Contempladores

El Reino de Dios se instaura con la Segunda Venida de Jesucristo

Epílogo

Indice general del libro


Capítulo 1: Los dogmas de fe católica sobre la Segunda Venida de jesucristo
Capítulo 2: La interpretación de las profecías mesiánicas del Antiguo Testamento
Capítulo 3: Los acontecimientos precursores de la Segunda Venida de Cristo
Capítulo 4: El surgimiento de la Gran Babilonia
Capítulo 5: El Juicio de Dios
Capítulo 6: Primera Fase del Juicio: el tiempo de la advertencia o de las 7 trompetas
Capítulo 7: La Segunda Fase del Juicio: el tiempo de la ira de Dios o de las 7 Copas
Capítulo 8: La materia del juicio de Cristo a la Iglesia
Capítulo 9: La Parusía del Señor
Capítulo 10: La instauración del Reino de Dios
Capítulo 11: El Juicio Final y el Reino de Dios eterno
Epílogo

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Epílogo


  1) Comentario general
  2) Novedades que presenta este estudio
  3) Diferencias profundas con respecto al mundo actual
  4) Consideraciones finales

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1) Comentario general

Es necesario que ahora busquemos apreciar con una mirada abarcadora todo lo que hemos desarrollado, donde necesariamente hemos tenido que entrar en un nivel de detalle tal que nos permitiera fundamentar las distintas conclusiones que fuimos presentando, con lo cual, si nos quedamos solamente con esa exposición, corremos el clásico peligro de perder de vista el bosque por mirar cada árbol en forma individual.

Lo que buscamos en este estudio, como claramente se aprecia leyéndolo, fue el objetivo de ir apoyándonos paso a paso en la Escritura, para ir avanzando sobre la roca firme de la Palabra de Dios a lo largo de nuestro camino hacia un desarrollo doctrinal, con una base sólida y católica, de las grandes verdades de los tiempos del fin.

Dejando de lado el Prólogo, la Introducción y este Epílogo, el lector podrá verificar que no hay una sola página en esta obra en que no aparezcan citas bíblicas, a menudo varias, porque esa ha sido la orientación de este trabajo: escudriñar bajo la luz del Espíritu Santo la Biblia, para captar la verdad, en este caso referida a los prodigiosos acontecimientos que ocurrirán a partir de la cercanía de la Segunda Venida del Señor a la tierra.

Pero ahora, en esta síntesis final, nos tomamos la licencia de hablar y comentar un poco más extensamente los hallazgos que han surgido en este itinerario por la Palabra divina.

Hemos intentado asomarnos, desde nuestra pobreza humana, a la sublime revelación del propósito eterno de Dios para su máxima creación, el hombre, y del cumplimiento del mismo a lo largo de las circunstancias de la historia de la humanidad, en particular de las que todavía no hemos vivido, y que denominamos genéricamente “los acontecimientos del fin de la historia”.

Esto sólo es posible de hacer contando con la ayuda divina, y por lo tanto sobrenatural, que se manifiesta a partir de la revelación de Dios en la Escritura Sagrada, y del auxilio del Espíritu Santo, a través de la gracia y de las nuevas facultades sobrenaturales que provee a nuestra inteligencia natural (virtudes infusas y dones del Espíritu Santo), para leer, estudiar y captar las verdades encerradas en esa revelación.

Nuestra guía bíblica ha sido el último Libro del Nuevo Testamento, el Apocalipsis o Revelación, al cual confluye mucha de la enseñanza de Jesús y de las Cartas católicas. Hemos recorrido, guiados por la máxima revelación profética del Nuevo Testamento, la interpretación posible de los sucesos que constituirán, primero, el “fin de los tiempos” o fin del presente “eón”, y luego los que definen el “fin del mundo” y su reemplazo por la Nueva Jerusalén Celestial, los “cielos nuevos y tierra nueva”, morada eterna de los hijos adoptivos de Dios resucitados, los salvados de la “muerte segunda”.

Tuvimos así ante nuestra mirada un fresco que muestra el devenir histórico de la humanidad, en consonancia con los planes eternos de Dios y su propósito para su creación principal: el hombre. Por sobre todo esto resuena una sublime nota de amor, y éste se mantiene empecinado a lo largo de una historia repleta de olvidos, traiciones, abandonos y apostasía de la criatura hacia su Creador, quien no deja de tenderla las amorosas manos y decirle: “Aunque hubiera una mujer que olvide a su hijo, Yo nunca me olvidaría de ti” (Isaías 49,15).

Esta historia de amor es, en definitiva, la que existe entre Dios y la Esposa que Él elige para que un día, santa e inmaculada, se case con su Hijo encarnado, Jesucristo.

¿Cuál es el tema que como “leit motiv” va apareciendo una y otra vez en la revelación sobre los tiempos finales? Es, sin duda, el papel asignado a la Iglesia de Cristo, particularmente en esos difíciles tiempos que todavía no han llegado, pero que tampoco podemos juzgar como muy lejanos en base a las señales y signos que ya podemos advertir y discernir en nuestra época.

Es la Iglesia terrenal que aparece sumergida en un mundo hostil, dominado por una gran metrópoli o potencia político-militar, presentada en el Apocalipsis como la “Gran Babilonia”, que simboliza la idolatría materialista y racionalista, ferozmente anticristiana, cuya influencia se ha extendido a buena parte de la humanidad.

Incluso la Iglesia se ve penetrada en su mismo interior por las falsas doctrinas idolátricas, propugnadas por lobos disfrazados con piel de cordero, infiltrados en su estructura, y muchas veces tolerados, como presentan con claridad las Cartas a las siete iglesias, figura de la Iglesia universal.

Es la Iglesia terrenal perseguida ferozmente por el Dragón Rojo, Satanás, que será auxiliada por Cristo, quien la arrebatará de la tierra para tener un encuentro con ella, donde será purificada y santificada por el fuego del Segundo Pentecostés, quedando de esta manera preparada sin mancha para el desposorio con el Señor en las Bodas del Cordero:

Efesios 5, 25-27: “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada.”

Esta Iglesia desposada con el Señor volverá a la tierra, donde deberá gobernar y evangelizar a los sobrevivientes de la gran tribulación, liberada ya de la maligna influencia de Satanás que, encadenado por los ángeles y echado al fondo del abismo infernal, ya no puede ejercer su oficio de tentador.

También contemplamos a la Iglesia celestial, formada por las almas de los santos clamando ante Dios para que no se retarde más el “Día del Señor”, y luego, como consecuencia del Juicio de Cristo, poblada por esos santos, más los que se les unieron con motivo de la gran tribulación, resucitados y preparados también para sus bodas con el Cordero.

Finalmente, terminado el Reino terrenal o milenial, vimos como habiendo desaparecido el mundo actual consumido por el fuego de Dios, es suplantado por la Nueva Jerusalén Celestial, la Iglesia eterna, que baja del cielo para ser siempre la morada de Dios entre los hombres, quienes serán su pueblo, y donde ya no habrá ni muerte, ni llanto, ni dolor, porque lo anterior habrá definitivamente pasado.

A través de todas estas expresiones sobre la Iglesia se vislumbra el inmenso amor de Dios Trinidad hacia ella, elegida desde siempre por el Padre como la Esposa santa que se fue preparando para llegar a sus Bodas con el Salvador.

De alguna manera la Iglesia terrenal, como sociedad de los hombres redimidos que están en comunión con Cristo, fue pasando por distintas etapas de “conversión” a lo largo de su historia, que es ala vez la historia del cristianismo en el mundo, a semejanza de las etapas que también cada cristiano va transitando en su vida para tender hacia la perfección espiritual, hacia la santidad completa, que no es más que el camino de la conversión.

Hay un llamado inicial de Dios a un pueblo que Él elige, como aquel con el que va a establecer una alianza de amor, para que lo conozca y experimente su presencia y su cuidado, y sepa llevar ese conocimiento al resto de los pueblos de la tierra, para que todos se transformen finalmente en un único rebaño.

Este pueblo de Israel, que prefigura la preparación histórica de la Iglesia, elegido y llamado por Dios a partir del Patriarca Abraham, se convertirá después de Pentecostés en el Nuevo Israel. De la misma manera, cada persona individual, después de la venida del Redentor, será llamada a recibir la salvación de Jesucristo, no solamente para alcanzar su propia conversión y santidad, sino para convertirse en instrumento para llevar la salvación a otros.

Sin embargo, el pueblo de Dios, tanto el de Israel según la carne, como el Nuevo Israel surgido de Pentecostés, una y otra vez dará la espalda a Dios, se olvidará de Él, correrá detrás de ídolos fabricados por mano propia, aunque Dios siempre estará dispuesto a perdonarlo si existe un arrepentimiento sincero.

De la misma manera en cada individuo se da este proceso de caída en el pecado y alejamiento de Dios, aunque siempre el Padre estará esperando su regreso como lo refleja la parábola del hijo pródigo. Arribará finalmente para un pequeño resto el momento de llegar a su santidad plena, lo que les permitirá después de su muerte alcanzar la vida en presencia de Dios en forma inmediata.

También la Iglesia tendrá ese momento sublime, después de la última y dolorosa purificación del fin de los tiempos, de donde surgirá santa e inmaculada, para ser definitivamente la Esposa del Señor.

El amor del Padre y de Cristo por la Iglesia resulta ser, entonces, el tema que como telón de fondo enmarca todo el Apocalipsis, porque representa la culminación del propósito eterno del Padre: que esa Esposa santa del Hijo viva para siempre junto a la Trinidad, como vive la Esposa del Espíritu Santo, la Santísima Virgen María.

2) Novedades que presenta este estudio

Vamos ahora a plantearnos una pregunta que al final de este libro se impone: ¿Cuál es la principal “novedad”, al menos dentro del desarrollo doctrinal católico, que presentamos en este trabajo?

Sin duda se refiere a la existencia del Reino de Cristo en la tierra, o “Reino milenial”, que surge después de la Parusía y del Juicio de Dios sobre los vivos y los muertos. El enfoque doctrinal que desarrollamos, basado en una exhaustiva y completa interpretación de la Escritura, elimina las serias objeciones e inconvenientes presentados por otros “sistemas”, centrados fundamentalmente en un punto crucial: la presencia en la tierra, en un mundo poblado por viadores, de Cristo y los santos resucitados en la primera resurrección.

La clave interpretativa que deja de lado totalmente esta discusión está dada por un hecho básico que hemos sostenido, y es que Jesús juzga, es decir, “gobierna” en el sentido amplio el Reino de Dios terrenal desde el cielo, desde la Jerusalén celestial, junto a los santos resucitados, mediante una renovada y poderosa “comunión de los santos” que une la Iglesia terrenal, purificada y santificada en un mundo en que ha desaparecido la nefasta influencia de Satanás, con la Iglesia celestial, mediante un intercambio vital de auxilios, definidos por “Lumen Gentium N° 50 como “oraciones, protección y socorro”.

Se eliminan así en una manera drástica y definitiva todas las derivaciones del milenarismo condenadas con suma razón por la Iglesia católica: el milenarismo craso, que presenta a los santos resucitados banqueteando y dándose a todo tipo de goces carnales, y el milenarismo judaizante, que postula la idea de estos santos viviendo una restauración del culto judío del Antiguo Testamento, incluyendo la circuncisión y todos los ritos de la Ley mosaica, en un nuevo Templo reconstruido, de magnificencia superior al de Salomón.

De esta forma, aunque parezca increíble, desparecen las objeciones que nacieron en Orígenes y se consolidaron con San Agustín respecto a la posible existencia de un Reino terrenal de Cristo, que en el curso de diecisiete siglos han condenado en forma genérica la interpretación literal del Reino milenial, cerrando todos los caminos exegéticos para poder estudiar lo que la Biblia expresa realmente, sin tener que utilizar figuras alegóricas y explicaciones que finalmente se contradicen unas a otras.

Sin duda el gran escollo con el que en nuestra época se han encontrado estas doctrinas tradicionales son los mensajes recibidos a través de los mal llamados “místicos” o “carismáticos” modernos, que no representan más que el espíritu de profecía que ha resurgido con fuerza en el seno de la Iglesia católica, seguramente porque Dios necesita nuevamente que el pueblo cristiano escuche su voz, para anunciar los grandes acontecimientos divinos que cada vez están más próximos.

En este desarrollo juega un papel muy importante el concepto del “arrebato y vuelta a la tierra” del resto fiel de la Iglesia, ya que estos santos que se han transformado por la vivencia del Segundo Pentecostés, son los que iniciarán el gobierno y la evangelización del mundo posterior al juicio del “Día de Dios”.

Hemos presentado en esta obra una exégesis bíblica muy completa respecto a este suceso del “arrebato” o “rapto” de la Iglesia, que presenta diferencias sustanciales con las interpretaciones en boga en nuestros días, en especial a partir de las doctrinas “dispensacionalistas” y otras similares de varias denominaciones cristianas y seudo cristianas.

Nos basamos en una posición eminentemente eclesial, con clara diferenciación de los diversos estados de la Iglesia (terrenal, celestial y purgante), que no se confunden ni se mezclan, conservando cada uno la identidad y las características que le son propias.

Creemos que es también importante el desarrollo doctrinal realizado con respecto al juicio de los vivos en general, y al juicio de los santos que serán arrebatados en particular, en lo que se refiere a la materia de ese juicio, dado que es una parte sustancial de la revelación de Jesús sobre los tiempos del fin, evidenciada en las parábolas que forman parte del llamado “discurso escatológico” del Señor.

Esta materia debería llamar a una profunda reflexión a la Iglesia católica, en particular a la jerarquía y a los consagrados, ya sean religiosos o laicos, para, en primer lugar, tomar seriamente las señales de los tiempos y los anuncios proféticos de tantos instrumentos de Dios que se manifiestan continuamente, en particular a los adjudicados a la Santísima Virgen María.

En segundo lugar, preguntarse que están haciendo para afrontar ese juicio que se avecina, tanto en el plano personal, referido a la propia salvación, como en la acción pastoral en el seno de la Iglesia. De no hacerlo, se correrá el riesgo cierto que será muy pequeño el núcleo de la Iglesia fiel que estará preparado y en condiciones de afrontar los dificilísimos tiempos que sobrevendrán, y que no podemos afirmar a ciencia cierta que sean absolutamente lejanos, como parece ser la opinión de muchos.

También tiene importancia, a los efectos sobre todo de interpretar las profecías del Antiguo Testamento, el concepto que el “Día de la ira de Yahveh”, que obviamente en el lenguaje bíblico es un período de tiempo indeterminado, tiene una duración que abarca desde los acontecimientos que desencadenan la Parusía hasta la finalización histórica del “Reino milenial” con el Juicio Final Universal, tiempo durante el cual el Mesías, Jesucristo, “juzga”, junto con los apóstoles y santos resucitados, a las “doce tribus de Israel”, es decir, a la cristiandad toda, formada ahora por la unión de los cristianos y del pueblo judío convertido a Jesús, con la incorporación masiva de las naciones gentiles.

Por lo tanto las dos “llaves” interpretativas básicas están encerradas en un doble movimiento de la Iglesia terrenal: primero, el resto fiel de la jerarquía y de laicos santos elegidos, es arrebatado al cielo al encuentro con Jesús, donde se purifica y santifica mediante la vivencia extraordinaria del “Segundo Pentecostés”, con una renovada y fortísima efusión del Espíritu Santo. Luego esta Iglesia transformada “vuelve” a la tierra bajo la hermosa figura de la Jerusalén terrenal que baja del cielo en medio de los hombres, para gobernar y evangelizar a los sobrevivientes del mundo.

Acompaña este doble movimiento el Señor Jesucristo, primero participando de la Efusión del Espíritu Santo y desposando a su Iglesia en las Bodas del Cordero, y luego mostrándose visiblemente al mundo en su Parusía, acompañado por la Iglesia que vuelve, “presentándola”, por así decirlo, a los habitantes de la tierra.

Por eso todos los acontecimientos relativos a la Parusía del Señor están bajo su soberanía y autoridad, ya que es Él quien tiene todo el poder para el cumplimiento del mandato del Padre para instaurar el Reino de Dios.

Adicionalmente hemos también introducido interpretaciones exegéticas novedosas en lo que se refiere al significado de “los siete sellos” en el Libro del Apocalipsis, que tantos dolores de cabeza ha generado en los intérpretes de la obra del vidente Juan.

Otro aporte que consideramos positivo es el de la interpretación respecto a las causas y efectos de la gran tribulación de los tiempos del fin, y la desaparición de una parte sustancial de la humanidad, que implica que no hay una intervención guerrera y exterminadora del mismo Cristo, sostenida por muchas doctrinas, y que genera una inadmisible imagen de un Dios como Juez severo y hasta sanguinario, trucidando con su poder y acción directa a gran parte de sus criaturas.

Hemos sostenido que Dios sólo se sirve de instrumentos humanos que buscan el mal, la violencia y la muerte movidos por sus ambiciones extraviadas, y que misteriosamente, sabe sacar un bien de tantas calamidades e injusticias.

Este es el caso del papel que cumple el “Anticristo”, el cual, siendo el instrumento que Satanás ha suscitado para lograr el completo dominio del mundo y eliminar la verdadera religión cristiana, secundado por el falso Profeta a la cabeza de un cristianismo espurio, termina “preparando” de alguna manera el camino para la segunda Venida de Cristo.

Por la acción del Anticristo y sus secuaces se aniquilará el imperio materialista y anticristiano representado por la Gran Babilonia, y la humanidad se enfrentará a la supuesta aparición de Cristo, con la supremacía, al menos en el mundo “occidental”, de la religión cristiana, aunque falseada y bastardeada por el Profeta engañoso, que sostendrá la mentira del segundo Advenimiento del Señor.

Será en medio de esas circunstancias que se producirá el magno acontecimiento de la verdadera Parusía, donde quedará al descubierto el engaño anterior, y todo el mundo percibirá visiblemente la manifestación gloriosa de Jesucristo, quien implantará entonces su Reino terrenal de paz, justicia y santidad.

Por último estudiamos en el Capítulo 10 las importantes razones de conveniencia que conlleva la realidad del Reino de Dios terrenal, en lo que hace al grado de gloria eterna que tendrá una multitud de grandes santos que surgirán en esa Iglesia “milenial”, incluido el pueblo judío convertido al cristianismo, los cuales “desde el punto de vista de la elección divina, son amados en atención a sus padres” (Romanos 11,28).

Estos puntos se han descuidado completamente en los desarrollos doctrinales de los tiempos del fin, y son los que, basados en la más pura doctrina católica, demuestran fehacientemente las razones que impulsan la necesidad de la existencia de un Reino terrenal de Cristo, en comparación con la desgraciada doctrina de un fin del mundo que ocurrirá en consonancia con la Parusía de Cristo.

Acompaña lo expuesto en este trabajo, en total armonía con él, y sin forzar ninguna interpretación extraña a los dogmas católicos sobre la resurrección, la doctrina de la resurrección en dos fases diversas y alejadas en el tiempo, primero la resurrección de los santos en oportunidad de la Segunda Venida de Cristo, y luego, al fin del Reino milenial, la de los restantes muertos, en el tiempo del Juicio Final Universal, cuando culminará la historia terrenal de la humanidad y descenderá del cielo, de junto a Dios, la única y eterna Nueva Jerusalén, morada de Dios entre los hombres que fueron escogidos a lo largo del curso de la historia humana para ser sus hijos adoptivos, en su presencia, por toda la eternidad.

Por supuesto quedan todavía muchos puntos oscuros sobre los sucesos de los tiempos del fin, que los estudios, guiados por la luz del Espíritu Santo, irán discerniendo y desvelando, ayudados por los signos de los tiempos, que se harán cada vez más evidentes a medida que los acontecimientos finales se acerquen y se vayan produciendo.

3) Diferencias profundas con respecto al mundo actual

De la doctrina expuesta, vista con una primera mirada un poco superficial, se tendría la impresión que no hay un gran cambio en el Reino de Dios terrenal o Reino milenial, con respecto al actual reinado de Cristo en la Iglesia, ya que en todo el desarrollo efectuado hemos desechado la posibilidad de la presencia visible de Cristo y de los santos resucitados sobre la tierra, doctrina que es la base de la gran mayoría de los esquemas milenaristas.

Sin embargo, si profundizamos en el tema, veremos que surgen diferencias muy notables, que podemos englobar en dos aspectos principales de este Reino terrenal de Cristo: su universalidad y su profundidad espiritual, nunca alcanzadas antes en la historia del cristianismo. Veamos ahora en detalle estas dos características distintivas.

* Universalidad del Reino Terrenal:

El cristianismo tendrá una expansión por todo el mundo que nunca antes logró. Esta difusión será la resultante de condiciones y circunstancias nuevas que surgirán con motivo de lo que hemos estudiado como “Día del Señor”:

* La humanidad quedará purificada de todos los obradores de iniquidad y de los impíos, que morirán como consecuencia de las grandes tribulaciones de los tiempos del fin, en el Juicio de los vivos que hemos denominado “juicio transitorio”.

* Los sobrevivientes del mundo serán cristianos o no cristianos definidos como “hombres de buena voluntad”, que superaron ese Juicio de los vivos y que fueron elegidos para formar parte del inicio del Reino terrenal de Cristo.

* La segunda Venida de Jesucristo será perfectamente visible y audible en todo el mundo, y la totalidad de los pueblos será consciente de la instauración de su reinado.

* Los acontecimientos del fin de los tiempos habrán mostrado a la humanidad de forma palpable la incapacidad del hombre para gobernar al mundo dejando a Dios a un lado, y estarán perfectamente presentes a sus ojos los extremos y derivaciones que se produjeron, con sus secuelas de violencia, injusticia, degradación moral, marginación social, etc.

* La Iglesia purificada y renovada, plena de santidad, formada por la jerarquía y los laicos arrebatados que vivieron el Segundo Pentecostés y las Bodas con el Cordero, será la encargada de gobernar al mundo y de evangelizar hasta los últimos confines de la tierra.

* La conversión de los judíos como pueblo, que se producirá como consecuencia de la Parusía, dará una gran riqueza a la Iglesia y pondrá a disposición de la evangelización, con el tiempo necesario para su surgimiento, a grandes predicadores y maestros.

* Profundidad espiritual:

Los cristianos vivirán en general un gran desarrollo en su vida espiritual, es decir, llegarán a crecer en un alto grado en la perfección cristiana, o sea, en su santidad. Esto será posible debido a la existencia de una gran cantidad de factores que favorecerán este crecimiento:

* La desaparición de la tentación de Satanás:

Si bien la acción tentadora de Satanás no es en sí misma el único factor que impulsa al hombre al pecado, ya que el desorden interior que provoca la triple concupiscencia es también instrumento poderoso para inducir as la inteligencia humana al error y a desviar a la voluntad de la búsqueda del bien verdadero, es indudable que la actividad generalizada del Diablo y su corte de demonios es hoy en el mundo, quizás como nunca antes lo fue, un factor determinante del imperio del mal sobre una humanidad sumergida en una buena parte en el pecado.

Esta nefasta acción desaparecerá con el “encarcelamiento” o “atadura” de Satanás, es decir, ya no existirá más la permisión divina para su accionar, tal como hoy ocurre, por lo que el hombre experimentará una liberación de las barreras y obstáculos que continuamente interpone el accionar demoníaco entre el hombre y Dios, en una magnitud y alcance que muy difícilmente se pueda imaginar.

Lo que se ha dicho obviamente no significa que desaparecerá el “combate espiritual”, es decir la lucha contra el “hombre viejo” u “hombre carnal”, movido por los impulsos de una voluntad e inteligencia enfermas y disminuidas por el pecado original, sino que el cristiano deberá seguir recurriendo a las armas que le provee la gracia para vencer el “buen combate”.

Esto quiere decir también que el ser humano seguirá necesitando ser sanado interiormente por la gracia santificante, para rectificar los errores de su inteligencia y voluntad naturales, de una manera sobrenatural, a través de la acción de las virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo.

Es así que debemos dejar de lado toda idea que en el milenio será fácil y sencillo ser santo, ya que de ninguna manera el hombre podrá dejar de colaborar en forma libre y activa con la gracia de Dios para lograr esa sanación y transformación interior que lo encaminará en la senda de la santidad, que seguirá siendo angosta y sinuosa, y no ancha y recta como a muchos les gustaría.

* La acción evangelizadora y formadora de una Iglesia santa, compuesta de grandes santos.

La gracia que se recibe en el bautismo (sacramental o de deseo, tanto explícito como implícito) es como una semilla o germen, que necesita crecer. Para ayudar a este crecimiento lo fundamental que se necesita es, en primer lugar, conocer cuáles son los auxilios sobrenaturales que el cristiano tiene a su disposición, y luego saber como utilizarlos para hacer que esa gracia santificante crezca.

Dicho de otra manera, es necesario contar con maestros que puedan encaminar al creyente, luego de su primera conversión, en el camino del crecimiento espiritual, desarrollando sus nuevas capacidades espirituales (virtudes infusas y dones del Espíritu Santo), al máximo grado posible, para así también elevar su santidad a las más altas cumbres.

Para lograr este objetivo, los verdaderos y únicos maestros son los santos, quienes ya han recorrido ese camino y pueden transmitir a otros como avanzar por él, a partir de su experiencia personal por un lado, y con su ejemplo y testimonio de vida por el otro.

A esto concurrirá el aporte fundamental de la Iglesia santa y renovada que descenderá sobre la tierra en la figura de la Jerusalén que viene del cielo, lo que habrá ocurrido realmente luego del arrebato al encuentro con el Señor, y donde esos santos recibirán la profusa efusión del Espíritu Santo, que les permitirá extender esa efusión a toda la humanidad.

Serán así instrumentos privilegiados para guiar y formar a los nuevos cristianos del Reino de Cristo, y para preparar muchas generaciones de santos insignes, en una profusión jamás vista antes en el mundo. Al contrario de lo que ahora sucede, en el Reino milenial ser un gran santo no será la excepción sino la regla, y esta meta se convertirá en la gran aspiración de las masas cristianas.

* La desaparición de las religiones falsas o erróneas.

No subsistirán en el Reino terrenal de Cristo las antiguas religiones paganas, ni las religiones con doctrinas reveladas por hombres distintos a Jesucristo, ni las doctrinas heréticas de las sectas pseudo-cristianas. Habrá una única Iglesia reunida bajo un único y supremo Pastor, dirigida plenamente a la búsqueda de la única Verdad del Evangelio de Jesucristo, dejando así atrás las doctrinas y las divisiones nacidas de intereses e ideas erróneas puramente humanas.

Para cualquier mente racionalista el hecho de escuchar estas afirmaciones le hará rasgar las vestiduras proclamando que así se está aboliendo la libertad de elección humana en cuanto a su religión. Lo que ocurre es que se equipara la religión cristiana a un conjunto de ideas, doctrinas y forma de culto, entre muchas otras, como si formara parte de un extenso abanico de posibilidades religiosas que se encuentra a la elección según el gusto del consumidor. Sobre este punto volveremos enseguida un poco más adelante.

Por supuesto para que se produzca esta desaparición de las antiguas religiones no cristianas concurrirán diversos factores: la no existencia de la acción de Satanás produciendo confusión, mentiras y divisiones, la fuerte acción del Espíritu Santo para llevar la luz sobrenatural a la inteligencia de los hombres, y el testimonio de lo que ha vivido la humanidad en el cercano tiempo de la gran tribulación.

* La Comunión de los Santos fuerte y renovada.

Hemos estudiado en el Capítulo 7.C.2 las razones que permiten suponer que en el Reino terrenal de Cristo existirá una “comunión de los santos” mucho más fuerte y profunda de la que se ha conocido hasta ahora en el cristianismo. Es decir, habrá una comunicación de bienes entre la Iglesia terrenal y la Iglesia celestial poblada de los santos resucitados en la primera resurrección, que facilitará el gobierno o “juicio” de estos santos sobre los fieles de la tierra, mediante sus “oraciones, protección y socorro” como menciona Lumen Gentium N° 50.

Las gracias resultantes de esta acción intercesora de los grandes santos resucitados, que se encuentran en el cielo en presencia de la Trinidad, Dios Padre, el Espíritu Santo y el Cordero, junto a la Virgen María, serán copiosas y de acción poderosa, por lo que acudir al auxilio de estos “amigos de Dios” dará grandes beneficios para el crecimiento espiritual de los cristianos del milenio.

* La presencia Eucarística de Jesucristo, en el Sacramento y la adoración.

También comentamos en el Capítulo mencionado antes lo fuerte y generalizada que será la presencia real de Cristo en la tierra mediante la Eucaristía, que resultará realmente ser la fuente y culmen de la vida cristiana que surgirá en el mundo luego de la Parusía del Señor.

Las gracias fluirán como aguas vivas de la presencia Eucarística de Jesús, penetrando físicamente como alimento celestial en los fieles a través de la comunión eucarística, o espiritualmente mediante la adoración al Santísimo Sacramento.

Tendrá también gran significación la extensión y profundización de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, con la verdadera consagración a él, a los fines de inflamar los corazones de los cristianos con la ardiente caridad del Sacratísimo Corazón del Señor, verdadero horno del que emanan llamas purificadoras y santificadoras.

* Devoción mariana renovada y extendida.

A la Santísima Virgen le cabe para los tiempos del fin un rol esencial en la preparación de la humanidad para el magno y sublime acontecimiento de la Segunda Venida de su Hijo Jesucristo a la tierra. Ella es la precursora de la Parusía, la Madre del Segundo Adviento, el instrumento elegido por la Santísima Trinidad para anunciar al mundo la proximidad de la llegada de su amado Hijo, no ya en pobreza y humildad, sino en gloria, poder y majestad.

Ese rol protagónico de María Santísima en los últimos tiempos aumentará notablemente la devoción de los cristianos hacia su Madre excelsa, devoción ésta que seguramente tendrá una explosión en el Reino terrenal de Cristo, donde más que nunca será reconocida por toda la humanidad como corredentora y dispensadora de todas las gracias, títulos éstos que sin duda ya serán para ese tiempo dogmas de fe de la Iglesia católica.

Es en base a estos elementos principales (ya que hay otros muchos que concurren también al crecimiento espiritual) podemos afirmar sin dudar que la nueva humanidad, luego de la primera etapa necesaria de evangelización, conversión y crecimiento espiritual consiguiente, presentará un panorama de santidad generalizada, alcanzándose comúnmente los grados más altos de la perfección cristiana.

Dicho así solamente, no demuestra esta descripción lo prodigioso que será el cambio en la conducta personal de los hombres y mujeres cristianos del milenio. Basta reflexionar brevemente sobre qué es realmente un santo, dejando de lado las interpretaciones erróneas (para ver este tema en detalle, “La plena vida cristiana”, Parte 2, Capítulo 5), para quedar asombrados imaginando al menos un poco de lo que ocurre en el hombre con la santidad.

El cristiano está llamado a una profunda y verdadera transformación interior, donde sus facultades humanas, la inteligencia y la voluntad, heridas y disminuidas por la enfermedad del pecado original que todos contraemos al nacer, son sanadas y cambiadas radicalmente por la acción sobrenatural de la gracia.

Es la llamada transformación del “hombre viejo”, “hombre carnal”, “hombre natural”, todas expresiones equivalentes, en el “hombre nuevo”, “hombre espiritual” u “hombre celestial”, que es el ser humano cuyas facultades superiores, inteligencia y voluntad, son divinizadas por la acción sobrenatural de la gracia.

Esta “divinización” ocurre por la acción de las virtudes infusas perfeccionadas por los dones del Espíritu Santo, haciendo que el hombre vaya dejando de lado su proceso humano racional y discursivo, para ser paulatinamente reemplazado por la recepción directa de las mociones que vienen del Espíritu Santo.

Aparece así el santo, cuyos pensamientos e ideas surgen directamente de la inspiración divina, es decir, que posee los pensamientos de Diso, y cuya voluntad también es impulsada por el Espíritu, siendo totalmente concordante con la voluntad de Dios, haciéndose una sola con la de su Creador.

Significa esto, por supuesto, haber alcanzado el máximo grado de la contemplación infusa, que es la unión transformante con Dios, o “matrimonio espiritual” (ver la descripción de este estado en “La plena vida cristiana, Parte 4, Capítulo 2 ).

Pero lo más importante es que la vida de santidad que así se alcanza, no solamente tiene consecuencias personales para el cristiano, en lo que hace a su salvación y la posibilidad de alcanzar un alto grado de gloria en la vida eterna en el cielo, sino que además genera una enorme repercusión en la sociedad humana, llevándola a una organización política y social totalmente acorde a los valores evangélicos, con una primacía absoluta de la caridad por encima del resto de las cosas y valores puramente humanos.

Todo el tejido social, cultural, laboral y político se impregnará profundamente de las actitudes cristianas, produciéndose cambios con respecto a la realidad del mundo que solo pueden ser entrevistos en una pequeña proporción por aquellos que han logrado vivir la experiencia de una vida espiritual adulta y de una cierta comunión con otros hermanos en la fe, con una vivencia de oración que los haya llevado, al menos de manera incipiente, a la contemplación infusa y a la transformación que la misma produce en la mente y en el corazón.

Es por estas razones que sosteníamos anteriormente que la religión cristiana no es una más entre distintas opciones o alternativas religiosas, sino la única y verdadera, la que transforma de raíz al hombre, con su aceptación libre, estableciendo así definitivamente la relación entre la criatura y su Creador.

4) Consideraciones finales

Otro aspecto muy positivo que aporta la doctrina de la existencia de un Reino de Dios terrenal que proponemos en nuestro trabajo se refiere a la mitigación de las angustias y temores que produce en la gente en general, y en el católico en particular, el pensamiento de un “fin del mundo” terrible y catastrófico, miedo alimentado también por libros y películas sobre este tema, cuyos argumentos se basan en general en ideas profanas o pseudo religiosas que por diversas razones e intereses, en general comerciales, alimentan y magnifican el aspecto terrorífico y cruento de estos sucesos del fin.

Los sucesos del fin de la edad (“eón”) presente, como puntualizamos en el Capítulo 7, por el contrario, son acontecimientos que sólo alimentan la esperanza del cristiano, que realmente le hacen soñar y esperar un mundo mucho mejor que el actual.

Todo lo que se refiere a estas cosas que van a suceder está profundamente teñido por el color de la esperanza cristiana, porque el mundo no terminará abruptamente sino que se abrirán las puertas a una nueva edad, como Reino de Cristo en la tierra.

Esperanza en que el mal que nos rodea, consecuencia que el mundo en su gran parte se ha rendido a los pies de Satanás, el amo de esta tierra, será vencido y aparecerá una nueva humanidad que vivirá en justicia, paz y santidad.

Esperanza en que todos los hombres de buena voluntad que han existido y muerto desde la creación de este mundo, y que todavía existirán y morirán hasta la segunda Venida de Jesucristo, serán recompensados con una resurrección gloriosa como la del Señor, viviendo eternamente en presencia de Dios.

Esperanza que la justicia de Dios alcanzará a todos, y que también sabrá hacer pagar a aquellos que, con pleno conocimiento e intención, transgredieron las leyes divinas, en especial la más importante, la ley del amor a Dios y a los semejantes.

Si todos los anteriores son motivos de esperanzada espera del advenimiento del Reino de Dios, resulta entonces lícito que surja una pregunta inquietante:

¿Por qué Dios da tanto tiempo a la humanidad, cada vez más descarriada, antes de intervenir en la historia del mundo e irrumpir con su Reino?

Con este interrogante penetramos en un gran misterio, sobre el que sólo podemos tener algunas ideas si nos basamos en la revelación misma de Dios, a través de su Palabra. La Carta a los Romanos nos da una primera luz:

Romanos 3, 19-20: “Ahora bien, sabemos que cuanto dice la ley lo dice para los que están debajo de la ley, para que toda boca enmudezca y el mundo entero se reconozca reo ante Dios, ya que nadie será justificado ante él por las obras de la ley, pues la ley no da sino el conocimiento del pecado.”

Romanos 5, 13-14: “Porque, hasta la ley, había pecado en el mundo, pero el pecado no se imputa no habiendo ley; con todo, reinó la muerte desde Adán hasta Moisés aún sobre aquellos que no pecaron con una trasgresión semejante a la de Adán, el cual es figura del que había de venir.”

San Pablo plantea aquí tres épocas o “edades” en la historia humana:

*De Adán hasta Moisés, el pecado sin la Ley.
*De Moisés hasta Cristo, el pecado con la Ley.
*Desde Cristo, el pecado con el don de la gracia.

Dios da la Ley a Moisés, y a partir de allí se evidenciará el pecado, aunque no será posible evitarlo:

Romanos 3, 10-18: “Pues ya demostramos que tanto judíos como griegos están bajo el pecado, como dice la Escritura: No hay quien sea justo, ni siquiera uno solo. No hay un sensato, no hay quien busque a Dios.
Todos se desviaron, a una se corrompieron; no hay quien obre el bien, no hay siquiera uno. Sepulcro abierto es su garganta, con su lengua urden engaños. Veneno de áspides bajo sus labios; maldición y amargura rebosa su boca.
Ligeros sus pies para derramar sangre; ruina y miseria son sus caminos. El camino de la paz no lo conocieron, no hay temor de Dios ante sus ojos.”

Claramente la ley produce el conocimiento del pecado, genera la evidencia de su existencia, poniendo a los hombres frente a ese terrible misterio, y haciendo que ante esa pavorosa realidad clamen desesperadamente a Dios:

Salmo 51, 3-13: “Pues mi delito yo lo reconozco, mi pecado sin cesar está ante mí; contra ti, contra ti solo he pecado, lo malo a tus ojos cometí. Por que aparezca tu justicia cuando hablas y tu victoria cuando juzgas.
Mira que en culpa ya nací, pecador me concibió mi madre. Mas tú amas la verdad en lo íntimo del ser, y en lo secreto me enseñas la sabiduría.
Rocíame con el hisopo, y seré limpio, lávame, y quedaré más blanco que la nieve. Devuélveme el son del gozo y la alegría, exulten los huesos que machacaste tú. Retira tu faz de mis pecados, borra todas mis culpas.
Crea en mí, oh Dios, un puro corazón, un espíritu firme dentro de mí renueva; no me rechaces lejos de tu rostro, no retires de mí tu santo espíritu. Vuélveme la alegría de tu salvación, y en espíritu generoso afiánzame; enseñaré a los rebeldes tus caminos, y los pecadores volverán a ti.”

El Padre escuchará este llamado, y en la plenitud de los tiempos se encarnará el Verbo de Dios en la naturaleza humana, en el Mesías y Salvador, Jesucristo, y nacerá la edad cristiana. Sin embargo vemos que en el tiempo que llevamos de esta época, y pese a que Dios pone a disposición de todos los hombres el don de la Salvación en Jesucristo, son muchos los que lo desprecian, o lo desconocen, o que apenas hacen caso de él.

Las consecuencias de este funesto apartarse de Dios están a la vista, y también se aprecia siempre con más evidencia la pendiente, año tras año más abrupta, que va precipitando a la humanidad hacia un mundo repleto de injusticia, violencia, rapiña, muerte, impureza, idolatría, egoísmo, falta de caridad, disolución de las estructuras sociales básicas como la familia, y tantos otros males terribles a nivel individual y social.

Volviendo a la pregunta anterior: ¿Por qué Dios permite todo esto, consecuencia de la libertad humana ejercitada sin el freno de la verdad y la gracia de Dios y no pone término de una vez por todas a esta situación?

La respuesta tiene que poseer razones similares a las que impulsaron la primera Venida de Jesucristo al mundo: es necesario que el hombre se sienta incapaz e impotente para manejar el mundo y resolver todos los desastres, tanto morales y sociales como ecológicos y climatológicos que ha producido su accionar alejado de Dios y solamente impulsado por su ambición y egoísmo, abierto sin muchas defensas a la solapada acción tentadora del verdadero amo de este mundo: Satanás.

Sólo en ese momento, que únicamente Dios en su infinita sabiduría conoce cuando llegará, será capaz el hombre de aceptar la necesidad de esa intervención de Dios en la historia humana. En la humanidad sobreviviente al Juicio de Dios sobre los vivos en la Parusía, esta certeza sobre la necesidad de ese nuevo comienzo para el mundo será lo que permitirá que sea evangelizada por la Iglesia y acepte masivamente el cristianismo.

También esta certeza habrá sido, para muchos, el impulso a convertirse durante el tiempo final de la misericordia de Dios, haciendo que sean mayores cantidades los que pasen a formar parte de la humanidad que poblará el Reino de Dios terrenal.

Para terminar, vamos a completar, desde la doctrina que hemos desarrollado, la división en “edades” que plantea San Pablo en la Carta a los Romanos, Capítulo 5,13-14 que vimos anteriormente:

Tendríamos el siguiente esquema:

*Edad del pecado, con la acción de Satanás, sin la Ley de Dios: desde Adán hasta Moisés; no se vence al pecado ni se tiene conciencia del mismo.

*Edad del pecado, con la acción de Satanás, con la Ley de Dios: desde Moisés hasta la primera Venida de Cristo; el pecado se evidencia por la Ley pero ésta no lo suprime, no se lo puede vencer.

*Edad del pecado, con la acción de Satanás, con el don de la gracia de la Redención de Cristo: desde la primera hasta la Segunda Venida de Cristo; la gracia permite vencer al pecado, pero hay gran santidad en pocos.

*Edad del pecado, sin la acción de Satanás, con el don de la gracia: desde la Parusía hasta el fin del mundo y Juicio Final; se puede vencer al pecado con más facilidad y surgen gran cantidad de santos.

*Edad de las edades, eterna, sin pecado: todos los santos resucitados en el Reino de Dios celestial. Esta edad comenzó simultáneamente con la anterior, y se prolonga eternamente después de su fin.

Queda así desplegado en su totalidad ante nuestra asombrada mirada el plan de las edades revelado por Dios a través de su Palabra contenida en la Sagrada Escritura. Algo que ni lejanamente sería imaginable para la mente humana, sin embargo está a la vista, para la comprensión de toda persona cuya inteligencia reciba el auxilio sobrenatural de la virtud de la fe, como la posee todo cristiano que ha recibido el don de la gracia santificante.

Dios ha querido revelarnos estos misterios porque quiere que, en medio de las dificultades, luchas, dolores y tribulaciones que podemos sufrir al pasar por esta vida, tengamos nuestra mirada levantada hacia estas realidades eternas, sabiendo cuál es la esperanza a la que somos llamados.

Ojalá que esto se cumpla en todos los cristianos, como respuesta a la súplica que San Pablo dirigió a Dios por sus amados santos, y que, sin duda, sigue elevando hoy y siempre en el cielo por todos nosotros:

Efesios 1,15-18: “Por eso, también yo, al tener noticias de vuestra fe en el Señor Jesús y de vuestra caridad para con todos lo santos, no ceso de dar gracias por vosotros, recordandoos en mis oraciones, para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda espíritu de sabiduría y revelación para conocerle perfectamente; iluminando los ojos de vuestro corazón para que conozcáis cuál es la esperanza a que habéis sido llamados por él; cuál es la riqueza de gloria otorgada por él en herencia a los santos.”


Juan Franco Benedetto
Buenos Aires – Argentina
Segunda Edición - Enero 2013

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