El Reino de Dios se instaura con la Segunda Venida de Jesucristo

Capítulo 3: Los acontecimientos precursores de la Segunda Venida de Jesús

Indice general del libro


Capítulo 1: Los dogmas de fe católica sobre la Segunda Venida de jesucristo
Capítulo 2: La interpretación de las profecías mesiánicas del Antiguo Testamento
Capítulo 3: Los acontecimientos precursores de la Segunda Venida de Cristo
Capítulo 4: El surgimiento de la Gran Babilonia
Capítulo 5: El Juicio de Dios
Capítulo 6: Primera Fase del Juicio: el tiempo de la advertencia o de las 7 trompetas
Capítulo 7: La Segunda Fase del Juicio: el tiempo de la ira de Dios o de las 7 Copas
Capítulo 8: La materia del juicio de Cristo a la Iglesia
Capítulo 9: La Parusía del Señor
Capítulo 10: La instauración del Reino de Dios
Capítulo 11: El Juicio Final y el Reino de Dios eterno
Epílogo

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Capítulo 3: Los acontecimientos precursores de la Segunda Venida de Jesús



  A) Los preparativos en el Cielo
     1) La visión de la Santísima Trinidad
     2) Visión del Cordero de Dios en el Cielo
  B) La apertura de los Siete Sellos: los instrumentos de Dios
  C) Las señales indicativas de la cercanía de la Parusía
  D)Conclusiones

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A) Los preparativos en el Cielo.

1) La visión de la Santísima Trinidad antes de la ascensión de Jesucristo.

El Libro del Apocalipsis desarrolla a partir del Capítulo 4 los acontecimientos que desembocarán en la Parusía del Señor. En este Capítulo se presenta en visión a Juan el Cielo tal como existe desde la creación. Podríamos decir que es el Cielo durante la época del Antiguo Testamento, si aplicamos al mismo los tiempos de la historia humana.

Esto implica, obviamente, no meternos en las honduras de la discusión teológica sobre el no-tiempo en la eternidad, sino simplemente asumimos que es una visión desde alguien que está inmerso en la temporalidad terrenal.

Apocalipsis 4: ”Después tuve una visión. He aquí que una puerta estaba abierta en el cielo, y aquella voz que había oído antes, como voz de trompeta que hablara conmigo, me decía: «Sube acá, que te voy a enseñar lo que ha de suceder después». Al instante caí en éxtasis. Ví que un trono estaba erigido en el cielo, y Uno sentado en el trono. El que estaba sentado era de aspecto semejante al jaspe y a la cornalina; y un arco iris alrededor del trono, de aspecto semejante a la esmeralda. Vi veinticuatro tronos alrededor del trono, y sentados en los tronos, a veinticuatro Ancianos con vestiduras blancas y coronas de oro sobre sus cabezas. Del trono salen relámpagos y fragor y truenos; delante del trono arden siete antorchas de fuego, que son los siete Espíritus de Dios. Delante del trono como un mar transparente semejante al cristal. En medio del trono, y en torno al trono, cuatro Vivientes llenos de ojos por delante y por detrás. El primer Viviente, como un león; el segundo Viviente, como un novillo; el tercer Viviente tiene un rostro como de hombre; el cuarto viviente es como un águila en vuelo. Los cuatro Vivientes tienen cada uno seis alas, están llenos de ojos todo alrededor y por dentro, y repiten sin descanso día y noche: "Santo, Santo, Santo, Señor, Dios Todopoderoso, Aquel que era, que es y que va a venir". Y cada vez que los Vivientes dan gloria, honor y acción de gracias al que está sentado en el trono y vive por los siglos de los siglos, los veinticuatro Ancianos se postran ante el que está sentado en el trono y adoran al que vive por los siglos de los siglos, y arrojan sus coronas delante del trono diciendo: «Eres digno, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder, porque tú has creado el universo; por tu voluntad, no existía y fue creado.»”

La visión es la de la Santísima Trinidad. En primer lugar resalta Dios Padre, sentado en el trono, absolutamente luminoso y radiante, rodeado de una especie de arco iris esmeralda. Esta imagen, como otras de la misma visión (los “Vivientes”), tiene muchos elementos comunes con las visiones proféticas de Isaías (6,1-5) y Ezequiel (1,1-28). Ezequiel también describe el trono y la figura de Dios luminosa como fuego, como metal brillante.

En la visión del Apocalipsis, delante del trono se encuentra presente el Espíritu Santo, simbolizado por las siete lámparas encendidas, que ya en el Antiguo Testamento representaban el Espíritu de Dios (Zacarías 4,2-6).

Pero además está presente el Hijo, simbolizado por los relámpagos, voces y truenos que salen del trono. Vamos a ver en detalle algunos elementos que nos permiten fundamentar esta afirmación, hasta donde sabemos, novedosa.

a) Relámpagos:

La palabra griega utilizada es “astrape”, y la encontramos aplicada en los evangelios para describir como se verá la aparición de Jesús en su Parusía:

Mateo 24,27: “Porque así como el relámpago sale por Oriente y brilla hasta occidente, así será la Parusía del Hijo del hombre.”

Lucas 17,24: “Porque como relámpago fulgurante que brilla de un extremo a otro del cielo, así será el Hijo del hombre en su Día.”

Vemos que hay una clara identificación con Jesucristo en su venida en el símbolo del relámpago.

b) Voces y truenos:

Estos dos vocablos van unidos porque el sentido es que se escuchan voces que suenan como truenos, forma común para expresar la voz de Dios desde el Antiguo Testamento:

Salmo 104 (103), 5-8: “Sobre sus bases asentaste la tierra, inconmovible para siempre jamás. Del océano, cual vestido, la cubriste, sobre los montes persistían las aguas; al increparlas tú, emprenden la huida, se precipitan al oír tu trueno, y saltan por los montes, descienden por los valles, hasta el lugar que tú les asignaste;”

Vemos que a la orden de Dios, cuya voz suena como un trueno, las aguas ocupan su lugar. En Job también encontramos que se asocia al trueno con la voz de Dios:

Job 37, 2-5: “¡Escuchad, escuchad el fragor de su voz, el bramido que sale de su boca! Hace relampaguear por todo el cielo, su fulgor llega a los extremos de la tierra. Detrás de él una voz ruge: truena él con su soberbia voz, y sus rayos no retiene, mientras su voz retumba. Dios nos da a ver maravillas, grandes cosas hace que no comprendemos.”

San Juan también describe el sonido de una voz que viene del cielo y es tomada por un trueno:

Juan 12, 27-29: “«Ahora mi alma está turbada. Y ¿que voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto! Padre, glorifica tu Nombre». Vino entonces una voz del cielo: «Le he glorificado y de nuevo le glorificaré.» La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno. Otros decían: «Le ha hablado un ángel.»”

Creemos que en el Apocalipsis la voz que como trueno sale del trono es la Palabra, el Verbo, tal como lo expresa San Juan en el comienzo del evangelio:

Juan 1, 1-3: “En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe.”

c) Relámpagos, Voces y truenos:

Es muy interesante analizar cuando en el Apocalipsis se utiliza el vocablo “trueno” (ó el plural “truenos”), que siempre está significando el sonido de una voz. Aparece en 8 pasajes distintos, en tres de los cuales se identifica claramente de quien proviene la voz:

*6,1: “Oí al primero de los cuatro Vivientes que decía con voz como de trueno: «Ven».”

*14, 2-3: “Y oí un ruido que venía del cielo, como el ruido de grandes aguas o el fragor de un gran trueno; y el ruido que oía era como de citaristas que tocaran sus cítaras. Cantan un canto nuevo delante del trono y delante de los cuatro Vivientes y de los Ancianos.”

En este pasaje el canto que suena como trueno se emite delante del trono y no surge de él, y proviene seguramente de la gran muchedumbre de redimidos que están allí, tal como lo describen los pasajes de 7,9-10 y 19,1-6.

*19,6: “Y oí el ruido de muchedumbre inmensa y como el ruido de grandes aguas y como el fragor de fuertes truenos. Y decían:¡Aleluya! Porque ha establecido su reinado el Señor nuestro Dios Todopoderoso.”

Este pasaje confirma el visto anteriormente, ya que el cántico como trueno proviene de la muchedumbre delante del trono. Pero ahora vemos cinco pasajes en que aparecen asociados los tres vocablos: “relámpagos, voces y truenos”:

1°) *4,5: es el que ya vimos al principio en este análisis del Capítulo 4 del Apocalipsis.

2°) *8,5: “Entonces al ángel tomó el incensario, lo llenó con fuego del altar y lo arrojó sobre la tierra. Y hubo truenos y voces y relámpagos y un terremoto.”

Esta escena ocurre durante la descripción del 7° Sello, que enseguida veremos en detalle, pero vamos a avanzar un poco y adelantemos el significado de este último Sello: es el inicio de los acontecimientos previos a la Parusía, lo que llamaremos “el tiempo de la misericordia de Dios”, donde todavía existirá la posibilidad de la conversión de los hombres (el tiempo de las siete Trompetas), previo al tiempo del juicio (el tiempo de las siete Copas).

Es el momento que ha elegido Dios Padre para que se comiencen a desencadenar en forma irreversible los acontecimientos que culminarán con la Parusía de Jesucristo. Y es el momento que resuena sobre la tierra desde el cielo el cumplimiento de las palabras que Jesús expresó como su deseo más ardiente en su paso por el mundo:

Lucas 12,49: “He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y, ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!”

3°) *11,19: “Y se abrió el Santuario de Dios en el cielo y apareció el Arca de su alianza en el Santuario, y se produjeron relámpagos, voces y truenos, y temblor de tierra y fuerte granizada.”

Es la descripción de la séptima Trompeta, fin del tiempo de la advertencia y comienzo del juicio de Dios, que realizará Jesucristo, quien reina y juzga al mundo:

*11,15: “Tocó el séptimo ángel… Entonces sonaron en el cielo fuertes voces que decían: «Ha llegado el reinado sobre el mundo de nuestro Señor y de su Cristo, y reinará por los siglos de los siglos.”

Es decir, relámpagos, voces y truenos simbolizan nuevamente a Cristo que asume su reinado sobre el mundo, y que anuncia que se acerca el fin produciendo la señal anunciada de un gran terremoto.

4°) *16, 17-18: “El séptimo derramó su copa sobre el aire; entonces salió del Santuario una fuerte voz que decía: «Hecho está». Se produjeron relámpagos, voces, truenos y un violento terremoto como no lo hubo desde que existen hombres sobre la tierra, un terremoto tan violento.”

Ha culminado el “Día” de la ira de Dios del que hablan los profetas del Antiguo Testamento, el juicio de Jesucristo sobre los vivos, y se ha establecido el Reino de Dios. Nuevamente los relámpagos, voces y truenos simbolizan a este Cristo que asume su reinado que no tendrá fin.

5°) *10, 1-4: “Y ví a otro ángel poderoso que descendía del cielo, envuelto en una nube, con el arco iris sobre su cabeza. Su rostro era como el sol, y sus pies como columnas de fuego. Tenía en su mano un librito abierto, y puso su pie derecho sobre el mar, y el izquierdo sobre la tierra; y clamó con gran voz, como un león que ruge; y cuando hubo clamado, los siete truenos levantaron sus voces. Y cuando hubieron hablado los siete truenos, iba yo a escribir; mas oí una voz del cielo que decía: «Sella lo que dijeron los siete truenos y no lo escribas».”

Examinamos este último pasaje del Apocalipsis que se refiere al vocablo “trueno”. Aquí sólo se habla de “siete truenos”, que levantan sus voces y hablan. Recordemos que el número siete tiene en hebreo el significado de plenitud (Ya vimos que el espíritu Santo se presenta en 4,5 como siete lámparas de aceite encendidas), y acá parecería indicar al Hijo de Dios encarnado, Jesucristo, que habla.

Observamos que cuando Juan se dispone escribir lo que ha dicho la voz de los siete truenos, otra voz distinta que viene del cielo (posiblemente es el Padre) le dice que lo selle. Si aceptamos que Cristo es el que habla, entonces podemos deducir que sus palabras no son para conocerlas ahora, al contrario de todo el contenido del Libro del Apocalipsis, el cual el ángel pide expresamente a Juan que no lo selle (22,10). Es posible que estas palabras del Señor que se sellaron sean las que pronuncie cuando en su Parusía “todas las razas de la tierra verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria.” (Mateo 24,30).

Damos así por probada nuestra afirmación que el Capítulo 4 del Apocalipsis nos muestra a la Trinidad Eterna en el cielo, desde la creación del mundo hasta la ascensión del Señor Jesucristo al Cielo.

Siguiendo con el análisis de la escena descripta en el Capítulo 4 vemos que además rodean a Dios Padre cuatro “Vivientes”, que parecerían ser ángeles similares a los serafines de Isaías y los querubines de Ezequiel, que sirven permanentemente a Dios en su trono, y dan gloria a Él clamando y llamándolo “el tres veces santo”, al igual que los serafines en Isaías 6,15.

También encontramos alrededor del Trono otros veinticuatro tronos ocupados por ancianos de vestiduras blancas y coronas de oro, que se prosternan adorando a Dios cada vez que los Vivientes le dan “gloria, honor y acción de gracias”, y reconociendo en Él al creador de todas las cosas.

La identidad de estos ancianos es misteriosa, y lo más que se puede decir es que representan una especie de consejo celestial, estando permanentemente en presencia de Dios. Quizás una referencia a ellos la encontramos en Jeremías 23,18-22, donde el profeta menciona un “consejo de Yahveh”, que es quien expresa a los verdaderos profetas de Dios el mensaje que deben comunicar. Si unimos ésto a lo que se dice sobre ellos en el siguiente Capítulo del Apocalipsis, en cuanto que ofrecen las oraciones de los santos (5,8), es probable que se trate de seres angélicos.

Pero lo importante es no perder de vista por los detalles el cuadro general de esta grandiosa visión del cielo, que se va repitiendo a lo largo del Apocalipsis con variantes muy importantes a medida que avancen los acontecimientos que desembocarán en la Parusía.

El rasgo fundamental que encontramos es la adoración a Dios Trinidad, llevada a cabo “día y noche sin cesar”, es decir, siempre y en todo momento, por los ángeles, los cuatro vivientes y los 24 ancianos, reconociendo a Dios Trinidad como el principio de todas las cosas.

2) Visión del Cordero de Dios en el Cielo:

Legará un tiempo en la historia de la humanidad que se reflejará en la siguiente visión de Juan, donde habrá ocurrido un acontecimiento extraordinario: la encarnación del Hijo de Dios en Jesucristo, y su consiguiente vida, pasión, muerte, resurrección y ascensión al cielo. Juan es testigo de la presencia del Cordero inmolado en el cielo:

Apocalipsis 5: “Vi también en la mano derecha del que está sentado en el trono un libro, escrito por el anverso y el reverso, sellado con siete sellos. Y vi a un Ángel poderoso que proclamaba con fuerte voz: «¿Quién es digno de abrir el libro y soltar sus sellos?». Pero nadie era capaz, ni en el cielo ni en la tierra ni bajo tierra, de abrir el libro ni de leerlo. Y yo lloraba mucho porque no se había encontrado a nadie digno de abrir el libro ni de leerlo. Pero uno de los Ancianos me dice: «No llores; mira, ha triunfado el León de la tribu de Judá, el Retoño de David; él podrá abrir el libro y sus siete sellos.» Entonces vi, de pie, en medio del trono y de los cuatro Vivientes y de los Ancianos, un Cordero, como degollado; tenía siete cuernos y siete ojos, que son los siete Espíritus de Dios, enviados a toda la tierra. Y se acercó y tomó el libro de la mano derecha del que está sentado en el trono. Cuando lo tomó, los cuatro Vivientes y los veinticuatro Ancianos se postraron delante del Cordero. Tenía cada uno una cítara y copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los santos. Y cantan un cántico nuevo diciendo: «Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos porque fuiste degollado y compraste para Dios con tu sangre hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación; y has hecho de ellos para nuestro Dios un Reino de Sacerdotes, y reinan sobre la tierra.» Y en la visión oí la voz de una multitud de Ángeles alrededor del trono, de los Vivientes y de los Ancianos. Su número era miríadas de miríadas y millares de millares, y decían con fuerte voz: «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza.» Y toda criatura, del cielo, de la tierra, de debajo de la tierra y del mar, y todo lo que hay en ellos, oí que respondían: «Al que está sentado en el trono y al Cordero, alabanza, honor, gloria y potencia por los siglos de los siglos.» Y los cuatro Vivientes decían: «Amén»; y los Ancianos se postraron para adorar.”

Aparece en esta visión, como continuidad de la anterior, un detalle que no se había mencionado antes: Dios Padre tiene en su mano derecha un libro (rollo), sellado con siete sellos. Hay un ángel poderoso (un ángel de las máximas jerarquías celestiales) que llama preguntando por alguien que pueda ser digno de abrir el libro desatando sus sellos.

Nadie en ningún lugar es digno de abrir esos sellos, y entonces Juan llora. Esta descripción da un sentido de paso del tiempo, desde la escena anterior, que dijimos representa el tiempo del Antiguo Testamento, hasta que se produce el misterio de la Encarnación del Verbo, con su vida, pasión, muerte, resurrección y ascensión al cielo.

Es el León de Judá, la Raíz de David (títulos mesiánicos que se refieren a la ascendencia del Mesías) que ha triunfado sobre la muerte, como anuncia uno de los ancianos a Juan, quien aparece delante del trono de Dios como Cordero degollado, conservando en su santa humanidad las señales de su muerte. Los siete cuernos representan la suma del poder que detenta, y los siete ojos son la plenitud del espíritu Santo que Él ha derramado sobre la tierra:

Juan 1,16: “Pues de su plenitud hemos recibido todos, gracia por gracia.”

Tenemos así nuevamente a la Santísima Trinidad: el Padre, el Hijo encarnado y el espíritu Santo. Y se produce lo esperado: el Cordero es digno de tomar el libro de la diestra del Padre, y así lo hace. Ese gesto desata en el cielo una liturgia de adoración indescriptible: los ángeles servidores del Padre y los Ancianos se postran ante el Cordero para adorarlo, ofreciendo su canto nuevo (no se había escuchado antes de la Ascensión) acompañado por cítaras y por las oraciones de los santos que son ofrecidas al Señor.

En este canto que se inicia en aquellos que están más cerca de Dios (los Vivientes y los Ancianos) se resume magníficamente el propósito eterno de Dios para su máxima creación, el hombre, y de su realización final por medio de su Hijo Jesucristo.

Veamos con detenimiento los elementos de este canto en la adoración celestial al Cordero:

a) Dios desde la eternidad ha previsto formarse un Reino compuesto por hombres de toda “tribu y lengua y pueblo y nación”, es decir, sin exceptuar a ninguna de sus criaturas, para que componga su pueblo.

b) Este propósito, después del aparente fracaso en la elección de un pueblo (Israel) y sus infidelidades a la alianza que estableció con ellos, se llevará a cabo finalmente mediante su Hijo Jesucristo.

c) Con la sangre derramada en la cruz Jesús ha pagado por el pecado de la humanidad y ha cancelado el precio para que esos hombres tengan abierto el camino hacia ese Reino prometido y deseado por el Padre.

Se encierra aquí todo el fundamento de la finalidad de la creación del ser humano por Dios. Lamentablemente la gran mayoría de los hombres que pueblan nuestro mundo de hoy, incluyendo buena parte de los cristianos, ignoran por completo el propósito eterno que ha tenido Dios Padre para crear a los hombres, con lo cual se encuentran en una oscuridad que no les permite ni siquiera vislumbrar el propósito de sus vidas, de su existencia.

En la Carta a los Efesios se expresa con muchísima claridad este propósito eterno del Padre:

Efesios 1, 3-10: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo; por cuanto nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor; eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia con la que nos agració en el Amado. En él tenemos por medio de su sangre la redención, el perdón de los delitos, según la riqueza de su gracia que ha prodigado sobre nosotros en toda sabiduría e inteligencia, dándonos a conocer el Misterio de su voluntad según el benévolo designio que en él se propuso de antemano, para realizarlo en la plenitud de los tiempos: hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra.”

Veamos los conceptos que nos entrega con profundidad única este pasaje del Nuevo Testamento:

*Desde antes de la fundación del mundo, con anterioridad a que éste existiera, el Padre había decidido en su voluntad omnipotente procurarse mediante la creación del hombre una multitud de hijos adoptivos, para que vivieran en su presencia eternamente, para lo cual debían ser santos, es decir sin mancha de pecado, meta que no está al alcance del hombre por sus medios naturales, sino que es una empresa sobrenatural.

*Debido a que el ser humano, haciendo mal uso de la libertad con que fue creado, pecó desde el principio, transmitiéndose luego este pecado original a las generaciones sucesivas, se hizo necesario que el Padre diera a sus criaturas bendiciones espirituales y gracias que les permitieran alcanzar el propósito que Él se había fijado, y esto lo hizo mediante la salvación obtenida para la raza humana por su Hijo Jesucristo.

*Jesús, con su encarnación, vida, pasión, muerte y resurrección obtuvo la Redención para el género humano, consiguiendo el perdón de los pecados y regalando a sus seguidores el don de la gracia, con la cual la mente humana recibe una sabiduría e inteligencia sobrenaturales, que le permitirán al cristiano cumplir con el designio propuesto de antemano por el Padre, es decir, llegar a ser sus hijos adoptivos viviendo eternamente en su presencia.

*Este claro designio no se realizará de golpe, sino que comenzará a prepararse durante un largo período, comprendido entre la Encarnación del Hijo de Dios (conocida como su primera Venida al mundo) y su segunda Venida, que constituirá la plenitud de los tiempos.

*Allí, en ese tiempo, todo lo que esté en los cielos y en la tierra se constituirá finalmente en el Reino de Dios en plenitud, donde Cristo será el Rey y la Cabeza de todo lo existente.

Todo esto es lo que expresa el cántico celestial, al que luego se unen también en adoración miríadas de ángeles del cielo y la creación toda, adorando al Padre, al Espíritu Santo y al Cordero, a quien le reconocen tener el Imperio sobre el reino para siempre.

Los Vivientes asienten con un “amén”, y así el canto de adoración y alabanza va pasando de unos a otros, porque realmente hay fiesta en el cielo, ya que ha comenzado a desarrollarse el cumplimiento final del propósito eterno del Padre.

B) La apertura de los siete Sellos: los instrumentos de Dios.

Apocalipsis 6,1-14: “Y seguí viendo: Cuando el Cordero abrió el primero de los siete sellos, oí al primero de los cuatro Vivientes que decía con voz como de trueno: «Ven». Miré y había un caballo blanco; y el que lo montaba tenía un arco; se le dio una corona, y salió como vencedor, y para seguir venciendo. Cuando abrió el segundo sello, oí al segundo Viviente que decía: «Ven». Entonces salió otro caballo, rojo; al que lo montaba se le concedió quitar de la tierra la paz para que se degollaran unos a otros; se le dio una espada grande. Cuando abrió el tercer sello, oí al tercer Viviente que decía: «Ven». Miré entonces y había un caballo negro; el que lo montaba tenía en la mano una balanza, y oí como una voz en medio de los cuatro Vivientes que decía: «Un litro de trigo por denario, tres litros de cebada por un denario. Pero no causes daño al aceite y al vino.» Cuando abrió el cuarto sello, oí la voz del cuarto Viviente que decía: «Ven». Miré entonces y había un caballo verdoso; el que lo montaba se llamaba Muerte, y el Hades le seguía. Se les dio poder sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con la espada, con el hambre, con la peste y con las fieras de la tierra. Cuando abrió el quinto sello, vi debajo del altar las almas de los degollados a causa de la Palabra de Dios y del testimonio que mantuvieron. Se pusieron a gritar con fuerte voz: «¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia y sin tomar venganza por nuestra sangre de los habitantes de la tierra?» Entonces se le dio a cada uno un vestido blanco y se les dijo que esperasen todavía un poco, hasta que se completara el número de sus consiervos y hermanos que iban a ser muertos como ellos. Y seguí viendo. Cuando abrió el sexto sello, se produjo un violento terremoto; y el sol se puso negro como un paño de crin, y la luna toda como sangre, y las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra, como la higuera suelta sus higos verdes al ser sacudida por un viento fuerte; y el cielo fue retirado como un libro que se enrolla, = y todos los montes y las islas fueron removidos de sus asientos; y los reyes de la tierra, los magnates, los tribunos, los ricos, los poderosos, y todos, esclavos o libres, se ocultaron en las cuevas y en las peñas de los montes. Y dicen a los montes y las peñas: «Caed sobre nosotros y ocultadnos de la vista del que está sentado en el trono y de la cólera del Cordero. Porque ha llegado el Gran Día de su cólera y ¿quién podrá sostenerse?”

El libro sellado que el Cordero ha tomado de la diestra de Dios va a comenzar a ser abierto, sacando uno a uno los siete sellos que lo mantienen cerrado. Recordemos que el libro es un rollo, y los sellos son aros o anillos que impiden que sea desenrollado, y está escrito en las dos caras, lo que indica su extensión.

Lo primero que debemos preguntarnos es: ¿Qué contiene el Libro? Muchos autores, en especial los antiguos, sostienen que el libro es la Sagrada Escritura, y en particular el Antiguo Testamento, cuyas profecías serán explicadas ahora.

Otros sostienen que contiene el plan redentor de Dios a lo largo de la historia humana, una especie de historia de la Iglesia desde los apóstoles hasta el tiempo de la Parusía, y para eso fuerzan alegorías y comparaciones en cada sello para definir distintas épocas de la Iglesia. Creemos que es una interpretación demasiado forzada y arbitraria (tan arbitraria como explicaciones históricas similares respecto al contenido de las cartas a las siete Iglesias, que ya veremos más adelante), abierta a toda asociación alegórica o simbólica que se le presente a cada intérprete.

Nosotros sostenemos que en este Libro están escritos los acontecimientos del fin del tiempo y el juicio de Dios sobre los hombres, mientras que los sellos representan los distintos instrumentos de Dios que serán liberados y puestos en marcha para llegar al desarrollo y cumplimiento efectivo de dichos acontecimientos.

Por lo tanto, quitar los sellos y abrir el libro para poder leerlo simboliza la decisión soberana del Padre, cuyo momento sólo Él conoce, de dar inicio a los sucesos precursores de la Parusía del Hijo, mediante lo que podríamos llamar la “liberación” de los instrumentos de los que Dios se servirá. Y esta misión le será confiada a Jesucristo, Hijo de Dios, el único digno de llevarla a cabo.

Le es permitido a Juan, en esta visión celestial, conocer los acontecimientos descriptos en el libro que sostiene el Padre, los que él precisamente dará a conocer, por expresa orden de Jesús, en el Libro del Apocalipsis. Algún día, en el devenir de la historia humana, cuando el Padre lo decida, efectivamente se iniciarán estos hechos del fin, y la escena de la que fue testigo el vidente tendrá correspondencia con una época determinada de la humanidad.

a) El Primer Sello:

Este primer sello forma una unidad con los tres siguientes, dada por la sucesión de elementos similares (caballos y jinetes). Sostenemos que este grupo de cuatro visiones muestra el primer instrumento que Dios utilizará en los acontecimientos de la Parusía, tanto en su fase preparatoria como en su culminación: Satanás y sus demonios.

El primer sello nos presenta un jinete sobre un caballo blanco, que enseguida como símbolo nos remite a 19,11-13, donde encontramos también un jinete sobre un albo animal, quien es identificado como el “Verbo de Dios”, el “Rey de Reyes” y el “Señor de Señores”, es decir, es sin dudas Jesucristo.

Pero, el que está abriendo el sello es el Cordero, Jesucristo, por lo tanto no puede ser Él este personaje sobre el caballo blanco. Este jinete parece ser solamente una burda imitación de Cristo, destinada a engañar a muchos al final de los tiempos. Por eso creemos que es muy clara la identificación con alguien que, según se revelará más adelante, será un instrumento dirigido y manipulado por el Diablo (el “Dragón”): la Bestia del Mar o el Anticristo.

Este personaje tendrá como misión principal convencer al mundo en general, y a los cristianos en particular, que él es el verdadero Cristo que ha llegado al mundo en su Parusía, cumpliendo con todos los anuncios y profecías. Dios, para cumplir sus objetivos, le permitirá vencer, en primer lugar, a la gran estructura anticristiana, mundana y materialista que se identificará en el Apocalipsis como “Babilonia”, y luego, a muchos santos que lo enfrentarán, dominando así al mundo entero (este dominio lo simboliza la corona real que recibe).

Apocalipsis 13,7: “Se le concedió hacer la guerra a los santos y vencerlos; se le concedió poderío sobre toda raza, pueblo, lengua y nación.”

En el próximo Capítulo veremos en detalle este proceso.

b) El Segundo Sello:

Este jinete que monta el caballo color de fuego es el espíritu de discordia y de contienda. Mediante él Satanás utilizará a los hombres que se sometan a su astuta y solapada tentación, exacerbando las ansias de poder, de dominio, de riquezas, o soplando sobre el fuego de los odios religiosos, políticos o étnicos, para quitar la paz y generar enfrentamientos y guerras de todo tipo y magnitud, haciendo que se maten unos a otros.

En la Carta del Apóstol Santiago se presentan las pasiones derivadas de la propia concupiscencia del hombre, que Satanás exacerba con su acción tentadora:

Santiago 4, 1-3: “¿De dónde proceden las guerras y las contiendas entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones que luchan en vuestros miembros? ¿Codiciáis y no poseéis? Matáis. ¿Envidiáis y no podéis conseguir? Combatís y hacéis la guerra. No tenéis porque no pedís. Pedís y no recibís porque pedís mal, con la intención de malgastarlo en vuestras pasiones.”

Esta violencia abarcará desde guerras y conflagraciones mundiales, así como acciones más circunscriptas como guerras civiles y fratricidas, enfrentamientos entre países, acciones de guerrilla y terrorismo, guerras entre bandas rivales de malhechores, y violencia y muertes por robos, saqueos, rapiñas, etc. Todo lo descrito estará presente en la historia del mundo, pero se acentuará mucho más en los tiempos cercanos al fin.

Queda claro que la acción de este segundo jinete no es una acción directa sobre las personas, sino que su misión tentadora es “hacer que se maten unos a otros”.

c) El Tercer Sello:

El jinete que monta el caballo negro es el espíritu de egoísmo y avaricia, que genera el acaparamiento y la concentración de la riqueza y los medios económicos en pocos, en desmedro de muchos que quedan librados a su suerte desgraciada, que no pueden tener lo necesario para subsistir.

El trigo y la cebada representan artículos de primera necesidad para los más pobres, que tienen que comprar a precios exorbitantes, mientras que los artículos de lujo (aceite y vino) sólo están al alcance de los más ricos y poderosos.

De esta manera el hambre y la falta de alimento pasarán a ser causas de mortandad en la humanidad, alimentadas por el espíritu de egoísmo de los pocos que tienen y no comparten, y también como lo anterior, se verán elevados a su máximo nivel en los tiempos que precederán a la Parusía.

d) El Cuarto Sello:

El caballo verdoso o pálido lleva como jinete a la misma muerte, que es la victoria máxima que puede lograr Satanás, aunque se le da un poder limitado (sólo sobre la cuarta parte de la tierra) para provocar la muerte, no sólo por guerras y hambre, sino también con pestes y enfermedades que surgirán de la misma desidia y ambición de los hombres, y por las bestias de la tierra, esta última de una forma misteriosa, que queda velada y oscura.

El “Hades” o “Sheol”, lugar de los muertos según el pensamiento hebreo, sigue detrás a este caballo y su jinete, recogiendo las víctimas que va dejando a su paso.

De esta manera, como mencionamos antes, estos cuatro jinetes con sus cabalgaduras simbolizan la acción destructora de Satanás entre los hombres, la que, con su limitación, tiene la permisión divina, es decir, se convierte en instrumento de Dios.

Queda por aclarar un punto importante: la acción de Satanás que se ha descrito no es algo nuevo, sino que siempre ha existido desde el pecado original, pero aquí el significado es que cercanos ya los tiempos del fin, esta acción se intensificará y exacerbará de una manera nunca vista antes.

Encontramos la descripción de estos azotes de Dios (guerra, hambre, pestes y bestias feroces) en Ezequiel 14, 6-23, donde Yahveh pide la conversión de la adoración a los ídolos, no sólo a su pueblo Israel, sino a “todo extranjero residente en Israel”.

Ezequiel 14, 6-7: “Por eso, di a la casa de Israel: Así dice el Señor Yahveh: Convertíos, apartaos de vuestras basuras, de todas vuestras abominaciones apartad vuestro rostro, porque a todo hombre de la casa de Israel, o de los forasteros residentes en Israel, que se aleje de mí para erigir sus basuras en su corazón, que ponga delante de su rostro la ocasión de sus culpas, y se presente al profeta para consultarme, yo mismo, Yahveh, le responderé.”

Aquellos que no escuchen la llamada de Dios a la conversión recibirán los cuatro azotes de Dios, aunque habrá sobrevivientes:

Ezequiel 14, 21-22: “Pues así dice el Señor Yahveh: Aun cuando yo mande contra Jerusalén mis cuatro terribles azotes: espada, hambre, bestias feroces y peste, para extirpar de ella hombres y bestias, he aquí que quedan en ella algunos supervivientes que han podido salir, hijos e hijas;”

La figura de los cuatro jinetes y sus caballos también tiene su referencia en el Antiguo Testamento:

Zacarías 1, 7-10: “El día veinticuatro del undécimo mes (que es el mes de Sebat), el año segundo de Darío, fue dirigida la palabra de Yahveh al profeta Zacarías (hijo de (Berekías), hijo de Iddó, en estos términos: He tenido una visión esta noche. Era un hombre que montaba un caballo rojo; estaba de pie entre los mirtos que hay en la hondonada; detrás de él, caballos rojos, alazanes y blancos. Yo dije: «¿Quiénes son éstos, señor mío?» El ángel que hablaba conmigo me dijo: «Yo te enseñaré quiénes son éstos.» Y el hombre que estaba entre los mirtos intervino y dijo: «Estos son los que ha enviado Yahveh a recorrer la tierra.»”

Es indudable que aquí se trata de ángeles que Dios ha enviado a recorrer toda la tierra. En el Apocalipsis los cuatro jinetes también tendrán un alcance universal con su acción tentadora para alimentar y fomentar la guerra y la muerte.

e) El Quinto Sello:

Se revela en la apertura de este quinto sello a otro de los instrumentos de Dios que tendrá participación en los acontecimientos del fin, no ya para mal sino para bien: los santos que han muerto y cuyas almas separadas del cuerpo se encuentran en el cielo.

Su súplica e intercesión es para que llegue el tiempo de la justicia de Dios, en un mundo que ha perdido casi totalmente la impronta cristiana, sometido mayoritariamente al “amo del mundo”, Satanás. Hay un deseo expreso de estos santos que llegue a la tierra el Juicio de Dios, y que para ellos arribe el tiempo de la resurrección.

Su clamor al “Señor Santo y Veraz” es escuchado, y, por un lado, reciben a modo de anticipo y seguridad de su próxima resurrección una túnica blanca, prenda que sólo puede utilizar quien tiene un cuerpo material.

Además se les hace una revelación sumamente importante: deberán esperar (descansar) todavía un tiempo para esa resurrección, dado que será necesario que se complete un número, que sólo Dios conoce, de quiénes estarán en su misma situación. Esto ya nos adelanta que habrá muchos santos mártires en los tiempos que seguirán. Sobre el sentido de este número misterioso de santos en el cielo volveremos en forma extensa más adelante, en el Capítulo 6.3.

Encontramos aquí uno de los instrumentos más preciosos de Dios: la oración de sus criaturas, y, en especial, la intercesión ante Él de los santos, poderoso motor para movilizar los sucesos que Dios confía a los hombres como sus causas segundas.

f) El Sexto Sello:

Cuando el Cordero abre el sexto sello Juan presencia la acción destructora de las fuerzas de la naturaleza como instrumentos de Dios. La fuerza principal es un “gran terremoto”, y también hay señales cósmicas en el sol, la luna y las estrellas.

Hay un aspecto sumamente importante para destacar: se producen cambios en la tierra, ejemplificados por un cielo que desaparece, y montañas e islas removidas de sus lugares. Estos terribles desastres naturales serán los que utilizará Dios para la aniquilación final de los impíos en su juicio en el “Día de la ira de Dios”, y para la transformación de la tierra, tal como veremos en la descripción de la acción de la séptima Copa, que precederá inmediatamente a la Parusía de Cristo.

Aquí, en estos seis primeros sellos terminan de liberarse los instrumentos de Dios que intervendrán en el drama del fin: Satanás y sus secuaces, los santos y la naturaleza.

g) El Séptimo Sello:

El último sello indica algo esencial: los instrumentos de Dios ha se han liberado y están en acción según la disposición de Dios, y comenzarán a actuar sobre el mundo, durante un cierto tiempo, simbolizado por la “media hora”, que conocemos como la aparición de las señales del fin.

Todavía no se desencadenarán los acontecimientos irreversibles que precederán a la Parusía, que serán ordenados por Dios a sus ángeles, sino que estas señales serán cada vez más evidentes, según lo anunciado por el mismo Jesús.

C) Las señales indicativas de la cercanía de la Parusía:

Para encarar este tema estudiaremos los discursos escatológicos de Jesús, que encontramos en los tres evangelios sinópticos, unidos a pasajes relevantes del Nuevo Testamento que citaremos en cada caso:

*Mateo: Capítulo 24
*Marcos: Capítulo 13
*Lucas: Capítulo 21

Vamos a analizar los elementos que nos aportan estos evangelios en cuanto a las señales precursoras, a partir de su importancia destacada por Jesús en la parábola de la higuera:

Lucas 21, 29-31: “Les añadió una parábola: «Mirad la higuera y todos los árboles. Cuando ya echan brotes, al verlos, sabéis que el verano está ya cerca. Así también vosotros, cuando veáis que sucede esto, sabed que el Reino de Dios está cerca».” (cfr. Mateo 24,32-33; Marcos 13,28-29).

Las señales que Jesús explicará, al igual que las que produce la naturaleza anticipando las estaciones, mostrarán a los que estén atentos que el Reino de Dios está por llegar.

Veamos las que surgen del discurso escatológico del Señor:

Mateo 24, 1-14: “Salió Jesús del Templo y, cuando se iba, se le acercaron sus discípulos para mostrarle las construcciones del Templo. Pero él les respondió: «¿Veis todo esto? Yo os aseguro no quedará aquí piedra sobre piedra que no sea derruida.» Estando luego sentado en el monte de los Olivos, se acercaron a él en privado sus discípulos, y le dijeron: «Dinos cuándo sucederá eso, y cuál será la señal de tu venida y del fin del mundo.» Jesús les respondió: «Mirad que no os engañe nadie. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: "Yo soy el Cristo", y engañarán a muchos. Oiréis también hablar de guerras y rumores de guerras. ¡Cuidado, no os alarméis! Porque eso es necesario que suceda, pero no es todavía el fin. Pues se levantará nación contra nación y reino contra reino, y habrá en diversos lugares hambre y terremotos. Todo esto será el comienzo de los dolores de alumbramiento. Entonces os entregarán a la tortura y os matarán, y seréis odiados de todas las naciones por causa de mi nombre. Muchos se escandalizarán entonces y se traicionarán y odiarán mutuamente. Surgirán muchos falsos profetas, que engañarán a muchos. Y al crecer cada vez más la iniquidad, la caridad de la mayoría se enfriará. Pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará. Se proclamará esta Buena Nueva del Reino en el mundo entero, para dar testimonio a todas las naciones. Y entonces vendrá el fin».”

Analicemos ahora estas señales que Jesús adelanta a sus apóstoles:

a) Surgirá un engaño religioso generalizado y se irá perdiendo la verdadera fe cristiana:

Muchos serán los que proclamarán que Cristo ya viene, que ya está llegando el tiempo del fin: son los falsos profetas del Señor. Se fijarán fechas arbitrarias y caprichosas para el fin del mundo, y la fe cristiana será desnaturalizada y corrompida, con un confuso sincretismo con creencias esotéricas y elementos de otras religiones, especialmente las orientales.

Numerosos grupos proclamarán ser los poseedores de la verdad sobre la Venida de Cristo, y se definirán como los elegidos que serán favorecidos con su salvación.

Que muchos vengan usurpando el nombre de cristianos diciendo “Yo soy el Cristo“ significa que numerosas falsas religiones se proclamarán como cristianas, pero solamente buscarán engañar y perder a los que quieran realmente ser seguidores de Cristo.

Esto mismo lo expresa San Pablo:

1 Timoteo 4, 1-2: “El Espíritu dice claramente que en los últimos tiempos algunos apostatarán de la fe entregándose a espíritus engañadores y a doctrinas diabólicas, por la hipocresía de embaucadores que tienen marcada a fuego su propia conciencia;”

El engaño de las falsas religiones, suscitadas por “espíritus engañadores y doctrinas diabólicas” puede llevar a la apostasía a cristianos que no hayan madurado en su fe, que no hayan alcanzado la perfección espiritual, ya que serán “llevados a la deriva por cualquier viento de doctrina”:

Efesios 4, 11-14: “El mismo "dio" a unos el ser apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelizadores; a otros, pastores y maestros, para el recto ordenamiento de los santos en orden a las funciones del ministerio, para edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo. Para que no seamos ya niños, llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina, a merced de la malicia humana y de la astucia que conduce engañosamente al error.”

En la Segunda Carta de Pedro, luego de proclamar el advenimiento de la Parusía, también se advierte sobre los falsos profetas:

2 Pedro 2, 1-3. 12-22: “Hubo también en el pueblo falsos profetas, como habrá entre vosotros falsos maestros que introducirán herejías perniciosas y que, negando al Dueño que los adquirió, atraerán sobre sí una rápida destrucción. Muchos seguirán su libertinaje y, por causa de ellos, el Camino de la verdad será difamado. Traficarán con vosotros por codicia, con palabras artificiosas; desde hace tiempo su condenación no está ociosa, ni su perdición dormida.
Pero éstos, como animales irracionales, destinados por naturaleza a ser cazados y muertos, que injurian lo que ignoran, con muerte de animales morirán, sufriendo daño en pago del daño que hicieron. Tienen por felicidad el placer de un día; hombres manchados e infames, que se entregan de lleno a los placeres mientras banquetean con vosotros.
Tienen los ojos llenos de adulterio, que no se sacian de pecado, seducen a las almas débiles, tienen el corazón ejercitado en la codicia, ¡hijos de maldición! Abandonando el camino recto, se desviaron y siguieron el camino de Balaam, hijo de Bosor, que amó un salario de iniquidad, pero fue reprendido por su mala acción. Un mudo jumento, hablando con voz humana, impidió la insensatez del profeta. Estos son fuentes secas y nubes llevadas por el huracán, a quienes está reservada la oscuridad de las tinieblas.
Hablando palabras altisonantes, pero vacías, seducen con las pasiones de la carne y el libertinaje a los que acaban de alejarse de los que viven en el error. Les prometen libertad, mientras que ellos son esclavos de la corrupción, pues uno queda esclavo de aquel que le vence. Porque si, después de haberse alejado de la impureza del mundo por el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, se enredan nuevamente en ella y son vencidos, su postrera situación resulta peor que la primera.
Pues más les hubiera valido no haber conocido el camino de la justicia que, una vez conocido, volverse atrás del santo precepto que le fue transmitido. Les ha sucedido lo de aquel proverbio tan cierto: "el perro vuelve a su vómito" y "la puerca lavada, a revolcarse en el cieno".”

En una forma terrible se expresa la realidad de estos falsos profetas, que contaminan y llevan al error y al pecado a los que se dejan enredar por sus doctrinas aparentemente atrayentes, impregnadas de conceptos mundanos.

Llama la atención la actualidad que tiene esta descripción, especialmente en la proclamación por estos falsos profetas de la libertad a ultranza, que sólo lleva a la esclavitud que generan las propias pasiones sin freno.

Cada vez más el mundo se va acercando a estas realidades postreras, que deben ser advertidas y evitadas por el hombre de fe, aunque en los tiempos cercanos al fin quedarán muy pocos de éstos en condiciones de discernir con claridad estos engaños, como lo anuncia el mismo Jesús:

Lucas 18,8: “Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?”

b) Guerras y rumores de guerras:

Hay un anuncio de Jesús que no ofrece dudas: el fin no vendrá por guerras provocadas por los hombres, aunque sean de una destrucción terrible, sino que será Dios mismo que lo producirá, cuando sea su decisión y utilizando instrumentos naturales, como los terremotos y catástrofes cósmicas.

Pero en esos tiempos finales las naciones se enfrentarán, y los pueblos harán la guerra, como consecuencia de la acción tentadora de Satanás ejemplificada por el Segundo jinete del Apocalipsis, aunque estos acontecimientos serán solamente preparatorios para el verdadero fin.

c) Hambre y pestes:

Surgirá la pobreza y falta de alimento en grandes regiones de la tierra, provocada muy en particular por la obra depredadora y destructora de los recursos naturales por la ambición del hombre.

Adicionalmente la escasez y la carestía de alimentos para grandes sectores de la humanidad será también consecuencia del espíritu de egoísmo y avaricia de aquellos que todo lo tienen y no lo comparten, impulsados por los espíritus demoníacos que vimos según los jinetes tercero y cuarto del Apocalipsis.

d) Catástrofes naturales:

El mundo irá sufriendo una intensificación de las catástrofes naturales: terremotos, maremotos e inundaciones (Lucas 21,25), caídas de granizo, así como sequías que generarán la falta de alimento y el hambre, según vimos en el punto anterior.

Es muy interesante ver como en el Apocalipsis se adjudica a los hombres la culpa dedestruir o corromper a la tierra:

Apocalipsis 11,18: “Las naciones se habían encolerizado; pero ha llegado tu cólera y el tiempo que los muertos sean juzgados, el tiempo de dar la recompensa a tus siervos los profetas, a los santos y a los que temen tu nombre, pequeños y grandes, y de destruir a los que destruyen la tierra.”

La palabra griega que se utiliza aquí como “destruir” o “corromper” es “dia-fzeiro”, utilizada por ejemplo en otra expresión, que nos muestra el significado de la misma con claridad:

2 Corintios 4,16: “Aún cuando nuestro hombre exterior se va desmoronando (“destruyendo”, “dia-fzeiro”), el hombre interior se va renovando día a día.”

Se está hablando de una destrucción de la tierra gradual, de una corrupción de los recursos naturales y modificación de los mismos por contaminación, mal uso, irresponsabilidad, todas derivadas de la ambición humana sin freno.

El sexto sello revela que Dios utilizará finalmente catástrofes naturales de magnitud nunca vista antes para realizar su designio de transformación del mundo actual en una nueva creación.

e) La caridad disminuirá:

Es terrible el anuncio del Señor en Mateo 24,12: “Y al crecer cada vez más la iniquidad, la caridad de la mayoría se enfriará.”

Vimos antes en el punto a) que el engaño generalizado de los falsos profetas llevará también a una disminución de la fe cristiana. Pensemos que fe y caridad, junto a la esperanza, son las tres virtudes teologales infundidas por la gracia santificante en el hombre, como don de Dios para su redención y salvación, y que regulan la vida del hombre inclinando su voluntad e inteligencia hacia Dios.

¿Nos podemos imaginar un mundo donde apenas se encuentren aquí y allá cristianos que vivan estas virtudes, que son las que conducen a la santidad? Pensemos en un mundo donde quien prevalecerá será el “hombre racional”, con su inteligencia y voluntad enfermas por el pecado original y sometidas a la influencia devastadora de su propia concupiscencia y de la tentación de Satanás (ver el desarrollo d este tema en “Contempladores …. ).

Las pasiones sin el freno de las virtudes infusas, el pecado generalizado, los intereses exclusivamente egoístas, el materialismo a ultranza y manifestaciones similares serán el marco de un mundo alejado por completo de la acción del Espíritu Santo y entregado mansamente a la acción corruptora y destructora de Satanás, tal como la describe la Primera Carta de Pedro:

1 Pedro 5, 8-9: “Sed sobrios y velad. Vuestro adversario, el Diablo, ronda como león rugiente, buscando a quién devorar. Resistidle firmes en la fe, sabiendo que vuestros hermanos que están en el mundo soportan los mismos sufrimientos.”

San Pablo nos presenta descarnadamente el cuadro de los hombres alejados de la gracia de Dios en los últimos tiempos de la actual humanidad:

2 Timoteo 3, 1-9: “Ten presente que en los últimos días sobrevendrán momentos difíciles; los hombres serán egoístas, avaros, fanfarrones, soberbios, difamadores, rebeldes a los padres, ingratos, irreligiosos, desnaturalizados, implacables, calumniadores, disolutos, despiadados, enemigos del bien, traidores, temerarios, infatuados, más amantes de los placeres que de Dios, que tendrán la apariencia de piedad, pero desmentirán su eficacia. Guárdate también de ellos. A éstos pertenecen esos que se introducen en las casas y conquistan a mujerzuelas cargadas de pecados y agitadas por toda clase de pasiones, que siempre están aprendiendo y no son capaces de llegar al pleno conocimiento de la verdad. Del mismo modo que Jannés y Jambrés se enfrentaron a Moisés, así también estos se oponen a la verdad; son hombres de mente corrompida, descalificados en la fe. Pero no progresarán más, porque su insensatez quedará patente a todos, como sucedió con la de aquéllos.”

Esta descripción es una de las señales que serán más claras en cuanto a que el Juicio de Dios se acerca: una corrupción, injusticia, perversidad y perversiones generalizadas en el mundo. Sin embargo será solamente perceptible para aquellos que por su fe, suficientemente crecida, no se sumergirán en esa vorágine, y verán todo esto con claridad.

f) Se proclamará la Buena Nueva del Reino en el mundo entero:

Dios otorgará un tiempo de misericordia antes de su juicio, para salvar a todos los que acepten esa salvación, y esto se logrará con una proclamación renovada del anuncio de la llegada del Reino en el mundo entero, apoyada por las señales de la proximidad del fin, que ya se apreciarán con cierta claridad.
El modo de esta proclamación lo estudiaremos con más detalle en el siguiente Capítulo.

D) Conclusiones.

Existe un momento dado en la historia de la humanidad que Dios padre dispondrá nuevamente una intervención de su Hijo Jesucristo en ella, así como lo hizo por vez primera en su Encarnación. Es solamente el Padre, en su infinita Sabiduría, quien conoce cuando será el tiempo de este suceso:

Marcos 13,32: “Mas de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre.”

La mayoría de los teólogos interpreta que aquí se trata de la ciencia y el conocimiento del Hijo en cuanto hombre, informada por su unión con la naturaleza divina, pero que puede ignorar ciertas cosas.

El Libro del Apocalipsis nos presenta a Juan, quien es testigo en visión profética, del momento en que esta decisión es tomada por el Padre, obviamente desconociendo su tiempo dentro de la historia del mundo.
La escena donde Jesucristo, figurado como Cordero de Dios que expió por los pecados de los hombres con su muerte, derramando sobre la humanidad el don de la Salvación, toma del Padre el libro sellado en el que se encuentran revelados los acontecimientos del fin, marca el inicio del tiempo que culminará con su Segunda Venida al mundo en gloria y majestad.

A través de las visiones que nos entrega Juan conoceremos el desarrollo de estos acontecimientos que nunca se habían revelado antes, aunque seguirá estando solamente en el conocimiento del Padre el “día y la hora” en que se desatarán.

Sin embargo hay que tener en cuenta que la misericordia de Dios, buscando que todos los hombres se salven, es decir, que lleguen a ser sus hijos adoptivos en su presencia por toda le eternidad, permitirá conocer a través de ciertas señales, que serán acontecimientos particulares en la historia, que este “día y hora” está cerca, por lo que será necesario obrar según lo que Jesús ha enseñado que es necesario para entrar al Reino de Dios.

Es así como que todo cristiano debe estar siempre atento a las “señales de los tiempos”, sin pretender empero de escudriñarlas de manera de saber a ciencia cierta cuándo ocurrirá exactamente la esperada Segunda Venida del Señor. Es por esta razón que la enseñanza de Jesús constantemente recuerda la necesidad de velar, de estar atentos, de no “dormirse”, de pensar que el “Día del Señor” puede aparecer en cualquier momento:

Marcos 13, 33-37: “Estad atentos y vigilad, porque ignoráis cuándo será el momento. Al igual que un hombre que se ausenta: deja su casa, da atribuciones a sus siervos, a cada uno su trabajo, y ordena al portero que vele; velad, por tanto, ya que no sabéis cuándo viene el dueño de la casa, si al atardecer, o a media noche, o al cantar del gallo, o de madrugada. No sea que llegue de improviso y os encuentre dormidos. Lo que a vosotros digo, a todos lo digo: ¡Velad!”

El tiempo de las “señales precursoras” tampoco sabemos cuánto durará, pero sin duda no será un tiempo corto, y permitirá que los cristianos que estén abiertos al discernimiento espiritual vayan viendo cada vez con mayor claridad que estas señales se estarán produciendo en el mundo.

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