Contempladores

El Reino de Dios se instaura con la Segunda Venida de Jesucristo

Capítulo 5: El Juicio De Dios

Indice general del libro


Capítulo 1: Los dogmas de fe católica sobre la Segunda Venida de jesucristo
Capítulo 2: La interpretación de las profecías mesiánicas del Antiguo Testamento
Capítulo 3: Los acontecimientos precursores de la Segunda Venida de Cristo
Capítulo 4: El surgimiento de la Gran Babilonia
Capítulo 5: El Juicio de Dios
Capítulo 6: Primera Fase del Juicio: el tiempo de la advertencia o de las 7 trompetas
Capítulo 7: La Segunda Fase del Juicio: el tiempo de la ira de Dios o de las 7 Copas
Capítulo 8: La materia del juicio de Cristo a la Iglesia
Capítulo 9: La Parusía del Señor
Capítulo 10: La instauración del Reino de Dios
Capítulo 11: El Juicio Final y el Reino de Dios eterno
Epílogo

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Capítulo 5: El Juicio de Dios.


  A) El anuncio del Juicio de Dios por los profetas del Antiguo Testamento
     1) Vendrá un día de juicio severo de Yahveh sobre su pueblo corrompido y pecador, que se conocerá como el Día de Yahveh".
     2) Este "día" de juicio de Yahveh también alcanzará a todos los pueblos paganos de la tierra.
     3) El "Día de Yahveh" también producirá el surgimiento de una tierra renovada.
     4) El Pueblo de Dios convertirá con su predicación a todos los pueblos paganos de la tierra
  B) El momento en que se desarrollará este juicio: el fin del presente siglo o "eón".
  C Las fases sucesivas del Juicio de Cristo.

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No puede haber duda que el sentido principal de la Parusía es el juicio, tal como lo define el Credo Católico: “Desde allí (el cielo) ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos”. Será en base a este juicio que quedará definido el ingreso al Reino de Dios, tanto como para los que se encuentren viviendo en el mundo al momento de la Parusía, como para los que ya hayan muerto, o mueran en los acontecimientos que se desencadenarán en este fin de los tiempos.

Lamentablemente en la doctrina católica es poco y nada lo que se dice sobre el juicio de las personas vivas que Jesús encuentre en la tierra en su Parusía. Y de hecho no es un tema que pueda dejarse de lado, ya que hoy, a principios del tercer milenio después de Cristo, la población mundial supera los seis mil millones de personas.

Aunque la Parusía, como simple hipótesis a modo de ejemplo, se produjera dentro de este siglo XXI, encontraría una humanidad proyectada desde la actual hasta unos diez mil millones de habitantes para fines de este período, aunque las estimaciones varían mucho en función del control de natalidad que pueda ser aplicado y de otros factores diversos.

Por lo tanto es sumamente importante plantear este tema según las bases bíblicas, porque afectará un volumen de personas enorme (pensemos que al momento de encarnarse el Hijo de Dios en Jesucristo hace 30 siglos, la población estimada de ese momento era de unos 200 millones de personas).

De esta manera nos plantearemos el problema del Juicio de Cristo sobre los vivos y los muertos estudiando sucesivamente los siguientes temas:

*Las bases proféticas del Antiguo Testamento sobre el “Día d ela ira de Dios”.

*El momento de la historia en qué se desarrollará este Juicio.

*Las fases sucesivas del Juicio de Cristo.

A) El anuncio del Juicio de Dios por los profetas del Antiguo Testamento.

Ya desde las profecías del Antiguo Testamento se anuncia un juicio severo contra el pueblo de Dios rebelde, y a las naciones paganas, que se cumplirá en el llamado “Día de la ira de Yahveh”. Veamos las distintas componentes que definen este “día” único y terrible:

Veamos el vaticinio del profeta Isaías:

Isaías 2,6-12.17-19: “Has desechado a tu pueblo, la Casa de Jacob, porque estaban llenos de adivinos y evocadores, como los filisteos, y con extraños chocan la mano; se llenó su tierra de plata y oro, y no tienen límite sus tesoros; se llenó su tierra de caballos, y no tienen límite sus carros; se llenó su tierra de ídolos, ante la obra de sus manos se inclinan, ante lo que hicieron sus dedos. Se humilla el hombre, y se abaja el varón: pero no les perdones. Entra en la peña, húndete en el polvo, lejos de la presencia pavorosa de Yahveh y del esplendor de su majestad, cuando él se alce para hacer temblar la tierra. Los ojos altivos del hombre serán abajados, se humillará la altanería humana, y será exaltado Yahveh solo en aquel día. Pues será aquel día de Yahveh Sebaot para toda depresión, que sea enaltecida, y para todo lo levantado, que será rebajado: Se humillará la altivez del hombre, y se abajará la altanería humana; será exaltado Yahveh solo, en aquel día, y los ídolos completamente abatidos. Entrarán en las grietas de las peñas y en las hendiduras de la tierra, lejos de la presencia pavorosa de Yahveh y del esplendor de su majestad, cuando él se alce para hacer temblar la tierra.”

El de Israel se ha convertido en un pueblo contaminado por doctrinas e ideas paganas que lo seducen y atraen, se llenó de bienes y acumuló riquezas a expensas de los pobres y desvalidos, y adora todo tipo de ídolos fabricados por sus propias manos, olvidando a su Dios.
Será así que Yahveh fijará “un día” en el futuro, donde su juicio se manifestará a pleno con ese pueblo prostituido a los ídolos. Es la situación que vimos que se repetirá en la Iglesia de los últimos tiempos, contaminada por el espíritu materialista y racionalista del mundo.

Otro profeta, Joel, también anuncia el pavoroso "Día de Yahveh":

Joel 1,13-15; 2,1-3: “¡Ceñíos y plañid, sacerdotes, gemid, ministros del altar; venid, pasad la noche en sayal, ministros de mi Dios, porque a la Casa de vuestro Dios se le ha negado oblación y libación! Promulgad un ayuno,llamad a concejo, reuníos, ancianos, y vosotros todos, habitantes de la tierra, en la Casa de Yahveh, vuestro Dios, y clamad a Yahveh: «¡Ay, el Día, que está cerca el Día de Yahveh, ya llega como devastación de Sadday!»
¡Tocad el cuerno en Sión, clamad en mi monte santo! ¡Tiemblen todos los habitantes del país, porque llega el Día de Yahveh, porque está cerca! ¡Día de tinieblas y de oscuridad, día de nublado y densa niebla! Como la aurora sobre los montes se despliega un pueblo numeroso y fuerte, como jamás hubo otro, ni lo habrá después de él en años de generación en generación. Delante de él devora el fuego, detrás de él la llama abrasa. Como un jardín de Edén era delante de él la tierra, detrás de él, un desierto desolado. ¡No hay escape ante él!”

Hay una exhortación de Yahveh a la penitencia y al arrepentimiento, para evitar las terribles consecuencias del juicio de Yahveh cuando venga en su “día”. Esta exhortación llegará a los hombres a través de los “apóstoles de los últimos tiempos”, en la proclamación del Evangelio a todo el mundo en los tiempos finales, con los tres anuncios sucesivos, como veremos en el Capítulo 6.G

Amós 5,13-20: “Por eso el hombre sensato calla en esta hora, que es hora de infortunio. Buscad el bien, no el mal, para que viváis, y que así sea con vosotros Yahveh Sebaot, tal como decís. Aborreced el mal, amad el bien, implantad el juicio en la Puerta; quizá Yahveh Sebaot tenga piedad del Resto de José. Por eso, así dice Yahveh, el Dios Sebaot, el Señor: En todas las plazas habrá lamentación y en todas las calles se dirá: «¡Ay, ay!» Convocarán a duelo al labrador, y a lamentación a los que saben plañir; lamentación habrá en todas las viñas, porque voy a pasar yo por medio de ti, dice Yahveh. ¡Ay de los que ansían el Día de Yahveh! ¿Qué creéis que es ese Día de Yahveh? ¡Es tinieblas, que no luz! Como cuando uno huye del león y se topa con un oso, o, al entrar en casa, apoya una mano en la pared y le muerde una culebra... ¿No es tinieblas el Día de Yahveh, y no luz, lóbrego y sin claridad?”

Aquí en la voz del profeta Amós también encontramos una exhortación al arrepentimiento, a un cambio de conducta, lo que permitirá al menos a un “resto” salvarse de las consecuencias del “día de Yahveh”. Al igual que Joel aquí se describe este “día” como un día de tinieblas, de oscuridad, de ayes y lamentaciones de los pecadores.

Ese “resto” compuesto por la Iglesia fiel, que permanecerá en la verdadera fe en los tiempos del fin, será el que alcanzará las promesas del reino de Dios.

Sofonías 1,4-8.14-16: “Extenderé mi mano contra Judá, y contra todos los habitantes de Jerusalén, y extirparé de este lugar lo que queda de Baal, el nombre de los ministros con los sacerdotes, los que se postran en los terrados ante el ejército del cielo, los que se postran ante Yahveh y juran por Milkom, los que se apartan del seguimiento de Yahveh, los que no buscan a Yahveh ni le consultan. ¡Silencio ante el Señor Yahveh, porque el Día de Yahveh está cerca! Sí, Yahveh ha preparado un sacrificio, ha consagrado a sus invitados. Sucederá en el día del sacrificio de Yahveh que yo visitaré a los príncipes, a los hijos del rey, y a todos los que visten vestido extranjero. Visitaré aquel día a todos los que saltan por encima del umbral, los que llenan la Casa de su Señor de violencia y de fraude. ¡Cercano está el gran Día de Yahveh, cercano, a toda prisa viene! ¡Amargo el ruido del día de Yahveh, dará gritos entonces hasta el bravo! Día de ira el día aquel, día de angustia y de aprieto, día de devastación y desolación, día de tinieblas y de oscuridad, día de nublado y densa niebla, día de trompeta y de clamor, contra las ciudades fortificadas y las torres de los ángulos. Yo pondré a los hombres en aprieto, y ellos como ciegos andarán, (porque pecaron contra Yahveh); su sangre será derramada como polvo, y su carne como excremento.”

Sofonías enuncia el juicio de Dios en su “día” en particular con respecto a la idolatría de su pueblo y al abandono de su Dios para abrazar el culto de los paganos, con una purificación profunda del pueblo de Dios.

También el profeta Zacarías habla de la supervivencia de un “resto” después del terrible “Día de Yahveh”:

Zacarías 13,8-9: “Entonces, en todo el país –oráculo del Señor– dos tercios serán exterminados, perecerán, y sólo un tercio quedará en él. Yo haré pasar ese tercio por el fuego, y los purificaré como se purifica la plata,los probaré como se prueba el oro. Él invocará mi Nombre, y yo lo escucharé; yo diré: "¡Este es mi Pueblo!" y él dirá: "¡El Señor es mi Dios!".

Se desprende con claridad de estos textos proféticos, así como de muchos otros similares, que habrá un juicio de Yahveh muy severo contra el que es su pueblo elegido, cuidado por él, pero cuyos frutos no fueron los esperados, según refleja el profeta Isaías en el símil de Israel con una viña:

Isaías 5,1-4.7: “Voy a cantar a mi amigo la canción de su amor por su viña. Una viña tenía mi amigo en un fértil otero. La cavó y despedregó, y la plantó de cepa exquisita. Edificó una torre en medio de ella, y además excavó en ella un lagar. Y esperó que diese uvas, pero dio agraces. Ahora, pues, habitantes de Jerusalén y hombres de Judá, venid a juzgar entre mi viña y yo: ¿Qué más se puede hacer ya a mi viña, que no se lo haya hecho yo? Yo esperaba que diese uvas. ¿Por qué ha dado agraces? Pues bien, viña de Yahveh Sebaot es la Casa de Israel, y los hombres de Judá son su plantío exquisito. Esperaba de ellos justicia, y hay iniquidad; honradez, y hay alaridos.”

Los frutos no aparecieron, ya que en lugar del bien el pueblo hizo el mal, practicó la injusticia, el soborno, se aprovechó de los débiles e indefensos, ejemplificados por las viudas y los huérfanos, pero, por sobre todo, dejaron de lado al Dios de sus padres, aquel que había realizado portentos y prodigios una y otra vez para auxiliar a sus elegidos, para correr tras los ídolos y las costumbres paganas de las naciones que vivían en la tierra que habían ocupado.
De esta manera, por boca de los profetas, Yahveh anuncia su severo juicio y castigo, para un “día” terrible que vendrá. Será a este “Día” que corresponderán los acontecimientos relacionados con la “Parusía” de Jesucristo y su juicio sobre los cristianos en general.

3) Este “día” de juicio de Yahveh también alcanzará a todos los pueblos paganos de la tierra, que deberán responder en general por sus pecados, y en particular aquellos que hicieron sufrir al pueblo elegido serán juzgados con mayor severidad:

Isaías 13,1. 4-9: “Oráculo contra Babilonia, que contempló Isaías, hijo de Amós. ¡Ruido estruendoso en los montes, como de mucha gente! ¡Ruido estrepitoso de reinos, naciones reunidas! Yahveh Sebaot pasa revista a su tropa de combate. Vienen de tierra lejana, del cabo de los cielos, Yahveh y los instrumentos de su enojo para arrasar toda la tierra. Ululad, que cercano está el Día de Yahveh, como la destrucción de Sadday viene. Por eso todos los brazos decaen y todo corazón humano se derrite. Se empavorecen, angustias y apuros les sobrecogen, cual parturienta se duelen. Cada cual se asusta de su prójimo. Son los suyos rostros llameantes. He aquí que el Día de Yahveh viene implacable, el arrebato, el ardor de su ira, a convertir la tierra en yermo y exterminar de ella a los pecadores.”

Babilonia es el enemigo por excelencia de Israel, causante de la ruina de Jerusalén y del destierro masivo de Judá, siendo además un pueblo de costumbres paganas e idólatras que se contraponen al Dios personal y único de Israel. Es Babilonia el tipo del pueblo pagano y feroz que somete al pueblo de Dios, y así será considerado hasta el final de la revelación del Nuevo Testamento, con el Libro del Apocalipsis.

A estos reinos y naciones les llegará el severo juicio de Dios en el “Día de Yahveh”. Es lo que desarrollamos en el Capítulo 5 de este libro, con el juicio a la Gran Babilonia primero, y luego al Anticristo y sus seguidores mediante las plagas de las siete copas.

Jeremías 46,1.10-12: “Lo que fue dicho por Yahveh al profeta Jeremías sobre las naciones. Aquel día será para el Señor Yahveh, día de venganza para vengarse de sus adversarios. Devorará la espada y se hartará y se abrevará de su sangre; pues será la matanza de Yahveh Sebaot en la tierra del norte, cabe el río Eufrates. Sube a Galaad y recoge bálsamo, virgen, hija de Egipto; en vano menudeas las curas: alivio no hay para ti. Han oído las naciones tu deshonra, y tu alarido llenó la tierra, porque valiente contra valiente tropezaron, a una cayeron entrambos.”

Este oráculo plantea el juicio de Yahveh contra Egipto, otra de las naciones símbolo de la persecución a Israel y de la religión pagana, desde el mismo comienzo de la nación hebrea, con su cautiverio en ese país y la posterior huida asistido por el poder de Yahveh en el éxodo hacia la tierra prometida.

Ezequiel 30,1-7: “La palabra de Yahveh me fue dirigida en estos términos: Hijo de hombre, profetiza y di: Así dice el Señor Yahveh: Gemid: «¡Ah, el día aquel!» Porque está cercano el día, está cercano el día de Yahveh, día cargado de nubarrones, la hora de las naciones será. Vendrá la espada sobre Egipto, cundirá el pánico en Kus, cuando las víctimas caigan en Egipto, cuando sean saqueadas sus riquezas y sus cimientos derruidos. Kus, Put y Lud, toda Arabia y Kub, y los hijos del país de la alianza, caerán con ellos a espada. Así dice Yahveh: Caerán los apoyos de Egipto, se desplomará el orgullo de su fuerza; desde Migdol a Siene, caerán todos a espada, oráculo del Señor Yahveh. Quedarán desolados entre los países desolados, y sus ciudades estarán entre las ciudades en ruinas.”

También el profeta Ezequiel anuncia de parte de Dios el juicio y la ruina de Egipto en el “Día de Yahveh”, quedando asoladas sus ciudades, al igual que las de otros pueblos paganos. De la misma manera que fue anunciado a su pueblo elegido, caerá el juicio implacable de Yahveh sobre las naciones paganas idólatras, muy especialmente sobre aquellas que sometieron, persiguieron y arrasaron a la nación de Israel.
Será castigada muy particularmente la soberbia y altivez de pueblos, que siendo potencias militares, se creyeron dueños de las naciones más débiles e indefensas, sometiéndolos a la opresión, no sólo política y económica, sino la religiosa, pretendiendo alejarlos del Dios que se había revelado a su pueblo elegido.

4) El “Día de Yahveh”, además de constituirse en día de juicio, tanto para Israel como para las naciones paganas, también producirá el surgimiento de una tierra renovada y restaurada, para lo cual deberá previamente destruirse lo existente.

Perecerá una buena parte de la humanidad, quedando solamente un “resto”, tanto del pueblo de Dios como de las naciones paganas, y la tierra será transformada como consecuencia de catástrofes cósmicas nunca vistas antes. Se volverá entonces a un estado de paz y justicia como jamás se vivió entre los hombres.

Isaías 13,9-13: “He aquí que el Día de Yahveh viene implacable, el arrebato, el ardor de su ira, a convertir la tierra en yermo y exterminar de ella a los pecadores. Cuando las estrellas del cielo y la constelación de Orión no alumbren ya, esté oscurecido el sol en su salida y no brille la luz de la luna, pasaré revista al orbe por su malicia y a los malvados por su culpa. Haré cesar la arrogancia de los insolentes, y la soberbia de los desmandados humillaré. Haré que el hombre sea más escaso que el oro fino, y la humanidad más que metal de Ofir. Por eso haré temblar los cielos, y se removerá la tierra de su sitio, en el arrebato de Yahveh Sebaot, en el día de su ira hirviente.”

En las palabras proféticas de Isaías se anuncia la destrucción de lo existente y la subsistencia de una pequeña porción de la humanidad. La renovación y restauración de la tierra es anunciada en la expresión “se removerá la tierra de su sitio”.

Isaías 24,1-6: “He aquí que Yahveh estraga la tierra, la despuebla, trastorna su superficie y dispersa a los habitantes de ella: al pueblo como al sacerdote; al siervo como al señor; a la criada como a su señora; al que compra como al que vende; al que presta como al prestatario; al acreedor como a su deudor. Devastada será la tierra y del todo saqueada, porque así ha hablado Yahveh. En duelo se marchitó la tierra, se amustia, se marchita el orbe, el cielo con la tierra se marchita. La tierra ha sido profanada bajo sus habitantes, pues traspasaron las leyes, violaron el precepto, rompieron la alianza eterna. Por eso una maldición ha devorado la tierra, y tienen la culpa los que habitan en ella. Por eso han sido consumidos los habitantes de la tierra, y quedan pocos del linaje humano.”

En este pasaje el profeta reafirma los elementos del “día de Yahveh”: tierra devastada, pocos sobrevivientes humanos, y se define con claridad el pecado de la humanidad: la tierra creada por Yahveh, donde todo era bueno, ha sido profanada por sus habitantes, que rompieron el propósito de su Creador y trasgredieron sus leyes sagradas.

Joel 3,3-4.4,14-15: “Y realizaré prodigios en el cielo y en la tierra, sangre, fuego, columnas de humo». El sol se cambiará en tinieblas y la luna en sangre, ante la venida del Día de Yahveh, grande y terrible. ¡Multitudes y multitudes en el Valle de la Decisión! Porque está cerca el Día de Yahveh, en el Valle de la Decisión. El sol y la luna se oscurecen, las estrellas retraen su fulgor.”

Describe el profeta Joel las grandes señales cósmicas que acompañarán el “Día de Yahveh”, para que no haya dudas entre los habitantes de la tierra que el juicio de Yahveh ha llegado.

Isaías 11,6-9: “Serán vecinos el lobo y el cordero, y el leopardo se echará con el cabrito, el novillo y el cachorro pacerán juntos, y un niño pequeño los conducirá. La vaca y la osa pacerán, juntas acostarán sus crías, el león, como los bueyes, comerá paja. Hurgará el niño de pecho en el agujero del áspid, y en la hura de la víbora el recién destetado meterá la mano. Nadie hará daño, nadie hará mal en todo mi santo Monte, porque la tierra estará llena de conocimiento de Yahveh, como cubren las aguas el mar.”

Será restablecida en la tierra la armonía entre el hombre, la naturaleza, sus semejantes y Dios, que fue rota por la rebelión del ser humano contra Dios, que generó el pecado y sus funestas consecuencias.

Isaías 25,6-10: “Hará Yahveh Sebaot a todos los pueblos en este monte un convite de manjares frescos, convite de buenos vinos: manjares de tuétanos, vinos depurados; consumirá en este monte el velo que cubre a todos los pueblos y la cobertura que cubre a todas las gentes; consumirá a la Muerte definitivamente. Enjugará el Señor Yahveh las lágrimas de todos los rostros, y quitará el oprobio de su pueblo de sobre toda la tierra, porque Yahveh ha hablado. Se dirá aquel día: «Ahí tenéis a nuestro Dios: esperamos que nos salve; éste es Yahveh en quien esperábamos; nos regocijamos y nos alegramos por su salvación.» Porque la mano de Yahveh reposará en este monte, Moab será aplastado en su sitio como se aplasta la paja en el muladar.”

La visión profética compara las bendiciones que vendrán después del “día de Yahveh” con un festín repleto de suculentos manjares. Ya no habrá tristeza, porque el mismo Yahveh enjugará las lágrimas de su pueblo, y la muerte será derrotada para siempre.

Joel 4,17-18: “«Sabréis entonces que yo soy Yahveh vuestro Dios, que habito en Sión, mi monte santo. Santa será Jerusalén, y los extranjeros no pasarán más por ella.» Sucederá aquel día que los montes destilarán vino y las colinas fluirán leche; por todas las torrenteras de Judá fluirán las aguas; y una fuente manará de la Casa de Yahveh que regará el valle de las Acacias.”

Es una figura de la abundancia que fluirá sobre la humanidad y el pueblo de Dios restaurados y en armonía con su creador, por obra de la misericordia de Yahveh.

Amós 9,11-15: “Aquel día levantaré la cabaña de David ruinosa, repararé sus brechas y restauraré sus ruinas; la reconstruiré como en los días de antaño, para que posean lo que queda de Edom y de todas las naciones sobre las que se ha invocado mi nombre, oráculo de Yahveh, el que hace esto. He aquí que vienen días - oráculo de Yahveh - en que el arador empalmará con el segador y el pisador de la uva con el sembrador; destilarán vino los montes y todas las colinas se derretirán. Entonces haré volver a los deportados de mi pueblo Israel; reconstruirán las ciudades devastadas, y habitarán en ellas, plantarán viñas y beberán su vino, harán huertas y comerán sus frutos. Yo los plantaré en su suelo y no serán arrancados nunca más del suelo que yo les di, dice Yahveh, tu Dios.”

Se renuevan a través de Amós las promesas de Yahveh de restaurar a su pueblo para volverlo a las condiciones más brillantes de su historia (“los días antiguos”).

El profeta Ezequiel hace aparecer la promesa de restauración y prosperidad del Israel futuro inmediatamente después de prometer la efusión de su Espíritu a todos los hombres:

Ezequiel 36,33-38: Así dice el Señor Yahveh: El día que yo os purifique de todas vuestras culpas, repoblaré las ciudades y las ruinas serán reconstruidas; la tierra devastada será cultivada, después de haber sido una desolación a los ojos de todos los transeúntes. Y se dirá: «Esta tierra, hasta ahora devastada, se ha hecho como jardín de Edén, y las ciudades en ruinas, devastadas y demolidas, están de nuevo fortificadas y habitadas.» Y las naciones que quedan a vuestro alrededor sabrán que yo, Yahveh, he reconstruido lo que estaba demolido y he replantado lo que estaba devastado. Yo, Yahveh, lo digo y lo hago. Así dice el Señor Yahveh: Me dejaré todavía buscar por la casa de Israel, para hacer por ellos esto: multiplicarlos como un rebaño humano, como un rebaño de reses consagradas, como el rebaño reunido en Jerusalén, en las fiestas solemnes. Así se llenarán de un rebaño humano vuestras ciudades en ruinas, y se sabrá que yo soy Yahveh.”

Se reedificará lo destruido en el “Día de Yahveh”, y la tierra parecerá un nuevo jardín del Edén. El “resto” salvado se multiplicará y repoblará la tierra renovada.

Se desprende en forma evidente de estas profecías que el Israel del tiempo del “día” de Dios morará en una tierra transformada en todo sentido, lo cual plantea que para que estos anuncios tengan su cumplimiento, será necesario que la Iglesia (Nuevo Israel) goce y viva una nueva época de paz y justicia en la tierra, después de la Segunda Venida del Mesías Jesús, ya que nada de esto se produjo después de la primera.

Entonces aquí desembocamos en el famoso problema del reino milenial, que es precisamente el tema central que pretendemos aclarar en este estudio, desde una nueva perspectiva que respeta la totalidad de los dogmas católicos, y elimina de raíz todas las prevenciones y argumentaciones tradicionales en contra de la existencia del Reino de Dios en la tierra después d ela Parusía de Cristo.

4) El Pueblo de Dios convertirá con su predicación a todos los pueblos paganos de la tierra.

El pueblo elegido por Dios tuvo encomendada desde antiguo su acción de conversión de los pueblos paganos:

Salmo 96 (95), 1-5: “¡Cantad a Yahveh un canto nuevo, cantad a Yahveh toda la tierra, cantad a Yahveh, su nombre bendecid! Anunciad su salvación día tras día, contad su gloria a las naciones, a todos los pueblos sus maravillas. Que grande es Yahveh, y muy digno de alabanza, más temible que todos los dioses. Pues nada son todos los dioses de los pueblos.”

El profeta Miqueas revela que en los tiempos mesiánicos será el pueblo de Dios el instrumento para la salvación de las naciones paganas:

Miqueas 5,6: “Y será el Resto de Jacob, en medio de pueblos numerosos, como rocío que viene de Yahveh, como lluvia sobre la hierba, él, que no espera en el hombre ni aguarda nada de los hijos de hombre.”

El profeta Isaías, al final de su libro, cuando habla de los “cielos nuevos y tierra nueva”, también anuncia este papel de evangelizadores de las naciones paganas:

Isaías 66, 18-22: “Ha venido el tiempo de congregar todas las naciones y lenguas; y vendrán y verán mi gloria. Pondré en medio de ellos una señal, y enviaré sus sobrevivientes a las naciones, a Tarsis, a Pul, a Lud, a Mósoc, a Rosch, a Tubal y a Javán, a las islas remotas que no han oído hablar de Mí, ni han visto la gloria mía; ellos anunciarán mi gloria entre los gentiles. De entre todas las naciones traerán a todos vuestros hermanos, como ofrenda a Yahveh, a caballo, en carros, en literas, en mulos y en dromedarios, a mi santo monte, a Jerusalén, dice Yahveh; de igual modo que los hijos de Israel traen la ofrenda, en vaso limpio, a la Casa de Yahveh. Y de entre ellos tomaré también a algunos para sacerdotes y levitas, dice Yahveh. Porque así como los nuevos cielos y la nueva tierra que voy a hacer, subsistirán ante Mí, dice Yahveh, así subsistirá vuestro linaje y vuestro nombre.”

Comenta así la Biblia de Straubinger este pasaje:

”«Pondré en medio de ellos una señal»: según algunos intérpretes, una señal destinada a llamar a los paganos. Más exacto, según otros comentadores, los milagros que deben acompañar a la inauguración de la teocracia bajo su nueva forma, en los tiempos mesiánicos (Fillion).”

El resto de la Iglesia sobreviviente del “día de Yahveh” será enviado por Dios a las naciones paganas que no han oído hablar del Dios verdadero, para evangelizarlos. Los gentiles serán incorporados al Reino del Mesías y adorarán a Dios, al igual que lo hace su Pueblo.

También el profeta anuncia algo impensado para los israelitas: de esos gentiles que se convertirán e incorporarán al pueblo de Dios, serán tomados también sacerdotes y levitas, es decir, servidores de la Iglesia, que se hará entonces realmente universal.

Podemos resumir ahora el sentido que le dan las profecías del Antiguo Testamento al “día de Yahveh”:

a) Ante la situación del pueblo de Dios en los tiempos finales, contaminado por doctrinas e ideas paganas, que lo han llevado en gran parte a apostatar de su fe y a alejarse de su Creador, Dios enjuiciará a ese pueblo prostituido a los ídolos, eliminando a los impíos de la faz de la tierra.

b) Dios exhortará repetidamente a ese pueblo pecador a la penitencia y el arrepentimiento, para evitar las terribles consecuencias de su juicio cuando venga en su “día de Ira”.

c) Aquellos que escuchen el llamado de Dios con corazón sincero formarán parte de un pequeño “resto” fiel del Pueblo de Dios, y serán los que alcanzarán las promesas del Reino de Dios que se instaurará en la tierra en tiempos lejanos.

d) El juicio de Dios también alcanzara a los pueblos paganos de la tierra, y será más duro con aquellos que sojuzgaron al pueblo elegido.

e) Este “día de Yahveh” tendrá como consecuencia el surgimiento del Reino de Dios, con un mundo renovado y restaurado, donde la paz y la justicia brillarán como nunca.

f) Se reedificará todo lo destruido, y el “resto” salvado se multiplicará y poblará la tierra entera.

g) El pueblo de Dios realizará una misión apostólica hacia todos los pueblos sobrevivientes de la tierra convirtiéndolos al Dios verdadero.

B) El momento en que se desarrollará este Juicio: el fin del presente "siglo" o "eón".

Está claro como dogma de fe católica que Cristo volverá por segunda vez, en gloria y majestad, constituido como Juez de vivos y muertos. El gran problema es que este juicio se ubica según referencias temporales que son diferentes, y aún a veces contradictorias. Así se habla del “último día”, del “fin del mundo”, de los “tiempos finales” y otras expresiones similares, que son las equivalentes al “día de Yahveh” que anunciaron los profetas del Antiguo Testamento.

Para poder abordar con claridad lo que nos dicen las Escrituras, en particular el Nuevo Testamento, sobre la oportunidad del Juicio de Cristo, coincidente con su Parusía, es de gran importancia clarificar el significado preciso de ciertos términos en griego utilizados en el Nuevo Testamento, los que son traducidos en forma bastante indistinta con la palabra “mundo”, hecho éste que genera muchas veces la posibilidad de errores de interpretación en cuanto al verdadero significado de lo que se está expresando.

Vamos a examinar estas distintas palabras para encontrar su significado correcto, en función de lo que expresaron originalmente los redactores de los textos sagrados:

a) Tierra (“ge”):

El término “ge” tiene el significado tanto de “tierra” como lugar físico donde moran los hombres, la especie humana, y como del elemento “tierra” que constituye el suelo, la superficie del planeta.

Veamos algunos ejemplos del primer significado, que es el que nos interesa:

Mateo 17,25: “Y cuando llegó a casa, se anticipó Jesús a decirle: «¿Qué te parece, Simón?: los reyes de la tierra (“ge”), ¿de quién cobran tasas o tributo, de sus hijos o de los extraños?»”

Lucas 18,8: “Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra (“ge”)?

Hechos 17,26: “Dios creó, de un solo principio, todo el linaje humano, para que habitase sobre toda la faz d el tierra.”

Apocalipsis 13,8: “Y le adorarán (a la Bestia) todos los habitantes de la tierra (“ge”) cuyo nombre no esté inscrito, desde la fundación del mundo, en el libro de la vida del Cordero degollado.”

Apreciamos sin ningún tipo de dudas la acepción de “tierra” como morada o lugar donde habitan los hombres, que por extensión engloba a todos los habitantes de la misma. Hay que puntualizar que no existe en el Nuevo Testamento la expresión fin (“telos”) de la tierra (“ge”).

b) Mundo (“oikoumene”):

Esta palabra tiene el significado de “tierra habitada por los hombres”, es decir, representa el conjunto de pueblos y naciones. Se la traduce indistintamente por las palabras “tierra” o “mundo”. Veamos algunos de sus usos (solamente aparece 15 veces en el Nuevo Testamento):

Mateo 24,14: “Se proclamará esta Buena Nueva del reino en el mundo (“oikoumene”) entero, para dar testimonio a todas las naciones.”

Lucas 4,5: “Llevándole a una altura (el diablo) le mostró en un instante todos los reinos de la tierra (“oikoumene”).”

Lucas 21,26: “Muriéndose los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo (“oikoumene”).”

Hechos 17,31: “Porque ha fijado (Dios) el día en que va a juzgar al mundo (“oikoumene”) según justicia.”

Es interesante notar que en esta acepción de “mundo” (“oikoumene”) se habla de mundos distintos:

Hebreos 2,5: “En efecto, Dios no sometió a los ángeles al mundo (“oikoumene”) venidero del cual estamos hablando.”

Este mundo del que se está hablando es el mundo del hombre, que fue “venidero” después del mundo de Dios en el cielo, donde se encuentran los ángeles (Hebreos 1,3-4).

Como en el caso anterior, debemos destacar que no hay ningún pasaje en el Nuevo Testamento donde se mencione el fin del mundo en esta acepción (“oikoumene”).

c) Mundo (“kosmos”):

El significado de este término es el de “sociedad humana”, con sus características derivadas del género humano. Veamos algunos de sus usos:

Mateo 5,14: “Vosotros sois la luz del mundo (“kosmos”).”

Marcos 16,15: “Y les dijo: «Id por todo el mundo (“kosmos”) y proclamad la Buena Nueva a toda la Creación».”

Lucas 12,29-30: “Así pues, vosotros no andéis buscando qué comer ni qué beber, y no estéis inquietos. Que por todas esas cosas se afanan los gentiles del mundo (“kosmos”); y ya sabe vuestro Padre que tenéis necesidad de eso.”

Juan 1,29: “Al día siguiente ve a Jesús venir hacia él y dice: «aquí al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo (“kosmos”)».”

Juan 3,16: “Porque tanto amó Dios al mundo (“kosmos”) que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.”

Juan 7,7: “El mundo (“kosmos”) no puede odiaros, a mí si me aborrece, porque doy testimonio que sus obras son perversas.”

Juan 17,21: “Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo (“kosmos”) crea que tú nos has enviado.”

1 Corintios 3,19: “Pues la sabiduría de este mundo (“kosmos”) es necedad a los ojos de Dios.”

2 Corintios 7,10: “En efecto, la tristeza según Dios produce firme arrepentimiento para la salvación; mas la tristeza del mundo (“kosmos”) produce la muerte.”

Vemos que el “mundo” (“kosmos”) no es algo inanimado, sino que odia, cree, tiene sabiduría, tristeza, pecado, etc. En su extremo “mundo” adquiere un significado que representa lo profano, lo alejado de Dios, lo que es inspirado y movido solamente por las apetencias carnales, sin la acción sobrenatural de la gracia.

Es importante también destacar la no existencia en el Nuevo Testamento de la expresión “fin (“telos”) del mundo (“kosmos”)”, es decir, de esta sociedad humana no se define en absoluto que pueda finalizar un día.

Lo que queda indicado claramente en muchos textos es que además del mundo de los hombres hay otro mundo, u otra clase de mundo:

Juan 8,21;23: “Jesús les dijo otra vez: «Yo me voy y vosotros me buscaréis, y moriréis en vuestro pecado». Él les decía: «Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba. Vosotros sois de este mundo (“kosmos”), yo no soy de este mundo (“kosmos”)».”

Juan 13,1: “Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo (“kosmos”) al Padre.”

Juan 16,28: “Salí del Padre, y he venido al mundo (“kosmos”). Ahoradejo otra vez el mundo (“kosmos”) y voy al Padre.”

Vemos que hay un mundo “de arriba”, al cual pertenece Jesús, que es donde se encuentra el Padre, es decir, es el cielo, y hay otro “de abajo”, al cual pertenecen los fariseos a los que Jesús estaba hablando en Juan 8,21-23, que son los que “morirán en su pecado”. Los que son llamados por Jesús y lo escuchan, ya no pertenecen a este mundo:

Juan 15,18-19: “Si el mundo (“kosmos”) os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros. Su fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo.”

Pero también existe el concepto de que el mundo, como sociedad humana, ha sufrido cambios en su historia, pudiéndose hablar de mundos distintos:

2 Pedro 3,3-7: “Sabed ante todo que en los últimos días vendrán hombres llenos de sarcasmo, guiados por sus propias pasiones, que dirán en son de burla: "¿Dónde queda la promesa de su Venida? Pues desde que murieron los Padres, todo sigue como al principio de la creación".
Porque ignoran intencionadamente que hace tiempo existieron unos cielos y también una tierra surgida del agua y establecida entre las aguas por la Palabra de Dios, y que, por esto, el mundo de entonces pereció inundado por las aguas del diluvio, y que los cielos y la tierra presentes, por esa misma Palabra, están reservados para el fuego y guardados hasta el día del Juicio y de la destrucción de los impíos.”

En este pasaje se menciona al “mundo de entonces” formado por cielos y tierra establecidos entre las aguas por la creación de Dios, pero que ese mundo (“kosmos”) “pereció inundado por las aguas del diluvio” y que hay “cielos y tierra presentes”, es decir, el “mundo” de ahora.

También aquí puntualizamos que no se encuentra en el Nuevo Testamento la expresión “fin del mundo (“kosmos”).

d) Edad o era (“eón”):

Hay una palabra griega, “eón” o “aión”, que aparece 126 veces en el Nuevo Testamento, y que es traducida al español de muchas maneras que dificultan mucho su interpretación: “mundo”, “siglo”, “siempre”, las más comunes. En particular, cuando se la traduce como “mundo” puede producir mucha confusión, en especial cuando se está hablando de sucesos escatológicos.

El término “eón” posee el significado de un cierto período de tiempo, de duración desconocida o indeterminada, definido en relación a los sucesos que ocurren en una cierta época, a las características religiosas o espirituales que la definan.

En la predicación de Jesús se distinguen con claridad la diferenciación que el Señor hace del “eón” presente y del “eón” futuro que lo sucederá:

Mateo 12,32: “Y al que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que la diga contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este mundo (“eón”) ni en el otro.”

Resulta claro de esta expresión que hay un “eón” que sigue al actual, y Jesús revela que en ese “eón” futuro habrá quienes blasfemen contra el Espíritu Santo, por lo que resulta claro que no se está refiriendo a un “eón” celestial, donde sólo viven santos resucitados en el cielo, como enseña la doctrina católica comúnmente aceptada, sino que se refiere a una edad en la que todavía existirá el pecado.

Pero también Jesús enseña que en el “eón” que vendrá existirá la vida eterna:

Lucas 18,29-30: “El les dijo: "Yo os aseguro que nadie que haya dejado casa, mujer, hermanos, padres o hijos por el Reino de Dios, quedará sin recibir mucho más al presente y, en el mundo (“eón”) venidero, vida eterna." (cf. Marcos 10,29-30).

Esta edad venidera premiará a los que hayan dejado todo por el Reino de Dios, la vida eterna, que implica en su concepto la resurrección de entre los muertos:

Lucas 20,34-36: “Jesús les dijo: «los hijos de este mundo (“eón”) toman mujer o marido; pero los que alcanzan a ser dignos de tener parte en aquel mundo (“eón”) y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección».”

Esta revelación está en total acuerdo con lo que desarrollamos en nuestro trabajo, donde el “eón” futuro que Jesús inaugura con su Parusía, contendrá el Reino de Dios terrenal y el Reino de Dios celestial, poblado por los santos resucitados, al que se refiere en este texto.

San Pablo desarrolla también con mucha claridad la existencia de un “eón” posterior al actual, que define como “malo” o “perverso”:

Gálatas 1,3-5: “Gracia a vosotros y paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo, que se entregó a sí mismo por nuestros pecados, para librarnos de este mundo perverso, según la voluntad de nuestro Dios y Padre, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.”

El apóstol exhorta a los cristianos a no acomodarse al “éon” presente, sino a “transformarse” (ver Capítulo 7.D):

Romanos 12,2: “Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto.”

En sus oraciones al Padre, Pablo suplica el don de espíritu de sabiduría y revelación para sus hermanos Efesios, a fin de que “conozcan cuál es la esperanza a que han sido llamados por Él”:

Efesios 1,19-21: “y cuál la soberana grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes, conforme a la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándole de entre los muertos y sentándole a su diestra en los cielos, por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación y de todo cuanto tiene nombre no sólo en este mundo (“eón”) sino también en el venidero.”

Hay un siglo actual, en el cual Cristo está sentado a la derecha del Padre en el cielo, por encima de todo poder angélico malo, lo que también se mantendrá en el “eón” venidero, aunque allí estas potestades serán vencidas y sometidas por Jesús (ver Capítulo 11.D).

El “eón” por venir tiene ya un anticipo en el presente, en aquellos que reciben el don de la gracia y viven la presencia y la acción en sus vidas del Espíritu Santo:

Hebreos 6,1-6: “Por eso, dejando aparte la enseñanza elemental acerca de Cristo, elevémonos a lo perfecto, sin reiterar los temas fundamentales del arrepentimiento de las obras muertas y de la fe en Dios; de la instrucción sobre los bautismos y de la imposición de las manos; de la resurrección de los muertos y del juicio eterno. Y así procederemos con el favor de Dios.
Porque es imposible que cuantos fueron una vez iluminados, gustaron el don celestial y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, saborearon las buenas nuevas de Dios y los prodigios del mundo (“eón”) futuro, y a pesar de todo cayeron, se renueven otra vez mediante la penitencia, pues crucifican por su parte de nuevo al Hijo de Dios y le exponen a pública infamia.”

Otra revelación de la Escritura es que las edades (“eones”) han sido creadas por Dios Padre para su Hijo Jesucristo:

Hebreos 1,1-2: “Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos (“eones”);”

San Pablo reconoce a Jesús como “Rey de las edades (“eones”):

1 Timoteo 1,17:” Al Rey de los siglos (“eones”), al Dios inmortal, invisible y único, honor y gloria por los siglos (“eones”) de los siglos (“eones”). Amén.”

En el Apocalipsis encontramos la misma expresión:

Apocalipsis 15,3: “Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios todopoderoso, justos y verdaderos tus caminos, ¡oh Rey de las naciones! (“eones”).”

Es el canto que entonan los sobrevivientes en la tierra, los que ya están viviendo el “eón” que iba a venir después de la Parusía del Señor.

Como en el texto anterior, la expresión “eones de eones” se repite frecuentemente en el Nuevo Testamento, y se traduce en forma corriente como “siglos de los siglos”. Significa una sucesión indefinida de “eones”, lo que se acercaría al concepto de eternidad (ver Mateo 6,13; Lucas 1,33; Gálatas 1,5; Filipenses 4,20; 2 Timoteo 4,18; 1 Pedro 4,11; Apocalipsis 1,6, etc.).

Una de las mayores confusiones que produce la traducción de “eón” por “mundo” es cuando se habla del “fin del eón”, lo que se suele expresar como “fin del mundo”.

Ya vimos en el punto (c) que no existe la expresión “fin (“telos”) de la tierra ("ge"), del mundo (“cosmos”)” o de la humanidad ("oikoumene"), ya que lo que expresa todo el Nuevo Testamento es el concepto de “fin de la edad presente” (“eón” actual).

Es lo que enseña Jesús, en especial en las parábolas sobre el Reino de Dios. Es muy significativa la parábola del trigo y la cizaña, porque en ella encontramos las dos palabras, “cosmos” y “eón”:

Mateo 13,36-43: “Entonces despidió a la multitud y se fue a casa. Y se le acercaron sus discípulos diciendo: «Explícanos la parábola de la cizaña del campo.»
El respondió: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo (“kosmos”); la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno; el enemigo que la sembró es el Diablo; la siega es el fin del mundo (“eón”), y los segadores son los ángeles.
De la misma manera, pues, que se recoge la cizaña y se la quema en el fuego, así será al fin del mundo (“eón”).
El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes.
Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.”

En la parábola, el campo donde se siembra la semilla es el “kosmos”, es decir, la sociedad humana en su conjunto, donde hay buena semilla (los hijos del Reino) y cizaña (los hijos del Maligno), lo que crecerá todo junto en el presente “eón”.

Pero al fin del mismo, los ángeles mandados por el Hijo del hombre recogerán y sacarán de ese “kosmos” a todos los obradores de iniquidad (el Juicio de los vivos), dejando preparada la instauración del Reino de Dios terrenal.

Se ve claro como esta parábola, así correctamente interpretada, tiene un significado muy distinto al agorero y desesperanzado “fin del mundo”, como fin de lo creado, que se desprende de una traducción en la cual se le da a “kosmos” y “eón” el mismo significado de “mundo”.

Veamos algunas de las expresiones “fin del eón” que encontramos en el Nuevo Testamento:

Mateo 13, 38-40: “La cizaña son los hijos del Maligno; el enemigo que la sembró es el Diablo; la siega es el fin del mundo (“eón”), y los segadores son los ángeles. De la misma manera, pues, que se recoge la cizaña y se la quema en el fuego, así será al fin del mundo (“eón”).

Mateo 13, 49-50: “Así sucederá al fin del mundo (“eón”): saldrán los ángeles, separarán a los malos de entre los justos y los echarán en el horno de fuego.”

Mateo 24,3: “Estando luego sentado en el monte de los Olivos, se acercaron a él en privado sus discípulos, y le dijeron: «Dinos cuándo sucederá eso, y cuál será la señal de tu venida y del fin del mundo (“eón”).”

Mateo 28,20: “Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (“eón”).”

Queda así totalmente esclarecido con estas palabras de Jesús que el fin del “eón” presente (o “siglo” o “época”) se producirá en consonancia con la Segunda Venida del Señor.

Este mismo concepto lo expresa San Pablo:

Tito 2,11-13: “Porque se ha manifestado la gracia salvadora de Dios a todos los hombres, que nos enseña a que, renunciando a la impiedad y a las pasiones mundanas, vivamos con sensatez, justicia y piedad en el siglo (“eón”) presente, aguardando la feliz esperanza y la Manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo;”

En el “eón” presente los cristianos aguardan con esperanza la Parusía del Señor, viviendo por la gracia salvadora de Dios con sensatez, justicia y piedad, signos propios del “eón” futuro que se está esperando. Esta nueva época no hay duda que se refiere a este mismo mundo, aunque renovado, y plantea la necesidasd de encontrar la exégesis sobre la existencia de un Reino terrenal de Cristo después de su Segunda Venida, que es el objeto principal de este libro.

Veremos ahora lo que nos quedó pendiente del punto c) que es la relación entre el concepto bíblico de “kosmos” (“mundo”) y el de “eón” (“edad”). Para eso nos serviremos de un texto de San Pablo:

Efesios 2,1-2: “Y a vosotros que estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales vivisteis en otro tiempo según el proceder de este mundo, según el Príncipe del imperio del aire, el Espíritu que actúa en los rebeldes...”

Otras traducciones vierten: “según el espíritu de este mundo” o “según el curso de este mundo”. Pero literalmente el griego expresa: “según el “eón” que es este mundo (“kosmos”)”. ¿Cuál es el verdadero significado de esta expresión? Es sumamente importante clarificarlo.

Se identifica a “este mundo” (“kosmos”) como el perteneciente a un determinado “eón” o edad, que es la presente, la que se vive actualmente. Un poco antes, en la misma Carta a los Efesios, encontramos el siguiente pasaje:

Efesios 1,17-21: “para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda espíritu de sabiduría y de revelación para conocerle perfectamente; iluminando los ojos de vuestro corazón para que conozcáis cuál es la esperanza a que habéis sido llamados por él; cuál la riqueza de la gloria otorgada por él en herencia a los santos, y cuál la soberana grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes, conforme a la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándole de entre los muertos y sentándole a su diestra en los cielos, por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación y de todo cuanto tiene nombre no sólo en este mundo (“eón”) sino también en el venidero.”

Aquí se habla de “este eón” y del “eón que ha de venir”; corresponde a dos expresiones rabínicas, “olam hazeh” y “olam habd”, que designan el tiempo que precede a la venida del Mesías la primera, y el tiempo mesiánico la segunda. Los autores del Nuevo Testamento utilizan esta expresiones para designar el actual tiempo histórico, y el que vendrá luego de la segunda Venida de Jesucristo.

Por lo tanto, volviendo a la expresión de Efesios 2,2: “según el eón que es este kosmos”, su significado es ahora muy obvio: se refiere al modo de vivir, al espíritu de los que están en el mundo presente, premesiánico, del cual Satanás es el príncipe, y no han entrado en el mundo futuro o mundo cristiano de la gracia.

Con este significado aclarado de “mundo”, podemos entender ahora lo que dejamos planteado al final del punto c): a qué mundo pertenecen los cristianos. Es un mundo nuevo, el mundo de la gracia, el mundo de la acción sobrenatural de Dios, ofrecida como don a todos los hombres mediante la Redención de Jesucristo.

Pertenecen a este mundo todos los hombres que viven en estado de gracia, es decir, que poseen la gracia santificante recibida en el bautismo (sacramental o de deseo) y no la han perdido por pecado mortal, o si eso les ha sucedido, la han recuperado mediante el sacramento de la reconciliación.

Estos cristianos, de perseverar en su estado de gracia hasta la muerte, llegarán a la gloria del cielo y de la eternidad, aunque puedan haber necesitado previamente de la última purificación en el Purgatorio. Este es el Reino de Dios que ya está presente en el mundo (cf. Mateo 12,28; Lucas 17,20-21), aunque todavía no ha alcanzado su perfección final, siendo apenas una pequeña y casi invisible semilla de mostaza a los ojos de este mundo, destinada a crecer abundantemente (ver “La revelación de Jesús sobre el Reino por medio de las Parábolas").

Pero llegará un día que se manifestará su plenitud acabada (Reino de Dios celestial) y con una gran perfección entre los hombres (Reino de Dios terrenal). A la luz de este concepto, podemos ahora estudiar el significado de un texto del Evangelio de Juan, que suele ser utilizado para negar la existencia de un Reino de Dios terrenal:

Juan 18, 33-37: “Entonces Pilato entró de nuevo al pretorio y llamó a Jesús y le dijo: «¿Eres tú el Rey de los judíos?» Respondió Jesús: «¿Dices eso por tu cuenta, o es que otros te lo han dicho de mí?» Pilato respondió: «¿Es que yo soy judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?»
Respondió Jesús: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí.»
Entonces Pilato le dijo: «¿Luego tú eres Rey?» Respondió Jesús: «Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.»”

Jesús define claramente, ante Poncio Pilatos, que Él es Rey, pero que su Reino no es de este mundo (“kosmos”), “no es de aquí”. Muchos intérpretes toman el término “kosmos” como si se refiriera al mundo material, a la tierra, diciendo que entonces las palabras de Jesús aseguran que su Reino solamente puede ser celestial, lo que elimina de raíz cualquier análisis o doctrina respecto a la posible existencia de un Reino de Dios terrenal.

Mas por lo desarrollado en este capítulo surge, en consonancia con el significado de la palabra “kosmos” que el Señor expresa que Él no puede ser Rey del actual mundo, que no lo reconoce como Mesías, sino que solamente lo es en la sociedad humana “mesiánica”, que son los cristianos que han aceptado su Salvación y Redención, y la viven más o menos plenamente.

Por lo tanto Cristo ya es Rey en la Iglesia terrenal hoy, y lo será con más razón en el Reino futuro del próximo "eón", donde una Iglesia purificada y santa, sin la presencia del actual príncipe del mundo, Satanás, gobernará y evangelizará a todo el mundo, en una edad de santidad, paz y justicia nunca vista antes.

De este modo este texto de San Juan de ninguna manera excluye la posibilidad de un Reino de Dios terrenal con las características que desarrollamos en este estudio, antes bien, afirma la necesidad de un profundo cambio, tal como lo expresa Jesús con la expresión “regeneración”:

Mateo 19, 27-28: “Entonces Pedro, tomando la palabra, le dijo: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué recibiremos, pues?» Jesús les dijo: «Yo os aseguro que vosotros que me habéis seguido, en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, os sentaréis también vosotros en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel».”

El término “regeneración” (“palingenesia” en griego) tiene el significado de “recreación” o “nueva creación”, aunque literalmente puede significar una vuelta a la vida, y aquí Jesús relaciona que este hecho ocurrirá en el mundo después de su Parusía, “cuando se siente en su trono de gloria” (ver “La transformación de los santos” en el Capítulo 7.E.)

Tenemos así el camino abierto para desarrollar el tema del Juicio de Cristo a los vivos y los muertos, y la posterior instauración del Reino de Dios tanto en su fase terrenal como en la celestial a partir de la Parusía del Señor, que es el punto central de este estudio, con la importantísima premisa que nos ha dado el punto recientemente desarrollado: con la Segunda Venida de Cristo y su Juicio sobre los vivos y los muertos terminará esta época del mundo y de la Iglesia (“eón” presente) y comenzará un nuevo “eón” en este mundo y también en el otro mundo, el mundo celestial, con el comienzo de la vida eterna.

C) Las fases sucesivas del Juicio de Cristo.

El último tema que al principio de este capítulo planteamos como necesario para la comprensión del Juicio de Cristo en su Parusía sobre los vivos y los muertos se refiere a las distintas fases que comprenderá este juicio. Expondremos aquí el concepto de las mismas, llevando a cabo en los siguientes capítulos su estudio pormenorizado.

La descripción del Séptimo Sello (Apoc. 8,1ss) se inicia indicando que luego de su apertura se hace un silencio en el cielo “como de media hora”. Esta expresión nos indica un cierto tiempo de espera, quizás no muy largo en años, donde se va desarrollando la acción de los instrumentos de Satanás para el surgimiento y afianzamiento de la Gran Babilonia.

Por otro lado, hay siete ángeles que se encuentran frente al trono de Dios, quienes reciben una trompeta cada uno, y quedan a la espera de la orden de Dios para comenzar a tocarlas. Hay otro ángel que presenta las oraciones de los santos a Dios. No creemos que sean las de los santos mártires cuyas almas se encuentran bajo el altar descriptas en el Quinto Sello, ya que las mismas hablan directamente a Dios. Más bien parecen ser las oraciones de los santos vivos de la tierra, clamando a Dios por las señales que ven claramente en el mundo, que les indican la cercanía del Juicio de Cristo y de su segunda Venida.

Cuando se termine el tiempo que sólo Dios conoce para el inicio del Juicio, este ángel será el encargado de arrojar fuego sacado del altar a la tierra, como señal de que ha llegado el momento previsto por el Padre, lo que producirá señales muy fuertes en la naturaleza (truenos, relámpagos, terremotos).

En el Evangelio de Lucas, Jesús habla a sus discípulos para que estén preparados para cuando Él vuelva. Inmediatamente pronuncia una exclamación reveladora:

Lucas 12,49: “He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desaría que ya estuviese encendido!”

Muy bien puede aplicarse este dicho de Jesús a su segunda Venida, que purificará y quemará la tierra como fuego. Según nuestra exégesis, el comienzo de este juicio está descripto plásticamente en el Apocalipsis con las imágenes tradicionales de la siega y la vendimia:

Apocalipsis 14, 14-20: “Y seguí viendo. Había una nube blanca, y sobre la nube sentado uno como Hijo de hombre, que llevaba en la cabeza una corona de oro y en la mano una hoz afilada. Luego salió del Santuario otro Ángel gritando con fuerte voz al que estaba sentado en la nube: «Mete tu hoz y siega, porque ha llegado la hora de segar; la mies de la tierra está madura.» Y el que estaba sentado en la nube metió su hoz en la tierra y se quedó segada la tierra. Otro Ángel salió entonces del Santuario que hay en el cielo; tenía también una hoz afilada. Y salió del altar otro Ángel, el que tiene poder sobre el fuego, y gritó con fuerte voz al que tenía la hoz afilada: «Mete tu hoz afilada y vendimia los racimos de la viña de la tierra, porque están en sazón sus uvas.» El Ángel metió su hoz en la tierra y vendimió la viña de la tierra y lo echó todo en el gran lagar del furor de Dios. Y el lagar fue pisado fuera de la ciudad y brotó sangre del lagar hasta la altura de los frenos de los caballos en una extensión de 1.600 estadios.”

Aquí sale del altar un ángel, “el que tiene poder sobre el fuego”, lo que claramente nos une esta escena con la de Apoc. 8,5 (Séptimo Sello) que comentábamos más arriba, de allí que afirmamos que el comienzo del juicio está representado por este pasaje.

En esta escena parece ser que se ve al Juez, Jesucristo, preparado para el juicio de los vivos. La descripción que indica que es “uno como Hijo de hombre”, que lleva en la cabeza una corona de oro, se ajusta a Cristo. De cualquier forma la siega parece indicar la separación de los “hijos del Reino”, según la terminología de Jesús en la parábola de la cizaña y el trigo, es decir, sería el juicio favorable sobre aquellos vivos destinados a formar parte del Reino de Dios en la tierra.

En cambio hay un ángel, también con una hoz afilada, que vendimiará los racimos de uva, a los que echará en “el gran lagar del furor de Dios”, donde la uva será pisada, pero en lugar de jugo saldrá sangre. Todo indica que esta figura representa el juicio de los impíos, de los “hijos del maligno”, de aquellos que no tomarán parte del Reino que vendrá a la tierra.

Hay una descripción en el Antiguo Testamento que presenta una situación similar al juicio simbolizado por la acción de pisar la uva en el lagar, derramando la sangre de los pecadores:

Isaías 63,1-6: “-¿Quién es ése que viene de Edom, de Bosrá, con ropaje teñido de rojo? ¿Ese del vestido esplendoroso, y de andar tan esforzado? - Soy yo que hablo con justicia, un gran libertador. -Y ¿por qué está de rojo tu vestido, y tu ropaje como el de un lagarero? - El lagar he pisado yo solo; de mi pueblo no hubo nadie conmigo. Los pisé con ira, los pateé con furia, y salpicó su sangre mis vestidos, y toda mi vestimenta he manchado. ¡Era el día de la venganza que tenía pensada, el año de mi desquite era llegado! Miré bien y no había auxiliador; me asombré de que no hubiera quien apoyase. Así que me salvó mi propio brazo, y fue mi furia la que me sostuvo. Pisoteé a pueblos en mi ira, los pise con furia e hice correr por tierra su sangre.”

Comenzará así lo que denominaremos “la Primera Fase del Juicio de Cristo”, que será ejecutada por el toque de trompetas de los siete ángeles descriptos en el Séptimo Sello, y que comprenderá una serie de acontecimientos, a saber:

*Guerra nuclear que destruirá la Gran Babilonia y una parte importante d ela humanidad.

*Sellamiento de los “elegidos” por Dios para ejecutar la misión prevista para ellos.

*Predicación de los Apóstoles de los Últimos Tiempos a toda la humanidad del Evangelio Eterno.

*Surgimiento del Anticristo con su engaño religioso generalizado, apoyado por el falso Profeta.

*Arrebato de los elegidos al encuentro con Jesucristo “en los aires”.

*Reconocimiento por el mundo del Anticristo como el Cristo verdadero que ha vuelto en su Parusía.

Luego de esta Primera Fase del Juicio de Cristo, comenzará la que denominamos “Segunda Fase”, presentada por el Apocalipsis bajo la figura del derramamiento de las “siete copas de la ira de Dios” (Apoc. 15,5-8;16,1-21), y que presenta los siguientes hechos salientes:

a) En la tierra:

*Se descargan sobre el reino del Anticristo y su Iglesia apóstata las calamidades previstas por Dios.

*Se llegará finalmente al aniquilamiento del Anticristo, del Pseudo Profeta y de todos los que no estén llamados a formar parte del Reino de Cristo terrenal.

b) En el cielo:

*Los santos arrebatados vivirán el Segundo Pentecostés.

*Los santos muertos resucitarán en la Primera resurrección o resurrección de los justos.

*Se celebrarán las Bodas del Cordero con su Iglesia.

Esta Segunda Fase del Juicio de Cristo terminará con la Parusía del Señor, en su manifestación visible en toda la tierra, inaugurando su Reino.

Luego de instaurado el Reinado de Dios en la tierra con los santos arrebatados y los sobrevivientes del Juicio de Cristo, así como el Reino de Dios celestial, donde morarán Jesús con sus santos resucitados, comenzará la Tercera Fase del juicio, que se prolongará a lo largo del Reino terrenal o milenial, y que culminará en el gran Juicio Final, al fin del tiempo histórico d ela humanidad.

Así nos quedan planteados en su enunciación estas tres fases sucesivas del Juicio de Dios, cuyos pormenores y justificación estudiaremos en los restantes capítulos de este libro.

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