fuego. Aquél, cuya obra, construida sobre el cimiento, resista, recibirá la recompensa. Mas aquél, cuya obra quede abrasada, sufrirá el daño. El, no obstante, quedará a salvo, pero como quien pasa a través del fuego.”

San Pablo se refiere a “los colaboradores de Dios”, los apóstoles como él y los que actúan con ellos, como el caso de Apolo, a quien se refirió en versículos anteriores. Tienen todos distintas funciones, según la vocación que Dios ha dado a cada uno; en este caso Pablo se pone como ejemplo de quien inicia una obra, que otros irán completando, como nuevos servidores de Dios en la Iglesia.

La obra apostólica de cada uno será más o menos sólida, más o menos valiosa, según la estatura espiritual y el apego a la verdad de cada uno, lo que se ejemplifica con la variedad de materiales, desde los más nobles y resistentes, como el oro, la plata y las piedras preciosas, hasta los menos resistentes y burdos, como el barro y la paja.

Definido este principio general, Pablo nos transporta al “Día del Señor”, al momento del Juicio Final, donde los hipotéticos evangelizadores serán sometidos al fuego, que probará la calidad de su obra. Es exactamente lo que expresa el pasaje final del capítulo 20 del Apocalipsis visto recién.

Y observemos algo muy importante: la calidad del colaborador de Dios será probada, y todos se salvarán, tanto los que edificaron con oro como los que lo hicieron con paja, aunque los primeros recibirán una recompensa particular. Diríamos que serán “los grandes” en el cielo, los que obtendrán un mayor caudal de gloria eterna.

Según lo expuesto, creemos que este texto de Pablo expresa la misma realidad que sostenemos: los santos vivos, al fin del mundo, los acampados en la Jerusalén terrenal (Ciudad Santa), morirán, resucitarán y todos serán salvados, aunque reciban un diferente grado de gloria eterna.

Siguiendo con el pasaje del Apocalipsis visto en último término, aparecen después otras categorías de muertos:

*Los que son devueltos por el mar que los guardaba.
*Los que devuelve el Hades.
*Los que devuelve la muerte.

Tenemos aquí la enunciación de todos los hombres muertos en el curso de la historia de la humanidad, excluidos los santos que tomaron parte de la primera resurrección, los santos que luego murieron y también resucitaron (ver punto B.b y c.) y los santos vivos al momento de la destrucción de la tierra que recién mencionamos.

Se presenta a estos muertos atrapados en el mar, que bíblicamente simboliza los dominios del mal (es de donde surge la Bestia del mar, el Anticristo), en los dominios de la Muerte y del Hades o Sheol, el lugar de los muertos según la doctrina hebrea.

Recordemos que la Muerte y el Hades son respectivamente el jinete del cuarto caballo de los sellos del Apocalipsis, y quien le sigue, los que recogen las víctimas de las guerras, el hambre, las pestes y las catástrofes naturales.

Todos ellos serán juzgados según el otro libro, el Libro de la Vida, para su salvación, o para vivir la muerte segunda, la condenación eterna, junto al Diablo, la Bestia, el Falso Profeta, la Muerte y el Hades, en el lago de fuego (infierno).

Este es el momento del fin del mundo, donde todo quedará consumado y donde finalmente tendrá perfecto cumplimiento el propósito eterno del Padre al crear la humanidad. San Pablo presenta en forma magnífica este momento, mostrando con claridad los acontecimientos que preceden a este final:

1 Corintios 15, 21-28: “Puesto que por un hombre vino la muerte, por un hombre vino también la resurrección de los muertos. Porque como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados. Pero cada uno por su orden: como primicia Cristo; luego los de Cristo en su Parusía; después el fin, cuando Él entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya derribado todo principado y toda potestad y todo poder.
Porque es necesario que Él reine “hasta que ponga a todos los enemigos bajo sus pies”. El último enemigo destruido será la muerte. Porque “todas las cosas las sometió bajo sus pies”. Mas cuando dice que todas las cosas están sometidas, claro es que queda exceptuado Aquél que se las sometió todas a Él.
Y cuando le hayan sido sometidas todas las cosas, entonces el mismo Hijo también se someterá al que le sometió todas las cosas, para que Dios sea todo en todo.”

Se entiende en general que aquí Pablo se refiere exclusivamente a los cristianos muertos, y plantea un “orden” de resurrección, que abarca la acción de Jesucristo entre su primera Venida y el fin del mundo. En primer lugar, como primicia, resucita Cristo después de su muerte de cruz, lo que asegura en los cristianos la fe en su propia resurrección:

1 Corintios 15, 13-14: “Si es así que no hay resurrección de muertos, tampoco ha resucitado Cristo. Y si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación, vana también nuestra fe.”

En segundo término se producirá la resurrección de los santos, “los de Cristo”, cuando llegue el tiempo de su Segunda Venida, la Parusía, tal como lo estudiamos en el Capítulo 5.B.
Después vendrá el fin, que en este texto se define como el momento en que Cristo haya derribado todo enemigo, todo poder adverso, siendo el último la misma muerte. Es precisamente el tiempo en que, según el texto del Apocalipsis anterior, “la Muerte y el Hades fueron arrojados en el lago de fuego”.

Comparemos lo dicho con otra expresión de San Pablo:

Efesios 1, 18-23: “Iluminando los ojos de vuestro corazón para que conozcáis cuál es la esperanza a que habéis sido llamados por él; cuál la riqueza de la gloria otorgada por él en herencia a los santos, y cuál la soberana grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes, conforme a la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándole de entre los muertos y sentándole a su diestra en los cielos, por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación y de todo cuanto tiene nombre no sólo en este mundo sino también en el venidero. Bajo sus pies sometió todas la cosas y le constituyó Cabeza suprema de la Iglesia, que es su Cuerpo, la Plenitud del que lo llena todo en todo.”

En el presente siglo (“eón”, ver Capítulo 5.B) existen potestades angélicas opuestas a Dios (Potestades, Principados, Virtudes y Dominaciones), respecto a las cuales Cristo está por encima, pero también estarán presentes en el “eón” venidero, que corresponde al Reino de Dios, tanto en su fase terrenal como en la celestial.

Será en ese “eón” que el señor dominará estas Potestades y Principados, y los “pondrá bajo sus pies”, y entonces, al igual que la expresión de 1 Corintios 28, su Plenitud “lo llena todo en todo”.

Será la hora en que Cristo habrá terminado de reinar en la tierra, ya que habrá puesto “a todos los enemigos bajo sus pies”. Como indican algunos exegetas católicos, el Reino que Jesús entregará al Padre debe entenderse en sentido militar, activo y combativo, al estilo del “imperium” que se daba a los generales romanos cuando habían de hacer una campaña, que deponían cuando vencían y celebraban el triunfo.

Este es el Reino Mesiánico que, combativo y victorioso, obtiene su finalidad concreta: establecer el Reino de Dios Padre en el mundo. Cuando este reino se haya establecido por medio del triunfo definitivo sobre las potencias del mal, entonces el Reino o “imperium” mesiánico cesará y será entregado al Padre.

Termina San Pablo expresando una frase de hondo contenido teológico, que condensa en forma magnífica lo que representará el Reino de Dios eterno: “Dios será todo en todo”.

E) El descenso de la Nueva Jerusalén Celestial.

¿Cómo presenta el libro del Apocalipsis la instauración del Reino de Dios luego del fin del mundo terrenal? Con la figura de la Nueva Jerusalén, la Ciudad Santa, tal como la describe en el capítulo 21,1-8 y 22,1-5, que hemos identificado con la Iglesia Celestial.

Este texto ya lo analizamos en el Capítulo 10.A.1. en su comparación con la descripción de la Jerusalén terrenal que contiene el pasaje de 21,9-27, donde establecimos con claridad que se trata de dos realidades distintas, pero con el mismo simbolismo: la Iglesia de Cristo.

La Iglesia terrenal se describe como “la ciudad santa de Jerusalén”, y también como “la novia, la esposa del Cordero”, y la visión muestra que “bajaba del cielo, desde Dios”, lo que corresponde a la vuelta a la tierra de los santos arrebatados, que acompañan a Jesucristo en su Parusía.

En cambio, la Iglesia celestial, existente desde siempre, porque es la morada de Dios, que desde la resurrección de Jesucristo acogía las almas de los santos, tanto los del Antiguo Testamento, a los que Jesús fue a buscar al “Sheol”, como los de la época cristiana, y que con la Parusía acoge a los santos ya resucitados, es descripta también como “una novia ataviada para su esposo”, pero se la diferencia de la Jerusalén terrenal llamándola “la Ciudad Santa, la Nueva Jerusalén”.

¿Por qué es nueva? Porque el objetivo de que la nueva Jerusalén baje del cielo, es para ocupar el lugar que dejó el Reino de Dios terrenal luego de su desaparición consumido por el fuego enviado desde el cielo, que es precisamente el significado de que “el primer cielo y la primera tierra habían pasado”, o, como dice 20,11, “el cielo y la tierra huyeron de su presencia sin dejar rastro”. Por eso la visión de la Nueva Jerusalén es presentada en su inicio con la frase “vi un cielo nuevo y una tierra nueva”. Esto es lo que nos evidencian los dos primeros versículos del capítulo 21 del Apocalipsis. Luego sigue la descripción de esta Iglesia celestial, que analizamos en detalle en el Capítulo 7.

De esta forma se habrá terminado de completar la grandiosa asamblea celestial que Juan había podido ver desde el principio de sus visiones, tal como lo describe en 7,9-17, y que en su plenitud eterna queda magníficamente descripta en la resonancia gloriosa de estos versículos:

Apocalipsis 22, 3-5: “Y no habrá ya maldición alguna, el trono de Dios y del Cordero estará en la ciudad y los siervos de Dios le darán culto. Verán su rostro y llevarán su nombre en la frente. Noche ya no habrá, no tiene necesidad de luz de lámpara ni de luz del sol, porque el Señor Dios los alumbrará y reinarán por los siglos de los siglos.”

Que todo lo que hemos visto nos inspire el deseo quemante del retorno de nuestro Señor Jesucristo, para que establezca su Reino entre nosotros, para lo cual debemos unirnos con nuestro máximo fervor a la oración de la Iglesia guiada por el Espíritu Santo:

“El Espíritu y la Novia dicen: «¡Ven!» Y el que oiga diga: «¡Ven!» (22,17)

La respuesta será para nosotros la misma con la que culmina la Biblia:

“Dice el que da testimonio de todo esto: «Sí, vengo pronto.» ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús! (22,20).

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