El Reino de Dios se instaura con la Segunda Venida de Cristo

Capítulo 9: La Parusía Del Señor

Indice general del libro


Capítulo 1: Los dogmas de fe católica sobre la Segunda Venida de jesucristo
Capítulo 2: La interpretación de las profecías mesiánicas del Antiguo Testamento
Capítulo 3: Los acontecimientos precursores de la Segunda Venida de Cristo
Capítulo 4: El surgimiento de la Gran Babilonia
Capítulo 5: El Juicio de Dios
Capítulo 6: Primera Fase del Juicio: el tiempo de la advertencia o de las 7 trompetas
Capítulo 7: La Segunda Fase del Juicio: el tiempo de la ira de Dios o de las 7 Copas
Capítulo 8: La materia del juicio de Cristo a la Iglesia
Capítulo 9: La Parusía del Señor
Capítulo 10: La instauración del Reino de Dios
Capítulo 11: El Juicio Final y el Reino de Dios eterno
Epílogo

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Capítulo 9: La Parusía del Señor


 A) La venida del Mesías según el Antiguo Testamento
 B) La Parusía según el Nuevo Testamento
  1) Aparecerá una señal en el cielo
  2) Se verá al Hijo del hombre viniendo sobre las nubes
  3) Se lamentarán en la tierra: la conversión de Israel
  4) La "plenitud de los gentiles" es necesaria para la Parusía
  5) Jesucristo vendrá acompañado por sus santos
  6) Jesucristo derrotará al Anticristo y sus aliados
  7) Los cristianos sobrevivientes en la tierra alaban a Dios
  8) Purificación y transformación de la tierra

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Producidos los acontecimientos descriptos en los capítulos anteriores, que forman parte de lo que se denomina “día del Señor”, vamos ahora a estudiar el suceso constituido por la “Parusía” del Señor propiamente dicha. La “Parusía” tiene el sentido de “venida en gloria”, tal como los griegos aplicaban esta palabra a las visitas de los reyes a las provincias.

Estudiaremos en primer lugar la revelación que nos da el Antiguo Testamento sobre la aparición del Mesías, y luego iremos a la descripción que encontramos en el Nuevo Testamento.

A) La venida del Mesías según el Antiguo Testamento

La palabra “mesías” tiene origen hebreo, y significa “ungido”, que es alguien consagrado para el servicio a Dios. En el Antiguo Testamento la unciones producía vertiendo aceite consagrado sobre la cabeza del elegido, utilizándose a este efecto para los reyes, los profetas y los sumos sacerdotes. Luego, con el tiempo y el devenir de la historia del pueblo de Israel, la expresión “mesías” irá tomando un significado más personal y concreto, que se aplicará a un ungido de Yahveh particular, que tendrá una misión específica para el pueblo hebreo.

Se reconocen algunas profecías “mesiánicas”, es decir, con relación a ese “ungido” de Yahveh muy antiguas, pertenecientes al Pentateuco o libros de la Ley (los cinco primeros Libros de la Biblia”):

La primera promesa de la Biblia tradicionalmente considerada como mesiánica es la del libro del Génesis, también conocida como “proto-evangelio”, es decir, antecesora del Evangelio:

Génesis 3,14-15: “Entonces Yahveh Dios dijo a la serpiente: «Por haber hecho esto, maldita seas entre todas las bestias y entre todos los animales del campo. Sobre tu vientre caminarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar.»”

Con estas palabras Dios condena al tentador por excelencia, el diablo, y consuela a los hombres desde el principio de la creación, prometiendo que habrá un tiempo que un descendiente de la mujer aplastará la cabeza del propio Satanás. Pero también se revela que ese descendiente sufrirá a causa de la serpiente que personifica al enemigo del hombre, quien le producirá padecimientos físicos (le “morderá el calcañar”).
Este futuro mesías, que aquí se entrevé como “simiente” de la mujer, ya es definido como alguien que será concebido sin participación de hombre, ya que no se lo nombra como descendiente de un padre físico.

Encontramos luego a Yahveh hablando proféticamente a Abraham:

Génesis 22,15-18: “El Ángel de Yahveh llamó a Abraham por segunda vez desde los cielos, y dijo: «Por mí mismo juro, oráculo de Yahveh, que por haber hecho esto, por no haberme negado tu hijo, tu único, yo te colmaré de bendiciones y acrecentaré muchísimo tu descendencia como las estrellas del cielo y como las arenas de la playa, y se adueñará tu descendencia de la puerta de sus enemigos. Por tu descendencia se bendecirán todas las naciones de la tierra, en pago de haber obedecido tú mi voz.»”

En el texto hebreo la palabra “descendencia” (“simiente”) está en singular, refiriéndose así a un descendiente específico, no a varios. San Pablo así lo interpreta y lo aplica a Cristo como el verdadero Mesías:

Gálatas 3,16: “Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose él mismo maldición por nosotros, pues dice la Escritura: ‘Maldito todo el que está colgado de un madero’, a fin de que llegara a los gentiles, en Cristo Jesús, la bendición de Abraham, y por la fe recibiéramos el Espíritu de la Promesa. Hermanos, voy a explicarme al modo humano: aun entre los hombres, nadie anula ni añade nada a un testamento hecho en regla. Pues bien, las promesas fueron dirigidas a Abraham ‘y a su descendencia’. No dice: «y a los descendientes», como si fueran muchos, sino a uno solo, «a tu descendencia», es decir, a Cristo.

Otra antigua profecía mesiánica la pronuncia el patriarca Jacob, nieto de Abraham:

Génesis 49,9-10: “Cachorro de león es Judá; de la presa, hijo mío, has vuelto; se recuesta, se echa cual león, o cual leona, ¿quién le hará alzar? No se irá de Judá el báculo, el bastón de mando de entre tus piernas, hasta tanto que se le traiga el tributo y a quien rindan homenaje las naciones;”

El báculo o cetro y el bastón de mando son símbolos del ejercicio de la realeza por la dinastía de David, de la tribu de Judá, hasta la llegada de un rey ideal que extenderá su dominio sobre todos los pueblos.

Números 24,15-19: “Palabra de Balaam, hijo de Beor; palabra del hombre de ojos cerrados, palabra del que oye los dichos de Dios, conoce los pensamientos del Altísimo, y ve las visiones del Todopoderoso; recibe visión y se le abren los ojos. Le veo, pero no como presente, le contemplo más no de cerca,; una estrella sale de Jacob, y de Israel surge un cetro, que destrozará las sienes de Moab, y destruirá a todos los hijos de Set. Edom será propiedad suya, Seír será presa de sus enemigos, e Israel hará proezas. De Jacob saldrá un dominador, el cual destruirá los restos de la ciudad.”

Esta es la famosa profecía de Balaam, profeta convocado por los príncipes de Moab para maldecir a los israelitas. Pero Balaam, movido por el Espíritu de Dios bendice al pueblo hebreo y transmite cuatro oráculos de Yahveh, el último de los cuales es el que transcribimos, y allí el profeta anuncia, bajo la figura de una estrella, la aparición del Mesías como gran rey de Israel.

Deuteronomio 18,15-18: “Yahveh tu Dios suscitará, de en medio de ti, entre tus hermanos, un profeta como yo, a quien escucharéis. Es exactamente lo que tú pediste a Yahveh tu Dios en el Horeb, el día de la Asamblea, diciendo: «Para no morir no volveré a escuchar la voz de Yahveh mi Dios, ni miraré más este gran fuego.» Y Yahveh me dijo a mí: «Bien está lo que han dicho. Yo les suscitaré, de en medio de sus hermanos, un profeta semejante a ti, pondré mis palabras en su boca, y él les dirá todo lo que yo le mande.»”

Yahveh prometió solemnemente a Moisés enviarle al pueblo israelita, a su debido tiempo, un gran profeta que hablará por boca de Dios. Esta profecía es aplicada a Jesús por Pedro (Hechos 3,22-23) y es citada por Esteban (Hechos 7,37). El mismo Jesús alude a ella en Juan 5,45-47.

Después del Pentateuco, encontramos nuevas profecías referentes al Mesías, en especial durante el reinado de David a través de los Salmos:

2 Samuel 7,8-13: “Ahora pues di esto a mi siervo David: Así habla Yahveh Sebaot: Yo te he tomado del pastizal, de detrás del rebaño, para que seas caudillo de mi pueblo Israel. He estado contigo dondequiera has ido, he eliminado de delante de ti a todos tus enemigos y voy a hacerte un nombre grande como el nombre de los grandes de la tierra: fijaré un lugar a mi pueblo Israel y lo plantaré allí para que more en él; no será ya perturbado y los malhechores no seguirán oprimiéndole como antes, en el tiempo en que instituí jueces en mi pueblo Israel; le daré paz con todos sus enemigos. Yahveh te anuncia que Yahveh te edificará una casa. Y cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré el trono de su realeza. (El constituirá una casa para mi Nombre y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre.)”

La promesa de Yahveh es muy clara: suscitará un descendiente del rey David que tendrá afirmado su trono para siempre, lo que ocurrirá en un tiempo futuro, donde se cumplirán las promesas mesiánicas de paz y sin enemigos.

Salmo 2,1-12: “¿Por qué se amotinan las gentes, y las naciones traman vanos proyectos? Se yerguen los reyes de la tierra, los caudillos conspiran aliados contra Yahveh y contra su Ungido: «¡Rompamos sus coyundas, sacudámonos su yugo!» El que se sienta en los cielos se sonríe, Yahveh se burla de ellos. A su tiempo les hablará en su ira, y en su indignación los aterrará: «Ya tengo yo consagrado a mi rey en Sión mi monte santo.» Voy a anunciar el decreto de Yahveh: El me ha dicho: «Tú eres mi hijo; yo te he engendrado hoy. Pídeme, y te daré en herencia las naciones, en propiedad los confines de la tierra. Con cetro de hierro los gobernarás, los quebrarás como vaso de alfarero.» Ahora pues, oh reyes, comprended; instruíos vosotros que gobernáis la tierra. Sed siervos de Yahveh con temor y alabadle, temblando, besad sus pies, antes que se irrite y vosotros erréis el camino, pues su ira se encenderá pronto.”

Este Salmo se conoce como el Salmo mesiánico por excelencia. Es aplicado a Jesús por los apóstoles en su oración después de la liberación de Pedro y Juan (Hechos 4,25-27), por San pablo en su discurso en Antioquia (Hechos 13,33), y se lo cita en Hebreos 1,5 y 5,5. Los versículos 5 y 12 se refieren claramente al “día de Yahveh” anunciado por los profetas (“a su tiempo”, “su ira se encenderá pronto”).

El “Ungido” es aquí el Rey escatológico, el Mesías, quien recibirá todo el poder de Dios Padre y se convertirá en el Rey de la humanidad.
Este Salmo reconoce como paralelo el Salmo 110, que es también famoso, y del cual San Agustín dice: “Breve por el número de las palabras, grande por el peso de las sentencias”:

Salmo 110 (109): “Oráculo de Yahveh a mi Señor: «Siéntate a mi diestra, hasta que Yo haga de tus enemigos el escabel de tus pies.» El cetro de tu poder lo entregará Yahveh diciéndote: «Desde Sión impera en medio de tus enemigos.» Tuya será la autoridad en el día de tu poderío, en los resplandores de la santidad; Él te engendró del seno antes del lucero. Yahveh lo juró y no se arrepentirá: «Tú eres sacerdote para siempre a la manera de Melquisedec.» Mi Señor está a la diestra de Yahveh. En el día de su ira destrozará a los reyes. Juzgará las naciones, amontonará cadáveres, aplastará la cabeza de un gran país. Beberá del torrente en el camino; por eso erguirá la cabeza.”

En este precioso Salmo se encuentra el germen de la revelación de la divinidad del Mesías futuro. El Masías es aquí proclamado Hijo de Dios (Dios lo glorifica a su derecha y lo engendra eternamente).
El mismo Jesús utiliza este Salmo para proclamar la doble naturaleza del Cristo:

Mateo 22,41-46: “Estando reunidos los fariseos, les propuso Jesús esta cuestión: «¿Qué pensáis acerca del Cristo? ¿De quién es hijo?» Dícenle: «De David.» Díceles: «Pues ¿cómo David, movido por el Espíritu, le llama Señor, cuando dice: «Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies?» Si, pues, David le llama Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo?» Nadie era capaz de contestarle nada; y desde ese día ninguno se atrevió ya a hacerle más preguntas.”

Jesucristo, como hombre, es hijo de David, su descendiente (cf. Mateo 1,1: “Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham”), pero en cuanto Dios es su Señor. Jesús proclama de esta manera con mucha claridad la divinidad de su Persona como hijo eterno y consustancial del Padre.

Es muy importante determinar con claridad la revelación profética de que el Mesías esperado surgirá cuando llegue el “Día de Yahveh”.

Un primer pasaje importante en este sentido lo encontramos en el Libro del profeta Isaías, en los capítulos 11 y 12. Veamos los versículos más reveladores:

Isaías 11,1-4: “Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará. Reposará sobre él el espíritu de Yahveh: espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor de Yahveh. Y le inspirará en el temor de Yahveh. No juzgará por las apariencias, ni sentenciará de oídas. Juzgará con justicia a los débiles, y sentenciará con rectitud a los pobres de la tierra. Herirá al hombre cruel con la vara de su boca, con el soplo de sus labios matará al malvado.”

Se describe con claridad al Mesías, de la descendencia de David, hijo de Jesé. Encontramos en otros pasajes bíblicos la expresión “vástago” o “germen” aplicados al Mesías:

Isaías 4,2: “Aquel día el germen de Yahveh será magnífico y glorioso, y el fruto de la tierra será la prez y ornato de los bien librados de Israel.”

Zacarías 3,8-10: “Escucha, pues, Josué, sumo sacerdote, tú y tus compañeros que se sientan en tu presencia - pues son hombres de presagio -: He aquí que yo voy a traer a mi siervo «Germen». Y he aquí la piedra que yo pongo delante de Josué; en esta única piedra hay siete ojos; yo mismo grabaré su inscripción - oráculo de Yahveh Sebaot - y quitaré la culpa de esta tierra en un solo día. Aquel día - oráculo de Yahveh Sebaot - os invitaréis unos a otros bajo la parra y bajo la higuera.”

Todos estos versículos destacan la aparición del “Germen” en “Aquel día”, es decir, en el “Día de la ira de Yahveh”.

Isaías 11,5-9: “Justicia será el ceñidor de su cintura, verdad el cinturón de sus flancos. Serán vecinos el lobo y el cordero, y el leopardo se echará con el cabrito, el novillo y el cachorro pacerán juntos, y un niño pequeño los conducirá. La vaca y la osa pacerán, juntas acostarán sus crías, el león, como los bueyes, comerá paja Hurgará el niño de pecho en el agujero del áspid, y en la hura de la víbora el recién destetado meterá la mano. Nadie hará daño, nadie hará mal en todo mi santo Monte, porque la tierra estará llena de conocimiento de Yahveh, como cubren las aguas el mar.”

Tenemos aquí la visión de la era mesiánica de justicia, paz y prosperidad que traerá el “vástago” de Jesé, con la restauración de todas las cosas. El “conocimiento de Yahveh” (en el sentido hebreo de “conocer” que significa una experiencia concreta) abarcará toda la tierra, ejemplificado con la figura tan plástica del mar cubierto por completo por las aguas.

Isaías 11,10: “Aquel día la raíz de Jesé que estará enhiesta para estandarte de pueblos, las gentes la buscarán, y su morada será gloriosa.”

Se reafirma que todos estos sucesos ocurrirán “aquel día” (el “Día de Yahveh”).

Isaías 12,1-4: “Y dirás aquel día: «Yo te alabo, Yahveh, pues aunque te airaste contra mí, se ha calmado tu ira y me has compadecido. He aquí a Dios mi Salvador: estoy seguro y sin miedo, pues Yahveh es mi fuerza y mi canción, él es mi salvación,» Sacaréis agua con gozo de los hontanares de salvación.» y diréisaquel día: «Dad gracias a Yahveh, aclamad su nombre, divulgad entre los pueblos sus hazañas, pregonad que es sublime su nombre.”

Todo lo profetizado por Isaías acerca del Mesías como descendiente de David que hemos visto se cumplirá en “aquel día”, el famoso “Día de Yahveh”.

Otro pasaje bíblico que nos revela asimismo la unión íntima entre estos dos acontecimientos, el “Día de la ira de Yahveh” y el surgimiento del Mesías lo tenemos en el profeta Jeremías:

Jeremías 23,5-6: “Mirad que días vienen - oráculo de Yahveh - en que suscitaré a David un Germen justo: reinará un rey prudente, practicará el derecho y la justicia en la tierra. En sus días estará a salvo Judá, e Israel vivirá en seguro. Y este es el nombre con que te llamarán: «Yahveh, justicia nuestra.»”

Aquí utiliza también Jeremías el término “Germen justo”, de la misma manera que vimos antes en Isaías y Zacarías, aplicándolo al Mesías esperado. Y esto ocurrirá en un futuro definido como “vienen días” o “en sus días”, y que se refieren inequívocamente al “día de Yahveh” anunciado por tantos otros profetas. Esto mismo lo reafirma Jeremías más adelante en su Libro:

Jeremías 33, 14-17: “Mirad que días vienen - oráculo de Yahveh - en que confirmaré la buena palabra que dije a la casa de Israel y a la casa de Judá. En aquellos días y en aquella sazón haré brotar para David un Germen justo, y practicará el derecho y la justicia en la tierra. En aquellos días estará a salvo Judá, y Jerusalén vivirá en seguro. Y así se la llamará: «Yahveh, justicia nuestra.» Pues así dice Yahveh: No le faltará a David quien se siente en el trono de la casa de Israel.”

Las promesas de Yahveh hechas a su pueblo para los tiempos mesiánicos tendrán su cumplimiento “en aquellos días”, que son “días que vienen”. Nuevamente recordamos que en estas profecías no se distinguen las dos venidas del Mesías, por lo que los sucesos que se encierran en el llamado “Día de Yahveh” se refieren algunos a la encarnación del Verbo, y otros a su “Parusía”.

Hay un aspecto referente al Mesías que en el Antiguo Testamento se va insinuando: su divinidad. Dios no revelará la condición divina de su Ungido en el Antiguo Testamento, ya que en ese período las revelaciones a los hombres de parte de Yahveh buscan consolidar la noción de un monoteísmo excluyente y radical en Israel, para diferenciarlo claramente del politeísmo hacia los ídolos de los pueblos paganos.

La divinidad del Mesías Jesucristo será revelada plenamente por Él mismo, pero, a la luz de esta revelación del Nuevo Testamento podemos descubrir datos bíblicos anteriores que apuntan a la decisión inimaginable para el hombre, y mucho menos para un hebreo piadoso, de que el Mesías será el Hijo eterno del Padre:

Salmo 2, 6-8: “«Ya tengo yo consagrado a mi rey en Sión mi monte santo». Voy a anunciar el decreto de Yahveh: Él me ha dicho: «Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy. Pídeme, y te daré en herencia las naciones.”

San Pablo se referirá a este Salmo para definir que la “Buena Nueva” de la promesa hecha por Dios a los padres se ha cumplido en Jesús:

Hechos 13, 32-33: "También nosotros os anunciamos la Buena Nueva de que la Promesa hecha a los padres Dios la ha cumplido en nosotros, los hijos, al resucitar a Jesús, como está escrito en los salmos: Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy.”

Isaías, en el Capítulo 9,5 otorga al Mesías profetizado, entre otros títulos, el de “Dios poderoso”. El profeta Daniel, en su visión de Dios y del Hijo del hombre, muestra a éste siendo llevado a la presencia misma de Dios, dándosele una dignidad regia muy por encima de la que poseen los reyes terrenales. Este pasaje es muy importante, dado que “Hijo de hombre” será el título que Jesucristo se asignará a sí mismo:

Daniel 7, 9.13-14: “Yo estuve mirando hasta que fueron colocados unos tronos y un Anciano se sentó. Su vestidura era blanca como la nieve y los cabellos de su cabeza como la lana pura; su trono, llamas de fuego, con ruedas de fuego ardiente. Yo estaba mirando, en las visiones nocturnas, y vi que venía sobre las nubes del cielo como un Hijo de hombre; él avanzó hacia el Anciano y lo hicieron acercar hasta él. Y le fue dado el dominio, la gloria y el reino, y lo sirvieron todos los pueblos, naciones y lenguas. Su dominio es un dominio eterno que no pasará, y su reino no será destruido.”

No hay dudas que en esta profecía de Daniel el Reino futuro está íntimamente ligado a una persona, a la que se describe como semejante a un “Hijo de hombre”; éste es el origen del título que Jesús se atribuirá a sí mismo y que irá identificando su función mesiánica profetizada en el Antiguo Testamento.

También el profeta Miqueas da una indicación de la preexistencia en la eternidad del Mesías que vendrá de Belén:

Miqueas 5, 1: “Y tú, Belén Efratá, tan pequeña entre los clanes de Judá, de ti me nacerá el que debe gobernar a Israel: sus orígenes se remontan al pasado, a un tiempo inmemorial.”

En definitiva, en función de los textos bíblicos vistos, y otros que ahora citaremos, vemos que el concepto de “Mesías” comprende diversos aspectos que vamos a resumir:

* Aparecerá al final de los tiempos, en el llamado “día de Yahveh”. Hemos visto que por la revelación del mismo Jesús en realidad el Mesías vendrá en dos momentos históricos distintos en el devenir de la humanidad, constituyendo la primera y la segunda Venida del Señor.

Estas dos Venidas, la primera en humildad, pobreza y sufrimiento, y la segunda con majestad, poder y gloria, quedarán como veladas y encubiertas en las profecías del Antiguo Testamento, aunque ahora, ya transcurridos dos mil años de la primera, podemos separar con cierta claridad los textos proféticos referentes a una y otra venida.

* Será un Rey poderoso y tendrá como misión, después de la realización del juicio de Dios sobre su pueblo y las naciones paganas, reconciliar a los hombres con Dios y establecer el Reino de Dios sobre la tierra, reino de paz, de justicia, de alegría y de abundancia. Este reinado será universal y a él estarán sometidas todas las naciones del mundo.

Para que el Mesías pueda cumplir con su misión ha sido dotado por Dios de ciertas cualidades y poderes especiales:

-reposa sobre él el Espíritu de Yahveh con sus dones (sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia y temor de Dios (Isaías 11,2-3; Isaías 61,1);
-juzgará con justicia y rectitud, en especial a los débiles e indefensos (Isaías 11,4);
-tendrá todo el poder (Isaías 11,4; Salmo 110,2);
-será ante Dios el Sumo Sacerdote (Sal 110,4);
-nacerá de manera milagrosa de una doncella virgen (Isaías 7,14);
-sanará las enfermedades físicas de los hombres (Isaías 35,5-6);
-sufrirá por los hombres y será muerto, pero resucitará (Isaías 53,10-12).

En los textos proféticos vistos se han tomado los que se encuadran en su Segunda Venida en gloria y majestad, y obviamente no se han tenido en cuenta los tan conocidos referidos a su primera venida en pobreza y humildad.

B) La Parusía según el Nuevo Testamento

Veremos ahora como es descrito en el Nuevo Testamento el acontecimiento de la segunda Venida de Cristo Mesías, y cuáles son los elementos principales que lo componen.

1) Aparecerá una señal en el cielo.

Antes que de alguna manera pueda visualizarse a Jesucristo, aparecerá en el cielo una señal, que Mateo denomina “la señal del Hijo del hombre”:

Mateo 24,30: “Entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del hombre; y entonces se golpearán el pecho todas las razas de la tierra y verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria.”

La “Didaché (doctrina) de los doce Apóstoles”, también menciona la señal:

“Entonces aparecerán las señales de la verdad. Primeramente será desplegada la señal en el cielo, después la de la trompeta, y en tercer lugar la resurrección de los muertos.”

No hay mayores precisiones sobre la naturaleza de esta señal, pero será vista desde toda la tierra, ya que la consecuencia será el lamento de todas las tribus del orbe.

2) Se verá al Hijo del hombre viniendo sobre las nubes.

Después de la señal, aparece a la vista de toda la tierra la figura de Jesucristo, visible en el cielo, por sobre las nubes, es decir, en lo alto:

Mateo 25,31: “"Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria.”

Mateo 26,64: “Dícele Jesús: «Sí, tú lo has dicho. Y yo os declaro que a partir de ahora veréis al hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo».”

Marcos 13,26: “Y entonces verán al Hijo del hombre que viene entre nubes con gran poder y gloria;”

Marcos 8, 38: “Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles."

Lucas 17,24: “Porque, como relámpago fulgurante que brilla de un extremo a otro del cielo, así será el Hijo del hombre en su Día.”

Lucas 21,27: “Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria.”

Apocalipsis 1,7: “Mirad, viene acompañado de nubes: todo ojo le verá, hasta los que le traspasaron, y por él harán duelo todas las razas de la tierra. Sí. Amén”

En el pasaje de Mateo 26,64 Jesús cita al Salmo 110 y al profeta Daniel:

Salmo 110,1: “Oráculo de Yahveh a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que yo haga de tus enemigos el estrado de tus pies.”

Daniel 7, 13-14: “Y he aquí que en las nubes del cielo venía como un Hijo de hombre. Se dirigió hacia el Anciano y fue llevado a su presencia. A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás.”

Con esto Jesús reconoce abiertamente que él es el Mesías y el Señor, lo que constituye para los judíos la blasfemia decisiva. Se identifica plenamente con el Hijo del hombre descrito por Daniel, aplicando sus profecías a su misión.

Veamos algunas precisiones sobre esta visión de Jesús en el cielo:

*Viene con gran poder y gloria:

La “gloria de Dios” comprende toda la majestad, el poder y la santidad de Dios, y ya desde el Antiguo Testamento se menciona una manifestación visible, como la irradiación fulgurante del ser divino, que en el Libro del Éxodo toma la forma de una nube, oscura durante el día y luminosa por la noche (Ex. 14,19-20; 16,10), y que corona el monte Sinaí como un fuego devorador (Ex. 24,16-17).

Jesucristo, como Hijo de Dios, posee la gloria de Dios en él:

Hebreos 1,2-3: “en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos; el cual, siendo resplandor de su gloria e impronta de su sustancia, y el que sostiene todo con su palabra poderosa, después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas”

Cristo es el “Señor de la gloria” (1 Corintios 2,8), y la gloria de Dios está sobre su rostro:

2 Corintios 4, 6: “Pues el mismo Dios que dijo: «De las tinieblas brille la luz», ha hecho brillar la luz en nuestros corazones, para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en la faz de Cristo.”

Jesús mostrará esta gloria a todos sus apóstoles durante su transfiguración:

Mateo 17, 1-2: “Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.”

La Segunda Carta de San Pedro interpreta la transfiguración como una visión anticipada de la gloria de Jesús en su Parusía:

2 Pedro 1, 16-18: “Os hemos dado a conocer el poder y la Venida de nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino después de haber visto con nuestros propios ojos su majestad. Porque recibió de Dios Padre honor y gloria, cuando la sublime Gloria le dirigió esta voz: «Este es mi Hijo muy amado en quien me complazco.» Nosotros mismos escuchamos esta voz, venida del cielo, estando con él en el monte santo.”

La majestad y la gloria de Cristo son reveladas por la luminosidad de su rostro y de todo su cuerpo y vestiduras. En las visiones de Juan en el Apocalipsis se confirma este aspecto del resplandor divino:

Apocalipsis 1,12-15: “Me volví a ver qué voz era la que me hablaba y al volverme, vi siete candeleros de oro, y en medio de los candeleros como a un Hijo de hombre, vestido de una túnica talar, ceñido al talle con un ceñidor de oro.
Su cabeza y sus cabellos eran blancos, como la lana blanca, como la nieve; sus ojos como llama de fuego; sus pies parecían de metal precioso acrisolado en el horno; su voz como voz de grandes aguas.”

Pero la descripción más clara de Jesucristo en su Parusía la encontramos también en el Apocalipsis:

Apocalipsis 19, 11-16: “Entonces vi el cielo abierto, y había un caballo blanco: el que lo monta se llama "Fiel" y "Veraz"; y juzga y combate con justicia. Sus ojos, llama de fuego; sobre su cabeza, muchas diademas; lleva escrito un nombre que sólo él conoce; viste un manto empapado en sangre y su nombre es: La Palabra de Dios.
Y los ejércitos del cielo, vestidos de lino blanco puro, le seguían sobre caballos blancos. De su boca sale una espada afilada para herir con ella a los paganos; él los regirá con cetro de hierro; él pisa el lagar del vino de la furiosa cólera de Dios, el Todopoderoso. Lleva escrito un nombre en su manto y en su muslo: Rey de Reyes y Señor de Señores.”

*Estas descripciones revelan algo fundamental, más allá de la verdadera imagen que mostrará el Señor: sin duda Jesucristo será plenamente reconocido por todos, nadie podrá dudar que es el Verbo de Dios, el Señor de Señores, el Rey de Reyes. Será una manifestación clara de su gloria, de su majestad, de su divinidad.

*El pasaje de Lucas 17,24 ya mencionado también reconoce que el Hijo del hombre se asemejará a un “relámpago fulgurando desde una parte del cielo hasta la otra”.

En resumen, todos los pasajes que describen la Parusía, siempre hablan de una visión de Cristo glorioso en el cielo, sobre las nubes, pero en ningún caso se menciona la posibilidad que el Señor llegue a la tierra y permanezca en ella. Ya trataremos un poco más adelante los posibles sucesos que siguen a esta aparición de Jesús.

3) Se lamentarán en la tierra: la conversión de Israel.

Apocalipsis 1,7: “Mirad, viene acompañado de nubes: todo ojo le verá, hasta los que le traspasaron, y por él harán duelo todas las razas de la tierra. Sí. Amén.”

Ante la visión de Jesucristo en su Parusía hay lamentos y luto, expresados por la palabra griega “kopto”, que significa literalmente “golpearse el pecho”. Esta expresión siempre se aplica en el Nuevo Testamento con la acepción de lamento, de dolor ante la muerte, de señal de luto.

Se golpeaban el pecho los que lloraban la muerte del hijo de Jairo (Lucas 8,52), como las mujeres de Jerusalén que vieron pasar a Jesús llevando la cruz (Mateo 23,27).

El Apocalipsis repite textualmente la frase de Mateo:

Mateo 24,30: “entonces se golpearán el pecho (“kopto”) todas las tribus (“fyle”) de la tierra.”

Apocalipsis 1, 7: “se golpearán el pecho (“kopto”) todas las tribus (“fyle”) de la tierra.”

La expresión griega “fyle”, traducida por “tribus de la tierra”, se refiere a las tribus no israelitas. En esta cita se incluye entre los que verán a Cristo “hasta los que lo traspasaron”, cita de Zacarías 12,10.

De esta relación con la profecía de Zacarías, se obtiene un indicio muy fuerte sobre el momento en que se producirá la conversión de los judíos como nación a Cristo, en medio de la conversión también de muchos paganos. Veamos la cita del profeta Zacarías más extendida:

Zacarías 12, 10 - 13,1: “Derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de gracia y de oración; y mirarán hacia mí. En cuanto a aquél a quien traspasaron, harán lamentación por él como lamentación por hijo único, y le llorarán amargamente como se llora amargamente a un primogénito.
Aquel día será grande la lamentación en Jerusalén, como la lamentación de Hadad Rimmón en la llanura de Meguiddó. Y se lamentará el país, cada familia aparte: la familia de la casa de David aparte y sus mujeres aparte; la familia de la casa de Natán aparte y sus mujeres aparte; la familia de la casa de Leví aparte; y sus mujeres aparte; la familia de la casa de Semeí aparte y sus mujeres aparte; todas las demás familias, cada familia aparte y sus mujeres aparte.
Aquel día habrá una fuente abierta para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, para lavar el pecado y la impureza.”

Cuando los judíos sobrevivientes al juicio de Dios vean en los sucesos que acompañan a la Parusía de Jesús el cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento y reciban el derramamiento del Espíritu Santo, tomarán conciencia de su culpa respecto “a quien traspasaron” (Cristo), lo reconocerán como el primogénito de Dios y habrá lamentos y luto en cada familia de Israel.

Entonces recibirán el perdón de Dios, bajo la figura de una fuente que lavará el pecado de la Casa de David.

Hay otro pasaje muy interesante del Antiguo Testamento que nos permite definir la oportunidad de la conversión de los judíos como nación al cristianismo. Se trata de los capítulos 36 y 37 del Libro de Ezequiel.

El capítulo 36 profetiza el retorno y la restauración de Israel; en la primera parte se habla d ela restauración y de la reedificación de la tierra arrasada. Luego Yahveh habla por boca del profeta a la Casa de Israel y le hace la promesa del derramamiento del Espíritu Santo (Ezequiel 36,24-28).

Ya analizamos este pasaje en el Capítulo 7.C comentando el Segundo Pentecostés de los tiempos mesiánicos, ese derramamiento del Espíritu que se producirá primero en los santos arrebatados al encuentro con Jesús y que luego llegará a través de ellos a toda la Iglesia y al mundo de los sobrevivientes de la gran tribulación.

Luego, en el capítulo 37 el profeta Ezequiel presenta la famosa visión de los huesos secos que recobran vida:

Ezequiel 37, 9-12: “Él me dijo: «Profetiza al espíritu, profetiza, hijo de hombre. Dirás al espíritu: Así dice el Señor Yahveh: Ven, espíritu, de los cuatro vientos, y sopla sobre estos muertos para que vivan.» Yo profeticé como se me había ordenado, y el espíritu entró en ellos; revivieron y se incorporaron sobre sus pies; era un enorme, inmenso ejército. Entonces me dijo: «Hijo de hombre, estos huesos son toda la Casa de Israel. Ellos andan diciendo: Se han secado nuestros huesos, se ha desvanecido nuestra esperanza, todo ha acabado para nosotros. Por eso profetiza. Les dirás: Así dice el Señor Yahveh. He aquí que yo abro vuestras tumbas; os haré salir de vuestras tumbas, pueblo mío, y os llevaré de nuevo al suelo de Israel.”

El espíritu que sopla sobre los huesos secos para que se cubran nuevamente de carne y revivan es la figura de la resurrección espiritual del Pueblo de Dios en los tiempos mesiánicos, y las sepulturas simbolizan los lugares de su destierro desde donde volverán.

El versículo 11 aclara algo muy importante: “estos huesos son toda la Casa de Israel”, lo que significa que forman la totalidad de las 12 tribus de Israel, es decir, de los Reinos de Judá e Israel. Precisamente el pasaje recién visto es seguido por otro que profetiza la reunión de Judá e Israel en un solo Reino:

Ezequiel 37, 15-19.22.24: “La palabra de Yahveh me fue dirigida en estos términos: y tú, hijo de hombre, toma un leño y escribe en él: «Judá y los israelitas que están con él.» Toma luego otro leño y escribe en él: «José, leño de Efraín, y toda la casa de Israel que está con él.» Júntalos el uno con el otro de suerte que formen un solo leño, que sean una sola cosa en tu mano. Y cuando los hijos de tu pueblo te digan: «¿No nos explicarás qué es eso que tienes ahí?», les dirás: Así dice el Señor Yahveh: he aquí que voy a tomar el leño de José (que está en la mano de Efraín) y las tribus de Israel que están con él, los pondré junto al leño de Judá, haré de todo un solo leño, y serán una sola cosa en mi mano. Haré de ellos una sola nación en esta tierra, en los montes de Israel, y un solo rey será el rey de todos ellos; no volverán a formar dos naciones, ni volverán a estar divididos en dos reinos. Mi siervo David reinará sobre ellos, y será para todos ellos el único pastor; obedecerán mis normas, observarán mis preceptos y los pondrán en práctica.”

En el Capítulo 2.B presentamos la interpretación que tenemos del significado en los tiempos finales de los Reinos de Judá e Israel. El primero es la Iglesia cristiana, y el segundo el pueblo judío, por lo que este pasaje de Ezequiel profetiza la conversión en masa del pueblo judí, después del Segundo Pentecostés, y su ingreso a la Iglesia, quedando todos bajo un único Rey y Pastor: Jesucristo, descendiente de David., que reinará sobre ellos en la Nueva Jerusalén terrenal luego de su Parusía.

El profeta Jeremías también se refiere a la reunión de las tribus de Israel y Judá cuando lleguen los tiempos mesiánicos:

Jeremías 3, 17-18: “En aquel tiempo llamarán a Jerusalén "Trono de Yahveh" y se incorporarán a ella todas las naciones en el nombre de Yahveh, en Jerusalén, sin seguir más la dureza de sus perversos corazones. En aquellos días, andará la casa de Judá al par de Israel, y vendrán juntos desde tierras del norte a la tierra que di en herencia a vuestros padres.”

La Jerusalén mesiánica ya vimos que representa a la Iglesia purificada y santificada que desciende a la tierra con Cristo en su Parusía, después de ser arrebatada hacia Él. Las naciones paganas se convertirán, y junto a la casa de Judá (cristianos) y la de Israel (judíos) se unirán formando un único pueblo de Dios.

Jeremías 31,1:“En aquel tiempo - oráculo de Yahveh - seré el Dios de todas las familias de Israel, y ellos serán mi pueblo.”

Dios reunirá a todas las tribus de Israel en los tiempos mesiánicos, lo que significa como vimos la unión en un único pueblo de Dios de judíos y cristianos.

También el gran profeta Isaías recibe la revelación de Yahveh sobre esta reunión de las tribus en los tiempos mesiánicos:

En el capítulo 11 predice la aparición de un “vástago del tronco de Jesé” (padre de David), que será el Mesías esperado. Luego habla explícitamente de la reunión de las doce tribus de Israel, en “aquel día”:

Isaías 11, 9-13: “Nadie hará daño, nadie hará mal en todo mi santo Monte, porque la tierra estará llena de conocimiento de Yahveh, como cubren las aguas el mar. Aquel día la raíz de Jesé que estará enhiesta para estandarte de pueblos, las gentes la buscarán, y su morada será gloriosa. Aquel día volverá el Señor a mostrar su mano para recobrar el resto de su pueblo que haya quedado de Asur y de Egipto, de Patrós, de Kus, de Elam, de Senaar, de Jamat y de las islas del mar. Izará bandera a los gentiles, reunirá a los dispersos de Israel, y a los desperdigados de Judá agrupará de los cuatro puntos cardinales. Cesará la envidia de Efraím, y los opresores de Judá serán exterminados. Efraím no envidiará a Judá y Judá no oprimirá a Efraím.”

El Señor reunirá para morar en su Reino terrenal, reino de paz y justicia descrito como el “santo monte”, donde no habrá mal ni nadie hará daño, a las tribus dispersas de Judá e Israel, y entonces cesará toda envidia y desunión entre cristianos y judíos, que morarán en la Sión mesiánica, la Iglesia de Dios:

Isaías 12, 5-6: “Cantad a Yahveh, porque ha hecho algo sublime, que es digno de saberse en toda la tierra. Dad gritos de gozo y de júbilo, moradores de Sión, que grande es en medio de ti el Santo de Israel.”

Vemos así que esta reunión de las dos casas de Israel, la casa de Judá (2 tribus) y la casa de Israel (10 tribus), profetizada para los tiempos mesiánicos, que evidentemente no podrá cumplirse literalmente ya que la casa de Israel ha desaparecido desde hace 2700 años, arribará a su cumplimiento con la conversión del pueblo judío en los tiempos finales y su unión con el pueblo cristiano en la única Iglesia de Jesucristo, formando el verdadero y eterno pueblo de Dios, el Nuevo Israel, sobre el cual reinará el Mesías, Jesucristo nuestro Señor.

Se cumplirá en este momento el misterio anunciado por San Pablo en la Carta a los Romanos respecto a la conversión de los judíos:

Romanos 11, 25-32: “Pues no quiero que ignoréis, hermanos, este misterio, no sea que presumáis de sabios: el endurecimiento parcial que sobrevino a Israel durará hasta que entre la totalidad de los gentiles, y así, todo Israel será salvo, como dice la Escritura: Vendrá de Sión el Libertador; alejará de Jacob las impiedades.
Y esta será mi Alianza con ellos, cuando haya borrado sus pecados. En cuanto al Evangelio, son enemigos para vuestro bien; pero en cuanto a la elección amados en atención a sus padres. Que los dones y la vocación de Dios son irrevocables.
En efecto, así como vosotros fuisteis en otro tiempo rebeldes contra Dios, mas al presente habéis conseguido misericordia a causa de su rebeldía, así también, ellos al presente se han rebelado con ocasión de la misericordia otorgada a vosotros, a fin de que también ellos consigan ahora misericordia.
Pues Dios encerró a todos los hombres en la rebeldía para usar con todos ellos de misericordia.”

La figura que presenta el apóstol en la primera parte de este Capítulo 11 es la de un olivo cuya raíz santa es el mismo Dios que sostiene a las ramas, el pueblo elegido. Pero, el pueblo judío, ejemplificado por las ramas originales del olivo, toma una posición diferente respecto a la primera Venida de Cristo y su proclamación del evangelio:

Romanos 11, 7-8: “Entonces, ¿qué? Que Israel no consiguió lo que buscaba; mientras lo consiguieron los elegidos. Los demás se endurecieron, como dice la Escritura: Dióles Dios un espíritu de embotamiento: ojos para no ver y oídos para no oír, hasta el día de hoy.”

La masa de Israel, endurecida, no reconoció en Jesucristo la venida del Mesías esperado, mientras que un resto, denominados “los elegidos”, aceptaron a Jesús y se convirtieron en la Iglesia, el verdadero Israel, prolongación del antiguo, realizador de su elección y sus promesas.

Los primeros fueron desgajados del olivo, mientras que los gentiles que también reconocieron a Cristo como el Salvador y Mesías, se unieron a la Iglesia primera formada por ese resto de judíos fieles, todo esto bajo la imagen de ramas de olivo silvestre que son injertadas en el olivo natural y se nutren de la savia de su raíz.

Pero Pablo revela que estas ramas desgajadas (judíos incrédulos y endurecidos), si no permanecen en esa incredulidad puede Dios injertarlos de nuevo en su Iglesia:

Romanos 11, 23-24: “En cuanto a ellos, si no se obstinan en la incredulidad, serán injertados; que poderoso es Dios para injertarlos de nuevo. Porque si tú fuiste cortado del olivo silvestre que eras por naturaleza, para ser injertado contra tu natural en un olivo cultivado, ¡con cuánta más razón ellos, según su naturaleza, serán injertados en su propio olivo!”

4) La "plenitud de los gentiles" es necesaria para la Parusía

Volviendo al “misterio” revelado en los versículos 25-29, tenemos un dato crucial para saber cuando se producirá el fin del endurecimiento de Israel y su consiguiente conversión: cuando la plenitud (“pleroma” en griego) de los gentiles (“eznos”) haya entrado (“eis-erjomai”).

Es sumamente importante establecer con la máxima certeza el significado de esta “plenitud de gentiles”. La palabra griega “pleroma” tiene en primer lugar una acepción de llenar materialmente algo:

Marcos 6,43: “Y recogieron las sobras, doce canastos llenos, y también lo de los peces.”

Marcos 8,20: “Y cuando partí los siete entre los cuatro mil, ¿cuántas espuertas llenas de trozos recogisteis?

1 Corintios 10, 26: “Pues del Señor es la tierra y todo cuanto contiene” (su plenitud, “pleroma”)

Por lo tanto, ¿en qué consistirá esta “plenitud” de los gentiles a la que se refiere Romanos 11,25? Evidentemente representa un número determinado de no judíos que deberá alcanzarse; en base a los acontecimientos que se desarrollarán al fin de los tiempos, creemos que este número representa a santos cristianos, tanto una cantidad determinada que estará viva en los tiempos de la Parusía y que será arrebatada al encuentro con Cristo, para volver a la tierra con Él, como también a una cifra definida de santos muertos, que vivirán la primera resurrección con la venida de Cristo glorioso.

Precisamente la palabra griega “eis-erjomai” tiene aquí la acepción de “entrar al reino de Dios” o a”la Vida eterna”, como en estos ejemplos:

Mateo 19,23: “Yo os aseguro que un rico difícilmente entrará en el Reino de los Cielos.”

Marcos 9,43: “Más vale que entres manco en la Vida que con las dos manos, ir a la gehenna.”

Hechos 14,22: “Es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios.”

Por lo tanto queda claro que esta “plenitud” se refiere al número de santos que entrarán al Reino de Dios, tanto al terrenal como al celestial.

Ambas cantidades de cristianos santos sólo son conocidas por Dios, pero su necesidad es muy clara: la plenitud de los santos vivos es necesaria para que vuelvan con Cristo en la Parusía, después de haber vivido el Segundo Pentecostés y haber participado en las Bodas del Cordero, y gobernarán y evangelizarán al resto de la humanidad sobreviviente. Diríamos que es la Iglesia terrenal arrebatada y purificada, representada por los 144.000 elegidos de Apocalipsis 7,1-8.

En cambio, la plenitud de los santos muertos es aquella que las almas que están en el cielo esperan que se alcance, para que llegue el glorioso momento de su resurrección, la primera, con la Parusía del Señor. Es el anhelo que expresan las almas de los santos y mártires en Apocalipsis 6, 9-11 (quinto sello), quienes esperan que “se complete el número de sus consiervos y hermanos (el “pleroma”).

Estos santos resucitados, junto a Jesucristo, estableciendo su morada en la Jerusalén celestial, ayudarán al gobierno del Reino de Cristo sobre la tierra, a partir de la “comunión de los santos”. Es la grandiosa visión de Apocalipsis 7, 9-17. Esto lo estudiaremos en detalle en el siguiente Capítulo.

Este tiempo de formación del número necesario de santos gentiles (y también de algunos judíos convertidos como vemos que han entrado a la Iglesia en todos los tiempos del cristianismo) es el que Jesús denomina “el tiempo de los gentiles” (“eznos” en griego):

Lucas 21, 24: “Y Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta que se cumpla el tiempo de los gentiles”.

Por lo tanto, este “tiempo de los gentiles” es un tiempo en el que Dios elige entre los llamados por el evangelio a los santos, a los cristianos que buscan vivir su fe de manera plena. El Libro de los Hechos de los Apóstoles nos expresa esta idea en un discurso de Santiago:

Hechos 15, 14-18: “Simeón ha referido cómo Dios ya al principio intervino para procurarse entre los gentiles un pueblo para su Nombre. Con esto concuerdan los oráculos de los Profetas, según está escrito: «Después de esto volveré y reconstruiré la tienda de David que está caída; reconstruiré sus ruinas, y la volveré a levantar.
Para que el resto de los hombres busque al Señor, y todas las naciones que han sido consagradas a mi nombre», dice el Señor que hace que estas cosas sean conocidas desde la eternidad.”

Santiago aclara el discurso anterior de Pedro, indicando el plan de Dios: ha escogido entre los gentiles un pueblo consagrado a su nombre, es decir, no ha hecho una elección colectiva como lo hizo con todo Israel, sino realizó un llamado y elección individual a cada uno. Se refiere a una profecía de Amós (9,11 ss.) tomada en forma libre, donde se anuncia la conversión de los gentiles.

En el Capítulo siguiente se estudiará en detalle la misión que llevarán a cabo los que conforman esta “plenitud” de los santos de la Iglesia de los gentiles.

Hay otro aspecto relacionado con lo que hemos descrito anteriormente que reviste suma importancia; lo revela la Segunda Carta de Pedro:

2 Pedro 3, 9-12: “No se retrasa el Señor en el cumplimiento de la promesa, como algunos lo suponen, sino que usa de paciencia con vosotros, no queriendo que algunos perezcan, sino que todos lleguen a la conversión.
El Día del Señor llegará como un ladrón; en aquel día, los cielos, con ruido ensordecedor, se desharán; los elementos, abrasados, se disolverán, y la tierra y cuanto ella encierra se consumirá.
Puesto que todas estas cosas han de disolverse así, ¿cómo conviene que seáis en vuestra santa conducta y en la piedad, esperando y acelerando la venida del Día de Dios, en el que los cielos, en llamas, se disolverán, y los elementos, abrasados, se fundirán?”

Por un lado vemos que la promesa de la Parusía no es que se demore, sino que es Dios quien tiene paciencia y espera que se llegue a la “plenitud” de los santos necesarios, tanto los vivos en los últimos tiempos, como los muertos cuyas almas están en el cielo.

Pero lo más importante es la revelación que sigue: la santidad y la piedad de los cristianos no sólo son necesarias para esperar ese Día del Señor que vendrá de improviso, sino que permite apresurar o acelerar la Parusía. ¿Por qué esta aceleración? La respuesta es muy simple, a la luz de los visto antes: porque en la medida que se complete el número de los santos establecido por Dios (“pleroma”) más rápido, antes se producirá la Venida en gloria del Señor.

Desde hace muchos siglos se habla en la Iglesia que surgirán los “santos o apóstoles de los últimos tiempos”. Es muy claro lo que expresa, por ejemplo, el gran santo mariano San Grignion de Monfort, en el “Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen”:

58. “A los verdaderos apóstoles de los últimos tiempos dará el Señor de las virtudes la palabra y la fuerza para obrar maravillas y ganar gloriosos despojos de sus enemigos; dormirán, sin oro ni plata, y lo que es más, sin cuidado alguno, en medio de los demás sacerdotes y clérigos; y, sin embargo, tendrán las alas plateadas de la paloma, para ir con la pura intención de la gloria de Dios y de la salvación de las almas, a donde los llame el Espíritu Santo, y no dejarán tras de sí, en los lugares donde predicaren, más que el oro de la caridad, que es el cumplimiento de toda la ley (Rom. 13,10).
59. En fin, sabemos que serán verdaderos discípulos de Jesucristo, que caminando sobre las huellas de su pobreza, humildad, desprecio del mundo y caridad, enseñarán el camino estrecho de Dios en pura verdad, según el santo Evangelio, y no según las máximas del mundo, sin inquietarse por nada, sin acepción de personas, sin dar oídos ni escuchar ni temer a ningún mortal, por poderoso que sea.
Tendrán en su boca la espada de dos filos de la palabra de Dios; llevarán sobre sus espaldas el estandarte ensangrentado de la Cruz; el crucifijo en la mano derecha, los nombres sagrados de Jesús y María en el corazón, y en toda su conducta la modestia y la mortificación de Jesucristo.
He aquí los grandes hombres, que han de venir. María los formará por orden del Altísimo para extender su imperio sobre el de los impíos, idólatras y mahometanos. Pero ¿cuándo y cómo será esto? Sólo Dios lo sabe. A nosotros sólo nos toca callar, orar, suspirar y esperar. Confiadamente esperé en el Señor (Salmo 29,2).”

De estas consideraciones surge la gran importancia de formar, sin esperar más, a cristianos que quieran comprometerse con su fe, llevándolos a la experiencia espiritual profunda, el camino de la experiencia mística, según lo señala la espiritualidad tradicional de la Iglesia.

Este camino se revela hoy accesible a todos los cristianos, sin distinción de estado, a partir de la experiencia del Espíritu Santo, como se está dando en los nuevos movimientos de la Iglesia después del Concilio Vaticano II. Se puede ver al respecto nuestra contribución, según lo que hemos desarrollado en nuestra Escuela de Oración y Crecimiento Espiritual.

5) Jesucristo vendrá acompañado por sus santos

Hay una serie de textos bíblicos que revelan que en su Parusía el Señor no volverá solo, sino que lo hará acompañado por sus santos:

1 Tesalonicenses 3, 12-13: “En cuanto a vosotros, que el Señor os haga progresar y sobreabundar en el amor de unos con otros, y en el amor para con todos, como es nuestro amor para con vosotros, para que se consoliden vuestros corazones con santidad irreprochable ante Dios, nuestro Padre, en la Venida de nuestro Señor Jesucristo, con todos sus santos.”

En esta súplica de Pablo, el apóstol pide que el Señor permita a los cristianos de Tesalónica crecer en la virtud de la caridad para santificarse, para enfrentar el juicio de Dios (“estar delante de Él”) que se producirá en la Parusía del Señor, momento en el que vendrá acompañado de sus santos.

Parecería que aquí se establece la condición de santidad para formar parte de ese grupo de santos que acompañarán a Jesús. También se revela que la voluntad suprema de Dios para los cristianos es su santificación:

1 Tesalonicenses 4, 1-3a: “Por lo demás, hermanos, os rogamos y exhortamos en el Señor Jesús a que viváis como conviene que viváis para agradar a Dios, según aprendisteis de nosotros, y a que progreséis más. Sabéis, en efecto, las instrucciones que os dimos de parte del Señor Jesús. Porque esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación.”

En la Segunda Carta a los cristianos de Tesalónica Pablo se explaya más sobre este tema:

2 Tesalonicenses 1, 3-12: “Tenemos que dar en todo tiempo gracias a Dios por vosotros, hermanos, como es justo, porque vuestra fe está progresando mucho y se acrecienta la mutua caridad de todos y cada uno de vosotros, hasta tal punto que nosotros mismos nos gloriamos de vosotros en las Iglesias de Dios por la tenacidad y la fe en todas las persecuciones y tribulaciones que estáis pasando.
Esto es señal del justo juicio de Dios, en el que seréis declarados dignos del Reino de Dios, por cuya causa padecéis. Porque es propio de la justicia de Dios el pagar con tribulación a los que os atribulan, y a vosotros, los atribulados, con el descanso junto con nosotros, cuando el Señor Jesús se revele desde el cielo con sus poderosos ángeles, en medio de una llama de fuego, y tome venganza de los que no conocen a Dios y de los que no obedecen al Evangelio de nuestro Señor Jesús.
Estos sufrirán la pena de una ruina eterna, alejados de la presencia del Señor y de la gloria de su poder, cuando venga en aquel Día a ser glorificado en sus santos y admirado en todos los que hayan creído - pues nuestro testimonio ha sido creído por vosotros.
Con este objeto rogamos en todo tiempo por vosotros: que nuestro Dios os haga dignos de la vocación y lleve a término con su poder todo vuestro deseo de hacer el bien y la actividad de la fe, para que así el nombre de nuestro Señor Jesús sea glorificado en vosotros, y vosotros en él, según la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo.”

Pablo da gracias a Dios por el aumento de la fe y la caridad en los Tesalonicenses, es decir, por su crecimiento en santidad, la cual es probada a través de muchas persecuciones y tribulaciones. Por esto el apóstol cree que Dios, en su juicio justo, juzgará a estos cristianos dignos de entrar a su Reino y les pagará sus tribulaciones con descanso el día de su revelación (“apocalipsis” en griego) desde el cielo, junto a sus ángeles.

Aquí también nos queda claro que la realidad de Cristo, de su gloria, de su poder y de su justicia, que estaban ocultos a nuestra mirada en el cielo, se harán patentes con signos y señales extraordinarias.

El Libro del Apocalipsis, en el Capítulo 19, muestra la visión del grandioso cuadro de la vuelta de Jesús:

Apocalipsis 19, 11-16: “Entonces vi el cielo abierto, y había un caballo blanco: el que lo monta se llama "Fiel" y "Veraz"; y juzga y combate con justicia. Sus ojos, llama de fuego; sobre su cabeza, muchas diademas; lleva escrito un nombre que sólo él conoce; viste un manto empapado en sangre y su nombre es: La Palabra de Dios.
Y los ejércitos del cielo, vestidos de lino blanco puro, le seguían sobre caballos blancos. De su boca sale una espada afilada para herir con ella a los paganos; él los regirá con cetro de hierro; él pisa el lagar del vino de la furiosa cólera de Dios, el Todopoderoso. Lleva escrito un nombre en su manto y en su muslo: Rey de Reyes y Señor de Señores.”

Todos los detalles de esta descripción reflejan la gloria y el poder de Jesús Resucitado que vuelve a la tierra con su plena majestad divina, para asumir su Reino como el Señor de Señores y Rey de Reyes.

El texto nos dice que se encuentra acompañado por “los ejércitos del cielo”, cuyos componentes están “vestidos de lino blanco y puro”. ¿Quiénes son los integrantes de esta milicia celestial? Veamos que nos dice otro pasaje:

Apocalipsis 19, 7-8: “Alegrémonos y regocijémonos y démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero, y su Esposa se ha engalanado y se le ha concedido vestirse de lino deslumbrante de blancura - el lino son las buenas acciones de los santos. –“

Los santos descriptos aquí, que han participado de las Bodas del Cordero (ver Capítulo 4.C), acompañan a Jesús formando parte de su ejército, reconocidos por los vestidos. Acá tendríamos una primera confirmación que los que vuelven con Jesús son los santos que fueron arrebatados (ver Capítulo 4.A), ya que ellos, de acuerdo a nuestro desarrollo, son los que toman parte, como Iglesia Terrenal, de las Bodas del Cordero con ella como Esposa.

Encontramos también otras fuentes bíblicas para afirmar esta hipótesis:

En el Capítulo 7 vimos como en la transfiguración del Señor, interpretada como un anuncio de su retorno en gloria en su segunda Venida, se encuentra acompañado por Moisés y Elías. Los dos testigos de Apocalipsis 11, 3-12 son descriptos claramente con los rasgos de los mismos profetas, indicando con mucha certeza que ellos, que son arrebatados al cielo, serán los que volverán acompañando a Jesús en su Parusía.

De la misma manera analizamos el pasaje de Zacarías 4, 1-14, que se refiere a la descripción de los dos testigos mencionados como “los dos olivos y los dos candelabros que están en pie delante del Señor de la tierra”, y que en el pasaje de Zacarías representan a los poderes político (rey) y religioso (sumo sacerdote), encargados de reconstruir el Templo de Jerusalén en los tiempos escatológicos, y que serán parte de los santos arrebatados que vuelven con Cristo.

Otro pasaje ya visto y que queremos recordar es el de Apocalipsis 12,5, donde la mujer coronada de estrellas da a luz un varón que es arrebatado para Dios, que en nuestra interpretación simboliza a los santos que serán preservados de la tribulación con el arrebato.

El destino de este “hijo varón” colectivo es que “ha de regir a todas las naciones con cetro de hierro”, y, obviamente, para poder cumplir con esta misión necesariamente ha de regresar desde el cielo hasta la tierra.

Las acciones de Moisés también nos aportan luz a la figura del arrebato y de la vuelta junto al pueblo de Dios. Veamos algunos textos:

Éxodo 34,4-5; 27-30: “Labró Moisés dos tablas de piedra como las primeras y, levantándose de mañana, subió al monte Sinaí como le había mandado Yahveh, llevando en sus manos las dos tablas de piedra. Descendió Yahveh en forma de nube y se puso allí junto a él.
Dijo Yahveh a Moisés: «Consigna por escrito estas palabras, pues a tenor de ellas hago alianza contigo y con Israel.» Moisés estuvo allí con Yahveh cuarenta días y cuarenta noches, sin comer pan ni beber agua. Y escribió en las tablas las palabras de la alianza, las diez palabras.”

Moisés sube a un monte alto, y se encuentra con la presencia de Dios. Recibe la misión de dar a conocer al pueblo de Dios su Ley, y cuando vuelve después de un tiempo considerable, su rostro está radiante, con un brillo que sólo se puede ocultar por un velo. Vemos cuántos elementos semejantes hay en el arrebato y la vuelta de los elegidos, del que esta escena puede considerarse como un tipo.

Escudriñando la Escritura aparecen otras citas sobre el evento del acompañamiento de los santos en la Parusía del Señor:

Judas 14-15: “De ellos profetizó ya Enoc, el séptimo desde Adán, diciendo: «Mirad, el Señor ha venido con las miríadas de sus santos, para realizar el juicio contra todos y dejar convictos a todos los impíos de las obras de impiedad que realizaron.”

La “Didaché” o “Doctrina de los Doce Apóstoles” formula un anuncio similar:

“Entonces aparecerán las señales de la verdad. Primeramente será desplegada la señal en el cielo, después la de la trompeta, y en tercer lugar la resurrección de los muertos; mas no de todos, sino, según está dicho, vendrá el Señor y todos los santos con él. Entonces el mundo verá al Señor viniendo en las nubes del cielo.”

De este texto se desprende la impresión que formarían parte también de esos ejércitos del cielo los santos resucitados, lo cual es posible, sin duda, aunque el destino de ellos no será quedarse en la tierra, sino con Jesús, como veremos en el Capítulo siguiente.

En el Antiguo Testamento el profeta Zacarías describe una acción que deja ver la segunda Venida de Jesús con sus santos y la instauración de la Nueva Jerusalén Terrenal:

Zacarías 14, 1-9; 16: “He aquí que viene el Día de Yahveh en que serán repartidos tus despojos en medio de ti. Yo reuniré a todas las naciones en batalla contra Jerusalén. Será tomada la ciudad, las casas serán saqueadas y violadas las mujeres. La mitad de la ciudad partirá al cautiverio, pero el Resto del pueblo no será extirpado de la ciudad.
Saldrá entonces Yahveh y combatirá contra esas naciones como el día en que él combate, el día de la batalla. Se plantarán sus pies aquel día en el monte de los Olivos que está enfrente de Jerusalén, al oriente, y el monte de los Olivos se hendirá por el medio de oriente a occidente haciéndose un enorme valle: la mitad del monte se retirará al norte y la otra mitad al sur.
Y huiréis al valle de mis montes, porque el valle de los montes llegará hasta Yasol; huiréis como huisteis a causa del terremoto en los días de Ozías, rey de Judá. Y vendrá Yahveh mi Dios y todos los santos con él. Aquel día no habrá ya luz, sino frío y hielo.
Un día único será - conocido sólo de Yahveh -: no habrá día y luego noche, sino que a la hora de la tarde habrá luz. Sucederá aquel día que saldrán de Jerusalén aguas vivas, mitad hacia el mar oriental, mitad hacia el mar occidental: las habrá tanto en verano como en invierno.
Y será Yahveh rey sobre toda la tierra: ¡el día aquel será único Yahveh y único su nombre! Y todos los supervivientes de todas las naciones que hayan venido contra Jerusalén subirán de año en año a postrarse ante el Rey Yahveh Sebaot y a celebrar la fiesta de las Tiendas.”

Las naciones enemigas se reúnen para luchar contra Jerusalén (la lucha en contra de la verdadera Iglesia al fin de los tiempos, primero por Babilonia y después por el Anticristo). La apostasía es casi general, aunque queda un resto fiel en Jerusalén (la Iglesia).

Entonces aparece la intervención poderosa de Dios mismo, que facilita primero la huída de su resto fiel en forma prodigiosa (creemos que esta huída es figura del arrebato de los elegidos) y luego va a la batalla con todos sus santos.

Luego el profeta describe la llegada de la Jerusalén terrenal nueva, de la cual saldrán ríos de aguas vivas, y Yahveh reinará sobre toda la tierra. Las naciones gentiles se convertirán y subirán a Jerusalén para aclamar al Rey Yahveh.

En esta visión profética, sin duda, se reconocen una cantidad de elementos contenidos en el Apocalipsis, aunque, como ya hemos comentado, la revelación a los profetas, en consonancia con la de todo el Antiguo Testamento, solamente tenía el alcance de una restauración mesiánica terrenal, quedando todavía escondida la visión de un Reino celestial y eterno, la que recién será revelada con claridad por Jesucristo en su primera Venida al mundo.

También es posible que el “ejército del cielo” que acompaña al Señor glorioso incluya ángeles, según revela la Escritura:

Mateo 25,31: “Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria.”

Aquí se presenta solemnemente el momento en que Jesús juzga en su Parusía a los hombres que componen las naciones de la tierra, como vimos en el Capítulo 3, y se menciona que lo acompañan sus ángeles.

6) Jesucristo derrotará al Anticristo y sus aliados

Vimos en el capítulo 7 la culminación del juicio de Cristo sobre los vivos con la plaga de la séptima Copa, cuando del trono de Dios surge la exclamación que cierra el cumplimiento de la sentencia divina: “¡Hecho está!”. Este juicio sobre los vivos deja preparada la tierra para la instauración del Reino de Dios, a partir de la Nueva Jerusalén Terrenal, la Iglesia purificada y santa.

El Capítulo 19 del Apocalipsis nos presenta el triunfo final del Rey de Reyes y Señor de Señores, con el poder de la espada aguda que sale de su boca, y que es la Palabra de Dios que emerge del Verbo encarnado, visto desde otro ángulo, desde la intervención soberana de Dios.

Ya acotamos antes que no es Cristo quien produce en forma directa la muerte de la parte de la humanidad que no está destinada a sobrevivir en la tierra, sino que es la misma violencia desencadenada por los hombres, inducidos al mal por la tentación de Satanás, la que obra como instrumento de la justicia de Dios.

En la visión de Juan se presenta esta victoria como un banquete de aves de rapiña, inspirado en el pasaje de Ezequiel 39, 17-20:

Apocalipsis 19, 17-21: ”Luego vi a un Ángel de pie sobre el sol que gritaba con fuerte voz a todas las aves que volaban por lo alto del cielo: «Venid, reuníos para el gran banquete de Dios, para que comáis carne de reyes, carne de tribunos y carne de valientes, carne de caballos y de sus jinetes, y carne de toda clase de gente, libres y esclavos, pequeños y grandes.» Vi entonces a la Bestia y a los reyes de la tierra con sus ejércitos reunidos para entablar combate contra el que iba montado en el caballo y contra su ejército.
Pero la Bestia fue capturada, y con ella el falso profeta - el que había realizado al servicio de la Bestia las señales con que seducía a los que habían aceptado la marca de la Bestia y a los que adoraban su imagen - los dos fueron arrojados vivos al lago del fuego que arde con azufre. Los demás fueron exterminados por la espada que sale de la boca del que monta el caballo, y todas las aves se hartaron de sus carnes.”

El cuadro que se presenta es escalofriante: así como la Gran Ramera y los reyes que fornicaban con ella se embriagaban con la sangre de los santos y mártires cristianos (Apoc. 17,6), ahora las aves carniceras comen su carne.

Tal como en el cielo ha habido un banquete nupcial en las bodas del Cordero con su Iglesia, la Esposa santa y casta, en la tierra hay un banquete de muerte, desatado por las fuerzas del mal que terminan devoradas por su misma maldad.

En el último acto de su gran fraude, el Anticristo había mandado a los reyes de la tierra, que ya comenzaban a dudar de él ante las plagas que azotaban la tierra y que no podía detener, embajadores poseídos por espíritus de demonios que realizaban señales prodigiosas para que no dudaran que su señor era realmente Jesucristo que había retornado a la tierra. (ver Sexta Copa, Apoc. 16, 12-16).

Es el triunfo final del Rey de Reyes el que nos presenta esta escena culminante de la Parusía: los poderes políticos de la tierra que todavía responden al falso Cristo permanecen junto a él, encandilados por sus últimas manifestaciones prodigiosas, bajo la figura de una reunión que los convoca en el lugar llamado Harmaguedón en hebreo, apostados para la batalla final.

Pero no hay batalla, no hay enfrentamiento, ya que la espada de la Palabra de Dios tiene poder sobrenatural para crear y dar la vida, así como para destruir y traer la muerte; le obedece el cosmos, que con sus cataclismos termina con los seguidores de la Bestia, que quedarán en espera del Juicio Final.

En cambio, el destino final para las dos Bestias, el Anticristo y el Falso Profeta, es inmediato: son precipitadas al infierno (lago de fuego y azufre), donde al momento del fin del mundo se reunirán con el Diablo (Apoc. 20,10) y con todos los condenados (Apoc. 20,14).

Se podría suponer por la descripción del versículo 19,20: “los dos fueron arrojados vivos al lago de fuego que arde con azufre”, que serían los primeros condenados que pasarían por la resurrección de sus cuerpos, como un anticipo del terrible castigo eterno que sufrirán todos ellos.

Los acontecimientos que producen el final del Anticristo son las fuerzas de la naturaleza, tal como se narra en la séptima Copa. Lo que quiere mostrar el texto profético con esta nueva visión, paralela a los acontecimientos de la séptima plaga, es que es Cristo, Juez supremo, quien ejecuta la sentencia, y lo que ocurre no son circunstancias fortuitas provocadas por cataclismos naturales. El control y el poder son del Señor, y nadie puede oponerse al cumplimiento de los designios eternos del Padre.

Culmina de esta manera el grandioso cuadro de la Parusía de Cristo que presenta el Apocalipsis junto al resto del Nuevo Testamento, que será seguido por la instauración del Reino de Dios, tal como lo examinaremos en el siguiente capítulo.

7) Los cristianos sobrevivientes en la tierra alaban a Dios.

Se ha producido la manifestación de la parusía de Cristo, con la grandiosa visión del Hijo del hombre en el cielo. Y en la tierra se eleva el canto de los que han sido liberados del Anticristo y comienzan a ver el nuevo tiempo que viene:

Apocalipsis 15, 2-4: “Y vi también como un mar de cristal mezclado de fuego, y a los que habían triunfado de la Bestia y de su imagen y de la cifra de su nombre, de pie junto al mar de cristal, llevando las cítaras de Dios.
Y cantan el cántico de Moisés, siervo de Dios, y el cántico del Cordero, diciendo: «Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios Todopoderoso; justos y verdaderos tus caminos, ¡oh Rey de las naciones!
¿Quién no temerá, Señor, y no glorificará tu nombre? Porque sólo tú eres santo, y todas las naciones vendrán y se postrarán ante ti, porque han quedado de manifiesto tus justos designios».”

¿Por qué afirmamos que estamos en una escena terrestre? En principio, las personas que se ven se nombran como “los que han triunfado de la Bestia”, por lo que estaban en la tierra sufriendo la tribulación bajo el imperio del Anticristo. Y siguen estando en ella, tal como lo demuestra su canto: “todas las naciones vendrán”; si hay naciones, es que están en el mundo, y ellas irán a donde están reunidos los fieles cristianos vencedores.

El cántico se asimila al de Moisés luego de cruzar el mar Rojo y haberse liberado de los perseguidores egipcios (Éxodo 15,1-9).

Se celebra que los caminos de Dios son justos, y que en los acontecimientos que se sucedieron se ha manifestado esa justicia, por lo cual los paganos y los incrédulos reconocerán a Dios, temiéndolo y glorificando su nombre. Es el anticipo de la gran conversión que se producirá entre los sobrevivientes gentiles (de las “naciones”) como consecuencia de la Parusía del Señor, que dará principio a la instauración del Reino de Dios terrenal, como lo desarrollaremos en el siguiente capítulo.

8) Purificación y transformación de la tierra

Con las plagas que azotaron el reino del Anticristo, que tal como explicamos han sido las consecuencias derivadas de la terrible conflagración nuclear con la cual fue destruida la Gran Babilonia, queda un mundo destruido en parte, y sumamente contaminado, con radiación atómica esparcida por doquier, con la nube de polvo todavía flotando en la atmósfera, que va cayendo sobre el suelo y los mares poco a poco como lluvia radiactiva.

A esto se le ha sumado el tremendo terremoto final y el granizo gigante, por lo que es evidente que no se encuentra en la tierra el mejor ambiente para la continuidad de la vida de los sobrevivientes.

Pero Jesucristo se ha manifestado con todo su poder, visible en la tierra entera, lo que nos hace pensar que el nuevo eón que comenzará, era de paz y justicia en el mundo, lo hará a partir de una purificación y transformación de la tierra, dejando atrás las secuelas de la horrorosa contienda transcurrida.

En el Antiguo Testamento encontramos visiones proféticas de esta tierra desolada por el “Día de Yahveh”, y de su maravillosa restauración posterior en el reino Mesiánico:

Isaías 24, 1-13: “He aquí que Yahveh estraga la tierra, la despuebla, trastorna su superficie y dispersa a los habitantes de ella: al pueblo como al sacerdote; al siervo como al señor; a la criada como a su señora; al que compra como al que vende; al que presta como al prestatario; al acreedor como a su deudor.
Devastada será la tierra y del todo saqueada, porque así ha hablado Yahveh. En duelo se marchitó la tierra, se amustia, se marchita el orbe, el cielo con la tierra se marchita. La tierra ha sido profanada bajo sus habitantes, pues traspasaron las leyes, violaron el precepto, rompieron la alianza eterna.
Por eso una maldición ha devorado la tierra, y tienen la culpa los que habitan en ella. Por eso han sido consumidos los habitantes de la tierra, y quedan pocos del linaje humano. El mosto estaba triste, la viña mustia: se trocaron en suspiros todas las alegrías del corazón. Cesó el alborozo de los tímpanos, suspendióse el estrépito de los alegres, cesó el alborozo del arpa. No beben vino cantando: amarga el licor a sus bebedores.
Ha quedado la villa vacía, ha sido cerrada toda casa, y no se puede entrar. Se lamentan en las calles por el vino. Desapareció toda alegría, emigró el alborozo de la tierra. Ha quedado en la ciudad soledad, y de desolación está herida la puerta. Porque en medio de la tierra, en mitad de los pueblos, pasa como en el vareo del olivo, como en los rebuscos cuando acaba la vendimia.”

Es terrible el cuadro de la desolación que se presenta en esta profecía de Isaías. No hay clase social que se salve de estas calamidades, y se explica claramente cuál ha sido el enorme mal de la humanidad alejada de Dios: “La tierra ha sido profanada bajo sus habitantes, pues traspasaron las leyes, violaron el precepto, rompieron la alianza eterna.”

La consecuencia de esta actitud produce horror: “Por eso han sido consumidos los habitantes de la tierra y quedan pocos del linaje humano”. Encontramos aquí fuertes reminiscencias con lo que sucedió en la caída de Babilonia:

Apocalipsis 18,22: “Y la música de los citaristas y cantores, de los flautistas y trompetas, no se oirá más en ti; artífice de arte alguna no se hallará más en ti.”

Inmediatamente después de esta terrible descripción, se levanta la voz y el canto de los justos salvados, en forma muy similar al canto de los cristianos sobrevivientes de Apoc. 15,2-4, que examinamos antes:

Isaías 24, 14-16: “Ellos levantan su voz y lanzan hurras; la majestad de Yahveh aclaman desde el mar. Por eso, en Oriente glorificad a Yahveh, en las islas del mar el nombre de Yahveh, Dios de Israel. Desde el confín de la tierra cánticos hemos oído: «¡Gloria al justo!»"

Después de tanta destrucción irrumpirá el Reino Mesiánico, que transformará el mundo desértico y destruido:

Isaías 35, 1-10: “Que el desierto y el sequedal se alegren, regocíjese la estepa y la florezca como flor; estalle en flor y se regocije hasta lanzar gritos de júbilo. La gloria del Líbano le ha sido dada, el esplendor del Carmelo y del Sarón. Se verá la gloria de Yahveh, el esplendor de nuestro Dios. Fortaleced las manos débiles, afianzad las rodillas vacilantes.
Decid a los de corazón intranquilo: ¡Animo, no temáis! Mirad que vuestro Dios viene vengador; es la recompensa de Dios, él vendrá y os salvará. Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, y las orejas de los sordos se abrirán. Entonces saltará el cojo como ciervo, y la lengua del mudo lanzará gritos de júbilo.
Pues serán alumbradas en el desierto aguas, y torrentes en la estepa, se trocará la tierra abrasada en estanque, y el país árido en manantial de aguas. En la guarida donde moran los chacales verdeará la caña y el papiro. Habrá allí una senda y un camino, vía sacra se la llamará; no pasará el impuro por ella, ni los necios por ella vagarán.
No habrá león en ella, ni por ella subirá bestia salvaje, no se encontrará en ella; los rescatados la recorrerán. Los redimidos de Yahveh volverán, entrarán en Sión entre aclamaciones, y habrá alegría eterna sobre sus cabezas. ¡Regocijo y alegría les acompañarán! ¡Adiós, penar y suspiros!”

Este pasaje de Isaías muestra como la naturaleza se renueva como consecuencia del poder de Dios, para acoger a los rescatados de Yahveh. Las aguas contaminadas ya no existen, sino que brotarán por doquier, aún en los desiertos, manantiales de agua pura. Donde había suelo arrasado por las explosiones aparecerán mansos estanques, y allí donde solamente podían morar las bestias, habrá verdes parques y jardines.

También el profeta Ezequiel presenta esta restauración, bajo la figura de una orden dada por Yahveh a los montes de Israel:

Ezequiel 36, 8-12: “Y vosotros, montes de Israel, vais a echar vuestras ramas y a producir vuestros frutos para mi pueblo Israel, porque está a punto de volver. Sí, heme aquí por vosotros, a vosotros me vuelvo, vais a ser cultivados y sembrados. Yo multiplicaré sobre vosotros los hombres, la casa de Israel entera.
Las ciudades serán habitadas y las ruinas reconstruidas. Multiplicaré en vosotros hombres y bestias, y serán numerosos y fecundos. Os repoblaré como antaño, mejoraré vuestra condición precedente, y sabréis que yo soy Yahveh. Haré que circulen por vosotros los hombres, mi pueblo Israel. Tomarán posesión de ti, y tu serás su heredad, y no volverás a privarles de sus hijos.”

Todo será reconstruido en la tierra, que volverá a ser limpia y fecunda, dando sus frutos en abund

También en el Apocalipsis encontramos indicios de esta transformación, bajo diversos símbolos, por ejemplo, el mar, que por la plaga de la segunda copa se había convertido en sangre, imagen de la imposibilidad de vida en él. Pero en el texto de 15,2-4 que comentamos en el punto anterior, vemos que los sobrevivientes de la tierra están sobre “un mar como de cristal mezclado de fuego”, que nos simboliza una transformación profunda.

Asimismo la descripción de los fenómenos de la naturaleza de la séptima copa (Apoc. 16,20) nos indica que “las islas huyeron y las montañas desaparecieron”, lo que constituye una forma simbólica de expresar que hay una transformación en la tierra.

Los sucesos finales de la séptima plaga corresponden a la acción como instrumento de Dios de la naturaleza, tal como lo explicamos al analizar el Sexto sello, Capítulo 1. Recordemos que es lo que se expresa en este pasaje:

Apocalipsis 6,14: “Y el cielo fue retirado como un libro que se enrolla, y todos los montes y las islas fueron removidos de sus asientos.”

Muy bien puede aceptarse que el mismo cielo o atmósfera terrestre, tan contaminado con el polvo radiactivo y con la capa de ozono semi destruida, será limpiado y restaurado por el poder de Jesucristo.

De esta manera todo queda preparado en la tierra para lo que vendrá: el Reino Mesiánico profetizado desde la antigüedad.

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