Artículos sobre la Parusía y el Reino de Dios

La Experiencia Mística y la Santidad

En esta sección del Sitio se publican diversos Artículos de Juan Franco Benedetto, en relación con los temas que desarrollamos en el libro "El Reino de Dios se instaura con la Segunda Venida de Jesucristo", que se encuentra en la sección principal.
Se trata de estudios varios que amplían y complementan el contenido de este libro, y cuya lectura es especialmente útil para las personas que se han interesado y leído el referido trabajo, ya que aportarán enfoques que ampliarán la exégesis que allí se hace o agregarán elementos relacionados que no se profundizan en el texto.
Esta sección es dinámica, ya que se irán agregando nuevos artículos y ampliando algunos de los ya publicados, de forma de ir clarificando las principales inquietudes de los que accedan a este Sitio y hagan llegar sus comentarios. Se incluye en cada caso un formato PDF que permitirá su cómoda impresión


Artículos Publicados


Libro del Apocalipsis: nuevo aporte para su interpretación - NOVIEMBRE 2010

El Milenarismo: concepto y alcances - NOVIEMBRE 2010

Los mensajes de María al P. Gobbi (Movimiento Sacerdotal Mariano) y la segunda Venida de Jesucristo - OCTUBRE 2010

La Venida Intermedia de Jesús: un análisis de esta doctrina - ENERO 2011

La revelación de Jesús sobre el Reino de Dios por medio de las Parábolas - JULIO 2010

La predicación inicial del Reino de Dios por Jesús: las Bienaventuranzas evangélicas - MAYO 2010



Libro del Apocalipsis: nuevo aporte para su interpretación.


Indice:

A) Consideraciones generales
B) Grandes divisiones del Libro del Apocalipsis
  1) El Prólogo y el Epílogo del Libro
  2) Las Cartas a las Siete Iglesias
  3) La visión del Cielo
  4) Los acontecimientos del fin
C) Secuencia temporal en el Apocalipsis
  1) Visión del Cordero de Dios y apertura de los siete sellos
  2) El tiempo de la advertencia
    a) Babilonia la Grande: su auge y su caída
    b) Los cantos triunfales en el Cielo
    c) El surgimiento del Anticristo
    d) La predicación de los santos elegidos
    e) El arrebato de los santos elegidos
    f) Situación en la tierra después del período de la advertencia
    g) La Séptima Trompeta
  3) El tiempo del Juicio de Dios en la tierra: las siete Copas
  4) Los sucesos en el Cielo en el tiempo del Juicio de Dios sobre la tierra
    a) El Nuevo Pentecostés
    b) La resurrección de los santos
    c) Las Bodas del Cordero con la Iglesia
  5) La Parusía del Señor
  6) La instauración del Reino de Dios
    a) La Jerusalén celestial: Apoc. 21,1-8. 22,1-5
    b) La Jerusalén terrenal: Apoc. 21,9-27
    c) El Reino de Dios terrenal es instaurado
    d) El gobierno del Reino terrenal
  7) El Juicio Final y el Reino de Dios eterno
    a) El fin del mundo
    b) El Juicio Final universal
D) Esquema de la secuencia temporal del Apocalipsis

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A) Consideraciones generales.

En esta Página Web presentamos nuestro libro “El Reino de Dios se instaura con la Segunda Venida de Jesucristo”. Los acontecimientos allí estudiados, referentes a los tiempos de la Parusía del Señor, se basan en gran parte en la revelación sobre los mismos que Dios hace a los hombres por intermedio del Libro del Apocalipsis, atribuido al Apóstol San Juan, cuya autenticidad como autor sigue siendo discutida por algunos estudiosos.

De cualquier manera, sin importar quien haya sido el que lo escribió, es cierto que se trata de una escritura canónica, y por lo tanto no ofrece ninguna duda que ha sido inspirada por el Espíritu Santo, y que es la revelación más completa que nos ofrece la Biblia sobre los acontecimientos que sobrevendrán en los “tiempos del fin” de la presente época o “eón” de la humanidad.

El Apocalipsis es el único libro realmente profético del Nuevo Testamento, y en él se utiliza a menudo el sistema profético de “tipo” y “antitipo”, donde hechos pasados o contemporáneos al autor son figura de otros que acontecerán en un futuro que todavía no ha llegado (ver “El Reino de Dios se instaura con la Segunda Venida de Cristo, Capítulo 9.A).

Recordemos brevemente que se mencionan en general tres escuelas o sistemas principales para interpretar el Libro del Apocalipsis:

1°) Sistema Preterista: considera el libro como un compendio de hechos de la historia contemporánea del autor, expuestas con descripciones acordes al color apocalíptico de escritos judíos en boga en el primer siglo del cristianismo. Obviamente esta interpretación excluye de los anuncios del autor toda trascendencia profética.

2°) Teoría de la Recapitulación: quiere encontrar en el Apocalipsis las diversas fases de la historia de la Iglesia cristiana, desde sus primeros siglos hasta el final de los tiempos.

3°) Interpretación profético-escatológica: acepta las alusiones a hechos contemporáneos del autor, como figura de los que ocurrirán posteriormente, pero toma al libro como una explicación profética que amplía las revelaciones de Jesús en los Evangelios sobre los tiempos de su Segunda Venida al mundo, en particular las que se encuentran en el llamado “discurso escatológico” que refieren los evangelios sinópticos.

De hecho esta última interpretación es la que prevalece hoy en día en la mayoría de los teólogos católicos, aunque no hay unanimidad en los criterios referidos al significado de lo que expresa el Apocalipsis.

Esta diversidad de interpretaciones nace de dos dificultades intrínsecas que presenta esta magna obra profética: en primer lugar, el uso muy frecuente que se hace de los símbolos, que, evidentemente, se prestan a ser tomados diversamente por los estudiosos, en cuanto a su significado real.

En segundo lugar aparece la dificultad, que consideramos que es la mayor, en cuanto a que la narración de los sucesos que efectúa el libro no sigue una secuencia clara, sino que los mismos se desarrollan en un orden que no corresponde a la sucesión en que se los encuentra en el texto.

A partir de estos dos elementos se origina la gran cantidad de interpretaciones de los numerosos autores que han intentado bucear en las aguas muchas veces oscuras de este texto inspirado, y de los muchos anuncios que se han hecho de qué ¡por fin se ha encontrado la clave para interpretar este libro profético!

En nuestro caso no vamos a anunciar nada de esto, sino que lo que pretendemos hacer es presentar una interpretación de los símbolos y la secuencia de acontecimientos del Apocalipsis que consideramos como un nuevo aporte para el desarrollo de una exégesis católica actual del texto profético.

En este estudio daremos solamente las bases que se han considerado y el esquema resultante de los sucesos que narra proféticamente, ya que el análisis pormenorizado es precisamente el que desarrollamos con amplitud en nuestro libro ya mencionado.

En realidad lo correcto sería leer primero el libro, y utilizar este estudio como una guía rápida y sintética para visualizar la secuencia correcta y el significado de los diversos pasajes del Libro de la Revelación. De otra manera, al leer solamente este estudio seguramente no quedaría clara nuestra interpretación, ya que faltarían todos los detalles exegéticos que contiene la obra citada.

Respecto al punto crucial de cuál es la secuencia correcta que hay que considerar en las distintas visiones que presenta el libro atribuido al Apóstol Juan, nosotros partimos para determinarla de los siguientes supuestos:

1°) Las visiones que narra Juan son en general cuadros que no están en secuencia temporal, sino que son independientes las unas de las otras.

Para tomar un ejemplo actual, es como si el vidente estuviera observando al mismo tiempo numerosas pantallas de cine o de televisión, donde en cada una de ellas se proyectan escenas diferentes. No existe una secuencia entre lo que se ve, ni un orden determinado de tiempo.

Por lo tanto, Juan volcó en forma escrita una cantidad grande de visiones independientes, no sabemos si porqué le aparecieron en ese orden, o si lo hizo ex profeso, para obligar a encontrar la clave para comprender la real secuencia de los acontecimientos, que, por otra parte, no puede ser ni complicada ni difícil de encontrar. Esto es particularmente cierto respecto a las visiones que se desarrollan desde el capítulo 7 hasta el 21.

2°) Un mismo acontecimiento se encuentra descrito por visiones distintas, que, aunque parecen referirse a sucesos diversos, en realidad son como facetas o ángulos de visión diferentes de lo que se está narrando en ellas.

Es por esta razón que muchos autores de estudios sobre el Apocalipsis dicen que muchas veces el libro vuelve a un acontecimiento anterior, como si comenzara de nuevo una misma descripción. Pero en realidad no se “vuelve”, sino que se está mostrando un mismo suceso desde un ángulo diferente.

3°) Las visiones independientes se van uniendo en una secuencia temporal en base a indicaciones contenidas en ellas.

Evidentemente no puede haber sido intención del autor del Apocalipsis, ni de quien lo inspiró, el Espíritu Santo, escribir las profecías recibidas por parte de Dios de manera tan embarullada y hermética de modo que nadie pudiera entender su significado. Es lógico pensar que debe haber nexos de unión entre una y otra escena que sean suficientemente claros para que no resulte difícil encontrar el hilo conductor de los acontecimientos que se anuncian.

4°) La secuencia temporal principal de las visiones está dada por los sucesos que ocurren en el cielo.

Esto no podría ser de otro modo, ya que en todo el libro se destaca la soberanía de las decisiones y de la acción de Dios Trinidad. Por lo tanto, la línea directriz de las visiones está dada por el orden claro de los acontecimientos que ocurren en el cielo, a los que se supeditan todos los sucesos que se desarrollan en la tierra.

A partir de estos cuatro principios básicos, es que desarrollamos el esquema completo de la secuencia temporal de las visiones del Apocalipsis, y lo que de allí resulta es lo que hemos aplicado, como ya lo mencionamos, en nuestro libro sobre la Instauración del Reino de Dios.

En cuanto a la interpretación de los símbolos del Apocalipsis, no hay muchas novedades en nuestro trabajo, ya que sin duda es un aspecto de este libro que ha sido estudiado muy a fondo a lo largo de la existencia del cristianismo.

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B) Grandes divisiones del Libro del Apocalipsis.

En el Apocalipsis podemos encontrar cuatro grandes divisiones principales:

1) El Prólogo y el Epílogo del Libro:

Capítulos 1 y 22,6-21

El Prólogo da el título del libro (“Apocalipsis”, es decir, “revelación”) y el sentido que tiene el mismo: “manifestar por Jesús a sus siervos lo que ha de suceder pronto”, revelación que fue dada por un Ángel a su siervo Juan. Se establece también cuál será el suceso al que se refiere: “Jesucristo vendrá en las nubes y todos en la tierra lo verán”.

Luego el autor describe la visión de “alguien como Hijo de hombre”, que posee una serie de atributos que no dejan lugar a dudas en cuanto a que se trata de Jesucristo, quien con “una voz fuerte como de trompeta” le encomienda escribir sobre todo lo que le será mostrado en visiones.

El Epílogo, que comprende parte del último capítulo (22,6-21), plantea la confirmación de la veracidad de las profecías contenidas en el libro.

Se repite la promesa de Jesús sobre su segunda Venida: “mirad que vengo pronto”, “el tiempo está cerca”, y hay una exhortación donde el Señor invita a rezar, imitando el ruego del Espíritu Santo y de la Iglesia, Esposa del Cordero: “¡Ven, Señor Jesús!” (“¡Maranatha!”).


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2) Las Cartas a las siete Iglesias:

Esta sección abarca los capítulos 2 y 3, bajo el formato de siete cartas dirigidas a otras tantas Iglesias de Asia: Efeso, Esmirna, Pérgamo, Tiátira, Sardes, Filadelfia y Laodicea.

Están en boga en la actualidad ciertas interpretaciones que dan a estas siete cartas el valor descriptivo de siete épocas de la Iglesia, desde el principio del cristianismo hasta los tiempos escatológicos, que pueden incluir a la Parusía y al Reino milenial o terrenal de Cristo.

Creemos que hay que forzar demasiado los distintos simbolismos para llegar al resultado final, y, por otra parte, resulta un camino inverso al que en realidad debería recorrerse: se parte aquí de una presunción general (“se trata de siete períodos de la vida de la Iglesia”) de la que no hay ninguna indicación en el texto, y luego se busca acomodar los elementos alegóricos o simbólicos que se encuentran en cada carta a un determinado período histórico de la Iglesia. Esta interpretación también se presta a dar rienda suelta a la imaginación, y no creemos que responda a una exégesis muy seria.

En nuestro libro, en el Capítulo 4.B, desarrollamos la interpretación que le damos a estas siete cartas:

Lo primero que debemos puntualizar es que de ninguna manera se puede adjudicar una relación unívoca entre lo que la Iglesia debe cumplir, y la recompensa que merecerá tal cumplimiento. Las siete Iglesias que se mencionan no constituían la totalidad de las iglesias de Asia de esa época, había varias más, por lo que ellas representan, a través del número siete que simboliza la plenitud, la totalidad de la Iglesia.

Estas siete iglesias son el “tipo” o la “figura”, en cuanto a sus problemas y dificultades, de todos aquellos escollos y tentaciones que enfrentará la Iglesia universal a lo largo de su vida en el presente tiempo, y, en particular, en los tiempos cercanos al fin. Por lo tanto las observaciones y correcciones debemos tomarlas en su conjunto, encontrándose con seguridad en cada iglesia particular más de una de ellas. Sólo el que cumpla en su totalidad con estas correcciones de Jesús será considerado “vencedor”.

Lo mismo ocurre con las recompensas: no corresponde una u otra, sino que son todas facetas de una misma realidad: el Reino de Dios, en dos dimensiones diferentes: el Reino terrenal y el Reino celestial, al que accederán los elegidos.

Por lo tanto el sentido que le damos a estas Cartas es muy claro: representan la materia del juicio de Cristo en su Parusía, referido, en primer lugar, a los santos vivos, y luego, a los cristianos muertos. Forman un conjunto armónico con las Parábolas del discurso escatológico de Jesús.

3) La visión del cielo:

El capítulo 4 del Apocalipsis nos muestra en una visión a la Trinidad Santísima en el cielo, en su inmutable eternidad, en una magnífica liturgia celestial de adoración al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

En nuestro libro hacemos el análisis de este pasaje en el Capítulo 1.A.1, que hemos titulado “la visión de la Santísima Trinidad antes de la ascensión de Jesucristo”.


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4) Los acontecimientos del fin.

El resto del libro del Apocalipsis, que abarca desde el Capítulo 5 hasta el 22,5, muestra en visiones proféticas, cargadas de símbolos, los acontecimientos del fin del tiempo presente o actual “eón” y su consumación en el “fin del mundo”.

Es una sucesión de los acontecimientos escatológicos (de “esjaton” o tiempo final), que se inician con la decisión soberana de Dios de dar comienzo a los tiempos que prepararán la segunda Venida de su Hijo Jesucristo (apertura de los siete sellos) y que culminan con la instauración del único y eterno Reino celestial.

Este es el recorrido que vamos haciendo a lo largo de las páginas del libro “El Reino de Dios se instaura con la segunda Venida de Jesucristo”, enlazando las descripciones del Apocalipsis con otras del Nuevo Testamento, y con muchas referencias a citas del Antiguo Testamento, de las que el Apocalipsis es un verdadero catálogo.

Lo que haremos en lo que queda de este Artículo, como apoyo al desarrollo realizado en ese libro, será explicar de qué manera, y en base a cuáles razones exegéticas, creemos que se produce la secuencia temporal de los sucesos que comprenden las distintas visiones descriptas en el Apocalipsis.


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C) Secuencia temporal en el Apocalipsis.

Aplicaremos ahora los cuatro principios vistos en el punto A, a fin de mostrar cuál es la secuencia correcta de los acontecimientos descriptos en las visiones de Juan. Nuestro enfoque implica dejar de lado la mayoría de las interpretaciones de la estructura del Apocalipsis más difundidas, como la de la estructura “en espiral” de distintos septenarios que vuelven a comenzar en el séptimo elemento.

Estudiaremos lo que hemos descrito como Cuarta sección del Apocalipsis, que denominamos “los acontecimientos del fin”, que abarcan desde el Capítulo 5 hasta el 22,5.

El Capítulo 4, como ya lo hemos observado, nos presenta a Dios Trinidad en la inmutable eternidad, rodeado por la liturgia celestial. Será a partir de ese cuadro magnífico e imponente, que difícilmente podemos abarcar con las limitaciones de nuestra inteligencia e imaginación humanas, que las sucesivas visiones irán agregando nuevos elementos y acciones, que surgirán como un reflejo de los sucesos que ocurrirán en le tierra, estando siempre todos ellos bajo la soberana autoridad y poder del Padre y de su Cristo.


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1) Visión del Cordero de Dios y apertura de los siete sellos:

Llegará el tiempo en la historia de la humanidad que se reflejará en la siguiente visión de Juan, donde habrá ocurrido un acontecimiento extraordinario: la encarnación del Hijo de Dios en Jesucristo, y su consiguiente vida, pasión, muerte y resurrección, seguida por la ascensión al cielo, de cuya presencia allí el vidente de Patmos es testigo privilegiado.

La completa visión es continuidad de la anterior, con la novedad de la presencia del Cordero. Pero un detalle que no se había mencionado antes nos ubica, en un tiempo indeterminado, pero ya en camino hacia los tiempos del fin: el Padre tiene en su mano derecha un rollo cerrado con siete sellos. En nuestro libro se presenta la exégesis detallada de esta escena (Capítulo 1.A.2 y 1.B), por lo que vamos a resumir aquí solamente los conceptos más importantes.

Nosotros sostenemos que en este Libro están escritos los acontecimientos del fin del tiempo y el juicio de Dios sobre los hombres, mientras que los sellos representan los distintos instrumentos de Dios que serán liberados y puestos en marcha para llegar al desarrollo y cumplimiento efectivo de dichos acontecimientos.

Por lo tanto, quitar los sellos y abrir el libro para poder leerlo simboliza la decisión soberana del Padre, cuyo momento sólo Él conoce, de dar inicio a los sucesos precursores de la Parusía del Hijo, mediante lo que podríamos llamar la “liberación” de los instrumentos de los que Dios se servirá. Y esta misión le será confiada a Jesucristo, Hijo de Dios, el único digno de llevarla a cabo.

Le es permitido a Juan, en esta visión celestial, conocer los acontecimientos descriptos en el libro que sostiene el Padre, los que él precisamente dará a conocer, por expresa orden de Jesús, en el Libro del Apocalipsis. Algún día, en el devenir de la historia humana, cuando el Padre lo decida, efectivamente se iniciarán estos hechos del fin, y la escena de la que fue testigo el vidente tendrá correspondencia con una época determinada de la humanidad.

Los cuatro primeros sellos, que forman una unidad, muestran el primer instrumento que Dios utilizará en los acontecimientos de la Parusía: Satanás y sus demonios.

El quinto sello revela a otro de los instrumentos de Dios que tendrá participación en los acontecimientos del fin, no ya para mal sino para bien: los santos que han muerto y cuyas almas separadas del cuerpo se encuentran en el cielo.

El sexto sello muestra a Juan la acción destructora de las fuerzas de la naturaleza, que en realidad serán usadas como elemento recreador del mundo, que conforman también un instrumento de Dios.

El Séptimo Sello indica algo esencial: los instrumentos de Dios ha se han liberado y están en acción según la disposición de Dios, y comenzarán a actuar sobre el mundo, durante un cierto tiempo, simbolizado por la “media hora”, que conocemos como la aparición de las señales del fin.

Todavía no se desencadenarán los acontecimientos irreversibles que precederán a la Parusía, que serán ordenados por Dios a sus ángeles, sino que estas señales serán cada vez más evidentes, según lo anunciado por el mismo Jesús.


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2) El tiempo de la advertencia.

Al finalizar la apertura de los sellos con el séptimo, y luego de un lapso de tiempo indeterminado en que se irá viendo cada vez con mayor claridad la aparición de las señales precursoras del tiempo de la Parusía del Señor, Dios tomará la decisión de poner en marcha los acontecimientos que Él mismo controla a través de los ángeles, que producirán en forma irreversible la llegada del tiempo del fin.

El comienzo de este tiempo, que denominamos “el tiempo de la advertencia de la misericordia de Dios” se describe en Apocalipsis 8,2-5. Luego aparecen las visiones de los acontecimientos que se producen como consecuencia de los toques de las siete trompetas: 8,6-13 y 9, 1-21.

Consideramos que los acontecimientos en símbolos que describen las seis primeras trompetas deben tomarse en su conjunto; no son descripciones de sucesos con un orden cronológico, sino que constituyen facetas de un mismo acontecimiento central.

Hay un elemento importante que nos permite afianzar esta idea: las tres primeras trompetas muestran catástrofes que afectan la tercera parte de la tierra con incendios, contaminación de las aguas, destrucción de las naves del mar y fenómenos cósmicos, pero recién en la sexta trompeta se menciona que muere la tercera parte de la humanidad. Es muy difícil pensar en que sean acontecimientos sucesivos y que afectando tan fuertemente la tercera parte de la tierra no produzcan pérdida de vidas humanas.

Por lo tanto tomaremos los sucesos que provocan estas seis primeras trompetas como un único acontecimiento, que resulta ser con claridad una terrible guerra a escala mundial. Las primeras cuatro trompetas muestran en visión a Juan lo que ocurre sobre la tierra cuando se desencadene la guerra descripta en la sexta Trompeta.

En cambio, la quinta Trompeta presenta cuál es el motivo desencadenante de esta terrible conflagración: la acción del Diablo y de su hueste de demonios, que se dedican al ataque final a la humanidad (según los cuatro caballos descriptos en los primeros Sellos).


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a) Babilonia la Grande: su auge y su caída.

Al haber llegado este tiempo la estrategia y acción de Satanás, conducente a lograr que los hombres se aparten de Dios, habrá propiciado el surgimiento de una gran metrópoli anticristiana, dominadora en la política y en la economía de gran parte del llamado “mundo occidental”, que el Apocalipsis denomina simbólicamente “Babilonia la Grande”, descripta en detalle en el Capítulo 17, enlazando así la existencia de esta potencia con la tradición profética del Antiguo Testamento. Será en el momento de mayor poder e influencia en el mundo de la “Gran Babilonia”, que dará comienzo el tiempo de advertencia de la misericordia de Dios.

Aún con la contaminación del mundo que lo rodea, totalmente descristianizado y materialista, todavía subsiste un “resto” de cristianos fieles, que no permiten el triunfo total del Diablo. Entonces el enemigo del hombre concebirá su plan final para erradicar la religión cristiana del mundo. El comienzo de este plan lo tenemos descrito en el toque de la Quinta Trompeta, como vimos antes en el pasaje de Apoc. 9, 1-12. Satanás lanza un ataque generalizado contra la tierra con sus demonios, a semejanza de una plaga de langostas que se despliega y todo lo devora.

¿En qué consiste ese ataque? Está simbolizado por la picadura de sus colas con aguijones semejantes a los de los escorpiones, inyectando un veneno que atormentará a los hombres por un cierto tiempo, sin matarlos.

No atacan ni dañan a la hierba ni a los árboles (alimento natural de las langostas), por lo que resulta que no es un ataque material, sino espiritual. Es el tormento de la tentación, de la incitación al pecado, donde una humanidad ya degradada y corrompida llegará a límites jamás sospechados.

Aparecerá en toda su magnitud el espíritu de ambición, de discordia, de violencia, que desembocarán en una terrible conflagración que abarcará todo el mundo, descripta en el siguiente toque de trompeta.

En este cuadro hay un elemento que llama la atención: el ataque de los demonios a los hombres, como una plaga de langostas, tiene una limitación, ya que no afecta a los hombres que tienen en la frente el sello de Dios. ¿Quiénes son estas personas? Encontramos la explicación en el Apocalipsis 7,1-8.

La visión nos muestra cuatro ángeles en los cuatro extremos de la tierra, es decir, cubriendo la totalidad de la misma (que según el concepto de la época era plana). Estos ángeles están conteniendo las calamidades que vendrán sobre la tierra a partir del inicio de los toques de las siete trompetas, para permitir que otro ángel ponga una marca en la frente de “los siervos de nuestro Dios”. Esto significa que hay una elección de Dios de un cierto número de creyentes, que por su dimensión espiritual y su santidad, son reconocidos como “siervos de Dios”.

La sexta trompeta describe como la Gran Babilonia será arrasada por una gran guerra nuclear. ¿Cómo obtenemos la conclusión que la guerra descripta por la sexta trompeta está dirigida contra Babilonia? Veamos cuáles son los grandes pecados que encontramos en la descripción de “Babilonia la Grande”:

*Hechicerías “por las que se extraviaron todas las naciones” (18,23).
*Asesinatos: “en ella fue hallada la sangre de los profetas y de los santos y de todos los degollados sobre la tierra” (18,24).
*Fornicación y prostitución: “con ella fornicaron los reyes de la tierra, y los habitantes de la tierra se embriagaron con el vino de su prostitución”. (17,2).
*Abominaciones (adoración de ídolos):”Y en su frente un nombre escrito –un misterio-: «La Gran Babilonia, la madre de las rameras y de las abominaciones de la tierra»” (17,5).

Si examinamos la descripción de la sexta trompeta, encontramos que al final se nos dice que luego del exterminio de la terrible guerra nuclear el resto de los hombres no se convirtieron de sus pecados, que define como los siguientes:

*Hechicerías (9,21)
*Asesinatos (9,21)
*Fornicación (9,21)
*Abominaciones: “No dejaron de adorar a los demonios y a los ídolos de oro, de plata, de bronce, de piedra y de madera que no pueden ver ni oír ni caminar” (9,20).
*Rapiñas (9,21)

¡Estos pecados son exactamente los que se cometían en el mundo influenciado y seducido por la Gran Babilonia! Por lo tanto creemos que no ofrece dudas la hipótesis que la guerra descripta por la sexta trompeta se desarrolla en la humanidad sometida a la Gran Babilonia.

Adicionalmente se provee otro argumento para reforzar la conclusión anterior: Juan se detiene en la descripción minuciosa de los materiales con los que la humanidad idólatra, que ha sufrido la guerra descripta en la sexta trompeta, construye “las obras de sus manos” (los ídolos); encontramos la siguiente lista:

*Oro
*Plata
*Bronce
*Piedra
*Madera

En el lamento de los mercaderes que comerciaban con Babilonia (18,12-13), luego de su destrucción, se enuncian los cargamentos de mercaderías que compraba la Gran Ciudad, entre los que encontramos exactamente estos materiales:

*Oro
*Plata
*Bronce
*Mármol
*Maderas olorosas.

Es decir, las “obras de las manos” de Babilonia y de los habitantes de la tierra seducidos por su prostitución transforman en ídolos estos materiales de gran valor que adquirían.

Por lo tanto no quedan dudas que las descripciones de la caída de la Gran Babilonia, Apocalipsis Capítulo 18, corresponden al tiempo de la Sexta trompeta.


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b) Los cantos triunfales en el Cielo.

La caída de la Gran Babilonia representa el acontecimiento decisivo que marcará el verdadero comienzo del reinado pleno de Jesucristo sobre la tierra, aunque se presenta una paradoja enorme: como consecuencia de la derrota de la “Gran Ramera”, se producirá el surgimiento del Anticristo (ver punto siguiente), quien llevará hasta el extremo, como nunca se habrá visto antes, el dominio de su amo Satanás sobre el mundo, del cual quedará eliminada la presencia de la Iglesia y de su Cristo en la Eucaristía. Sin embargo, Jesucristo ya reinará, porque se habrá iniciado su juicio sobre el mundo.

El gozo en el Cielo lo presenta en primer lugar Apocalipsis 19,1-6, con los tres ¡Aleluya! Triunfales, que reconocen que “la gloria y el poder son de nuestro Dios”, porque “el Señor nuestro Dios, el Todopoderoso, ha establecido el reinado”.

¿Por qué se dice que Cristo ha comenzado a reinar sobre la tierra? Porque Él ha tomado la iniciativa y el control total de los acontecimientos en la historia de la humanidad. Ha utilizado a Satanás y su secuaz, el Anticristo, para acabar con el dominio e influencia de la “Gran Babilonia”, eliminando a buena parte de los impíos de sobre la faz de la tierra (en la sexta trompeta se afirma que murió la tercera parte de los hombres).


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c) El surgimiento del Anticristo.

También corresponde a los tiempos de la sexta trompeta otro acontecimiento muy importante: el surgimiento del Anticristo, relatado en el Capítulo 17,11-18.

Babilonia estaba sustentada por siete reyes (o líderes mundiales), que eran los que formaban ese centro de poder mundial (las siete cabezas). Pero éstos fueron perdiendo su poder, y en su lugar apareció un nuevo rey, el octavo, que es precisamente la Bestia que subirá del mar, el Anticristo.

Este rey al principio parece ser uno de los que sostienen a Babilonia, pero luego se aliará con otros diez reyes (los diez cuernos), que tienen poder pero no gobiernan, y finalmente le harán la guerra a Babilonia, derrotándola con una gran guerra mundial devastadora, que creemos es la que describe el toque de la sexta trompeta.

Esta afirmación se sustenta en la descripción del fin de Babilonia; la Gran Ciudad es arrasada con fuego en un solo día, como efecto de la terrible guerra nuclear. También se nos describe que Babilonia desaparece como una piedra arrojada al mar, y en su lugar solamente quedarán muerte y desolación (Apocalipsis 18,2. 16-18. 21).

En el simbolismo de la Bestia que surge del mar Juan expresa una idea muy concreta: es el Diablo quien suscita el surgimiento de esta nueva Bestia, a total y completa semejanza de sí mismo. Encontramos aquí un remedo completo de Dios: así como el Padre hace que su Hijo, segunda persona de Dios Trinidad, descienda del cielo y se encarne en un hombre, Jesucristo, para que lleve la salvación a los hombres, y luego volverá a la gloria del cielo, aquí Satanás suscita desde el abismo infernal otra Bestia semejante a él (su “hijo”) para que instaure su engaño y seducción entre los hombres, pero su final será la destrucción.

El personaje que el Apocalipsis denomina “La Bestia del Mar”, o simplemente “La Bestia”, no puede ser una persona colectiva como muchos sostienen, sino que debe resultar un individuo determinado, ya que su acción principal consistirá en convencer al mundo que él es el verdadero Cristo que ha vuelto en su Parusía.

Lo primero que surge de estas descripciones es que la Bestia es una parodia clara de Dios. A Dios se lo nombra en el Apocalipsis varias veces de una manera determinada: “Aquel que es, que era y que va a venir” (1,4; 1,8; 4,8). A la Bestia aquí se le dice “era y ya no es, pero reaparecerá”, como parodia del nombre divino.

Esto sugiere que el Anticristo era conocido como un rey (o persona poderosa) que en su momento era secuaz de la Ramera, pero que luego se rebela y lucha contra ella, aliado con diez reyes, y en esa contienda en que derrotan a Babilonia pierde la vida. Pero luego, es sanado y resucitado milagrosamente, siendo este suceso también un remedo de la muerte y resurrección de Cristo en su primera Venida.

Es entonces que la Bestia se proclama como el verdadero Cristo que ha llegado en su esperada Parusía (esta proclamación es la que constituye las altanerías y blasfemias que profiere), transformándose en quien llamamos el Anticristo.

Muy probablemente proclamará que ha destruido el poder corrupto, materialista y anticristiano de la Gran Babilonia, que seguramente dirá que era el Anticristo, para venir a instaurar el Reino de Dios en la tierra, como un reino de paz y justicia, al contrario del anterior dominio mundial. Recibe el reconocimiento y la adoración de toda la tierra, lo que implica que están adorando a Satanás, porque él fue quien le dio la autoridad al falso Cristo.


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d) La predicación de los santos elegidos.

En este tiempo se llevará a cabo uno de los sucesos que Jesús define que precederán a su Parusía: la proclamación de la Buena Nueva del Reino en el mundo entero. Los encargados de esta predicación serán los santos elegidos por Dios, y su proclamación contendrá tres anuncios consecutivos, según consta en Apocalipsis 10,1-11 y 14, 6-13:

1°) La Buena Nueva del Reino: Jesús anunció que el Reino se había acercado con su primera Venida (Mateo 4,17; Marcos 1,14-15), mientras que los Apóstoles de los últimos tiempos proclamarán que la llegada del Reino es inminente, comenzando con el Juicio de Dios.

2°) La caída de Babilonia: se gritará al mundo que la “Gran Ramera” habrá sido destruida, dando a conocer que es el comienzo del juicio de Dios a la humanidad.

3°) Advertencia sobre el Anticristo: se prevendrá a los cristianos y a los hombres en general contra el dominio del Anticristo y su impostura.

La figura de estos predicadores la presenta Apocalipsis 11,3-13, bajo el símbolo de “los dos Testigos”, quienes luego de cumplida su misión serán “arrebatados” al Cielo, al encuentro con el Señor.


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e) El arrebato de los santos elegidos: el juicio de Dios sobre los vivos.

La elevación al cielo de los dos testigos resucitados nos enfrenta a uno de los sucesos de los últimos tiempos que provocan más discusiones y controversias: el arrebato o rapto de los elegidos.

En nuestro libro demostramos que este episodio, del que se encuentran raíces en la revelación profética del Antiguo Testamento, y es aludido en diversos pasajes del Nuevo, comenzando por el texto capital de 1 Tesalonicenses 4, 15-18, en el Apocalipsis se encuentra bajo diversas figuras:

Apocalipsis 12,1-6: el hijo varón de la Mujer es arrebatado al cielo.

Apocalipsis 4,1-2: experiencia de arrebato de Juan.

Apocalipsis 3,7-11: puerta abierta al cielo en la Carta a Filadelfia.

Apocalipsis 11,1-6: características de los dos testigos.

Apocalipsis 11, 7-13: elevación al cielo de los dos testigos.

La conclusión a la que arribamos en la extensa sección del libro en la que analizamos este tema (capítulo 3.B.1), la podemos resumir en lo siguiente:

Los santos que fueron elegidos por cumplir con las condiciones establecidas en las Cartas a las siete Iglesias (los “vencedores”), y que fueron preservados de la muerte con su sellamiento, serán arrebatados a la presencia del Señor “en el aire”, y luego volverán a la tierra acompañándolo en su gloriosa manifestación en la segunda Venida.


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f) Situación en la tierra después del período de la advertencia.

Nos encontramos en los tiempos en qué el Anticristo, después de la destrucción de la Gran Babilonia, ha tomado el poder, y su hegemonía llega hasta límites insospechados, apoyado en el “falso Profeta” o “Bestia de la tierra”.

Este falso profeta simboliza el poder religioso corrupto, la falsa Iglesia, y posiblemente represente a un seudo Papa que será entronizado cuando asuma el poder total el Anticristo. Es el que establecerá el culto al Anticristo, como si fuera el verdadero Cristo, cuando llegue al clímax el poder del usurpador.

La acción principal de este “falso Profeta” parece ser la erección de una estatua del Anticristo, y creemos que este suceso es el que se describe como “la abominación de la desolación”. Jesús anuncia que se verá la “abominación de la desolación” erigida en el “Lugar Santo”, lo que fue anunciado ya por el profeta Daniel. Este profeta anuncia la “abominación de la desolación”, que será colocada en el Santuario (9,27). Este suceso escatológico tiene su tipo o figura en el sacrilegio cometido por Antíoco Epífanes al instalar un ídolo (probablemente Zeus Olímpico) sobre el altar de los holocaustos 1 Macabeos 1,54).

Por lo tanto el significado de la “Abominación de la desolación” es claro: se trata de un ídolo puesto en el Santuario (lugar donde está la presencia de Dios) para reemplazar al verdadero Dios y al cual se le da culto y adora como si fuera realmente Dios.

Hay que agregar otro suceso profético que revela Daniel en la visión del carnero y el macho cabrío, complementaria de la de la cuarta bestia (Daniel 8,11-12): la abolición del sacrificio perpetuo.

Llevando la interpretación del Antiguo Testamento a términos cristianos, podemos decir que el “sacrificio perpetuo” es la misa. El falso Profeta proclama que dado que Cristo ya ha vuelto al mundo (en la impostura del Anticristo), ya no es necesario el sacrificio de la misa, dado que no tiene sentido conmemorar a una persona que está presente entre los hombres.

Por este camino el falso Profeta decreta la abolición de la misa y la consagración de las especies en todo el mundo cristiano, alcanzándose así el mayor triunfo de Satanás: habrá conseguido eliminar de la tierra la presencia física de Jesucristo en los sagrarios de todas las iglesias de la tierra.

¿Cómo será entonces el culto que se llevará a cabo? El pasaje del Apocalipsis que estamos estudiando nos da una buena indicación: la “Abominación de la desolación” se refiere a la estatua o representación del Anticristo, que será puesta en todos los sagrarios de las iglesias y capillas católicas en reemplazo del Santísimo Sacramento, que ya no existirá porque se habrá abolido la consagración.

Eliminada del mundo la presencia eucarística de Cristo, el misterio de la impiedad, que siempre actuó en él, ahora llegará a su punto culminante, con la proclamación del Anticristo como el verdadero Cristo vuelto a la tierra en su Parusía y su sacrílega adoración.

Por primera vez desde que el Verbo se encarnó en Jesucristo y vivió sobre la tierra, quedándose en ella después de su resurrección y ascensión gloriosa al cielo en la Eucaristía, el mundo se encuentra totalmente privado de la presencia real de Jesús.


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g) La séptima Trompeta.

El toque de la trompeta del Séptimo Ángel (Apoc. 11,15-19) marca el final del tiempo de la misericordia y el inicio del juicio de Dios, consumado con la destrucción de la Gran Babilonia con el toque de la sexta Trompeta.

Este pasaje refleja la misma realidad que vimos en el texto de 19,1-6, con los cantos triunfales en el cielo y los tres ¡Aleluya! También se indica que “el imperio del mundo ha pasado a nuestro Señor; y Él reinará por los siglos de los siglos”.

Es el comienzo del reinado triunfal de Cristo, como comentamos antes, y el inicio del juicio a los santos vivos elegidos (“arrebato”), al resto de los santos y a los hombres de buena voluntad, así como a los impíos.


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3) El tiempo del Juicio de Dios en la tierra: las siete Copas

Luego de terminado el tiempo de la misericordia de Dios, que, como advertencia, llamó a los hombres a la conversión antes que fuera demasiado tarde, se inició el juicio sobre los vivos con el juicio a la Gran Babilonia. Tomado el poder por el Anticristo, cuando todo parece indicar que Satanás ha logrado su triunfo total, el falso cristianismo sufrirá su derrota final. El juicio de Cristo es representado por la imagen de la siega y de la vendimia de Apocalipsis 14,14-20.

Este tiempo es el que abarca la descripción paralela de las Copas que son derramadas por los siete Ángeles sobre el imperio del Anticristo y el mundo sobreviviente a la gran guerra nuclear precedente (Apocalipsis 15,1. 5-8; 16,1-21).

En nuestro libro desarrollamos la exégesis detallada del significado de las siete plagas de las Copas, hasta el aniquilamiento final descrito en la séptima Copa. Esta batalla final se presenta también en el Apocalipsis bajo otra escena o visión, la de Cristo apareciendo triunfante en su Parusía, según el texto de 19,11-21, pasaje que comentaremos en detalle en el punto C.5.

Nuestra interpretación es que las cinco primeras plagas, que al igual que las trompetas no son hechos sucesivos en el tiempo, sino que son concurrentes, corresponden a las terribles secuelas de la devastadora contienda nuclear que mencionamos antes.

Es verdaderamente impresionante la coincidencia que obtenemos al aplicar los conocimientos que hoy poseemos sobre los efectos de una guerra nuclear global, o al menos en gran escala, a las descripciones de las cinco primeras plagas del Apocalipsis, hechas con el lenguaje y los conceptos de hace dos mil años.

La sexta Copa tiene otra interpretación: el texto del Apocalipsis nos dice que en las Copas cuarta y quinta los hombres, ante las plagas que sufren, “blasfeman del Dios del cielo”. Muy posiblemente, este blasfemar contra las plagas que sufren, como vimos también en la cuarta Copa, hará que muchos ya no crean en el falso Cristo, el cual, aparentemente, no tiene el poder suficiente para eliminar estos terribles efectos, a pesar de los prodigios que realiza. De esta manera, el Anticristo y su secuaz, el Falso Profeta, comenzarían a ver que las bases de su reinado entrarían a tambalear, por lo que harán un último y desesperado esfuerzo para reconquistar la credibilidad del mundo.

Tanto el mismo Satanás, como el Anticristo y el falso Profeta envían embajadores a los reyes de todo el mundo. Estos súbditos del Anticristo están dominados como él por espíritus inmundos, que tienen el poder demoníaco, al igual que la “Bestia de la Tierra”, para realizar señales prodigiosas, tales que convenzan a los poderes de la tierra que la “Bestia del mar” es el verdadero Cristo.

Por lo que se describe se ve que tienen éxito en su misión, logrando que los reyes renueven su apoyo al Anticristo, hecho descripto como una gran congregación de estos poderosos, que se reúnen en el lugar llamado “Harmaguedón”.

En la séptima Copa se describe la conclusión del Juicio de Cristo sobre los vivos en el momento de su Parusía. Ahora el ángel correspondiente ya no derrama su copa, como los anteriores, sobre objetivos específicos (tierra, mar, ríos, sol, trono de la Bestia) sino sobre “el aire”, es decir, abarcando toda la tierra. Y la voz que sale del Santuario, quizás la de Dios o la de un ángel que está a su lado, cierra este tiempo del juicio, decretando: “«Hecho está»”.

Por lo tanto quedará consumado el juicio de Dios, ahora utilizando como instrumentos a las fuerzas de la naturaleza, tal como se había anticipado en el sexto sello. La principal devastación la produce un “violento terremoto como no lo hubo desde que existen hombres sobre la tierra”, o sea, será un cataclismo de magnitud absolutamente insospechada.

Así como desapareció de golpe Babilonia, “como una piedra de molino arrojada al mar” (18,21), de la misma manera será arrojada la sede del falso Cristo y sus secuaces, corriendo la misma suerte las ciudades de los gentiles, donde tenían su asiento los reyes que apoyaban a la Bestia. El enorme pedrisco que finalmente caerá del cielo completará la eliminación de la tierra de los hombres que tendrán ese destino en el juicio de los vivos.


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4) Los sucesos en el cielo en el tiempo del Juicio de Dios sobre la tierra.

Recordamos que en el punto C.2.e presentamos el arrebato al cielo de los santos elegidos, al encuentro con el Señor. Veamos ahora cuáles son las experiencias que ellos viven mientras se produce en la tierra el derramamiento de las Copas del furor de Dios.

a) El Nuevo Pentecostés.

El Apocalipsis presenta el magnífico cuadro de la vivencia de los arrebatados en su encuentro “en el aire” con Jesús, y su experiencia del Nuevo Pentecostés (Apoc. 14,1-5).

Esta escena nos muestra a Jesús en la cima del monte Sión, y con él los 144.000 sellados con el nombre de Dios en la frente, que fueron preservados de las tribulaciones descriptas por la quinta y sexta trompetas, y arrebatados al encuentro del Señor.

No se encuentran en el cielo, ya que escuchan un canto que viene del cielo, pero tampoco están en la tierra, sino en una altura sobre ella, figurada por la cumbre del monte Sión escatológico Nosotros interpretamos que éste es “el encuentro del Señor en los aires” que describe 1 Tesalonicences 4,17 de los santos arrebatados de la tierra. Para ese fin fueron preservados de las tribulaciones y finalmente arrebatados según lo visto anteriormente.

En este encuentro con el Cordero escuchan un “canto nuevo” que proviene del cielo, desde delante del trono de Dios. Todo indica que este “canto nuevo” es el que se entona en Apocalipsis 5,9-10, que declara que el Cordero “compró” para Dios hombres “de toda tribu, y lengua y pueblo y nación”, y los ha transformado en “un reino de sacerdotes, y reinarán sobre la tierra”.

Estos rescatados reciben pues la confirmación de lo alto, en una revelación del Espíritu Santo que se derrama sobre ellos, que aquí se presenta plásticamente como un canto que desciende del cielo. Nadie puede recibir en este momento esta efusión del Espíritu Santo excepto los que allí se encuentran arrebatados.


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b) La resurrección de los santos.

Debemos situar en forma temporal en paralelo con el arrebato de los elegidos, que se produce en el momento histórico posterior a la caída de Babilonia, la resurrección de los santos muertos, es decir, de aquellas almas que ya se encontraban en la bienaventuranza del cielo, en presencia de Dios.

Esta es la que se denomina “primera resurrección”, y se apoya especialmente en el texto de Apocalipsis 20,4-6.

Esta primera resurrección no ofrece dudas que es la definitiva y que es de salvación, ya que se establece que los que resucitan ya no podrán sufrir la “segunda muerte”, que en el Apocalipsis significa la condenación eterna. También se establece que habrá una segunda resurrección, que obtendrán “los demás muertos”, después que transcurra ese período de “mil años”.


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c) Las Bodas del Cordero con la Iglesia.

Una vez arrebatados hacia el cielo los santos vivos, y resucitados los santos muertos, nos encontramos que se producirá un acontecimiento asombroso y magnífico, que escapa a toda posibilidad de conocimiento por la mente del hombre, aunque ha sido revelado por Dios para suscitar la esperanza de todos los santos: las Bodas del Jesucristo con su Esposa, la Iglesia.

El Apocalipsis nos brinda un pasaje clave sobre el tema de las Bodas del Cordero con su Iglesia (Apoc. 19,1-9). Su Esposa es la Iglesia, constituida por la Iglesia Celestial y la Iglesia Terrenal. En la escena vista anteriormente encontramos la Iglesia Celestial, formada por los santos resucitados, con el símbolo de la pureza de sus blancas vestiduras de fino lino.

Pero Jesucristo también tomará por Esposa a la Iglesia terrenal, simbolizada por el Apocalipsis por la Jerusalén descripta en 21, 9-27. ¿Por quiénes está compuesta esta Nueva Iglesia Terrenal? Por los santos vivos que, habiendo sido elegidos y preservados, fueron arrebatados al encuentro del Señor en los aires.

Purificados por el Segundo Pentecostés, y confirmados en gracia, viven junto a la Iglesia Celestial (de una manera misteriosa que no está explicada en la Escritura) las Bodas con el Señor, y volverán acompañando al Esposo en su Parusía, tal como detallaremos en el siguiente punto.


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5) La Parusía del Señor.

Efectuado en la tierra el juicio a los vivos, y derrotadas las fuerzas de Satanás y sus secuaces, llegará la Parusía de Jesucristo, es decir, su manifestación visible en gloria a todos los habitantes de la tierra, de modo que no quede duda que todos los acontecimientos ocurridos en el mundo fueron parte de su retorno con poder y majestad.

En toda la revelación del Nuevo Testamento sobre este magno acontecimiento se indica que aparecerá una gran señal en el cielo, y luego se verá al Hijo del hombre viniendo sobre las nubes, acompañado por sus santos.

Todos los detalles de esta descripción reflejan la gloria y el poder de Jesús Resucitado que vuelve a la tierra con su plena majestad divina, para asumir su Reino como el Señor de Señores y Rey de Reyes.

El texto nos dice que se encuentra acompañado por “los ejércitos del cielo”, cuyos componentes están “vestidos de lino blanco y puro”. ¿Quiénes son los integrantes de esta milicia celestial? Veamos que nos dice otro pasaje: Apoc. 19,7-8.

Los santos descriptos aquí, que han participado de las Bodas del Cordero, acompañan a Jesús formando parte de su ejército, reconocidos por los vestidos. Acá tendríamos una primera confirmación que los que vuelven con Jesús son los santos que fueron arrebatados, ya que ellos, de acuerdo a nuestro desarrollo, son los que toman parte, como Iglesia Terrenal, de las Bodas del Cordero con ella como Esposa.

Será en este tiempo, como sostenemos en nuestro libro, que se producirá la conversión de los judíos como pueblo a Cristo, según el pasaje de Apoc. 1,7. Los cristianos sobrevivientes a la gran tribulación en la tierra alabarán entonces a Dios, según describe la visión de Apoc. 15,2-4.

¿Por qué afirmamos que estamos en una escena terrestre? En principio, las personas que se ven se nombran como “los que han triunfado de la Bestia”, por lo que estaban en la tierra sufriendo la tribulación bajo el imperio del Anticristo. Y siguen estando en ella, tal como lo demuestra su canto: “todas las naciones vendrán”; si hay naciones, es que están en el mundo, y ellas irán a donde están reunidos los fieles cristianos vencedores.


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6) La instauración del Reino de Dios.

Llegamos ahora al concepto más importante que contiene el acontecimiento del “Día del Señor”, con la segunda Venida de Cristo: la instauración del Reino de Dios.

Comenzará así a manifestarse el designio eterno de Dios, el propósito supremo por el cual la Santísima Trinidad, sin necesidad y sólo por puro amor, creó al hombre y el universo material: tener una multitud de hijos adoptivos, con los cuales compartir por toda la eternidad su misma vida divina.

Se hará finalmente realidad la visión de tantos profetas del Antiguo Testamento, vislumbrada en medio de sombras, y tomada como la suprema esperanza del Pueblo de Dios: el surgimiento del Reino de Dios.

El planteo central de nuestra tesis sobre la instauración del Reino de Dios se basa en que la descripción que hace el Apocalipsis desde 21,1 hasta 22,5 corresponde a dos realidades diferentes, que denominamos la Nueva Jerusalén Celestial y la Nueva Jerusalén Terrenal, y que comprenden los estados de la Iglesia celestial y terrenal del fin de los tiempos.

La Iglesia celestial se identifica con el Reino de Dios celestial, ya que es una misma realidad acabada y perfecta, mientras que la Iglesia terrenal es el instrumento o sacramento mediante el cual se establecerá el Reino de Dios sobre la Tierra.

La forma en que se instaurará el Reino de Dios en estas dos realidades está descripta en la Biblia principalmente en el Libro del Apocalipsis, que relata los acontecimientos que se irán sucediendo después de la Parusía del Señor Jesucristo, a lo largo del famoso y tan temido y cuestionado Capítulo 20, escollo y piedra de escándalo para multitud de teólogos cristianos a lo largo de la historia de la Iglesia hasta el día de hoy.

Y el escollo principal, de aceptar esta posibilidad, surge de la posición de Cristo y de los santos resucitados en este Reino terrenal. Todo esto comprende el polémico tema del milenarismo, tan zarandeado en la doctrina cristiana, y que ha dividido a los teólogos en una primera instancia en “milenaristas” y “no milenaristas”, dando lugar luego a otras divisiones: amilenaristas, milenaristas mitigados, milenaristas espirituales, etc.

En nuestro Artículo “El milenarismo: concepto y alcances” desarrollamos en detalle lo referente a la historia de este concepto y las diversas tendencias de los teólogos, por lo que ahora iremos directamente al desarrollo de nuestra explicación, para lo cual, como ya lo acotamos, vamos a mostrar que en el Apocalipsis se habla de la Jerusalén que baja del cielo comprendiendo dos descripciones muy distintas.


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a) La Jerusalén celestial: Apoc. 21,1-8. 22,1-5

De lo que no hay duda es que estamos ubicados fuera del ámbito terrenal, en el cielo, en correspondencia a todas las visiones anteriores del cielo que presenta el vidente Juan, con el trono de Dios y su presencia allí (Capítulos 4; 5; 7,9-17; 19, 1-9).

¿Quiénes son los que en el momento de la Parusía habitan esta Ciudad celestial?: sus ciudadanos son los santos resucitados en la primera resurrección.

Se dan características de esta Jerusalén celestial que definen algunas de las cualidades de la vida eterna de los resucitados: obviamente la muerte no existirá más (inmortalidad), ni el dolor (impasibilidad), no habrá llanto ni lamentación, sino solamente gozo y alegría. No habrá ni hambre ni sed, ya que existirán frutos abundantes (22,2), y lo más importante, todos gozarán de la visión beatífica, verán el rostro de Dios, se verán cara a cara con Él (22,4).

¿Por qué creemos que el texto de 22, 1-5 es continuación de 21, 1-8? Es bastante evidente, ya que la descripción se inicia hablando del río de agua de vida que sale del trono de Dios y del Cordero. La única descripción de la existencia del trono de Dios la tenemos en 21,3 y 21,5, mientras que en el pasaje de 21, 9-27 no hay trono alguno, porque tampoco hay santuario, que es el lugar que alberga el trono de Dios y su presencia, tal como veremos en detalle en el punto siguiente.


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b) La Jerusalén Terrenal: Apoc. 21,9-27

El Capítulo 21 del Apocalipsis de pronto tiene un cambio a partir del versículo 9. Parecía que la descripción hecha en los ocho versículos anteriores estaba ya redondeada, ya que concluía con la descripción de quiénes serían los hombres que formarían al pueblo de Dios admitido a habitar en él por toda la eternidad, pero aquí da la impresión de producirse un nuevo comienzo, refiriéndose a una realidad distinta.

Este brusco cambio es el que ha tenido en figurillas a los teólogos y exegetas a lo largo de los siglos del cristianismo, que han querido sostener que no es más que una continuación de lo que se ha descrito anteriormente.

Se han esgrimido diversos argumentos para unir ambas descripciones, desde que la primera es como una especie de introducción, y la segunda entra en el detalle fino, hasta que el texto es obra de un discípulo un poco descuidado del escritor original, que no guardó en el libro el orden establecido por el autor.

Nuestra opinión sostiene que este texto se refiere a una realidad totalmente diferente, para lo cual desarrollamos en nuestro libro un detallado análisis de diferentes argumentaciones.

La Jerusalén Celestial es descripta prácticamente sin ningún detalle de índole material, solamente se menciona la existencia del trono de Dios y de un río de agua de Vida, con aspecto de cristal, que corre por una plaza donde hay árboles muy especiales, distintos a todos los de la tierra, que dan una cosecha por mes (lo que indica la abundancia de alimento y la imposibilidad que exista hambre), y cuyas hojas sirven para medicina (que muestra la inexistencia de enfermedades).

En cambio, la Jerusalén Terrenal posee una complejísima descripción constructiva, tanto en sus formas arquitectónicas como en los materiales empleados. Por supuesto son todos elementos con un significado simbólico, en general bastante complejo y oscuro, y que han desvelado a multitudes de teólogos e investigadores que bucearon en ellos buscando la posible interpretación.

Pero lo que nos interesa en este estudio es que, sin duda, se está describiendo una ciudad material, con componentes existentes en la tierra, y una arquitectura que claramente apunta a la verdadera ciudad de Jerusalén. Así aparece rodeada de un muro edificado sobre sólidos cimientos, con doce puertas en él y una plaza, siendo el material constructivo de la edificación el oro puro.

Otro aspecto definitorio como diferencia entre una y otra ciudad es la presencia de Dios. En la Jerusalén Celestial Dios está sentado en el trono, junto al Cordero, y en esa su morada habita con los hombres. A lo largo de todo el Libro del Apocalipsis se ubica la presencia de Dios, su trono, en el “Santuario”, definido por la palabra griega “naos”, que siempre se encuentra en el cielo (Apoc. 7,15; 11,19; 15,8).

Por lo tanto, en la Jerusalén Celestial se encuentra Dios en su Santuario (“naos”). Mas en la Jerusalén Terrenal Juan explicita algo importante (Apoc. 21,22-23): no existe santuario (“naos”) en ella, porque como se aclara en 21,10-11, la Jerusalén Terrenal posee la gloria de Dios.

Este pasaje produce muchas veces confusión, porque la palabra griega “naos” es traducida como “templo”, que en griego es “hieron” y posee otro significado. Vemos así esta diferencia tan importante entre la Jerusalén Celestial y la Terrenal, en cuanto a la presencia de Dios: en la primera es su misma persona, en la segunda es su gloria que irradia sobre ella.

A través de nuestro estudio probamos que el planteo central de nuestra tesis, en el sentido que en el pasaje que va desde Apoc. 20.1 hasta 22,5 se habla de dos realidades distintas, que denominamos la “Jerusalén Celestial” y la “Jerusalén Terrenal”, está fundamentado claramente.


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c) El Reino de Dios Terrenal es instaurado.

Luego de la manifestación de Jesucristo en el cielo, en forma visible a toda la humanidad en gloria y poder, surge uno de los interrogantes cruciales para definir como será la instauración del Reino de Dios terrenal: ¿Cuál es el destino de Jesucristo? O, dicho de otra manera, ¿llega Jesús a la tierra y se queda allí, o retorna al cielo después de su manifestación gloriosa?

La respuesta a esta pregunta puede despejar el camino de las polémicas planteadas a lo largo de buena parte de la historia de la Iglesia.

Todos los pasajes que describen la Parusía siempre hablan de una visión de Cristo glorioso en el cielo, pero en ninguna parte de la Biblia encontramos una referencia a que el Señor llegue hasta la tierra.

Al contrario, la única descripción detallada la da el Apocalipsis en 21,9-27, y es que hasta la tierra llega, bajando desde el cielo, desde Dios, la Jerusalén terrenal, que según ya vimos anteriormente es la Iglesia formada por los que fueron arrebatados al encuentro del Señor.

Y allí obtenemos un dato de enorme importancia, tal como lo analizamos en el punto C.6.b: en la Jerusalén terrenal que baja del cielo no se encuentra la presencia personal de Cristo, solamente su luminosa gloria. En cambio quedó claro que sí encontramos esta presencia en la Jerusalén celestial, donde Jesucristo, el Cordero, ocupa el trono junto al Padre.

De todo esto obtenemos la siguiente conclusión fundamental: Jesucristo, luego de su aparición en las nubes en la Parusía, visible a todo el mundo y con algún tipo de comunicación a la humanidad, cuyo contenido y forma desconocemos, dejará los santos vivos que lo acompañaron en la tierra, y volverá a la Jerusalén celestial, junto a los ángeles y los santos resucitados.

Allí lo encontramos en la descripción de la Jerusalén celestial, y desde allí, con sus santos resucitados, gobernará al mundo, a través de lo santos vivos que se quedan en la tierra.


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d) El gobierno del Reino Terrenal.

La revelación bíblica más clara sobre el gobierno del mundo por los santos, y las circunstancias que lo rodean, la da el Libro del Apocalipsis (20,1-4ª): Se narra aquí en forma de visión profética los acontecimientos que transcurren después de la aniquilación del imperio del Anticristo y de todos los que no están destinados a sobrevivir a la gran tribulación. El primer suceso es el que se conoce como “el atamiento de Satanás”, y consiste en que Dios cancela su permisión para que el Diablo pueda actuar sobre los hombres con su tentación.

En este pasaje encontramos las dos primeras menciones del período de “mil años” de las cinco que presenta el capítulo 20. Satanás queda impedido en su accionar sobre los hombres, consistente en seducir o tentar a las naciones, por un período de mil años. Resulta obvio de esta expresión que en esos mil años habrá naciones, por lo que se está hablando del mundo terrenal.

De cualquier manera hay que pensar que posiblemente no sea una cifra exacta en años, sino que expresa un tiempo largo, un período importante en la historia humana. Después de este intervalo Satanás será soltado nuevamente, como se destaca a partir de 20,7. Termina el pasaje que estamos examinando con una frase bastante oscura: “Luego vi unos tronos, y se sentaron en ellos, y se les dio el poder de juzgar”.

La mayoría de los comentadores del Apocalipsis encuentran gran dificultad en este corto párrafo, pero a la luz de lo que venimos desarrollando se puede interpretar con bastante facilidad y certeza. Hay “tronos”, que en la concepción de la época significan el lugar donde se sientan los que gobiernan y juzgan, y hay personas que ocupan esos asientos, y “se les da” la potestad de juzgar.

Lo importante es individualizar quiénes son éstos que reciben tal potestad, y quién es el que se la da. Si consideramos que esta visión es claramente continuación de la anterior, donde se produce el triunfo de Cristo, con una representación plástica de los acontecimientos producidos al derramarse la plaga de la séptima copa, tenemos que detenernos en los personajes que allí encontramos, para reconocer a quienes estamos buscando.

Vemos que el centro de la escena lo ocupa Jesucristo, quien cabalga junto al ejército celestial, compuesto, como vimos antes al final del Capitulo 6, por los santos vivos arrebatados, los santos resucitados y los ángeles. Entonces, la referencia que “se sentaron en los tronos” correspondería a los santos vivos, y el que les dio el poder de juzgar no puede ser otro que el mismo Jesucristo.

Esto lo avala el texto que sigue: Apoc. 20,4b-6. Recién ahora, después de lo anterior, se revela la suerte de los santos muertos, que resucitan en la primera resurrección y también forman parte del cortejo del Señor en su Parusía: “reinan con Cristo mil años”, es decir, están en la Jerusalén celestial con Jesús, y no en la tierra como los anteriores.

Vamos a centrar ahora nuestra atención en las acciones que desempeñarán estos santos resucitados. Nos revela este texto que “reinaron con Cristo mil años”, y que “serán sacerdotes de Dios y de Cristo”. Si Cristo se encuentra en la Jerusalén o Iglesia Celestial, entonces también estos santos resucitados están allí. Y nos preguntamos ahora: ¿sobre quiénes reinan? Para responder a esta pregunta tenemos que volver a mirar la situación en la tierra.

Nos encontramos en el mundo posterior a la Parusía, donde la Iglesia posee el esplendor de los santos que la forman, “presentados” a la humanidad, por así decirlo, por el mismo Jesús en la manifestación de su gloria, y que son fácilmente identificados por ese resplandor o aureola que los envuelve.

Es así que encontramos una Iglesia de gran santidad, que deberá gobernar y evangelizar un mundo en el que hay cristianos y paganos. Precisamente en la descripción de la Jerusalén terrenal que baja del cielo en Apocalipsis 21,16 encontramos en forma simbólica descrito el poder que le ha dado Dios a esta su nueva Iglesia para llegar a todos los rincones del mundo.

Allí se dice que esta Jerusalén que baja del cielo tiene la forma de un cubo, cuyos lados miden 12.000 estadios, que equivalen en cifras redondas a 2.200 kilómetros. Esta dimensión también ha dado mucho trabajo a los exegetas para poder explicarla, pero creemos que su simbolismo es muy sencillo y claro: la Jerusalén terrenal, es decir la Iglesia en el Reino de Dios terrenal, tendrá, en primera instancia, una influencia simbolizada por la luz divina que irradia, que alcanzará a todo el mundo.

Si ubicamos sobre un planisferio un cuadrado en escala de 2.200 kilómetros de lado, y lo colocamos en diferentes posiciones tocando a la ciudad de Jerusalén, encontraremos alguna ubicación que cubrirá prácticamente todo el mundo conocido en esa época, desde Roma, pasando por Grecia, Asia Menor y el norte de África. De esta manera queda claro el significado de esta enorme dimensión: la influencia de Jerusalén “alcanza” los confines del mundo conocido en ese entonces, cubre todos los pueblos y naciones del orbe.

Pero tenemos otro aspecto dimensional sumamente importante: la ciudad, en realidad, es un cubo, que también tiene una altura de 2.200 kilómetros. Hoy sabemos que a esta altura por encima de la tierra ya estamos en la exosfera, última capa de la atmósfera, en la cual los gases poco a poco se dispersan hasta que su composición es similar a la del espacio interplanetario, donde existe prácticamente el vacío.

Con esto nos damos cuenta de lo enorme que es en altura la dimensión de la Jerusalén terrenal, y el único significado simbólico posible es que, para la época en que fue escrito el Apocalipsis, se consideraba que esa altura llegaba hasta el cielo, hasta la morada de Dios. Es decir, de otra manera, esto significa que la Iglesia terrenal está unida con la Iglesia celestial, hay una comunicación directa entre ambos estados de la Iglesia.

En esta unión, o para explicarlo con más propiedad, en esta comunión, se produce el reinado de los santos resucitados, que se encuentran en la Jerusalén celestial, sobre el Reino de Dios terrenal, durante los “mil años” de su duración.

Esta función de “reinar”, siendo sacerdotes de Dios, la realizan a partir del misterio de la “comunión de los santos”, cuyo significado y aplicación examinamos en forma exhaustiva en nuestro libro.


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7) El Juicio Final y el Reino de Dios eterno.

a) El fin del mundo.

El Libro del Apocalipsis, al culminar el famoso Capítulo XX, nos sigue describiendo los acontecimientos que sucederán a la instauración del Reino milenario de Cristo en la tierra (Apoc. 20,7-10).

En estos cuatro versículos de apretadísima intensidad, vemos los acontecimientos que ocurrirán al finalizar el período simbólico de “mil años”. Habrá un acontecimiento estremecedor: el Adversario del hombre, Satanás, será soltado de la prisión a la que había sido arrojado lleno de cadenas por un Ángel poderoso (20,1-3).

Misteriosa y pavorosa revelación, que produce un frío mortal al aceptar la posibilidad de su realización, ya que es como un temible estruendo que estremece la calma y la paz imperante en el Reino de Dios terrenal. Volverá a surgir la tentación diabólica entre los hombres, quizás ayudada por un tiempo en que la fe cristiana habrá comenzado a enfriarse nuevamente, estando ya muy lejos en la historia y en la memoria lo sucedido en la Parusía del Señor.

Esta seducción de Satanás a los pueblos para volver a formar un ejército con el cual enfrentar a los santos y a la ciudad amada Jerusalén (la Iglesia), está dirigida específicamente a dos pueblos denominados “Gog” y “Magog”, que representan a los reinos y pueblos anticristianos.

El fuego bajará directamente del cielo y, como revela 2 Pedro 3,3-13, todos los elementos se fundirán y se producirá lo que podemos denominar con propiedad “el fin del mundo”.

b) El Juicio Final Universal.

La realidad del Juicio final y universal es una verdad de fe divina y católica (dogma de fe). En ese juicio comparecerán todos los hombres resucitados en la segunda resurrección, para dar cuenta de sus actos y recibir el premio o el castigo eternos.

El Libro del Apocalipsis presenta con figuras de gran plasticidad este acontecimiento que culminará la historia de la humanidad (Apoc. 20,11-15). Este es el momento del fin del mundo, donde todo quedará consumado y donde finalmente tendrá perfecto cumplimiento el propósito eterno del Padre al crear la humanidad.

¿Cómo presenta el libro del Apocalipsis la instauración del Reino de Dios luego del fin del mundo terrenal? Con la figura de la Nueva Jerusalén, la Ciudad Santa, tal como la describe en el capítulo 21,1-8 y 22,1-5, que hemos identificado con la Iglesia Celestial.

De esta forma se habrá terminado de completar la grandiosa asamblea celestial que Juan había podido ver desde el principio de sus visiones, tal como lo describe en 7,9-17, y que en su plenitud eterna queda magníficamente descripta en la resonancia gloriosa de estos versículos:

Apocalipsis 22, 3-5: “Y no habrá ya maldición alguna, el trono de Dios y del Cordero estará en la ciudad y los siervos de Dios le darán culto. Verán su rostro y llevarán su nombre en la frente. Noche ya no habrá, no tiene necesidad de luz de lámpara ni de luz del sol, porque el Señor Dios los alumbrará y reinarán por los siglos de los siglos.”


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D) Esquema de la secuencia temporal del Apocalipsis.

Vamos ahora a presentar en un resumen las partes componentes y el esquema temporal del Apocalipsis, para permitir una visualización rápida de la ubicación de cada una de sus partes:

1) El Prólogo: Capítulo 1

Tenemos aquí el título del Libro y el sentido profético del mismo.

2) Las Cartas a las siete Iglesias: Capítulos 2 y 3

Estas Cartas representan la materia del Juicio de Cristo para los santos vivos, que definirá quienes serán los santos preservados de la gran tribulación y arrebatados al encuentro con el Señor.

3) La visión del Cielo antes de la encarnación del Verbo: Capítulo 4

Esta visión muestra a la Santísima Trinidad en el Cielo, enmarcada por una magnífica y eterna liturgia celestial.

4) Inicio de los acontecimientos del fin: la apertura de los siete sellos: Capítulos 5, 6 y 8,1.

Los instrumentos de Dios que darán comienzo a los tiempos del fin son representados por la apertura de los siete sellos que cierran el libro de la revelación de los sucesos del fin, los que serán dados a conocer a Juan.

5) El tiempo de la Advertencia de la Misericordia de Dios:

Este tiempo se encuentra delimitado por los toques por los Ángeles de las siete trompetas:

Las 4 primeras trompetas: 8,2-13
La quinta trompeta: 9,1-12 y 12,7-12
La sexta trompeta: 9,13-21 y 18,1-24
La séptima trompeta: 11,15-19 y 19,1-6

Contiene los siguientes sucesos:

a) La Gran Babilonia: 17,1-12

Cuando arribe el momento cercano al fin de la historia actual de la humanidad, en el mundo habrá una potencia política y económica dominante, la “Gran Babilonia”.

b) El sellamiento de los elegidos: 7,1-8

Los santos vivos sometidos al juicio de Dios según lo establecido en las Cartas a las siete Iglesias, y que triunfen, serán preservados de la tribulación en la tierra, producida por el toque de las seis primeras trompetas.

c) La proclamación del Evangelio del fin a todo el mundo:

Los santos proclaman el evangelio del fin a todo el mundo, con tres anuncios:

El contenido de la proclamación: 10,1-10 y 14,6-13
La proclamación final: 11,1-11

d) El arrebato de los elegidos: 11,12-14 y 12, 1-6. 13-17

Los santos elegidos son arrebatados al cielo al encuentro con el Señor.

e) El surgimiento del Anticristo:

El Anticristo derrota a la Gran Babilonia: 17,13-18
El Anticristo toma el poder como falso Cristo: 12,18-13,18

f) Los santos arrebatados viven el nuevo Pentecostés: 14,1-5

g) Estos santos participan de las Bodas del Cordero: 19,7-10

h) La resurrección de los santos muertos: 20,4b-6, que viven en la Jerusalén celestial: 7,9-16

6) El tiempo del Juicio de Dios.

La séptima Trompeta marca el inicio del juicio de Dios: 14,14-20

Este juicio se realiza por la acción de Dios volcando por sus ángeles las siete Copas con las plagas: 15,1.5-8 y 16,1-21

7) La Parusía del Señor: 19,11-21

Cristo se manifiesta como Rey de Reyes y Señor de Señores, acompañado de los santos arrebatados y transformados por el segundo Pentecostés.

Los vencedores de la Bestia cantan un himno triunfal: 15,2-4

8) La instauración del Reino de Dios terrenal:

Satanás es encadenado y ya no podrá tentar a los hombres: 20,1-3

Los santos arrebatados vuelven con Cristo y gobernarán al mundo: 20,4ª y 21,9-27

9) El Juicio final, el fin del mundo y el descenso de la Jerusalén Celestial: 20,7-15; 21,1-8; 22,1-5

10) Epílogo: 22,6-21

Cristo confirma las profecías del libro de la Revelación (Apocalipsis).


De esta manera tenemos planteado sintéticamente nuestro esquema propuesto para la interpretación temporal de las distintas partes y visiones del Apocalipsis. Ya acotamos que el desarrollo completo de este esquema lo presentamos en nuestro libro “El Reino de Dios se instaura con la segunda Venida de Jesucristo” presentado en esta Página Web, que consideramos sinceramente que significa un nuevo aporte para la comprensión desde el punto de vista doctrinal católico de los sucesos que llevarán a la instauración del Reino de Dios, en sus dos fases, terrenal y celestial.


Juan Franco Benedetto
Buenos Aires – Argentina
Noviembre de 2010


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El Milenarismo: Concepto Y Alcances


Indice:

A) Significado de "milenarismo"
B) El milenarismo en los primeros tiempos de la Iglesia
  1) Cerinto y el milenarismo "craso"
  2) Tertuliano y el "milenarismo espiritual o mitigado"
  3) San Ireneo de Lyon
  4) El "milenarismo judaizante" de Nepos y Apolinar de Laodicea
C) Doctrina alegórica de San Agustín
D) Otras corrientes milenaristas católicas posteriores
E) Doctrinas milenaristas no católicas modernas
F) Conclusiones y comparación con la doctrina que hemos desarrollado

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A) Significado de “milenarismo”.

¿Qué es lo que se entiende con el concepto de “milenarismo” o “milenialismo” dentro de la religión cristiana?

Esta expresión se origina en el texto del Libro del Apocalipsis, en el Capítulo 20, 1-6, que en cinco ocasiones menciona un período de “mil años” que sucederá a la Parusía o Segunda Venida de Cristo a la tierra, después que el Señor haya juzgado y eliminado del mundo a los impíos seguidores del Anticristo:

Apocalipsis 20, 1-6: “Luego vi a un Ángel que bajaba del cielo y tenía en su mano la llave del Abismo y una gran cadena. Dominó al Dragón, la Serpiente antigua - que es el Diablo y Satanás - y lo encadenó por mil años. Lo arrojó al Abismo, lo encerró y puso encima los sellos, para que no seduzca más a las naciones hasta que se cumplan los mil años. Después tiene que ser soltado por poco tiempo. Luego vi unos tronos, y se sentaron en ellos, y se les dio el poder de juzgar; vi también las almas de los que fueron decapitados por el testimonio de Jesús y la Palabra de Dios, y a todos los que no adoraron a la Bestia ni a su imagen, y no aceptaron la marca en su frente o en su mano; revivieron y reinaron con Cristo mil años. Los demás muertos no revivieron hasta que se acabaron los mil años. Es la primera resurrección. Dichoso y santo el que participa en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene poder sobre éstos, sino que serán Sacerdotes de Dios y de Cristo y reinarán con él mil años.”

Son grandemente discutidas las distintas interpretaciones que se han ido desarrollando a lo largo de la historia del cristianismo de estos seis versículos del Apocalipsis, aunque las mismas se pueden dividir en dos grandes corrientes exegéticas:

a) Interpretación literal o realista:

Considera que el Reino con Cristo mencionado en el versículo 5 es un reino terrenal y material, que abarca un período concreto de la historia humana (el “milenio”), que comienza luego de la Parusía de Cristo y finalizará con la conclusión del mundo y el Juicio Final. Por esto estas doctrinas reciben el nombre de “milenaristas”.

b) Interpretación simbólica o espiritual:

Define que el período de “mil años” encierra simbólicamente el lapso en que Cristo reina sobre la tierra, desde su primera Venida hasta la Parusía, donde se producirá el Juicio Final y el fin del mundo. Concretamente, esta segunda interpretación niega totalmente la posibilidad de un Reino de Cristo terrenal, en un estado de perfección y plenitud, luego de la Segunda Venida del Señor.

No vamos a examinar en este artículo las posiciones doctrinales que sostienen esta interpretación simbólica del Reino de Cristo de mil años de duración, sino que estudiaremos directamente las llamadas doctrinas “milenaristas”.

En general, los autores que reconocen la existencia en la tierra del período de tiempo histórico que sobrevendrá bajo el nombre de “milenio”, sostienen los siguientes puntos doctrinales:

*Luego de la Parusía de Cristo y el Juicio de los vivos y los muertos, se producirá la resurrección de los santos muertos (Primera resurrección).
*Se establecerá un reino terrenal cuyo Rey será Jesucristo, del cual participarán los santos muertos y resucitados.
*Adicionalmente podrán también tomar parte en este Reino milenial los sobrevivientes de la gran tribulación en el mundo, que precederá a la Parusía: cristianos vivos, judíos convertidos al cristianismo y gentiles.
*Al concluir este Reino Terrenal, aparecerá el Juicio Final de Dios, la resurrección universal (o segunda resurrección), con el destino eterno de los justos en la bienaventuranza del cielo, y los malvados en el fuego eterno del infierno.

No son tan importantes las diversas variantes que aparecen respecto a los conceptos doctrinales enunciados, sino que el centro de este tema está dado por dos aspectos esenciales, y que son los que a su vez generan las mayores discusiones y polémicas teológicas:

a) ¿Cuál es el sentido o el propósito de la existencia del reino terrenal de Cristo?

b) ¿De qué manera se producirá el gobierno de Cristo en este Reino milenial y quiénes serán los que vivan en él?

Precisamente las respuestas que se han ido dando a estas dos cuestiones en la historia del cristianismo forman el marco polémico por el cual la existencia del reino milenial suele ser negada muy fuertemente, en especial en la Iglesia católica, pero también en otras corrientes cristianas.

Vamos a examinar estos conceptos a lo largo de la historia del cristianismo, comenzando con los primeros tiempos y los Padres de la Iglesia hasta llegar a la época moderna, con su variedad de denominaciones cristianas y pseudo cristianas.


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B) El milenarismo en los primeros tiempos de la Iglesia.

Es indudable que el cristianismo recoge la revelación del Antiguo Testamento sobre el Reino de Dios temporal y su instauración por el Mesías (ver: “El Reino de Dios se instaura con la Segunda Venida de Jesucristo, Capítulo 9.B.8”).

La máxima revelación cristiana sobre la instauración del Reino de Dios la contiene el Libro del Apocalipsis, que en su descripción de los tiempos del fin irá más allá de lo enseñado por Jesucristo en los Evangelios y lo que se revela en los otros Libros del Nuevo Testamento. De esa manera surgirán pronto, en el segundo siglo de la era cristiana, las interpretaciones “milenaristas”, tanto en autores heréticos como de cristianos pertenecientes a la Iglesia.


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1) Cerinto y el “milenarismo craso”.

Es muy conocido el caso de Cerinto, líder de una secta ebionita, emparentada con los gnósticos, que vivió a principios del siglo II. Dan noticias de él Ireneo de Lyon y Eusebio de Cesarea, comentando que este hereje sostenía que Cristo establecería un Reino en la Tierra con los santos resucitados, los que vivirían en medio de toda clase de placeres carnales, siendo el reino milenial una especie de fiesta nupcial de mil años de duración. Este tipo de milenarismo es conocido como “milenarismo craso” o “milenarismo carnal”, y es absolutamente inconcebible de conciliar con las ideas y doctrinas cristianas.


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2) Tertuliano y el “milenarismo espiritual o mitigado”.

A principios del siglo III aparecen los escritos de Tertuliano, originario de Cartago y ordenado sacerdote cerca del año 200, quien unos diez años después se apartará d ela Iglesia para adherirse a la herejía de Montano. En su etapa dentro de la Iglesia escribe el libro (Contra Marción” (“Adversus Marcion”), donde sostiene la doctrina del milenarismo. Es muy conocido este texto del Libro III, Capítulo 24 de “Contra Marción”:

“Pues confesamos que nos fue prometido un Reino en la tierra antes de ir al cielo, pero en otro estado. Este Reino no vendrá sino después de la resurrección, y durará mil años en la ciudad de Jerusalén, que será edificada por Dios, que el Apóstol llama “Madre nuestra de arriba”. Decimos que esta ciudad recibirá a los santos resucitados, para darles un descanso con abundancia de todos los bienes, espiritualizados por cierto, que durante este siglo o menospreciamos o perdimos. Porque sin duda es digno de Dios y conforme a su justicia que sus siervos exulten de felicidad en los mismos lugares en los que antes fueron afligidos por su nombre.
Esta es la razón del reino terrenal, después de cuyos mil años, que comprenden el tiempo de la resurrección de los santos, que tendrá lugar más temprano o más tarde, según hayan sido muchos o pocos sus méritos, seguirá la destrucción del mundo y el incendio de todas las cosas.
Entonces vendrá el juicio, y nosotros seremos convertidos en un abrir y cerrar de ojos en sustancia angélica, es decir, revistiéndonos de un manto de incorruptibilidad seremos transportados al Reino celestial.”

El autor da como apoyo bíblico a su tesis el pasaje del Génesis 27,26-28: “Después le dijo Isaac, su padre (a Jacob):«Acércate y bésame, hijo mío». Acercóse, pues, y lo besó; y cuando (Isaac) sintió la fragancia de sus vestidos, le bendijo, diciendo: «Mira, el olor de mi hijo es como el olor de un campo bendecido por Yahveh. ¡Déte Dios del rocío del cielo y de la grosura de la tierra!».”

Explica Tertuliano que la promesa de Isaac a Jacob comprende el Reino celestial (“rocío del cielo”) y el terrenal (“grosura de la tierra”).

Vemos que en esta doctrina el sentido del Reino milenial es doble: por un lado, los santos resucitados gozarán en la tierra, donde vivieron aflicciones y dolores, una alegría muy grande y gozarán de “bienes espirituales” en abundancia, como una especie de compensación divina.

Hay aquí un concepto que no está muy claro, ya que este autor considera que los resucitados, cuando se termine el Reino material, serán “transportados” al reino celestial, convertidos en “sustancia angélica”, donde pareciera que allí ya no gozarán de bienes materiales. Por otra parte sostiene una resurrección gradual, comenzando por los santos de mayores méritos, los que gozarán de un tiempo más largo de bendiciones en el reino terrenal que los de menor mérito, que resucitarán más tarde.

Por lo tanto, el sentido del “Reino milenial” comprende este doble aspecto: recompensa las privaciones sufridas hasta la muerte por los santos, y tiempo para que resuciten todos. No se plantea la existencia o no, junto a los resucitados, de viadores en el reino terrenal.

Este milenarismo pasará a conocerse como “milenarismo espiritual” o “milenarismo mitigado”, ya que se plantea que los goces en la tierra de los santos resucitados estarán expresados solamente con “bienes espiritualizados”.


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3) San Ireneo de Lyon.

Otro autor cristiano, San Ireneo, obispo de Lyon desde el año 189, plantea el milenarismo en su obra “Tratado contra las herejías” (“Adversus haereses”), escrito para refutar las ideas de los gnósticos.

En particular San Ireneo plantea al milenio como necesidad de oponerse a la interpretación alegórica y espiritualizante que hacían los gnósticos sobre la resurrección de la carne:

Adversus Haereses V,32,1: “El pensamiento de algunos es inducido a error por discursos de herejes, a punto tal que ignoran los designios de la salvación de Dios y el misterio de la resurrección de los justos y del reino que es el principio de la incorrupción. Este reino es el medio por el cual los que habrán sido estimados dignos, poco a poco se acostumbrarán a acoger a Dios. En consecuencia, a propósito de ellos hay que decir que los justos, resucitando los primeros en esta creación que se renueva por la Manifestación del Señor, recibirán la herencia prometida por Dios a los padres y reinarán. Sucesivamente habrá el juicio. Tal como es justo, ellos recogen los frutos de su paciencia justamente en la creación en la cual sufrieron o fueron atormentados y puestos a prueba en todas las maneras en su paciencia; reciben la vida justamente en aquella creación en la que fueron muertos por motivo del amor de Dios, y reinan justamente en aquella creación en la que soportaron la esclavitud. Dios efectivamente es rico en todo y todo le pertenece. También la Creación, por lo tanto, restaurada en su condición original, debe ser puesta al servicio de los justos sin ningún obstáculo.”

Ireneo sostiene que a los tiempos propiamente escatológicos (la vida eterna) los precederán una era de felicidad terrenal, para lo cual cita una cantidad de profecías del Antiguo Testamento (entre otras a Génesis 13,14-15; Isaías 6,11; 54,11-14 y 65 18,22; Daniel 7,27; 12,13), sostenidas por la revelación del Nuevo Testamento (Mateo 5,4; 19,29; 26,27; Romanos 8,19-21).

Sobre todos estos pasajes refuta la interpretación alegórica de los gnósticos:

Adversus Haereses V,35,1-2: “Pero si algunos intentan alegorizar tales cosas, no podrán llegar a un acuerdo entre sí sobre todas las cosas, y la letra misma les convencerá del error. En efecto, todas estas cosas fueron dichas sin ninguna duda con respecto a la resurrección de los justos, que será después del advenimiento del Anticristo y de la perdición de todas las naciones sujetas a él. En la cual resurrección reinarán los justos en la tierra, creciendo por la visión del Señor. Y por su medio se acostumbrarán a aprehender la gloria de Dios Padre, y viviendo con los santos ángeles, aprehenderán en el reino la comunión y unidad de los espirituales. Y en cuanto a los que el Señor hallará en carne, esperando su venida de los cielos, y habiendo padecido tribulación, acerca de ellos es que el profeta dice “Y los que queden se multiplicarán en la tierra”. Y todos aquellos que de entre las naciones preparó Dios para multiplicar en la tierra a “los que queden”, y someterse al reino de los santos, y servir a Jerusalén, y ser reino en ella, los significó así (Bar 4,36-5,9).”
Y ninguno de estos detalles se puede entender en sentido alegórico, sino que son todos firmes, verdaderos y sustanciales hechos por Dios para beneficio de los justos. Tal como Dios resucita al hombre verdaderamente, así también el hombre resucitará de los muertos verdaderamente y no en sentido alegórico, como lo hemos demostrado con argumentos tan concluyentes, y tal como resucitará verdaderamente, así se ejercitará verdaderamente de antemano en la incorrupción y crecerá y cobrará fuerzas en los tiempos del reino para llegar a ser capaz de la gloria del Padre; después, con la renovación de todas las cosas, habitará verdaderamente en la ciudad de Dios (Ap. 20,21).”

De esta manera Ireneo plantea la necesidad del reino milenial también en base a dos razones:

a) Los santos muertos resucitarán y vivirán en la misma tierra en que sufrieron, fueron atormentados y puestos a prueba aunque la misma será renovada por la Parusía de Cristo. Recibirán así la herencia prometida por Dios desde los antiguos profetas.

b) El tiempo del Reino terrenal permite a los resucitados tres efectos necesarios para que puedan ser capaces de llegar a la gloria del Padre:
*Para que puedan todavía crecer por medio de la visión del Verbo encarnado en su carne rutilante.
*Por medio del Señor se acostumbrarán a aprehender la gloria del Padre.
*Viviendo en comunión con los ángeles obtendrán las características de los seres espirituales (sin dejar de vivir en la carne de la resurrección): dominio del espíritu sobre la carne. Por lo tanto, también en el reino terrenal los resucitados son acompañados por los ángeles.

Se establecen también otras dos categorías de hombres que estarán presentes en el reino milenial, que el Señor encontrará vivos en su Parusía, como sobrevivientes de la gran tribulación: las reliquias del antiguo Israel y los gentiles de las naciones, los que servirán de alguna manera a los santos resucitados.


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4) El “milenarismo judaizante” de Nepos y Apolinar de Laodicea.

Más adelante en el tiempo aparece una nueva tendencia dentro del milenarismo, que inicia Nepos, obispo de Arsinoe, a fines del siglo IV, que se conocerá después como el “milenarismo judaizante”, ya que propugna que en el reino milenial los santos resucitados volverán a adoptar la ley mosaica, incluyendo la circuncisión y los sacrificios en un nuevo Templo en Jerusalén.

Esta doctrina fue refutada en su tiempo por Dionisio de Alejandría, discípulo de Orígenes, quien para desacreditar las ideas de Nepos llegó hasta el extremo de negar la autoría de Juan respecto al Apocalipsis. En el siglo siguiente apoyará esta tesis milenarista judaizante Apolinar de Laodicea, quien escribirá una obra en contra de las refutaciones que hizo Dionisio a las ideas de Nepos, a las que adhiere Apolinar.

Resumiremos ahora los conceptos referentes al milenarismo que se conocían en los primeros siglos (época de los padres):

1°) Propósito del Reino terrenal de Cristo:

a) Milenarismo craso (Cerinto, ebionitas): los santos resucitarán y serán compensados por las tribulaciones sufridas en su vida terrenal con banquetes espléndidos, bebidas abundantes y placeres carnales sin fin, de tipo orgiástico.

b) Milenarismo judaizante (Nepos, Apolinar de Laodicea): los santos resucitados adoptarán nuevamente la ley mosaica, con la circuncisión y los ritos judíos.

c) Tertuliano (milenarismo espiritual): Los santos reciben después de resucitados, como consecuencia de la Parusía del Señor, “un descanso con abundancia de todos los bienes, espiritualizados por cierto”, ya que Dios en su justicia desea que “sus santos exulten de felicidad en los mismos lugares en los que antes fueron afligidos por su nombre.”
Estos santos resucitarán a lo largo de la duración del milenio, haciéndolo en primer lugar los de mayor mérito.

d) En la doctrina de Ireneo de Lyon hay un doble aspecto que define el objetivo del Reino milenial:
*Los santos resucitados vivirán en la tierra en que sufrieron, aunque cambiada y renovada, recibiendo las promesas de Dios a lo santiguos profetas.
*El tiempo del Reino terrenal hará a lozanitos resucitados capaces de estar en presencia de Dios, creciendo por medio de la visión del Verbo encarnado, acostumbrándose a aprehender la gloria del Padre.

En todos los casos se plantea que terminado el milenio llegará el fin del mundo, desapareciendo éste en medio del fuego y quedando únicamente el Reino de Dios eterno.

2°) ¿Quiénes vivirán en el Reino de Dios terrenal?

Además de los santos resucitados sólo Ireneo habla de “viadores”, o personas que en la Parusía del Señor estarán con vida y sobrevivirán a las tribulaciones. No se conocen más precisiones sobre el modo de gobierno de Jesús en el Reino mesiánico, ni sobre su relación con los santos resucitados y los viadores.


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C) Doctrina alegórica de San Agustín.

En el caso de San Agustín, resulta claro que su concepción primera fue totalmente milenarista, como lo explica en “La ciudad de Dios”:

Libro 20, Capítulo 7: “De estas dos resurrecciones habla de tal manera en el libro de su Apocalipsis el evangelista San Juan, que la primera de ellas algunos de nuestros escritores no sólo no la han entendido, sino que la han convertido en fábulas ridículas. Los que por las palabras de este libro sospecharon que la primera resurrección ha de ser corporal, se han movido a pensar así entre varias causas, particularmente por el número de los mil años, como si debiera haber en los santos como un sabatismo y descanso de tanto tiempo, es a saber, una vacación santa después de haber pasado los trabajos y calamidades de seis mil años desde que fue criado el hombre, desterrado de la feliz posesión del Paraíso y echado por el mérito de aquella enorme culpa en las miserias y penalidades de esta mortalidad. De forma que porque dice la Escritura «que un día para con el Señor es como mil años, y mil años como un día», habiéndose cumplido seis mil años como seis días, se hubiera de seguir el séptimo día como de sábado y descanso en los mil años últimos, es a saber, resucitando los santos a celebrar y disfrutar de este sábado.
Esta opinión fuera tolerable si entendieran que en aquel sábado habían de tener algunos regalos y deleites espirituales con la presencia del Señor, porque hubo tiempo en que también yo fui de esta opinión.”

En sus obras hasta el año 396 Agustín sigue la tradición occidental favorable al milenarismo, en cuanto a su concepción de un período escatológico intermedio, aunque depurado por completo de los aspectos carnales y materiales. Veamos un Sermón del Santo:

Sermo 259,2: “Este día octavo representa la vida nueva en el fin del mundo; el séptimo, representa el futuro reposo de los santos en esta tierra (Apoc. 20,4). Efectivamente, reinará el Señor en la tierra con sus santos, como dicen las Escrituras, y tendrá aquí una Iglesia a la que ningún inicuo entrará, separada y purificada de todo contagio de iniquidad (Apoc. 21,27).”

En otro Sermón, también sobre la octava de Pascua, explica:

Sermo 260 C, 3-5: “Con el número ocho se significan las cosas que pertenecen al siglo futuro, donde todo persevera unido en una inmutable beatitud, y habrá perpetuamente una quietud vigilante y una acción infatigablemente ociosa.
En el séptimo día, si bien incluido en el giro de los días del tiempo presente, también habrá descanso: es el descanso prometido a los santos también sobre esta tierra y consiste en la exención de toda tempestad mundana que los moleste, hasta que, después de sus obras buenas, descansen en su Dios.”

Resulta muy claro que San Agustín distingue aquí en la historia de la humanidad el esquema de siete edades de la creación, con el séptimo día de descanso, que es el reposo de los santos resucitados e4n la tierra, antes del día octavo, que es la vida nueva y eterna después del fin del mundo.

Es la interpretación literal del pasaje del Apocalipsis 20,1-6, con el Reino de Dios en la tierra como dicen las Escrituras. Pero antes del 400 Agustín dará un giro total en su opinión exegética (ver más detalles en el Artículo “La Venida Intermedia de Jesús”): la interpretación que distinguía con tanta claridad el significado del séptimo día respecto al octavo, comienza a cambiar, por una interpretación que, o identifica el día sábado con el reposo definitivo, sin lugar a un tiempo intermedio, y deja de lado la imagen del día octavo, o, de mencionar ese día octavo, su significado se superpone, identificándose confusamente con el día séptimo.

Se cree definitoria en este cambio doctrinal la influencia de Orígenes y de su discípulo Dionisio de Alejandría, que llevan a que Agustín formule la doctrina que los mil años del Apocalipsis en que reinan los justos significan todo el tiempo de la Iglesia, desde la primera venida de Jesucristo hasta la segunda y definitiva.

También se manifiesta la intención del santo Doctor de rebatir los argumentos del milenarismo craso o carnal, tal como lo manifiesta en “La Ciudad de Dios”, Libro 20 capítulo 7, a continuación del pasaje que vimos antes:

“Pero como dicen que los que entonces resucitaren han de entretenerse en excesivos banquetes carnales en que habrá tanta abundancia de manjares y bebidas que no sólo no guardan moderación alguna, sino que exceden los límites de la misma incredulidad, por ningún motivo puede creer esto sino los carnales.
Los que son espirituales, a los que dan crédito a tales ficciones, los llaman en griego Quiliastas, que interpretado a la letra significa Milenarios. Y porque sería asunto difuso y prolijo detenernos en refutarles, tomando cada cosa de por sí, será más conducente que declaremos ya cómo debe entenderse este pasaje de la Escritura.”

La interpretación no literal sino alegórica que hace Agustín del pasaje de Apocalipsis 20,1-6 prevalecerá prácticamente hasta nuestros días en la Iglesia católica, con pocas excepciones en su historia, de aquellos que se aventuraron a ser tildados con el infamante mote de “milenaristas”.


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D) Otras corrientes milenaristas católicas posteriores.

Son conocidas las interpretaciones milenaristas en el Siglo XII de Joaquín de Fiore, que, aunque no anunció la llegada del milenio, proclamó la venida del “tiempo del Espíritu”, en el que la humanidad viviría según la imagen monacal en santa pobreza, en piedad y en paz.

En el siglo XVII el Padre jesuita Antonio Vieira (1608-1697), nacido en Lisboa y muerto en Bahía, Brasil, donde vivió gran parte de su vida, escribió sobre el establecimiento del Reino de Cristo Terrenal, en especial en sus obras “Historia do Futuro” y “Clavis Prophetarum”.

El P. Vieira no es un milenarista clásico, ya que refuta totalmente las tesis milenaristas conocidas, las que establecen que Jesús ha de gobernar visiblemente la tierra por un espacio de mil años, y que habrá dos resurrecciones, la primera de todos los justos, que reinarán con Cristo en medio de grandes bienes temporales.

Expone contra estas doctrinas que sería indecente que Cristo dejase el cielo para reinar en la tierra en medio de una abundancia de bienes temporales y que para hacer la guerra al Anticristo y destruirlo no sería necesario que el Señor descienda a la tierra para pelear con él.

Lo que plantea este autor es que se instaurará el Reino de Cristo en la tierra, prometido por los profetas, con la conversión de todo el mundo, incluyendo judíos y paganos, por la predicación de la Iglesia. Se establecerá Lisboa como la capital de este Reino, y el mundo cristiano será gobernado en lo espiritual por el Papa, y en lo político por el rey de Portugal, que será ungido como el emperador del mundo.

Este Reino tendrá una duración de mil años, y en su transcurso no existirá el pecado, ya que todo el mundo estará convertido y los hombres serán justos, por lo que todos se salvarán. Los hombres vivirán muchos años, como mínimo cien, según la profecía de Isaías en el capítulo 65; algunos vivirán varios siglos, y los más santos podrán alcanzar los mil años, para así participar en el combate final contra el Anticristo.

El Anticristo surgirá al final del milenio, y seducirá a muchos cristianos pero será derrotado por las fuerzas de la cristiandad, y entonces vendrán al mundo Henoc y Elías, que por un especio de 45 días convertirán a los cristianos engañados por el Anticristo. Llegará entonces la Parusía de Cristo y el Juicio Final.

Vemos que este autor sostiene una tesis que tuvo seguidores, con algunas variantes, denominados “post-milenaristas”, ya que colocan la Parusía después del milenio, pero que con el tiempo han ido perdiendo vigencia. Esta doctrina plantea que el Reino de Dios no se ha de instaurar por una intervención directa de Dios, sino en forma indirecta, a través de sus instrumentos en la tierra (Iglesia).

Esta tesis ha sido rechazada expresamente por la Iglesia en el Catecismo de 1992:

N° 677: “El Reino no se realizará, por tanto, mediante un triunfo histórico de la Iglesia (cf. Ap. 13,8) en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal (cf. Ap. 20,7-10), que hará descender desde el cielo a su Esposa (cf. Ap 21,2-4).”

También dentro de la Iglesia católica aparece en el siglo XVIII otro sacerdote jesuita, el P. Manuel Lacunza (1731-1801), quien desarrollará una extensa obra bajo el título de “La Venida del Mesías en Gloria y Majestad”, donde plantea un “sistema” con bases milenaristas, que propone para reemplazar a la doctrina tradicional católica que establece la segunda Venida de Jesucristo en ocasión del Juicio Final, la resurrección general de los muertos y el fin del mundo material.

Lacunza defiende con una gran cantidad de elementos escriturísticos la existencia de “un espacio de tiempo grande” entre la Parusía de Cristo y el Juicio Final al que seguirá el fin del mundo, lapso de tiempo éste que identifica con el período de “mil años” nombrado en el Capítulo 20 del Apocalipsis.

La razón fundamental que aduce el jesuita para justificar la existencia de este “milenio” es el hecho que no se han cumplido todavía las profecías del Antiguo Testamento referentes a las promesas de Dios al pueblo de Israel “según la carne”, y que precisamente se cumplirán en el Reino terrenal que instaurará Jesucristo en su Segunda Venida.

En sus argumentaciones toma el “misterio” revelado por San Pablo en el capítulo 11 de la Carta a los Romanos, estimando que al fin de los tiempos la situación será inversa a la que existió en la primera Venida de Cristo, en relación a la incredulidad de los judíos y al llamado de los gentiles en su lugar.

En ese tiempo final los judíos según la carne se convertirán a Cristo, mientras que los cristianos en su gran mayoría se habrán endurecido, con una fe que se habrá enfriado notablemente, por lo que Cristo volverá a “injertar” en el olivo las ramas naturales arrancadas (pueblo judío), y arrancará las ramas silvestres (gentiles) que había injertado antes. De este modo la Iglesia cristiana (Esposa de Cristo), a lo largo del milenio será formada mayoritariamente por judíos convertidos y los gentiles sobrevivientes de la gran tribulación.

En cuanto al modo en que se instaurará el reino milenario, establece que la Nueva Jerusalén descenderá materialmente del cielo para establecerse en la tierra, y allí morará Jesucristo con los santos resucitados y los santos vivos que fueron arrebatados de la tierra y transfigurados.

Tanto Jesús como los santos resucitados podrán libremente circular entre los viadores y ser vistos por ellos, quienes seguirán teniendo la libertad de pecar, y de hecho muchos lo harán. El milenio terminará con la suelta de Satanás (encadenado durante ese período), que encabezará la última rebelión contra los santos, y la aniquilación de todos los impíos por el fuego.


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E) Doctrinas milenaristas no católicas modernas.

En los siglos XIX y XX el milenarismo tradicional encontró un gran desarrollo en las denominaciones seudo cristianas que surgen especialmente en Estados Unidos: los Adventistas del Séptimo Día, los Mormones, los Testigos de Jehová, así como muchas de las diferentes corrientes de cristianos evangélicos y pentecostales.

Vamos a tomar como ejemplo una de las doctrinas más extendidas, la denominada “Premilenialismo dispensacional”, iniciada en el siglo XIX por John Nelson Darby.

En esta doctrina se establece una distinción fundamental entre Israel y la Iglesia cristiana. Se sostiene que el Reino milenial de Cristo en la tierra después de su segunda Venida es necesario para que se cumplan las promesas de Dios a Israel como nación, en cuanto a que el pueblo elegido será reunido finalmente en la tierra de Canaán donde gozará de un período de prosperidad y bendiciones de Dios, gobernado por el Mesías. La Iglesia cristiana constituye un paréntesis en el plan de Dios, que interrumpe la concreción de las promesas de Yahveh anunciadas a Israel.

La Segunda Venida de Cristo o Parusía ocurrirá en dos fases diversas:

*La primera fase es el “arrebato” o “rapto” de la Iglesia, en la cual Cristo desciende del cielo pero no llega a la tierra (venida secreta o invisible), llevándose al cielo a los creyentes que serán transformados y glorificados, y por siete años celebrarán las Bodas del Cordero.

Durante este período de siete años en que la Iglesia permanece en el cielo ocurrirán una serie de eventos: resurrección de los santos muertos del Nuevo Testamento, reinado del Anticristo, conversión de los judíos, gran tribulación sobre los habitantes de la tierra.

*En la segunda fase Cristo viene a la tierra acompañado de su Iglesia, destruye al Anticristo y sus secuaces en la batalla de Armagedón y encadena a Satanás en el abismo. Resucitarán los santos muertos en los siete años de tribulación y los del Antiguo Testamento, que se unirán a la Iglesia raptada en el cielo y a los santos que resucitaron primero. Todos morarán en la Iglesia celestial, que estará por encima de la tierra.

El Reino milenial en la tierra tendrá a Cristo en su trono en Jerusalén, reinando sobre los judíos, que tendrán preeminencia sobre los gentiles. Se cumplirán entonces en forma literal las profecías del Antiguo Testamento en cuanto a la suerte del pueblo de Israel. En esta doctrina, por lo tanto, el cumplimiento total y literal de las profecías a Israel es lo que establece el sentido de la existencia del reino milenial de Cristo.

Adicionalmente, en esta escuela, se dan otras razones que justifican la existencia del milenio:

*La gloria terrenal que recibirá Cristo en este Reino milenial será como la contrapartida de la humillación y desprecio que recibió en su primera Venida. Ya Cristo ha sido glorificado en el cielo, pero falta todavía que sea glorificado en la tierra.

*Ante el fracaso en el mundo de toda forma de gobierno humano, Dios mostrará que habrá alguien, el Mesías, que gobernará al mundo y sus naciones con absoluta justicia, imponiendo la paz y la equidad.


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F) Conclusiones y comparación con la doctrina que hemos desarrollado.

A partir del panorama que nos ha dado el estudio sobre la aparición del milenarismo y las diversas doctrinas que lo sustentaron, podemos reseñar algunas ideas directrices sobre este controvertido tema, que no siempre es tratado sin preconceptos y con claridad.

En primer lugar el concepto más común del milenarismo indica que sostiene la existencia de un Reino terrenal de Cristo que el Señor instaurará después de su Segunda Venida, donde morará visiblemente en la tierra con los santos resucitados, eventualmente junto a viadores sobrevivientes de la gran tribulación de los últimos tiempos.

Las razones más importantes que se esgrimen a favor de la necesidad que exista este Reino milenial son las siguientes:

a) Es una retribución a los santos que vivieron durante la historia de la Iglesia, para compensar sus muchas tribulaciones y sufrimientos con un período de paz y de goce de bienes, materiales en el caso del “milenarismo craso o carnal”, o espirituales, según el “milenarismo mitigado”.

b) Es el cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento dirigidas al pueblo judío, que se convertirá a Cristo con motivo de la Parusía del Señor, y tendrá una posición de preeminencia en el Reino milenial. Según el caso, se restaurará el culto mosaico y las prescripciones de la Ley judía (“milenarismo judaizante”), o el Israel convertido y restaurado será la cabeza de la humanidad.

c) El gobierno del Reino milenial por Cristo implicará un reconocimiento y una glorificación por el mundo en su Parusía, en compensación con la humillación y sufrimiento recibidos en su primera Venida.

De estas afirmaciones básicas del denominado “milenarismo”, dos son los principalmente objetados por la Iglesia:

1°) El hecho de que los santos resucitados tengan en su existencia en el milenio excesivos goces carnales (milenarismo craso) o vuelvan a los ritos judíos, incluida la circuncisión (milenarismo judaizante).

2°) La circunstancia que en el Reino milenial puedan convivir Cristo y los santos resucitados con los viadores, ya sean cristianos, judíos o paganos.

La primera proposición fue condenada desde el principio por la Iglesia, y la reacción en contra de ella, materializada en especial por San Agustín, llevó al extremo opuesto la doctrina, eliminándose la interpretación literal del milenio y reemplazándola por una alegórica, aplicando ese tiempo histórico a la Iglesia, desde la encarnación del Verbo hasta que vendrá nuevamente.

La segunda acepción también ha sido objetada por la Iglesia, dado que la Suprema Congregación del Santo Oficio emitió dos decretos, en 1941 y 1944 como respuesta a una interrogación del Arzobispo de Santiago de Chile, que surgió ante la difusión de la obra del P. Manuel Lacunza “La Venida del Mesías en gloria y majestad”, y que tanto han sido utilizados para perseguir y condenar cualquier doctrina que se propusiera con respecto a la posibilidad de la existencia de un Reino terrenal de Cristo (milenio).

El primer Decreto es del 11/07/1941, y establece lo siguiente:

“El sistema del milenarismo, aún el mitigado, es decir, el que enseña que, según la revelación católica, Cristo Nuestro Señor, antes del Juicio final, ha de venir corporalmente a esta tierra a reinar, ya sea con resurrección anterior de muchos justos o sin ella, no se puede enseñar sin peligro.”

Es decir, lo que “no puede enseñarse sin peligro” es que Cristo ha de venir a reinar corporalmente en esta tierra, antes del juicio final. Obviamente esta es una medida disciplinaria para aplicar a la doctrina católica, y no una definición dogmática.

El 21 de Julio de 1944 el Santo Oficio emite un Decreto aclaratorio del anterior, que encontramos en el Denzinger N° 3839:

“En estos últimos tiempos se ha preguntado más de una vez a esta Suprema Sagrada Congregación del Santo Oficio que haya de sentirse del sistema del milenarismo mitigado, es decir, del que enseña que Cristo Señor, antes del Juicio Final, previa o no la resurrección de muchos justos, ha de venir visiblemente para reinar en la tierra.
Respuesta: el sistema del milenarismo mitigado no puede enseñarse con seguridad.”

Estos decretos se refieren al “milenarismo mitigado”, es decir, aquel que no habla de goces carnales en la tierra por los santos resucitados (milenarismo craso) sino solamente de “goces espirituales”

Por lo tanto queda muy claro que si se superaran estos dos escollos doctrinales, cualquier planteo que considere la existencia de un Reino de Cristo terrenal o “milenial” según la descripción literal de Apocalipsis 20,1-6, no tendría que tener ninguna objeción por parte de la Iglesia. Esta es precisamente la posición que corresponde a nuestro estudio sobre “El Reino de Dios se instaura con la Segunda Venida de Jesucristo”, Capítulo 7.A.2" en lo pertinente a lo que hemos denominado como “fase terrenal” del Reino de Dios.

Vamos a resumir a continuación sus principales conceptos, prescindiendo del desarrollo exegético que se puede ver en forma pormenorizada en el trabajo citado anteriormente:

1°) Instauración del Reino de Cristo terrenal.

a) Llegados los tiempos del fin de la actual época o siglo (“eón”) presente, que solamente el Padre conoce cuando serán, el mundo (al menos el que conocemos como “occidental”), se encontrará dominado por el poder de una gran metrópoli materialista y anticristiana, que el Apocalipsis denomina la “Gran Babilonia”, con apoyo en una coalición de naciones y centros de poder político y económico (“reyes de la tierra”).

b) En esas circunstancias este poder político y económico será enfrentado y derrotado por intermedio de una terrible guerra nuclear con consecuencias devastadoras para la humanidad, por uno de sus antiguos aliados, que encabezará la rebelión en su contra: este será el “Anticristo”, personaje que se declarará como el verdadero Cristo que ha vuelto al mundo en su Parusía, en medio de convincentes señales prodigiosas y apoyado por la doctrina y acción de una falsa Iglesia cristiana comandada por un Papa impostor, que el Apocalipsis denomina el “falso Profeta”. Todos ellos serán instrumentos dóciles cumpliendo los designios de su amo, Satanás.

c) La verdadera y fiel Iglesia de Cristo, con su sucesión apostólica ininterrumpida, constituida por un pequeño resto de fieles que no serán embaucados por la impostura del Anticristo, será en parte (jerarquía y servidores) arrebatada hacia el encuentro con Cristo en el cielo, mientras que el resto quedará en la tierra sufriendo la persecución despiadada del Anticristo y sus secuaces.

d) La Iglesia arrebatada vivirá su purificación y santificación plena en el Segundo Pentecostés, y luego participara de las Bodas del Cordero con ella, como Iglesia terrenal, junto a lo santos resucitados quienes forman la Iglesia celestial, siendo ambas la única Esposa digna del Hijo de Dios, que habrá sido preparada por el mismo Señor para ese momento sublime.

e) El Anticristo abolirá la misa y la consagración eucarística, por lo que desaparecerá la presencia real de Cristo de la tierra, existente en el Santísimo Sacramento, quedando de esa manera el mundo sometido por vez primera al absoluto dominio del Diablo y de sus instrumentos, pareciendo que el mal habrá alcanzado su máximo triunfo, cuando en realidad comenzará su perdición definitiva.

f) Este será el tiempo del juicio de Cristo sobre los vivos (los santos que serán arrebatados y quienes quedarán como sobrevivientes en la tierra) y los muertos (los santos que resucitarán en la primera resurrección).

g) El reino del Anticristo será de corta duración y terminará aniquilado por los mismos elementos desatados por su maldad y por las fuerzas de la naturaleza (las siete plagas de las Copas descriptas en el Apocalipsis).

h) Se producirá entonces la Parusía del Señor , en la que Jesucristo se manifestará visiblemente en el cielo a todas las naciones del mundo, dejando en la tierra a los santos arrebatados que volvieron con Él, quines serán los encargados de evangelizar y gobernar a los pueblos de la tierra.

i) Los santos resucitados morarán junto a Cristo en la Jerusalén celestial, desde donde colaborarán con el Rey de Reyes en el gobierno del Reino terrenal (“juzgarán” al Pueblo de Dios). Esto se llevará a cabo por intermedio de una renovada y mucho más profunda “comunión de los santos”, con comunicación de gracias y bienes entre la Iglesia celestial de los santos resucitados y la Iglesia terrenal de los santos que volverán con Cristo, que estarán confirmados en gracia, por lo que, cuando mueran, tendrán asegurada su salvación eterna.

Este Reino del milenio, eliminada la influencia tentadora de Satanás, porque habrá sido “encadenado en el abismo” y no podrá ya actuar en el mundo, florecerá con una santidad nunca vista antes en la humanidad de los tiempos del cristianismo.

j) Ante los acontecimientos de la Parusía, el pueblo judío se convertirá al cristianismo, reconociendo el cumplimiento de los anuncios de los profetas del Antiguo Testamento. Se incorporará a la única Iglesia, bajo la guía del único Pastor, el Señor Jesucristo, aportando una gran riqueza doctrinal y de interpretación de las Escrituras, así como una acción evangelizadora que se manifestará en el esplendor del “eón” milenial.

k) Al final de la duración simbólica del Reino terrenal de Cristo expresada como “mil años”, Satanás será soltado nuevamente, y su tentación levantará a muchos contra la Iglesia de Cristo, pero estos enemigos de Dios serán destruidos por el fuego que vendrá del cielo, que asimismo aniquilará al mundo material, dando paso a la Nueva Jerusalén celestial, morada eterna de los hijos adoptivos de Dios que hayan alcanzado la salvación, que “bajará” del cielo tomando el lugar del mundo antiguo, constituyendo los “cielos nuevos y la tierra nueva”, que nunca terminarán.

l) Todos los hombres que hayan muerto en la historia de la humanidad resucitarán en cuerpos materiales, y recibirán su sentencia en el Juicio Final Universal, para salvación eterna en el cielo o para reprobación que no tendrá fin, junto con Satanás y sus demonios, en el infierno.

Analizando esta apretada síntesis apreciamos que la doctrina que proponemos en nuestra obra citada salva totalmente las objeciones de la Iglesia en cuanto a la posibilidad de un Reino terrenal de Cristo, ya que no existe la presencia visible en el mundo ni del Señor ni de los santos resucitados, que moran en la Jerusalén celestial.

En ese trabajo desarrollamos detalladamente los argumentos por los que evidenciamos que, sin esa presencia visible, este Reino estará lleno de justicia y de paz, con una santidad generalizada jamás vista ni imaginada antes en el cristianismo, aunque seguirá existiendo el pecado entre los hombres, que será la excepción y no la regla, como ya ocurre en nuestros días y que se acentuará más todavía a medida que nos acerquemos a los tiempos del fin.

2°) Razones por las que es conveniente la existencia de un Reino de Cristo terrenal:

Las razones que avalan el establecimiento de un Reino terrenal de Cristo que hemos visto como síntesis de las posiciones “milenaristas” dentro del cristianismo no tienen, según nuestra opinión, ninguna consistencia. Analicemos esta afirmación:

El motivo principal que históricamente se ha dado, según lo que estudiamos al principio de este Artículo, es el hecho de dar a los santos que resucitan una compensación a sus sufrimientos terrenales, en el mismo mundo en que los soportaron, donde disfrutarán de goces espirituales (exceptuamos desde ya al milenarismo craso).

Esta retribución no posee ningún sustento, ya que los salvados gozan en el cielo la felicidad altísima de la visión beatífica en la presencia de Dios, aún desde el estado de alma separada antes de la resurrección. Esta felicidad tendrá todavía un aumento intensivo como consecuencia de la resurrección de los cuerpos, donde además deberán vivir, sin duda, en un mundo material, aunque seguramente transformado de una manera que no podemos imaginar y que no ha sido revelada por Dios.

Por lo tanto, nada puede agregarse a este estado de felicidad plena por el hecho de vivir en la tierra en el Reino milenial, ya que ningún goce espiritual que pudiera existir allí será comparable con los que se experimentarán en el cielo.

El otro motivo que se aduce también a menudo, se refiere al cumplimiento perfecto y acabado de las profecías del Antiguo Testamento al pueblo de Israel, lo cual es cierto que se producirá en el Reino milenial, pero no será únicamente para el pueblo judío convertido, sino para todo el Nuevo Israel o Iglesia de Cristo, del que formará parte el Israel según la carne, y recibirá el gozo de esas promesas junto con todo el cristianismo.

Otra de las razones que suelen darse, como vimos antes, es la de otorgar a Jesucristo un reconocimiento y glorificación en el mismo mundo en que fue despreciado y humillado. Creemos que esta es una visión demasiado antropomórfica del Señor, que hace pensar que Jesús necesita esta especie de reparación, Él que hoy posee toda la gloria y el poder sentado a la derecha de Dios en el cielo.

Nada puede agregar a la gloria actual y futura del Señor esa “glorificación” humana al reconocerlo Rey de las naciones, para lo cual debería estar visiblemente a cargo del gobierno mundial.

En lugar de estas argumentaciones, nosotros desarrollamos dos razones de conveniencia sobre la existencia necesaria del Reino de Cristo terrenal, tomando en cuenta aspectos fundamentales de la doctrina católica, tal como lo podemos ver en detalle en el “Capítulo 7.D.” de la obra que venimos mencionando.

A título informativo, aunque es necesario examinar el tema en forma más detallada en el Capítulo citado anteriormente, extractamos un resumen de estas dos importantes razones:

1°) El grado de gloria eterna de los salvados.

Según la doctrina católica de la bienaventuranza en el cielo, dada por la visión beatífica, cada bienaventurado poseerá un grado de “luz de gloria” diferente, consecuencia del grado de gracia santificante alcanzado al concluir su vida terrenal, por lo cual su visión intuitiva de Dios o visión beatífica será más o menos profunda, de la que resultará un grado mayor o menor de felicidad. Todos los bienaventurados serán saciados según su grado de felicidad, pero unos gozarán más profundamente de Dios que otros.

No prestar la debida atención a esta doctrina lleva a que la gran mayoría de los católicos crean que solamente hay dos opciones: llegar al cielo o ir al infierno. La consecuencia es que para muchos aparece una especie de “injusticia” de Dios, cuando, por ejemplo, se piensa que un asesino puede llegar al cielo si antes de morir se arrepiente sinceramente de su crimen y recibe el sacramento de la reconciliación, de la misma manera que llegará una persona buena que se sacrificó toda su vida en bien de los demás.

Pero el detalle es que falta tomar en cuenta el grado de gloria que alcanzarán uno y otro en el cielo, lo que les dará por toda la eternidad una gran diferencia en el grado de felicidad que gozarán. Santa Teresa de Jesús decía que ella estaría dispuesta a padecer durante el resto de su vida todos los sufrimientos posibles en este mundo, si eso le aseguraba un poco más de gloria para vivir en la eternidad.

Por lo tanto nos damos cuenta que, tomando solamente el concepto que una persona se salva o condena, sin ponderar el tema del grado de gloria que se tendrá en el cielo, estamos ocultando con las doctrinas que presuponen el fin del mundo al momento de la Parusía, una situación en la eternidad, en la Iglesia celestial, de una pobreza de grandes santos que es totalmente llamativa.

Planteada la existencia de una Iglesia renovada, la Jerusalén terrenal, que instaurará el Reino de Dios en la tierra, extendido a todas las naciones supervivientes del mundo, siguen conclusiones muy interesantes.

Ya vimos como, al haber examinado la situación que se dará en ese Reino de Dios terrenal, que será el cumplimiento de las peticiones del Padre Nuestro “venga a nosotros tu Reino” y “hágase tu voluntad en la tierra así como en el cielo”, hay varios elementos que nos aseguran que se vivirá un eón (era) de gran santidad y esplendor cristiano:

*Habrá una Iglesia pura y santa, la Jerusalén que habrá bajado del cielo, figura que expresa la vuelta de los santos vivos a la tierra como los nuevos apóstoles, después de haber sido arrebatados, de vivir el Segundo Pentecostés, de ser unidos como Esposa al Cordero en sus Bodas.

Estos grandes santos tendrán la misión de evangelizar toda la tierra, ya preparada por los acontecimientos que se habrán vivido, y de guiar al pueblo de Dios en un camino de crecimiento en santidad que no reconocerá precedentes en la anterior historia de la Iglesia.

*En esta tarea, tanto los evangelizados como los evangelizadores tendrán el auxilio precioso de los santos resucitados que moran en la Jerusalén celestial, quienes, a través del misterio de la comunión de los santos, podrán ofrecer en forma más intensa sus “oraciones, protección y socorro” (Lumen Gentium N° 50), las que serán efectivas debido a la gran apertura espiritual que tendrán la mayoría de los cristianos.

*Existirá además una renovada y profunda vida eucarística, con la comunión y la adoración del Santísimo Sacramento, como fuente inagotable de gracias para los cristianos.

*Además habrá otro argumento muy importante: ya no existirá la acción tentadora de Satanás, junto a toda su corte de demonios, porque el enemigo del hombre estará “encerrado”, no tendrá el permiso divino para actuar entre los hombres de la tierra, habiendo perdido así su condición de “amo del mundo”, derrotado él y sus secuaces por el Rey de Reyes y Señor de Señores en su Parusía.

La unión de todos estos elementos hará que en este “Reino Mesiánico” se produzca el surgimiento de un sin número de grandes santos, los que, a su vez, serán ejemplos a seguir por el resto de los hombres, como faro que iluminará a las multitudes, y que impulsará a la santidad de muchos, en una realimentación que transformará este nuevo eón en una verdadera “fábrica” de santos de enorme estatura.

2) La conversión de los judíos y su incorporación a la Iglesia.

La admisión de los judíos convertidos en la Iglesia se la equipara por San Pablo, en Romanos 11,15, con una “resurrección de entre los muertos”. La interpretación de esta expresión hay que tomarla en función de lo que Pablo está planteando, que es la riqueza de la Iglesia que producirá la conversión de todo Israel.

En este contexto se puede interpretar que la conversión de Israel producirá una resurrección espiritual en la Iglesia cristiana, tanto sea como que su conversión produzca un efecto de emulación en otros pueblos paganos, como por el aporte de sabiduría y renovación que traerá ala Iglesia el tesoro guardado por el pueblo judío por tanto tiempo, las Escrituras del Antiguo Testamento, que sabrán interpretar y explicar a la luz de Cristo quizás como no se haya hecho nunca antes.

Los teólogos católicos, en su mayoría están de acuerdo que la conversión de Israel no significará un nuevo medio de salvación del cual la Iglesia se hubiera visto privada hasta entonces. Pero sí, en cambio, será una riqueza que se incorporará a ella para su crecimiento en santidad y la conversión de los pueblos paganos en el Reino terrenal de Cristo.

Con respecto a los judíos en sí, también los podemos incorporar a las hipótesis que nos planteamos en el punto anterior. Si el mundo se terminara recién producida su conversión, ¿no se perdería toda esa riqueza que San Pablo sostiene con suma convicción que el pueblo de Israel aportará a la Iglesia en su readmisión a la misma?

Y, además, ¿cuántos grandes santos judíos estarán en presencia de Dios por toda la eternidad? ¿Cuántas “flores” del pueblo “amado por Dios en atención a sus padres” (Romanos 11,28) estarán presentes en el jardín celestial por toda la eternidad? La respuesta en este caso es clara: muy pocos, algunos del Antiguo Testamento y otros pocos de la época cristiana.

Sin embargo, ¡qué diferente sería la situación ante la existencia de un Reino de Dios terrenal! ¡Cuántos grandes santos del linaje de Abraham surgirían en el transcurso de ese Reino milenial! Y, además, como sosteníamos antes, ¡qué importante ayuda para la Iglesia en su misión de evangelizar las naciones paganas y gobernar el Reino de Dios aquí en la tierra!

Estos son los conceptos que hemos desarrollado en nuestro trabajo, que avalan con muy importantes razones de conveniencia la existencia del Reino de Cristo terrenal.

En nuestra época estamos urgidos por los mensajes de la Virgen María y del Señor, dados a los mal llamados “místicos” o “carismáticos”, que no representan más que el espíritu de profecía que ha resurgido con fuerza en el seno de la Iglesia católica, seguramente porque Dios necesita nuevamente que el pueblo cristiano escuche su voz, para anunciar los grandes acontecimientos que cada vez están más próximos.

Estos anuncios plantean sucesos y cosas que vendrán que en general no son contempladas en la doctrina escatológica tradicional católica, especialmente en todo lo que se refiere a la existencia del Reino terrenal de Cristo. Por eso urge más que nunca en nuestra Iglesia católica replantear la posición doctrinal respecto al “Reino milenial”, desechando desde luego las concepciones extrañas y ajenas al sentir católico, tal como vimos en este artículo.

Este es el aporte que hemos querido hacer a través de nuestra obra “El Reino de Dios se instaura con la Segunda Venida de Jesucristo”, donde desarrollamos las bases exegéticas de raíz eminentemente católica que concilian perfectamente los signos de nuestro tiempo con lo que nos revela la Sagrada Escritura en general, y el Libro del Apocalipsis en particular.


Juan Franco Benedetto
Buenos Aires – Argentina
Noviembre de 2010


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Los Mensajes de María Al P. Gobbi (Movimiento Sacerdotal Mariano) Y La Segunda Venida De Jesucristo


Indice:

A) Introducción
B) Los mensajes de María
  1) El análisisi de la realidad de nuestro tiempo
    a) El ateismo práctico en la humanidad y en la Iglesia
    b) La gran purificación y los signos de los tiempos
    c) El anuncio de Salvación
  2) Lo que ocurrirá en la Iglesia y en el mundo
    a) La Segunda Venida de Jesús
    b) La Madre del segundo Adviento
    c) El plan de María para salvar la Iglesia, y mediante ella al mundo
    d) Los nuevos Apóstoles
    e) La función de los Arcángeles
    f) El refugio en el Inmaculado Corazón de María
    g) El Segundo Pentecostés
    h) La instauración del reino de Jesús como una nueva era de paz y santidad
    i) La Comunión de los Santos
  3) Las revelaciones de la Santísima Virgen sobre el Libro del Apocalipsis
C) Conclusiones

La Experiencia Mística y la SantidadDescarga Para Imprimir en Formato PDF

A) Introducción.

El artículo que presentamos tiene como objetivo mostrar la unión que existe entre el sentido de los mensajes recibidos por el sacerdote italiano Padre Stefano Gobbi a partir del año 1973, atribuidos a la Santísima Virgen María, los que dieron nacimiento al Movimiento Sacerdotal Mariano (MSM), y la doctrina referente a los últimos tiempos de la humanidad y la segunda venida de nuestro Señor Jesucristo que desarrollamos en nuestro libro “El Reino de Dios se instaura con la segunda Venida de Cristo” que presentamos en esta Página.

En mi caso personal, como explico en el prólogo del libro, cuando conocí el texto del P. Gobbi “A los sacerdotes hijos predilectos de la Santísima Virgen”, me sentí fuertemente atraído por el contenido de los mensajes de la Virgen María, aunque muchos de los elementos y sucesos que allí se mencionan, como el hecho de una nueva era de paz, justicia y santidad que sucederá a la segunda Venida del Señor, o del nuevo y especial derramamiento del Espíritu Santo denominado “el Segundo Pentecostés”, no encajaban en mis conocimientos doctrinales de raíz católica sobre el tema de los últimos tiempos.

Me dediqué entonces con afán a buscar y estudiar todo lo que pude encontrar relacionado con la escatología católica, pero no encontraba las respuestas a los interrogantes que me había suscitado el libro del P. Gobbi, así también como otras revelaciones pertenecientes a diversas apariciones marianas del último siglo.

Finalmente desemboqué en la única salida que se me presentaba: ponerme personalmente a estudiar el tema de la escatología, a partir en primer lugar del Apocalipsis, pero también deteniéndome en toda la revelación sobre el fin de los tiempos del Nuevo Testamento, lo que me llevó también, como era de esperar, al estudio de las profecías mesiánicas del Antiguo Testamento.

Así se originó el libro “El Reino de Dios se instaura con la segunda Venida de Jesucristo”, después de nueve años de intenso aunque no continuo trabajo, cuyo contenido explica perfectamente todo lo revelado en los mensajes de la Santísima Virgen al P. Gobbi, tal como lo desarrollaremos enseguida.

Vamos a resumir primero sus principales conceptos, prescindiendo del desarrollo exegético que se puede ver en forma pormenorizada en el trabajo citado anteriormente:

1°) Instauración del Reino de Cristo terrenal.

a) Llegados los tiempos del fin de la actual época o siglo (“eón”) presente, que solamente el Padre conoce cuando serán, el mundo (al menos el que conocemos como “occidental”), se encontrará dominado por el poder de una gran metrópoli materialista y anticristiana, que el Apocalipsis denomina la “Gran Babilonia”, con apoyo en una coalición de naciones y centros de poder político y económico (“reyes de la tierra”).

b) En esas circunstancias este poder político y económico será enfrentado y derrotado por intermedio de una terrible guerra nuclear con consecuencias devastadoras para la humanidad, por uno de sus antiguos aliados, que encabezará la rebelión en su contra: este será el “Anticristo”, personaje que se declarará como el verdadero Cristo que ha vuelto al mundo en su Parusía, en medio de convincentes señales prodigiosas y apoyado por la doctrina y acción de una falsa Iglesia cristiana comandada por un Papa impostor, que el Apocalipsis denomina el “falso Profeta”. Todos ellos serán instrumentos dóciles cumpliendo los designios de su amo, Satanás.

c) La verdadera y fiel Iglesia de Cristo, con su sucesión apostólica ininterrumpida, constituida por un pequeño resto de fieles que no serán embaucados por la impostura del Anticristo, será en parte (jerarquía y servidores) arrebatada hacia el encuentro con Cristo en el cielo, mientras que el resto quedará en la tierra sufriendo la persecución despiadada del Anticristo y sus secuaces.

d) La Iglesia arrebatada vivirá su purificación y santificación plena en el Segundo Pentecostés, y luego participara de las Bodas del Cordero con ella, como Iglesia terrenal, junto a lo santos resucitados quienes forman la Iglesia celestial, siendo ambas la única Esposa digna del Hijo de Dios, que habrá sido preparada por el mismo Señor para ese momento sublime.

e) El Anticristo abolirá la misa y la consagración eucarística, por lo que desaparecerá la presencia real de Cristo de la tierra, existente en el Santísimo Sacramento, quedando de esa manera el mundo sometido por vez primera al absoluto dominio del Diablo y de sus instrumentos, pareciendo que el mal habrá alcanzado su máximo triunfo, cuando en realidad comenzará su perdición definitiva.

f) Este será el tiempo del juicio de Cristo sobre los vivos (los santos que serán arrebatados y quienes quedarán como sobrevivientes en la tierra) y los muertos (los santos que resucitarán en la primera resurrección).

g) El reino del Anticristo será de corta duración y terminará aniquilado por los mismos elementos desatados por su maldad y por las fuerzas de la naturaleza (las siete plagas de las Copas descriptas en el Apocalipsis).

h) Se producirá entonces la Parusía del Señor , en la que Jesucristo se manifestará visiblemente en el cielo a todas las naciones del mundo, dejando en la tierra a los santos arrebatados que volvieron con Él, quines serán los encargados de evangelizar y gobernar a los pueblos de la tierra.

i) Los santos resucitados morarán junto a Cristo en la Jerusalén celestial, desde donde colaborarán con el Rey de Reyes en el gobierno del Reino terrenal (“juzgarán” al Pueblo de Dios). Esto se llevará a cabo por intermedio de una renovada y mucho más profunda “comunión de los santos”, con comunicación de gracias y bienes entre la Iglesia celestial de los santos resucitados y la Iglesia terrenal de los santos que volverán con Cristo, que estarán confirmados en gracia, por lo que, cuando mueran, tendrán asegurada su salvación eterna.

Este Reino del milenio, eliminada la influencia tentadora de Satanás, porque habrá sido “encadenado en el abismo” y no podrá ya actuar en el mundo, florecerá con una santidad nunca vista antes en la humanidad de los tiempos del cristianismo.

j) Ante los acontecimientos de la Parusía, el pueblo judío se convertirá al cristianismo, reconociendo el cumplimiento de los anuncios de los profetas del Antiguo Testamento. Se incorporará a la única Iglesia, bajo la guía del único Pastor, el Señor Jesucristo, aportando una gran riqueza doctrinal y de interpretación de las Escrituras, así como una acción evangelizadora que se manifestará en el esplendor del “eón” milenial.

k) Al final de la duración simbólica del Reino terrenal de Cristo expresada como “mil años”, Satanás será soltado nuevamente, y su tentación levantará a muchos contra la Iglesia de Cristo, pero estos enemigos de Dios serán destruidos por el fuego que vendrá del cielo, que asimismo aniquilará al mundo material, dando paso a la Nueva Jerusalén celestial, morada eterna de los hijos adoptivos de Dios que hayan alcanzado la salvación, que “bajará” del cielo tomando el lugar del mundo antiguo, constituyendo los “cielos nuevos y la tierra nueva”, que nunca terminarán.

l) Todos los hombres que hayan muerto en la historia de la humanidad resucitarán en cuerpos materiales, y recibirán su sentencia en el Juicio Final Universal, para salvación eterna en el cielo o para reprobación que no tendrá fin, junto con Satanás y sus demonios, en el infierno.

Analizando esta apretada síntesis apreciamos que la doctrina que proponemos en nuestra obra citada salva totalmente las objeciones de la Iglesia en cuanto a la posibilidad de un Reino terrenal de Cristo, ya que no existe la presencia visible en el mundo ni del Señor ni de los santos resucitados, que moran en la Jerusalén celestial.

En ese trabajo desarrollamos detalladamente los argumentos por los que evidenciamos que, sin esa presencia visible, este Reino estará lleno de justicia y de paz, con una santidad generalizada jamás vista ni imaginada antes en el cristianismo, aunque seguirá existiendo el pecado entre los hombres, que será la excepción y no la regla, como ya ocurre en nuestros días y que se acentuará más todavía a medida que nos acerquemos a los tiempos del fin.

2°) Razones por las que es conveniente la existencia de un Reino de Cristo terrenal:

Las razones que avalan el establecimiento de un Reino terrenal de Cristo como síntesis de las posiciones “milenaristas” dentro del cristianismo (ver “El milenarismo: concepto y alcances”) no tienen, según nuestra opinión, ninguna consistencia. Analicemos esta afirmación:

El motivo principal que históricamente se ha dado, según lo que estudiamos al principio del artículo mencionado, es el hecho de dar a los santos que resucitan una compensación a sus sufrimientos terrenales, en el mismo mundo en que los soportaron, donde disfrutarán de goces espirituales (exceptuamos desde ya al milenarismo craso).

Esta retribución no posee ningún sustento, ya que los salvados gozan en el cielo la felicidad altísima de la visión beatífica en la presencia de Dios, aún desde el estado de alma separada antes de la resurrección. Esta felicidad tendrá todavía un aumento intensivo como consecuencia de la resurrección de los cuerpos, donde además deberán vivir, sin duda, en un mundo material, aunque seguramente transformado de una manera que no podemos imaginar y que no ha sido revelada por Dios.

Por lo tanto, nada puede agregarse a este estado de felicidad plena por el hecho de vivir en la tierra en el Reino milenial, ya que ningún goce espiritual que pudiera existir allí será comparable con los que se experimentarán en el cielo.

El otro motivo que se aduce también a menudo, se refiere al cumplimiento perfecto y acabado de las profecías del Antiguo Testamento al pueblo de Israel, lo cual es cierto que se producirá en el Reino milenial, pero no será únicamente para el pueblo judío convertido, sino para todo el Nuevo Israel o Iglesia de Cristo, del que formará parte el Israel según la carne, y recibirá el gozo de esas promesas junto con todo el cristianismo.

Otra de las razones que suelen darse es la de otorgar a Jesucristo un reconocimiento y glorificación en el mismo mundo en que fue despreciado y humillado. Creemos que esta es una visión demasiado antropomórfica del Señor, que hace pensar que Jesús necesita esta especie de reparación, Él que hoy posee toda la gloria y el poder sentado a la derecha de Dios en el cielo.

Nada puede agregar a la gloria actual y futura del Señor esa “glorificación” humana al reconocerlo Rey de las naciones, para lo cual debería estar visiblemente a cargo del gobierno mundial.

En lugar de estas argumentaciones, nosotros desarrollamos dos razones de conveniencia sobre la existencia necesaria del Reino de Cristo terrenal, tomando en cuenta aspectos fundamentales de la doctrina católica, tal como lo podemos ver en detalle en el “Capítulo 7.D.” de la obra que venimos mencionando.

A título informativo, aunque es necesario examinar el tema en forma más detallada en el Capítulo citado anteriormente, extractamos un resumen de estas dos importantes razones:

1°) El grado de gloria eterna de los salvados.

Según la doctrina católica de la bienaventuranza en el cielo, dada por la visión beatífica, cada bienaventurado poseerá un grado de “luz de gloria” diferente, consecuencia del grado de gracia santificante alcanzado al concluir su vida terrenal, por lo cual su visión intuitiva de Dios o visión beatífica será más o menos profunda, de la que resultará un grado mayor o menor de felicidad. Todos los bienaventurados serán saciados según su grado de felicidad, pero unos gozarán más profundamente de Dios que otros.

No prestar la debida atención a esta doctrina lleva a que la gran mayoría de los católicos crean que solamente hay dos opciones: llegar al cielo o ir al infierno. La consecuencia es que para muchos aparece una especie de “injusticia” de Dios, cuando, por ejemplo, se piensa que un asesino puede llegar al cielo si antes de morir se arrepiente sinceramente de su crimen y recibe el sacramento de la reconciliación, de la misma manera que llegará una persona buena que se sacrificó toda su vida en bien de los demás.

Pero el detalle es que falta tomar en cuenta el grado de gloria que alcanzarán uno y otro en el cielo, lo que les dará por toda la eternidad una gran diferencia en el grado de felicidad que gozarán. Santa Teresa de Jesús decía que ella estaría dispuesta a padecer durante el resto de su vida todos los sufrimientos posibles en este mundo, si eso le aseguraba un poco más de gloria para vivir en la eternidad.

Por lo tanto nos damos cuenta que, tomando solamente el concepto que una persona se salva o condena, sin ponderar el tema del grado de gloria que se tendrá en el cielo, estamos ocultando con las doctrinas que presuponen el fin del mundo al momento de la Parusía, una situación en la eternidad, en la Iglesia celestial, de una pobreza de grandes santos que es totalmente llamativa.

Planteada la existencia de una Iglesia renovada, la Jerusalén terrenal, que instaurará el Reino de Dios en la tierra, extendido a todas las naciones supervivientes del mundo, siguen conclusiones muy interesantes.

Ya vimos como, al haber examinado la situación que se dará en ese Reino de Dios terrenal, que será el cumplimiento de las peticiones del Padre Nuestro “venga a nosotros tu Reino” y “hágase tu voluntad en la tierra así como en el cielo”, hay varios elementos que nos aseguran que se vivirá un eón (era) de gran santidad y esplendor cristiano:

*Habrá una Iglesia pura y santa, la Jerusalén que habrá bajado del cielo, figura que expresa la vuelta de los santos vivos a la tierra como los nuevos apóstoles, después de haber sido arrebatados, de vivir el Segundo Pentecostés, de ser unidos como Esposa al Cordero en sus Bodas.

Estos grandes santos tendrán la misión de evangelizar toda la tierra, ya preparada por los acontecimientos que se habrán vivido, y de guiar al pueblo de Dios en un camino de crecimiento en santidad que no reconocerá precedentes en la anterior historia de la Iglesia.

*En esta tarea, tanto los evangelizados como los evangelizadores tendrán el auxilio precioso de los santos resucitados que moran en la Jerusalén celestial, quienes, a través del misterio de la comunión de los santos, podrán ofrecer en forma más intensa sus “oraciones, protección y socorro” (Lumen Gentium N° 50), las que serán efectivas debido a la gran apertura espiritual que tendrán la mayoría de los cristianos.

*Existirá además una renovada y profunda vida eucarística, con la comunión y la adoración del Santísimo Sacramento, como fuente inagotable de gracias para los cristianos.

*Además habrá otro argumento muy importante: ya no existirá la acción tentadora de Satanás, junto a toda su corte de demonios, porque el enemigo del hombre estará “encerrado”, no tendrá el permiso divino para actuar entre los hombres de la tierra, habiendo perdido así su condición de “amo del mundo”, derrotado él y sus secuaces por el Rey de Reyes y Señor de Señores en su Parusía.

La unión de todos estos elementos hará que en este “Reino Mesiánico” se produzca el surgimiento de un sin número de grandes santos, los que, a su vez, serán ejemplos a seguir por el resto de los hombres, como faro que iluminará a las multitudes, y que impulsará a la santidad de muchos, en una realimentación que transformará este nuevo eón en una verdadera “fábrica” de santos de enorme estatura.

2) La conversión de los judíos y su incorporación a la Iglesia.

La admisión de los judíos convertidos en la Iglesia se la equipara por San Pablo, en Romanos 11,15, con una “resurrección de entre los muertos”. La interpretación de esta expresión hay que tomarla en función de lo que Pablo está planteando, que es la riqueza de la Iglesia que producirá la conversión de todo Israel.

En este contexto se puede interpretar que la conversión de Israel producirá una resurrección espiritual en la Iglesia cristiana, tanto sea como que su conversión produzca un efecto de emulación en otros pueblos paganos, como por el aporte de sabiduría y renovación que traerá ala Iglesia el tesoro guardado por el pueblo judío por tanto tiempo, las Escrituras del Antiguo Testamento, que sabrán interpretar y explicar a la luz de Cristo quizás como no se haya hecho nunca antes.

Los teólogos católicos, en su mayoría están de acuerdo que la conversión de Israel no significará un nuevo medio de salvación del cual la Iglesia se hubiera visto privada hasta entonces. Pero sí, en cambio, será una riqueza que se incorporará a ella para su crecimiento en santidad y la conversión de los pueblos paganos en el Reino terrenal de Cristo.

Estos son los conceptos que hemos desarrollado en nuestro trabajo, que avalan con muy importantes razones de conveniencia la existencia del Reino de Cristo terrenal.


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B) Los mensajes de María

Estudiaremos ahora en detalle la concordancia del esquema desarrollado según lo visto recién con los mensajes de la Virgen María dados como locuciones interiores al Padre Gobbi. Obviamente aquí presuponemos la seriedad y autenticidad de todo lo escrito por el P. Gobbi, apoyada en los frutos del Movimiento Sacerdotal Mariano y en el discernimiento de numerosos sacerdotes y laicos católicos.

Como bien explica la introducción del libro “A los sacerdotes hijos predilectos de la Santísima Virgen”, la espiritualidad del Movimiento Sacerdotal Mariano se basa en tres compromisos esenciales:

* La Consagración al Corazón Inmaculado de María.
* La unión con el Papa y con la Iglesia a Él unida.
* El conducir a los fieles a una vida de entrega confiada a la Virgen, hacia una renovada devoción mariana.

El libro que contiene los mensajes de la Virgen María al P. Gobbi, recibidos por medio de locuciones interiores, de alguna manera va trazando el itinerario que se debe seguir para vivir en concreto la consagración al Corazón Inmaculado de María.

Pero hay dos aspectos sumamente importantes que se desprenden de estos mensajes, que son los que queremos examinar en detalle, ya que tienen una relación directa con el contenido y desarrollo de nuestro libro ya mencionado:

* El análisis de la realidad de nuestro tiempo, vista con la amorosa mirada de la Madre de todos los hombres, con su Inmaculado Corazón traspasado por el dolor de ver el rechazo radical de Dios en nuestra actual sociedad, donde el hombre, agigantado por el progreso técnico y científico, se ha puesto en el lugar de Dios y ha construido la nueva civilización de tipo secular y materialista.

Esta realidad abarca, por lógica, a la Iglesia misma, golpeada y fragmentada por la irrupción en su seno íntimo del espíritu de este mundo, el secularismo, que ha penetrado en su interior, provocando el estado de gran sufrimiento y de crisis en que se encuentra sumergida en estos tiempos.

* Las profecías sobre lo que ocurrirá en la Iglesia y el mundo, como consecuencia de esta realidad descarnada que presentan los mensajes de la Virgen. Obviamente este aspecto es el más controvertido, a mi juicio, de los que presenta el libro del P. Gobbi, ya que estas profecías ofrecen aspectos y circunstancias difíciles de interpretar según la doctrina católica, hasta hoy generalmente aceptada, respecto al fin de los tiempos y la Segunda Venida de nuestro Señor Jesucristo a la tierra.

Lo que haremos en este estudio, entonces, abarcará estos dos aspectos de los mensajes del libro, a los que intentaremos clarificar, darles una luz nueva, en base a las conclusiones de nuestro libro “La segunda venida de Cristo y el Reino de Dios”.


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1) El análisis de la realidad de nuestro tiempo.

La descripción que va haciendo la Virgen en muchísimos de sus mensajes sobre la realidad de nuestro tiempo en cuanto a la humanidad en general y la Iglesia católica en particular, se produce con el trasfondo constante de dos elementos claros: por un lado, el dolor de su Inmaculado Corazón frente a esa realidad y su permanente solicitud de Madre para que sus hijos perdidos se vuelvan nuevamente hacia su Jesús amado, y, por otro lado, la urgencia de su aviso revelando que frente a esta situación los tiempos para la intervención directa de Dios en la historia de los hombres se van haciendo cada vez más breves.

Vamos a analizar y comentar algunos de estos mensajes, escogidos entre los centenares que contiene el libro, teniendo en cuenta que para su mejor comprensión habría que recorrer las páginas de todo el libro del P. Gobbi.
Daremos como referencia la fecha del mensaje, del cual, por razones de extensión, usualmente trascribiremos solamente algunos pasajes.


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a) El ateísmo práctico en la humanidad y en la Iglesia.

01/12/1973: «Trastornos, angustias y tribulaciones irán en aumento, de día en día, porque la humanidad, redimida por mi Hijo, se aleja más de Dios, y cada vez quebranta más su Ley.
El Demonio de la lujuria lo ha contaminado todo ¡Pobres hijos míos, cuán enfermos y golpeados estáis!
El espíritu de rebeldía contra Dios ha seducido a la humanidad; el ateísmo ha entrado en muchas almas y ha apagado toda luz de fe y de amor.
Éste es el Dragón rojo, del que se habla en la Biblia. ¡Leedla, hijos, porque éstos son los tiempos de su actuación! Cuántos hijos míos son ya víctimas de este error de Satanás.
También entre mis sacerdotes cuántos son los que no creen ya; sin embargo, permanecen aún en mi Iglesia, como verdaderos lobos con piel de cordero, y pierden un ilimitado número de almas.»

Desde el inicio de sus mensajes la Virgen María quiere llamar la atención sobre la influencia de Satanás sobre el mundo, que con su actuación solapada e insidiosa empuja a los hombres al ateísmo, a la rebelión contra Dios.

02/09/1996: «Es el ateísmo práctico el mal de vuestro siglo.
-El ateísmo práctico
difundido por las falsas ideologías, por las sectas, por los errores que cada vez más se difunden incluso en el interior de la Iglesia.
-El ateísmo práctico ha llevado a la humanidad a construir una civilización si Dios, caracterizada por una exasperada búsqueda de los bienes materiales, de los placeres, de las diversiones, del culto dado al dinero y a su gran poder.
-El ateísmo práctico ha destruido en muchos la sed de Dios, ha llevado a sustraerle impíamente el culto que le es debido, para dárselo a las criaturas, incluso a Satanás, y a vivir como si Dios no existiese.
-El ateísmo práctico ha difundido por doquier la plaga del egoísmo desenfrenado, de la violencia, del odio y de la impureza.
La impureza es propuesta como un valor y un bien y se le hace propaganda con todos los medios de comunicación social. Los pecados impuros son presentados como un modo de ejercitar la propia libertad y así son justificados y hasta exaltados los pecados impuros contra naturaleza, que claman venganza en la presencia de Dios.
El mundo está ya reducido a un inmenso desierto completamente cubierto de fango. Vivís bajo el yugo de esta terrible esclavitud.
Por esto, sólo el dolor del castigo misericordioso podrá liberar a esta pobre humanidad del gran mal del ateísmo práctico difundido por todas partes.
Mi misión materna es la de ayudaros en las horas de la gran prueba purificadora. Como Madre estoy a vuestro lado para protegeros y ayudaros. También porque debo llevar a pleno cumplimiento la obra que he iniciado en estas naciones.
Y se cumplirá cuando, con el triunfo de mi Corazón Inmaculado en el mundo, seréis completamente liberados de toda forma de ateísmo práctico, que ha sido el mayor mal de vuestro siglo.»

Se presentan aquí las terribles consecuencias de este “mal de nuestro siglo”. Como vimos en el primer mensaje citado, también los sacerdotes caen en esta trampa del enemigo, y María revela que con ellos el demonio se está formando una tropa para librar su guerra:

16/07/1973: «No hay un jefe entre vosotros: Yo misma seré vuestra Capitana. Vosotros sed todos hermanos: amandoos, comprendiéndoos, ayudandoos.
La única cosa que importa es que os dejéis formar por Mí: para esto es necesario que cada uno se ofrezca y se consagre a mi Corazón Inmaculado, se entregue totalmente a Mí como Jesús se me ha entregado totalmente; después Yo pensaré en todo.
Os formaré en un gran amor al Papa y a la Iglesia, a Él unida. Os prepararé para un heroico testimonio del Evangelio que, para algunos de vosotros, será hasta la efusión de la sangre.
Y cuando haya llegado el momento, entonces el Movimiento saldrá al descubierto para combatir abiertamente a la tropa que el demonio, mi adversario de siempre, está formándose entre los sacerdotes (…).»

09/07/1975: «Mas he querido hacerte probar sólo una pequeña gota de la gran amargura que inunda mi Corazón de Madre a causa de tantos pobres hijos míos Sacerdotes que Satanás ya ha atrapado completamente. ¡Pobres hijos míos, cuánta pena me causan!
Son Sacerdotes de mi Hijo y ya no creen en mi Hijo y lo traicionan continuamente; son Sacerdotes llamados a ser Ministros de la Gracia y habitualmente viven en pecado y su vida es una cadena ininterrumpida de sacrilegios; son Sacerdotes enviados a anunciar el Evangelio de salvación y ahora ellos se han hecho propagadores del error; son Sacerdotes para salvar muchas almas y a cuántas, cuántas almas conducen por el camino de la perdición.
Esta es la hora que verdaderamente la abominación de la desolación está entrando en el templo santo de Dios.»

Llegará el momento en que estos sacerdotes hasta se manifestarán públicamente contra la Iglesia:

25/04/1975: «Ha llegado el momento en el que algunos de mis hijos Sacerdotes se disponen a manifestarse públicamente contra mi Hijo, contra Mí misma, contra el Papa y mi Iglesia. Entonces ya no podré reconocerlos como hijos míos; Yo misma bajaré del cielo para ponerme a la cabeza del ejército de mis hijos predilectos y destruiré sus maquinaciones.
Después de una gran revolución y la purificación de la tierra, mi Corazón Inmaculado cantará victoria en el más grande triunfo de Dios.
Para este momento, Sacerdotes míos predilectos, uno a uno os he llamado de todas partes del mundo y os he preparado. ¡Ya no es tiempo de dudas e incertidumbres; es el tiempo de la batalla!»

04/01/1975: «Cuando venga el momento del terrible encuentro con los Sacerdotes portadores del error, que se pondrán contra el Papa y mi Iglesia, arrastrando hacia la perdición a un inmenso número de mis pobres hijos, vosotros seréis mis sacerdotes fieles.
En la oscuridad, que el espíritu del mal habrá difundido por doquier, entre las muchas ideas erradas que, esparcidas por el espíritu de la soberbia, se afirmarán por todas partes y serán seguidas casi por todos, en el momento en el cual en la Iglesia todo será puesto en discusión y el mismo Evangelio de mi Hijo será anunciado por algunos como leyenda, vosotros, sacerdotes a Mí consagrados, seréis mis hijos fieles

31/12/1975: «Satanás está tramando en mi Iglesia de manera cada vez más manifiesta. Se le han asociado ya muchos hijos míos Sacerdotes, engañándoles con el falso espejismo que el marxismo propone a todos: el interés exclusivo por los pobres; un cristianismo empeñado sólo en la construcción de una más justa sociedad humana; una Iglesia que se querría más evangélica y, en consecuencia, sustraída a la institución jerárquica.
Esta verdadera división en mi Iglesia, esta verdadera apostasía, por parte de muchos hijos míos Sacerdotes, se acentuará, hasta convertirse en una violenta y abierta rebelión.»

Las seducciones de Satanás se van haciendo cada vez más peligrosas y sutiles, afectando a todos, laicos y consagrados, simples y doctos:

02/02/1989: «En estos tenebrosos tiempos de la gran tribulación, si no os dejáis llevar entre mis brazos con abandono filial y con gran docilidad, difícilmente lograréis huir de las solapadas insidias que os tiende mi Adversario.
Sus seducciones se han vuelto tan peligrosas y sutiles, que casi no se logra escapar de ellas. Corréis el gran peligro de caer en las seducciones que os tiende mi Adversario, para alejaros de Jesús y de Mí.
Todos pueden caer en su engaño. Caen en él Sacerdotes y también Obispos. Caen fieles y también consagrados. Caen los simples y también los doctos. Caen los discípulos y también los maestros.
Nunca caen en él aquellos que –como pequeños niños- se consagran a Mi Corazón Inmaculado y se dejan llevar entre mis brazos maternales.
Ahora se manifestará cada vez con más claridad ante la Iglesia y el mundo que el pequeño rebaño que, en estos años de la gran apostasía, permanecerá fiel a Jesús y a su Evangelio, estará todo él custodiado en el recinto materno de mi Corazón Inmaculado.»

Todos los mensajes citados anteriormente permiten ver con claridad algo terrible que ya está apareciendo en el mundo de hoy, y que continuará creciendo hasta el tiempo de la Segunda Venida: habrá una gran apostasía, liderada por sacerdotes a los que inspirará el Demonio.


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b) La gran purificación y los signos de los tiempos.

La Virgen Santísima denomina “la gran purificación” al doloroso proceso que desencadenará la apostasía descripta anteriormente:

20/11/1976: «Por eso os digo: estos son los tiempos de la purificación, son los tiempos en que la Justicia de Dios castigará a este mundo, rebelde y pervertido, para su salvación.
La purificación ha empezado ya en mi Iglesia, invadida por el error, oscurecida por Satanás, cubierta por el pecado, traicionada y violada por algunos de sus mismos Pastores.
Satanás os zarandea como se hace con el trigo. ¡Cuánta paja será desparramada pronto por el viento de la persecución! De ahora en adelante mi presencia entre vosotros se hará más continua y más clara (…).»

25/11/1975: «¡No se turbe, hijos, vuestro corazón; daos a Mí en todo momento! Ha llegado para mi Iglesia la hora de la desolación y el abandono. Será abandonada sobre todo por muchos de sus Ministros, y también por muchos de sus hijos. Será menospreciada, traicionada, entregada en manos de quien es su enemigo y la quiere destruir. Serán algunos de sus mismos Ministros los que la entreguen en manos de sus verdugos.
Pero durará poco, hijos míos predilectos, esta durísima prueba. Por una especial intervención mía, esas horas serán abreviadas (…).»

03/04/1976: «¿Veis, hijos míos, todo lo que está acaeciendo también en la Iglesia? Los errores se propagan cada vez más y hacen presa incluso entre los buenos: la infidelidad cunde rápidamente entre los Ministros de Dios y las almas a Él consagradas; el vínculo de la caridad y de la unidad se han resquebrajado en la misma Jerarquía.
¡Sobre todo, al Vicario de mi Hijo Jesús le dejan cada vez más solo! Se le calumnia, hasta en las formas más vulgares y blasfemas; se le critica, se le contesta y de día en día mis hijos lo dejan cada vez más solo. Vosotros debéis compartir su suerte: esta es para Él, y para vosotros la hora de Getsemaní.»

En mensajes sucesivos se describen los signos que preanuncian que ha llegado el tiempo de la purificación de la Iglesia: la confusión, la indisciplina, la división y la persecución:

28/01/1979: «El Reino glorioso de Cristo será precedido por una gran tribulación, que servirá para purificar a la Iglesia y al mundo, y para conducirlos a su completa renovación. Jesús ha iniciado ya su misericordiosa obra de renovación con la Iglesia, su esposa.
Varios signos os indican que ha llegado para la Iglesia el tiempo de la purificación: el primero de ellos es la confusión que reina en ella. Este es, en verdad, el tiempo de la mayor confusión.
La confusión se ha difundido en el interior de la Iglesia, donde se ha subvertido todo en el campo dogmático, en el litúrgico y en el disciplinar. Hay verdades reveladas por mi Hijo, que la Iglesia ha definido para siempre con su divina e infalible autoridad.
Estas verdades son inmutables como inmutable es la Verdad misma de Dios. Muchas de ellas forman parte de verdaderos y propios misterios, porque no son, ni podrán ser jamás comprendidos por la inteligencia humana. El hombre las debe acoger con humildad, a través de un acto de fe pura y de firme confianza en Dios, que las ha revelado y las propone a los hombres de todos los tiempos a través del Magisterio de la Iglesia.
Pero ahora se ha difundido la tendencia tan peligrosa de querer penetrarlo y comprenderlo todo –incluso el misterio-, llegándose así a aceptar de la verdad tan solo aquella parte que es comprendida por la inteligencia humana. Se quiere desvelar el misterio mismo de Dios. Se rechaza aquella verdad que no se comprende racionalmente. Se tiende a replantear, en forma racionalista, toda la verdad revelada, con la ilusión de hacerla aceptable a todos.
De este modo se corrompe la verdad con el error. El error se difunde de la manera más peligrosa, es decir, como un modo nuevo y “actualizado” de comprender la Verdad, y se acaba subvirtiendo las mismas verdades que son el fundamento de la fe católica.
Y hoy la Iglesia está oscurecida por el humo de Satanás. Satanás ante todo ha oscurecido la inteligencia y el pensamiento de muchos hijos, seduciéndolos con el orgullo y la soberbia y por su medio ha oscurecido la Iglesia.»

Queda claro que la confusión y el error se introducen en la Iglesia a través del modo nuevo y “actualizado” de comprender la Palabra de Dios y las verdades que ella encierra.

02/02/1979: «Hoy mi Corazón está nuevamente herido al ver cuántos son los que, entre mis hijos predilectos, viven sin docilidad a la voluntad de Dios, porque no observan y a veces desprecian abiertamente las leyes propias del estado sacerdotal.
De este modo la indisciplina se difunde en la Iglesia y cosecha víctimas incluso entre sus mismos Pastores. Este es el segundo signo que os indica cómo para la Iglesia ha llegado el tiempo conclusivo de su purificación: la indisciplina difundida a todos los niveles, especialmente entre el clero.
Es indisciplina la falta de docilidad interior a la Voluntad de Dios, que se manifiesta en la transgresión de las obligaciones propias de vuestro estado: la obligación de la oración, del buen ejemplo, de una vida santa y apostólica.»

11/02/1979: «Hoy mi Corazón Inmaculado tiembla, está angustiado al ver a la Iglesia interiormente dividida. Esta división, que ha penetrado en el interior de la Iglesia, es el tercer signo que os indica con seguridad que para ella ha llegado el momento conclusivo de la dolorosa purificación.
La interior división se manifiesta entre los mismos fieles, que se enzarzan con frecuencia los unos contra los otros con la intención de defender y anunciar mejor la verdad. Así la verdad es traicionada por ellos mismos, porque el Evangelio de mi Hijo no puede estar dividido.
Esta división interior lleva, a veces, a enfrentarse Sacerdotes contra Sacerdotes, Obispos contra Obispos, Cardenales contra Cardenales, porque nunca como en los tiempos actuales, Satanás ha logrado introducirse en medio de ellos, lacerando el sagrado vínculo del mutuo y recíproco amor.»

03/03/1979: «La cuarta señal, que os indica que ha llegado para la Iglesia el período culminante de su dolorosa purificación, es la persecución. La Iglesia, en efecto, es perseguida de varias maneras.
Es perseguida por el mundo en el cual vive y camina indicando a todos la senda de la salvación. Son los verdaderos enemigos de Dios, son aquellos que conscientemente se han levantado contra Dios para llevar a toda la humanidad a vivir sin Él, los que sin descanso persiguen a la Iglesia.
La iglesia es perseguida también en su interior, sobre todo por aquellos hijos suyos que han llegado a un compromiso con su Adversario. Este ha logrado seducir a algunos de sus mismos Pastores. También entre ellos existen los que colaboran a sabiendas en este designio de interior y escondida persecución de mi Iglesia.»

La Virgen María previene en forma muy clara sobre la necesidad de una dolorosa purificación interior de la Iglesia, muchos de cuyos miembros de la jerarquía han sido seducidos por el Adversario de María desde el principio y colaboran fomentando el error, la indisciplina, la división y la persecución.

La purificación de la Iglesia y de la humanidad constituye el “tiempo de la gran prueba”:

01/01/1993: «Nunca como en vuestros días la paz es tan amenazada, porque la lucha de mi Adversario contra Dios se hace cada día más fuerte, insidiosa, continua y universal. Habéis entrado así en el tiempo de la gran prueba.
La gran prueba ha llegado para todos vosotros, mis pobres hijos, tan amenazados por Satanás y maltratados por los Espíritus del mal. El peligro que corréis es el de perder la Gracia y la comunión de vida con Dios, que mi hijo Jesús os ha obtenido en el momento de la Redención, cuando os ha sustraído a la esclavitud del Maligno y os ha liberado del pecado.
Ahora el pecado ya no se considera un mal; antes bien, a menudo se exalta como un valor y un bien. Bajo el pérfido influjo de los medios de comunicación, se llega gradualmente a perder la conciencia del pecado como un mal. Así cada vez se comete más, se justifica, y no se confiesa ya.
Si vosotros vivís en pecado, habéis retornado a la esclavitud de Satanás, sometidos a su poder maléfico y así se vuelve vano el don de la Redención que Jesús ha llevado a cabo por vosotros. Así la paz desaparece de vuestros corazones, de vuestras almas y de vuestra vida.»

Hay muchos signos en el mundo de hoy que la Virgen ayuda a comprender e interpretar, y que resumen su gran preocupación como Madre de todos los hombres. Pero también menciona el cumplimiento de muchos signos evangélicos:

31/12/1987: «En los Evangelios, en las cartas de los Apóstoles, en el Libro del Apocalipsis os han sido claramente descriptos indicios seguros para haceros comprender cuál es el período de la gran tribulación. Todos estos signos se están realizando en este vuestro tiempo.
-Ante todo una gran apostasía se está difundiendo en todas partes de la Iglesia por la falta de fe, que se propaga incluso entre sus mismos Pastores. Satanás ha logrado difundir por doquier la gran apostasía por medio de su solapada obra de seducción, que ha llevado a muchos a alejarse de la Verdad del Evangelio para seguir las fábulas de las nuevas teorías teológicas, y complacerse en el mal y en el pecado, buscado, incluso, como un bien.
-Luego, en vuestro tiempo, se multiplican los trastornos de orden natural, como terremotos, sequías, inundaciones, desastres que causan la muerte imprevista a millares de personas, seguidas de epidemias y males incurables que se propagan por doquier.
-Además vuestros días están marcados por continuos rumores de guerras, que se multiplican y siegan cada día innumerables víctimas. Crecen las discordias y disensiones en el interior de las naciones; se propagan las revoluciones y las luchas entre los diversos pueblos; continúan extendiéndose guerras sangrientas, no obstante los esfuerzos que se hacen para lograr la paz.
-Finalmente, en vuestro tiempo acontecen grandes signos en el sol, la luna y las estrellas. El milagro del sol, acontecido en Fátima, fue un signo, que os di para advertiros que ya han llegado los tiempos de estos extraordinarios fenómenos que se suceden en el cielo. Y cuántas veces, durante mis actuales apariciones, vosotros mismos habéis podido contemplar los grandes prodigios que se realizan en el sol.
Como las yemas o brotes que despuntan en los árboles, os dicen que ya ha llegado la primavera, así también estos grandes signos que se realizan en vuestro tiempo os dicen que ya ha llegado a vosotros la gran tribulación, que os prepara para la nueva era, que os he prometido con el triunfo de mi Corazón Inmaculado en el mundo.»

Es muy interesante comprobar las manifestaciones de la Virgen en estos mensajes respecto a los signos de los tiempos, con las señales bíblicas precursoras de la Segunda Venida de Cristo, resumidas en el Capítulo 1 del libro “La segunda venida de Cristo y el Reino de Dios”, punto C”
Allí vemos que la primera señal consistirá en la aparición de un engaño religioso generalizado, de manera que se irá perdiendo la verdadera fe cristiana. Es clarísimo lo que en este sentido expresan los mensajes vistos anteriormente, a los que agregamos el siguiente:

13/03/1990: «Vosotros leéis en el Evangelio: -¿Cuándo el Hijo del Hombre vuelva, encontrará aún fe en la tierra?- Hoy quiero invitaros a meditar estas palabras pronunciadas por mi Hijo Jesús. Son palabras graves, que hacen reflexionar y que logran haceros entender los tiempos en que vivís.
Os podéis preguntar, ante todo, por qué Jesús las pronunció. Para prepararos a su segunda venida y para describiros una circunstancia que indicará la proximidad de su regreso glorioso. Esta circunstancia es la pérdida de la fe.
También en otro pasaje de la Divina Escritura, en la carta de San Pablo a los Tesalonicenses, se anuncia claramente que, antes del retorno glorioso de Cristo, tendrá lugar una gran apostasía. La pérdida de la fe es una verdadera apostasía. La difusión de la apostasías es, pues, el signo que indica que la segunda venida de Cristo ya está próxima.
Las cusas de la pérdida de la fe son:
1) La difusión de los errores que son propagados, enseñados a menudo por los profesores de teología en los Seminarios y en las escuelas católicas; de este modo adquieren un cierto carácter de autenticidad y de legitimidad.
2) La rebelión abierta y pública contra el Magisterio auténtico de la Iglesia, sobre todo, el Magisterio del Papa, que ha recibido de Cristo la misión de preservar a toda la Iglesia en la verdad de la fe católica.
3) El mal ejemplo dado por aquellos Pastores que han dejado que el espíritu del mundo se apodere completamente de ellos y se han convertido en propagadores de ideologías políticas y sociales, en vez de ser anunciadores de Cristo y de su Evangelio, olvidando así el mandato recibido de Él: -Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura. De este modo, en estos días, se extiende cada vez más la apostasía por parte de tantos pobres hijos míos.»

También aparecerán en forma sostenida guerras, hambre, pestes y catástrofes naturales. Todo esto, en una gran medida, provocado por los males en los que se sumerge cada vez más la humanidad, cuya base es el alejamiento de Dios siempre más pronunciado, consecuencia del ateísmo práctico generalizado, que crece como un fuego atizado por el viento de la acción solapada de Satanás:

La otra señal importante es que habrá una proclamación renovada del anuncio de la llegada del Reino de Dios en el mundo entero, apoyada por señales y prodigios. Esta circunstancia también es manifestada en los mensajes de María al Padre Gobbi:


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c) El anuncio de salvación.

30/11/1974: «Uno solo es el signo que Dios da al mundo y a la Iglesia de hoy: Yo misma. Yo sola soy anunciada como la gran señal en el cielo: esta Mujer, vestida del sol, con la luna como alfombra a sus pies y doce estrellas como corona luminosa alrededor de su cabeza.
Está preanunciada mi victoria sobre el Dragón rojo, sobre el ateísmo triunfante y hoy aparentemente victorioso. Esta victoria se obtendrá por medio del triunfo de mi Corazón Inmaculado en el mundo, y esta victoria la alcanzaré Yo con los sacerdotes de mi Movimiento. No busquen, por ahora, otros prodigios en el cielo; ¡éste será el único prodigio! (…)»

Será María la que anunciará la purificación y renovación del mundo y de la Iglesia que vendrá:

15/01/1977: «¡Pobre Iglesia mía! Como Madre me acerco a ti, y te encuentro, hija, tan enferma; parece como si estuvieras cercana a la muerte… ¡Qué grande es tu aflicción y tu abandono! Mi adversario te hiere cada día más en los Pastores que te traicionan, en los Sacerdotes que se vuelven siervos infieles. Pero esta grave enfermedad que padeces, la aparente victoria de mi Adversario sobre ti, no es, sin embargo, tu muerte, sino para la mayor glorificación de Dios. Yo misma, como Madre, te asisto en esta agonía de tu dolorosísima purificación. Te recibo en mis brazos maternales y te estrecho en mi Corazón Inmaculado. Como Madre, derramo bálsamo sobre tus heridas y espero la hora de tu curación perfecta. Yo misma –cuando llegue la hora- te curaré. ¡Serás más bella! Serás enteramente renovada y completamente purificada en el momento en que, por medio de tu nueva vida, resplandecerá en todo el mundo el triunfo del Corazón de Jesús y de mi Corazón Inmaculado.»

16/10/1991: «Y la presencia de la Madre llevará a la Iglesia la gracia de una renovación total, haciéndola finalmente salir de la larga noche en la cual se encuentra, hacia el día luminoso de los tiempos nuevos que están por llegar. Así la Iglesia será consolada al ver reflorecer la fe en todas partes, renovarse la esperanza, dilatarse la caridad y difundirse una gran santidad.

Esta renovación de la Iglesia será el cumplimiento del plan de la Virgen para los últimos tiempos. Aquí comenzaremos entonces a estudiar el segundo aspecto que nos interesa de los mensajes al Padre Gobbi.


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2) Lo que ocurrirá en la Iglesia y el mundo.

La santísima Virgen revelará en sus mensajes los sucesos que ocurrirán en el mundo, y cual será su intervención amorosa en favor de sus hijos. Veremos la descripción de los principales acontecimientos a los que hace referencia la Madre en sus revelaciones.


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a) La Segunda Venida de Jesús.

La Virgen anuncia insistentemente que los signos de los tiempos están mostrando claramente que se acerca la Segunda Venida de su Hijo Jesús, aunque el día y la hora siguen escondidos entre los secretos del Padre. También revela que su retorno precederá su venida última para el Juicio Final. El tiempo intermedio entre estos dos sucesos es evidentemente lo que se conoce como “milenio” o “Reino milenial” de Cristo en la tierra.

24/12/1978: «Como fue su nacimiento en esta Noche, será el retorno de Jesús en su gloria, antes de su postrera venida para el Juicio Final, cuya hora está, no obstante, todavía escondida en los secretos del Padre. El mundo se hallará envuelto enteramente en las tinieblas de la negación de Dios, de su obstinado rechazo, de la rebelión a su Ley de amor. Los caminos del mundo se habrán quedado desiertos por la frialdad del odio: Así, casi nadie estará dispuesto a recibirle.
Los grandes del mundo ni siquiera se acordarán de Él, los ricos le cerrarán la puerta, mientras que los suyos estarán muy ocupados en buscarse y afirmarse a sí mismos…
“¿Cuándo venga el Hijo del Hombre encontrará todavía fe sobre la tierra? Vendrá de improviso, y el mundo no estará preparado para su venida. Vendrá para un juicio para el cual el hombre no se encontrará preparado. Vendrá para instaurar en el mundo su Reino, una vez haya derrotado y aniquilado a sus enemigos.»

Todos los cristianos deberían estar con la esperanza puesta en el glorioso retorno a esta tierra del Señor Jesucristo:

26/03/1989: «Hijos predilectos, vivid la alegría de la Pascua. Jesucristo flagelado, coronado de espinas, vilipendiado, llevado a la Cruz, crucificado y ajusticiado como un malhechor, ha resucitado. Con el poder que le viene de la Persona y de la naturaleza divina, ha reclamado de la muerte su naturaleza humana y, en el esplendor de su gloria, ha salido victorioso del sepulcro. Cristo resucitado está vivo en medio de vosotros.
No temáis: Él guía los acontecimientos de la historia humana a la realización del Querer del Padre y de su gran designio de salvación. Cristo resucitado está ahora en el Cielo, sentado en su trono de gloria a la derecha del Padre. A Él están sometidas todas las cosas. Bajo el escabel de sus pies serán humillados y vencidos todos sus enemigos. Desde este día la historia humana se abre a la plena glorificación de Cristo Resucitado. Cristo Resucitado volverá a vosotros sobre las nubes del cielo, en pleno fulgor de su gloria.
-Vivid hoy en espera de su glorioso retorno.
No os dejéis desalentar por el momentáneo triunfo del mal y del pecado. No os entristezca la actual victoria en el mundo del rechazo obstinado de Dios, de la rebelión a su Ley de amor, de una impiedad tan universal. No permitáis que ni siquiera os asalte la duda o la desconfianza al ver a la Iglesia tan herida y golpeada, insidiada y traicionada.
Que la alegría pascual supere toda humana razón de aprensión y de tristeza. Cristo resucitado está vivo entre vosotros. Cristo resucitado marca con su victoria los acontecimientos del mundo y de la historia. Cristo resucitado quiere instaurar entre vosotros su Reino, para que sea glorificado por todo el universo creado. Vivid siempre en la alegría y en una segura esperanza, en espera de su glorioso retorno

Este glorioso retorno de Jesús ya se encuentra próximo:

14/04/1990: «Velad conmigo en la espera y estad seguros en la esperanza de que Jesús regresará sobre las nubes del cielo, en el esplendor de Su Cuerpo Glorioso, como lo preanunció ante el tribunal de Caifás para dar una señal segura de su Divinidad, en estos tiempos en que se difunden las dudas sobre su naturaleza divina y sobre la realización de sus promesas.
Velad conmigo en la espera y sed ardientes en la caridad, en estos tiempos en que ésta se ha enfriado en los corazones de los hombres, y la humanidad se ha convertido en un desierto de vida y de amor, y está cada vez más consumida y amenazada por el egoísmo, la violencia, el hambre y la guerra.
Velad conmigo en la espera en estos últimos tiempos de vuestro tan prolongado Sábado Santo, porque está próximo el momento del retorno de mi Hijo Jesús sobre las nubes del cielo, en el esplendor de su Gloria Divina.»

Si hay algo que la Virgen afirma con profunda certeza y total autoridad es que su Hijo Jesús volverá en el esplendor de su gloria:

13/10/1992: «Alzad los ojos al cielo, porque vuestra liberación está cerca. Del cielo vendrá a vosotros la nueva era de luz y de santidad. Del cielo vendrá a vosotros la derrota definitiva de Satanás y de todo su potente ejército del mal. Del cielo vendrá a vosotros Cristo, en el esplendor de su gloria, cabalgando el caballo blanco de su Divino Poder.
Alzad pues los ojos al cielo, mis predilectos e hijos consagrados a Mí, porque sobre la nube luminosa vendrá a vosotros mi Hijo Jesús en el esplendor de su gloria, para instaurar entre vosotros su Reino de amor, de santidad, de justicia y de paz.»

Cuando Jesús vuelva se alcanzará la “plenitud de los tiempos”:

24/12/1997: «Entrad Conmigo en la plenitud de los tiempos, que se alcanzará cuando Jesús volverá en el esplendor de su gloria divina. Esta primera venida suya alcanza su pleno significado sólo en su segunda venida. Esta noche santa está ordenada al día radiante sin ocaso.
Mi divino niño que ahora contempláis en el pesebre y llora y se estremece por el frío, volverá un día en el poder de su gloria divina y llevará a su plenitud el tiempo y la historia. El tiempo y la historia tendrán su cumplimiento; con su divina y gloriosa presencia hará nuevas todas las cosas. Vosotros vivís el misterio de este segundo Adviento, que os prepara para acoger a Jesús, cuando volverá a vosotros sobre las nubes del cielo.»

Precisamente el tema en general de la segunda Venida de Jesús es lo que tratamos en nuestro libro presentado en esta Página Web, y los mensajes de la Virgen María no dejan dudas en cuanto a la cercanía de este acontecimiento, aunque por supuesto no es posible medir esta inminencia en términos de tiempo, ya que el día y la hora permanecen inescrutables para los hombres en los designios que sólo el Padre conoce.

Sin embargo el paulatino cumplimiento de los signos bíblicos revelados por el mismo Jesús nos dan nos dan el aviso que el retorno del Señor en gloria no es algo que se escapa de toda posibilidad concreta, sino que, por el contrario, implica estar cada día más atentos a su posible venida.

De allí la importancia para el cristiano de penetrar lo más posible en el conocimiento de la revelación de Dios sobre este magno acontecimiento, y los sucesos asombrosos que lo acompañarán, a partir de los Evangelios, las Cartas Pastorales, y muy especialmente, en la revelación profética final de la Biblia, el Libro del Apocalipsis.


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b) La Madre del Segundo Adviento.

La Virgen revela que, por designio divino, ella es la Madre del Segundo Adviento, la que está destinada a preparar el camino para el Señor que viene:

01/01/1990: «Soy la Madre del segundo Adviento. Yo os preparo para su nueva venida. Yo abro el camino a Jesús que vuelve a vosotros en gloria. Allanad los montes elevados por la soberbia, por el odio y por la violencia. Colmad los valles excavados por los vicios, las pasiones, la impureza. Removed la tierra árida del pecado y del rechazo de Dios.
Como Madre dulce y misericordiosa, invito hoy a mis hijos, invito a la humanidad entera, a preparar el camino para el Señor que viene. Al iniciar este último decenio de vuestro siglo, la misión que me ha sido confiada por el Señor, es la de preparar su venida entre vosotros.»

08/12/1991: «Soy la puerta que se abre a la nueva era que os espera y que está por llegar al mundo. Por eso, en estos tiempos vuestros, Yo soy llamad a ser la Madre del segundo Adviento. Así como Jesús, por medio mío, llegó a vosotros en la fragilidad y en la humildad de su naturaleza humana, así nuevamente por medio de Mí, Jesús regresará a vosotros en el esplendor de su gloria, para instaurar su Reino en el mundo.
Mi presencia entre vosotros debe hacerse ahora más fuerte, continua y extraordinaria. Con ella quiero anunciaros que debéis levantar la cabeza del pesado yugo de la gran tribulación que estáis viviendo, porque vuestra liberación está cerca. Soy la Puerta que se abre sobre los tiempos nuevos que os esperan. Entrad todos en mi Corazón Inmaculado con vuestra consagración. En este tiempo del segundo adviento, vigilad en la oración y en la confianza, y esperad con las lámparas encendidas, en la Puerta del cielo de vuestra Madre Celeste, el cercano regreso del Señor Jesús en gloria.»


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c) El plan de María para salvar a la Iglesia, y mediante ella al mundo.

Poco a poco, a través de sus mensajes, la Virgen va revelando el plan que se le ha encomendado llevar a cabo para salvar a la Iglesia:

29/04/1977: «Ha llegado mi hora. Nadie podrá impedir mi plan, que desde hace tiempo he preparado para salvar a la Iglesia. Los puntos estratégicos de este plan sois vosotros, Sacerdotes, hijos de mi maternal predilección. Mi plan sólo se podrá realizar a través vuestro. Pero a vosotros no os toca conocerlo en sus detalles. Basta que los conozca Yo, que soy vuestra Capitana. Vosotros sólo tenéis que obedecer dócilmente mis órdenes y dejaros guiar por Mí. No me preguntéis adonde os llevo. Yo colocaré a cada uno en el sitio conveniente. Cada uno se preocupe de cumplir fielmente su cometido. No se preocupe ni se preocupe de los demás.
Me incumbe a Mí disponerlo todo según el plan que desde hace tiempo viene preparando mi Inmaculado Corazón, en la luz de la sabiduría de Dios.»

La mayor arma con la que cuenta María para la lucha contra la acción de Satanás en el mundo es formar sacerdotes santos:

18/05/1977: «Dejaos conducir por Mí, hijos míos predilectos, Mí batalla ha empezado ya. Comenzaré atacando al corazón de mi Adversario, y lo haré, sobre todo, allí donde él se cree ya vencedor seguro. Ha conseguido seduciros ya con la soberbia. Ha sabido disponerlo todo de una manera inteligentísima. Ha doblegado a su plan a amplios sectores de la ciencia y de la técnica humana, ordenándolo todo a la rebelión contra Dios. En sus manos se encuentra ya una gran parte de la humanidad.
Ha sabido atraerse, con engaños, a científicos, artistas, filósofos, sabios y poderosos. Seducidos por él, se han puesto a su servicio para obrar sin Dios y contra Dios. Pero aquí está su punto débil. Lo atacaré empleando la fuerza de los pequeños, de los pobres, de los humildes, de los débiles. Yo, “la pequeña esclava del Señor”, me pondré a la cabeza del gran ejército de los humildes para atacar al baluarte de las aguerridas huestes de los soberbios.»

En otro mensaje encontramos más precisiones sobre el camino de purificación y santidad por el que María quiere llevar a los sacerdotes que se consagren a su Corazón Inmaculado:

06/08/1977: «Si permanecéis en el jardín de mi Corazón Inmaculado, sois míos. Nadie entonces podrá arrebataros de Mí, porque Yo misma seré vuestra defensora; debéis sentiros seguros.
Os formo con solicitud de Madre. Con mi misma mano arranco de vosotros todo aquello que, de algún modo, pueda desagradar al Señor. El Espíritu que me reviste es como fuego, que quema todo en vosotros y no deja ni una sombra que pueda oscurecer aquella hermosura a la que quiere llevaros vuestra Madre Celestial. Quiero convertiros en purísima transparencia de Dios.
Después os fortalezco en aquellas virtudes, que son como raíces de las que depende toda posibilidad de crecimiento espiritual: la fe, la esperanza y la caridad. Junto a éstas, os doy como ornamento todas las demás virtudes, que han embellecido a vuestra Madre del Cielo delante de Dios. Y sobre vosotros, en la medida que os abráis a la luz de Dios, voy derramando el bálsamo de mi perfume: la humildad, la confianza, el abandono.»

La estrategia decisiva de la Virgen se basa en los sacerdotes consagrados a ella:

24/08/1977: «Hijos míos predilectos, mirad con mis ojos el mundo en que vivís. Veréis como mi Enemigo se ha adueñado de todo: nunca, como hoy, el mundo ha sido tan suyo, ha hecho de él su reino, en el que ejerce, como soberano, su poder. Y las almas, víctimas de su seducción, se pierden cada día en número siempre creciente.
Yo quiero salvarlas con una intervención extraordinaria de mi amor de Madre. Para ello necesito de vosotros, de vuestro amor. Amad con mi mismo Corazón a todos esos pobres hijos míos, a quienes Satanás y el pecado han arrastrado a la muerte.
Mi estrategia decisiva, la que traerá la victoria, sois vosotros, hijos predilectos: tengo necesidad de todo vuestro amor para arrancar de las manos de mi Enemigo a todos mis hijos que él me ha arrebatado. Sólo cuando todos hayan entrado en el jardín de mi Corazón Inmaculado se comprenderá cómo mi triunfo será sólo el triunfo del Amor en el mundo.»

Por los motivos que vimos, la Madre no duda en dirigir a los sacerdotes (y por supuesto también a laicos que se consagren a su Corazón Inmaculado), su angustioso llamamiento:

21/01/1978: «Ayudadme, oh hijos. La Madre tiene necesidad ahora de vuestra ayuda. ¿No os dais cuenta de cómo os llamo, os reúno, os imploro por todas partes? Os imploro con señales cada vez más numerosas, cada vez más llamativas: mis lágrimas, mis apariciones, mis mensajes. No puedo sostener ya por más tiempo este mundo que se precipita hacia el fondo del abismo. Y éste es su mayor castigo, porque si llega a tocar fondo, el mundo se autodestruirá.
Se destruirá y consumirá, en efecto, por el fuego del egoísmo desenfrenado, por el odio que enfrentará a unos contra otros. El hermano matará a su hermano; un pueblo destruirá a otro en una guerra de inaudita violencia, que causará innumerables víctimas. La sangre correrá por todas partes.
Ayudadme, hijos míos predilectos, a impedir que este mundo caiga en el abismo. Ayudadme para que pueda aún salvar a tantos pobres hijos míos que andan perdidos. Con vuestras pequeñas manos dad fuerza a las manos misericordiosa de vuestra Madre celestial. Por ello os pido que respondáis todos a mi angustioso llamamiento.»

También la Virgen revela, en un mensaje desgarrador, las razones por las que hoy sigue llorando:

15/09/1987: «¿Por qué lloro aún? Lloro porque la humanidad no acoge mi materna invitación a la conversión y a su retorno al Señor. Ella continúa corriendo con obstinación por el camino de la rebelión a Dios y a su Ley de amor. Abiertamente se reniega del Señor, se le ultraja y se le blasfema. Se vilipendia públicamente y se pone en ridículo a vuestra Madre Celeste. Mis llamadas extraordinarias no son acogidas; los signos que doy de mi inmenso dolor no se creen. Vuestro prójimo no es amado; cada día se atenta contra su vida y sus bienes. El hombre se vuelve cada día más corrompido, más impío, más perverso y más cruel.
Un castigo, peor que el diluvio, está a punto de caer sobre esta pobre y pervertida humanidad. Descenderá fuego del cielo, y será éste el signo de que la Justicia de Dios ya ha establecido la hora de su gran manifestación.
Lloro porque la Iglesia continúan caminando por la senda de la división, de la pérdida de la verdadera fe, de la apostasía, de los errores que cada vez se publican y se siguen más. Ahora se está cumpliendo lo que predije en Fátima y lo que revelé allí en el tercer mensaje confiado a una hijita mía. Entonces también para la Iglesia ha llegado el momento de su gran prueba, porque el “hombre de iniquidad” se establecerá en su interior y la abominación de la desolación entrará en el Santo Templo de Dios
. Lloro porque en gran número las almas de mis hijos se pierden, van al infierno. Lloro porque son demasiado pocos los que acogen mi invitación a orar, a reparar, a sufrir y a ofrecer.
Lloro porque os he hablado y no he sido escuchada; os he dado signos milagrosos y no he sido creída; me he manifestado a vosotros, mis predilectos e hijos consagrados a mi Corazón Inmaculado, pequeño resto que Jesús guarda celosamente en el seguro recinto de su divino Amor, escuchad y acoged mi dolorida invitación que, desde este lugar, aún hoy dirijo a todas las Naciones de la tierra. Preparaos a acoger a Cristo en el esplendor de su gloria porque el gran día del Señor ha llegado ya.»

Se anuncia con mucha claridad que ya han llegado los tiempos predichos por la Virgen en Fátima:

13/10/1994:«Llevad a todos mi mensaje materno. Mis tiempos han llegado. Han llegado los tiempos predichos por Mí en Fátima. Hoy recordáis el aniversario de mi última aparición, confirmada con el milagro del sol. Entonces yo predije cuanto estáis viviendo en estos años de la purificación y de la gran tribulación.
-Os he predicho el gran castigo, que va a azotar a esta pobre humanidad vuelta pagana, que ha construido una nueva civilización sin Dios y está amenazada por la violencia, por el odio, por la guerra y corre el peligro de destruirse con sus propias manos. Mis intervenciones extraordinarias, que he llevado a cabo para conducirla por el camino de la conversión y de su retorno al Señor, no han sido acogidas ni creídas.
Así ahora os encontráis en la víspera de la gran prueba que Yo os he predicho: será la suprema manifestación de la divina justicia y de la misericordia. Descenderá fuego del cielo, y la humanidad será purificada y completamente renovada, para estar así pronta a recibir al Señor Jesús que volverá a vosotros en gloria.»

En otro mensaje desde Fátima se revela el secreto de María:

11/03/1995: «Por esto hoy, en el mismo lugar donde me aparecí, quiero manifestaros mi secreto.
Mi secreto concierne a la Iglesia. En la Iglesia se llevará a cabo la gran apostasía, que se difundirá por todo el mundo; el cisma se realizará en el general alejamiento del Evangelio y de la verdadera fe
. En ella entrará el hombre de iniquidad, que se opone a Cristo, y que llevará a su interior la abominación de la desolación, dando así cumplimiento al horrible sacrilegio del cual habló el profeta Daniel (Mt. 24,15).
Mi secreto concierne a la humanidad. La humanidad llegará al culmen de la corrupción y de la impiedad, de la rebelión contra Dios y de la abierta oposición a su Ley de amor. Ella conocerá la hora de su mayor castigo, que ya os predijo el profeta Zacarías. (Zac. 13, 7-9).»

Después de la tribulación surgirá una Iglesia plena de santidad en su gran esplendor:

28/06/1995: «Amad a todos con la ternura de mi Corazón de Madre y entonces formaréis el corazón nuevo de la nueva Iglesia, que nacerá con el triunfo de mi Corazón Inmaculado.
¡Si vieseis el esplendor de santidad y la plenitud de unidad de la Iglesia, después de este período de gran tribulación, también vosotros, Conmigo, os estremeceríais de gozo! Porque entonces todas las naciones caminarán hacia Ella, que volverá a ser luz de verdad y de gracia, de unidad y de santidad, para la salvación del mundo

Hay un designio dado a María por la Santísima Trinidad para los tiempos de la segunda venida de Jesús, que se cumplirá en un pequeño resto fiel de sus hijos:

08/12/1995: «-Mi designio es el de conducir a la batalla al ejército de los hijos de Dios para combatir y vencer las insidias de aquellos que se han puesto al servicio de Satanás y combaten para difundir en el mundo el reino del mal, del error, del pecado, del odio y de la impureza.
-Mi designio es el de llevar a toda la creación a su primitivo esplendor, de modo que el Padre Celeste pueda de nuevo reflejarse complacido en ella y recibir del universo creado su mayor glorificación.
-Mi designio es el de llevar a todos mis hijos por la vía de la perfecta imitación de Jesús, de modo que en ellos Jesús pueda revivir y contemplar con alegría los frutos copiosos que han nacido del gran don de su Redención.
-Mi designi es el de preparar los corazones y las almas para recibir el Espíritu Santo, que se derramará en plenitud para llevar al mundo a su segundo Pentecostés de fuego y de amor.
-Mi designio es el de indicar a todos mis hijos el camino de la fe y de la esperanza, de la caridad y de la pureza, de la bondad y de la santidad.
Así en el jardín de mi Corazón Inmaculado preparo el pequeño resto que, entre las olas tempestuosas de la apostasía y de la perversión, permanecerá fiel a Cristo, al Evangelio y a la Iglesia. Y será con esta pequeña grey, custodiada en el Corazón Inmaculado de vuestra Madre Celeste, que Jesús traerá al mundo su reino glorioso.»

Queda así delineado en sus líneas generales el plan de María para cumplir con el designio de Dios cuando llegue el tiempo del regreso en gloria de Jesús: se formará entre sus hijos predilectos (sacerdotes) y los otros hijos suyos (laicos que se consagren a su Corazón Inmaculado) un resto fiel llevado a la santidad, con el cual Jesús traerá al mundo su Reino glorioso.


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d) Los nuevos Apóstoles.

Ese resto fiel que María prepara con la Consagración a su Corazón Inmaculado representa el surgimiento de los nuevos Apóstoles de la Iglesia de los últimos tiempos:

13/10/1978: «Os estoy formando para ser los apóstoles en estos momentos. Sois, por consiguiente, los apóstoles de luz en la hora en que las tinieblas lo cubren todo. Vivid en la Luz. Caminad en la Luz. Difundid la Luz que parte de mi Corazón Inmaculado.
Desde hace años os he preparado en el silencio y os he llevado de la mano como Madre Celeste vuestra. Así, mientras mi Adversario oscurecía la Iglesia y cosechaba víctimas entre tantos de sus mismos Pastores, Yo, en lo secreto de mi Corazón, preparaba la nueva Iglesia, toda luminosa.
Es la misma Iglesia, pero renovada, donde resplandecerá la gloria de la Santísima Trinidad, y en la que Jesús será adorado por todos, honrado, escuchado, seguido.
Así la Iglesia brillará con una luz tan grande como jamás la ha conocido desde las llamas del Cenáculo hasta ahora.»

20/09/1984: «Sois llamados a ser mis Apóstoles en estos vuestros tiempos tan difíciles. Sed mis Apóstoles, viviendo y difundiendo cuanto, en estos años, os he dicho. Yo misma llevo adelante mi Obra del Movimiento Sacerdotal Mariano, por medio de todo lo que os he comunicado a través del libro de mis mensajes, y del pequeño hijo que he escogido, como instrumento mío, para difundirla en todas las partes del mundo. Estad todos cada vez más unidos a este hijo mío; sólo así estáis seguros de caminar en la Luz que os doy. Debéis estar vigilantes porque, en vuestros Países, mi Adversario hace todo lo posible por romper vuestra unidad.
Sed mis Apóstoles, difundiendo por doquier sólo la Luz de Cristo. Anunciad con valentía y sin miedo la Verdad del Evangelio, que el Papa y el Magisterio de la Iglesia propone aún a todos para creer. Y luego dad ejemplo de una vida en todo conforme al Evangelio.
Quiero conduciros a un alto grado de santidad para rechazar el ataque de mi Adversario que –especialmente en vuestros países- intenta oscurecer a la Iglesia con el secularismo, que ha penetrado profundamente en la vida de muchos hijos consagrados y en muchas casas religiosas.
Sed mis Apóstoles, difundiendo mi Luz y conduciendo a todos al seguro refugio de mi Corazón Inmaculado.»

En otro mensaje María llama a sus hijos predilectos “los apóstoles de la nueva era”, indicando con precisión la misión que les espera:

03/09/1991: «Ahora os pido que os convirtáis en los Apóstoles de la nueva era que os espera. Por eso os formo un corazón nuevo, para que sepáis amar a todos con mi amor maternal y misericordioso. No miréis a quienes entre vosotros, por debilidad, han hecho alianza con mi Adversario, que ahora ha sido derrotado. No tengáis ningún resentimiento hacia ellos. El pasado ha sido ya cancelado. Ahora estáis llamados a vivir este tiempo nuevo, y unas nuevas misiones os esperan.
Os espera la misión de reconstruir la Iglesia, aquí donde ha sido tan perseguida y violada por mi Adversario. Por eso os invito a ser siempre Sacerdotes fieles, testigos de unidad y de amor al Papa y a vuestros obispos. Ejercitad vuestro ministerio con gozo y entusiasmo; dad a todos la luz de Cristo y de su Evangelio; sed ministros de la Gracia y de la Santidad. Así, por medio de vosotros, la Iglesia volverá a resplandecer con una gran luz para todos aquellos que viven en esta vuestra nación.
Os espera la misión de evangelizar esta pobre humanidad que ha sido engañada y seducida por el espíritu del mal. Pensad en tantos hijos míos –sobre todo los jóvenes- que durante años han sido formados en la escuela de la negación de Dios y del rechazo de su Ley de Amor. Son ovejitas arrebatadas a la grey de vuestro Pastor divino y encarriladas en la senda del mal, del pecado, de la infelicidad.»

También estos Apóstoles reciben el nombre de “Apóstoles de los últimos tiempos”:

8/12/1994: «En estos años os he formado con un cuidado especial, y a través del don de mis palabras, para ser los Apóstoles de los últimos tiempos.
Apóstoles de los últimos tiempos porque debéis anunciar a todos, hasta los últimos confines de la tierra, el evangelio de Jesús en estos días de gran apostasía. Difundid en la gran tiniebla que ha descendido sobre el mundo, la luz de Cristo y de su divina Verdad.
Apóstoles de los últimos tiempos, porque debéis dar a todos la misma vida de Dios, por medio de la Gracia que vosotros comunicáis por medio de los Sacramentos, de los cuales sois los ministros. Y así difundís el perfume de la pureza y de la santidad, en este tiempo de gran perversión.
Apóstoles de los últimos tiempos, porque estáis llamados a llevar el rocío del amor misericordioso de Jesús a un mundo marchito por la incapacidad de amar y amenazado cada vez más por el odio, la violencia y la guerra.
Apóstoles de los últimos tiempos, porque debéis anunciar el cercano retorno de Jesús en gloria, que introducirá la humanidad en los tiempos nuevos, en los que finalmente se verán los nuevos cielos y la tierra nueva. Proclamad a todos su cercano retorno: maranathá: ¡ven Señor Jesús!»

Esta formación de los llamados “Apóstoles de los últimos tiempos” o “nuevos Apóstoles” queda reflejada muy claramente en nuestro libro, y corresponde a lo que harán los santos que fueron arrebatados al encuentro con Cristo y vuelven a la tierra con Él en su Parusía.

Primero, antes del arrebato, proclaman el “Evangelio del fin” a todo el mundo (Capítulo 2.D.3.), y luego a su vuelta a la tierra, asumen el gobierno del Reino terrenal de Cristo a través de la Iglesia y evangelizan a las naciones paganas del mundo (Capítulo 7.C.).

Las acciones que indican los mensajes son muy concretas:

1°) Antes de la Segunda Venida:

*Anunciar a todos, hasta los últimos confines de la tierra, el evangelio de Jesús.
*Anunciar el cercano retorno de Jesús en gloria.
*Llevar el rocío del amor misericordioso de Jesús a un mundo marchito por la incapacidad de amar.

2°) Después de la segunda Venida:

*Reconstruir la Iglesia, donde ha sido tan perseguida y violada por mi adversario.
*Evangelizar a esta pobre humanidad que ha sido engañada y seducida por el espíritu del mal.
*Dar a todos la misma vida de Dios, por medio de la Gracia que comunican con los Sacramentos.


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e) La función de los Arcángeles.

Los mensajes de María revelan que la Virgen, como Reina de los Ángeles, tiene a su servicio a los Arcángeles, para auxilio de sus hijos predilectos:

29/09/1979: «Con vosotros están también los Ángeles del Señor. Yo soy su Reina y están prontos a mis órdenes, porque la Santísima Trinidad ha confiado a mi Corazón Inmaculado la obra de renovación de la Iglesia y del mundo. San Miguel está a la cabeza de todo mi ejército, celeste y terrestre, dispuesto ya en orden de batalla.
San Gabriel está a vuestro lado para daros a todos la misma invencible fortaleza de Dios. San Rafael os cura de las numerosas heridas que con frecuencia recibís a causa de la tremenda lucha en que estáis empeñados.
Sentid siempre a vuestro lado a los ángeles de Dios e invocad con frecuencia su ayuda y protección. Ellos tienen gran poder para defenderos y sustraeros a todas las insidias que os tiende Satanás, Adversario mío y vuestro.
Ahora su protección se intensificará y la advertiréis de modo particular, porque han llegado los tiempos de la gran prueba, y estáis para entrar en un período de gran angustia como no lo ha habido hasta ahora.»

La protección y defensa de los Arcángeles será muy importante a medida que lleguen los tiempos de las grandes pruebas. Cada uno de ellos tiene una misión definida para desempeñar; así San Gabriel ayuda a revestirse de la fortaleza de Dios, San Rafael cura las heridas causadas por el pecado y San Miguel lucha y entra en combate contra el Adversario.

Según revela la Santísima Virgen, Satanás ha logrado establecer su reino en el mundo, pero también anuncia que está cercano el momento de su derrota, en la que será decisiva la intervención de los Arcángeles:

29/09/1986: «Esta es la hora de mi batalla. Esta es la hora de mi gran victoria. Con vosotros en el combate están también los ángeles del Señor que, a mis órdenes, cumplen la misión que Yo les he confiado. Todos los Espíritus Celestiales son seres poderosos y luminosos y se hallan muy cerca de Dios, a quien aman, sirven, defienden y glorifican
En la Luz de la Santísima Trinidad, Ellos ven todas las insidias peligrosas y engañosas que os tienden los malos Espíritus, que luchan contra Dios y contra su real dominio. Ésta es una batalla terrible, que se libra sobre todo a nivel de espíritus: los buenos contra los malos: los Ángeles contra los demonios.
Vosotros estáis también comprometidos en esta gran lucha y por esto debéis confiaros siempre a su segura protección e invocar a menudo, con la oración, su poderosa ayuda. Todos los Espíritus Celestiales conocen mi designio, saben la hora de mi triunfo, ven como el ataque del infierno, en estos tiempos vuestros, se hace potente, continuo y universal.
Satanás ha logrado establecer su Reino en el mundo y se siente ya seguro vencedor. Pero está cercano el momento de su grande y definitiva derrota. Por esto la batalla es cada día más áspera y terrible y también vosotros, con los Ángeles del Señor, estáis llamados al combate. Las armas usadas por los demonios son las del mal, del pecado, del odio, de la impureza, de la soberbia y de la rebelión contra Dios. Las armas esgrimidas por los Espíritus celestiales, que están junto a vosotros en el combate, son las del bien, de la gracia divina, del amor, de la pureza, de la humildad y de la dócil sumisión a la Voluntad del Señor.»

Los ángeles son los encargados de ir recogiendo de todas partes a los elegidos que formarán parte del ejército victorioso de María:

29/09/1987: «Hijos predilectos, os llamo de todas las partes de la tierra. Los Ángeles de Luz de mi Corazón Inmaculado están ahora recogiendo de todas partes a los elegidos, llamados a formar parte de mi ejército victorioso. Os marcan con mi sello. Os revisten de una fuerte armadura para la batalla. Os cubren con mi escudo. Os entregan el Crucifijo y el Rosario, como armas que usar para la gran victoria.
Ha llegado el tiempo de la lucha final. Por esto los Ángeles del Señor intervienen de manera extraordinaria y se ponen cada día al lado de cada uno de vosotros para guiaros, para protegeros y para fortaleceros. Así como en estos tiempos, se les ha concedido a los Demonios y a todos los Espíritus del mal una gran libertad para sus manifestaciones diabólicas, así también estos son los días en los que a los Arcángeles del Señor se les llama a desarrollar la parte más importante de mi designio.
Cielo y tierra se unen en esta hora de la gran lucha final. Os invito, pues, a que todos forméis una sola cosa con los Ángeles y con los Santos del Paraíso.»

Los elegidos, en nuestra interpretación, son aquellos que serán arrebatados al encuentro con el Señor, y luego de vivir el Segundo Pentecostés volverán victoriosos con Él para instaurar el Reino de Dios en la tierra (Capítulo 3.B.1.). Esta misma función es aclarada en otro mensaje:

29/09/1994: «Hoy celebráis la fiesta de los Santos Arcángeles Gabriel, Rafael y Miguel. Son los Ángeles de vuestro tiempo. Son los Ángeles del tiempo conclusivo de la purificación y de la gran tribulación. Son los Ángeles de vuestro tiempo. A ellos les está confiada una misión especial durante el período de la prueba y del gran castigo. A ellos les toca salvar al pueblo de Dios, recoger de todas partes de la tierra a quien es llamado a formar parte del pequeño resto, que permanecerá fiel, en el seguro refugio de mi Corazón Inmaculado.
Al Arcángel San Migue se le ha confiado la misión de conducir a la batalla los ejércitos de los Ángeles y de mis hijos fieles contra las aguerridas huestes de Satanás, del mal, de las fuerzas satánicas y masónicas, ya organizadas a nivel mundial en una sola gran potencia, para ponerse contra Dios y contra su Cristo.
Al Arcángel San Rafael se le ha confiado la misión de participar, como médico celestial, en la gran batalla para socorrer y curar a cuantos son golpeados y heridos.
Al Arcángel San Gabriel se le ha confiado la gran misión de anunciar el retorno de Jesús en gloria, para instaurar su reino en el mundo. Como ha venido por Él el anuncio de la primera venida de mi Hijo al mundo, así ahora será Él el mensajero luminoso de la segunda venida de Jesús en gloria.»

El pequeño resto fiel de la Iglesia, recogido de todas las partes de la tierra por los Ángeles, estará seguro en el refugio del Corazón Inmaculado de María, que, como ya veremos en detalle enseguida, es figura del arrebato de los elegidos.


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f) El refugio en el Inmaculado Corazón de María.

Un tema que se reitera con mucha frecuencia en los mensajes de María, y que es uno de los “leit-motiv” de las revelaciones, es el referido a su Corazón Inmaculado, como “refugio” para sus hijos:

10/02/1978: «Has recibido también una señal: He aquí su significado: Ahora la Luz se está extinguiendo en todas partes. Aquellos a quienes he llamado se están refugiando en mi Corazón Inmaculado. Aquí está el lugar donde podéis todavía ver; aquí está el refugio donde podéis recogeros; aquí, el camino que os conducirá a Dios.»

La Virgen llama a los hijos fieles a dejarse cobijar en su Corazón Inmaculado, con un sentido claro:

13/10/1982: «Son, pues, los tiempos del castigo y de la salvación, de la justicia y de la misericordia. Para estos tiempos os he preparado el seguro refugio donde debéis cobijaros para ser confortados y salvados. Este refugio es mi Corazón Inmaculado.
De mi Corazón parten, reflejados cada vez con más fuerza, los rayos que provienen del Corazón de Jesús, para que podáis caminar por la senda de la gracia y de la santidad, del amor y de la misericordia, de la verdad y de la fidelidad. Si el mundo está invadido por las tinieblas del pecado, estos rayos descienden como rocío que lo solicitan a abrirse al radiante mediodía de su renovación. Toda la creación conocerá el nuevo y esperado tiempo de su perfecta glorificación de Dios.
Si la Iglesia está, en su realidad humana, oscurecida y herida, estos rayos la abren a la luz del Evangelio de Jesús, a la custodia del depósito de la Fe, que sólo a Ella ha sido confiado, al pleno testimonio de su unidad y santidad.»

Estar en el Corazón Inmaculado de la Virgen significa recibir la luz, “los rayos que provienen del Corazón de Jesús”, es decir, de toda la gracia que lleva a la santidad. La luz de Jesús renovará la Iglesia, oscurecida y herida por la realidad humana.

Más adelante surge un mensaje que revela más aún el significado de este refugio:

11/06/1983: «Mi Corazón Inmaculado es la Puerta del Cielo, a través de la cual pasa el Espíritu de Amor del Padre y del Hijo para llegar a vosotros y renovar a todo el mundo. Por esto os invito hoy a entrar aún más adentro, en lo profundo de este mi Celeste jardín; seréis así revestidos de la luz de la Santísima Trinidad.
En mi Corazón Inmaculado, el Padre os mira complacido, viendoos formados por Mí para glorificarle de manera más perfecta. Mi misión materna es la de ayudar a cada uno de vosotros a realizar con plenitud el designio del Padre, que os ha creado para haceros partícipes de su ser, de su amor y de su gloria.»

El Corazón de María es como una puerta que comunica al Cielo con la tierra, o sea, donde se comunica la acción del Espíritu Santo. Allí se puede cumplir la misión maternal de la Virgen, que consiste en que cada uno de sus hijos pueda cumplir el designio del Padre para ellos.

De acuerdo a la exégesis desarrollada en nuestro libro, en el (Capítulo 3.B.1.), definimos allí con gran cantidad de bases bíblicas el suceso conocido como “el arrebato de los elegidos”, y en particular vimos a este episodio figurado por la visión de la “mujer coronada de estrellas”, de Apocalipsis 12,1-6.

También comentamos en ese lugar la interpretación mariológica de esta visión, que indica que la mujer representa a la Virgen Santísima, quien formará en su Corazón Inmaculado a sus discípulos y Apóstoles de los últimos tiempos. Ellos serán luego arrebatados al encuentro con Cristo, de manera que en el Cenáculo del Inmaculado Corazón de la Madre se producirá el acontecimiento del Segundo Pentecostés.
Creemos que ésta es la interpretación de lo que manifiesta María en su mensajes, lo que se observa en el siguiente:

30/07/1986: «Entrad en el refugio que la Madre celestial os ha preparado para vuestra salvación para que podáis pasar a salvo en mi Corazón Inmaculado los días terribles de la gran tempestad que ya ha llegado. Este es el momento de refugiaros todos en Mí, porque Yo soy el arca de la Nueva Alianza.
En los tiempos de Noé, inmediatamente antes del diluvio, entraban en el Arca aquellos que el Señor destinaba a sobrevivir a su terrible castigo. En vuestros tiempos Yo invito a todos mis hijos a entrar en el Arca de la Nueva Alianza, que Yo he construido en mi Corazón Inmaculado, para ser ayudados por Mí a sobrellevar el peso sangriento de la gran prueba, que precede a la llegada del día del Señor.»

El refugio del Corazón Inmaculado de María equivale al Arca de la Nueva Alianza, donde aquellos que entren en esa sagrada Arca, al igual que en los tiempos de Noé, serán preservados de la tribulación que azotará a la humanidad.

Este mensaje no ofrece ninguna duda respecto a que la Virgen se está refiriendo al suceso que denominamos “arrebato de los elegidos”, y que el propósito del mismo no es más que la santificación del resto fiel de la Iglesia mediante la renovación que producirá el Segundo Pentecostés, como lo explica en otra revelación:

7/06/1987: «Toda la Iglesia debe entrar ahora en el Cenáculo de mi Corazón Inmaculado: deben entrar todos los Obispos, los Sacerdotes, los Religiosos y los Fieles. En el Cenáculo de Jerusalén, sobre los Apóstoles, reunidos en oración Conmigo, descendió el Espíritu Santo, y se obró el milagro del primer Pentecostés.
Así, en el Cenáculo de mi Corazón Inmaculado, cuando toda la Iglesia haya entrado en él, acontecerá el gran prodigio del segundo Pentecostés. Será un fuego divino de purificación y de santificación que renovará toda la faz de la tierra.
Abrid las puertas de vuestros corazones para recibir el gran Don que el Padre y el Hijo harán descender sobre vosotros. El Espíritu del Señor llenará la tierra y cambiará el mundo. El Espíritu del Señor renovará con su fuego divino a toda la Iglesia y la conducirá a la perfección de la santidad y de su esplendor.
El Espíritu del Señor transformará los corazones y las almas de los hombres, y les hará valientes testigos de su Amor divino. El Espíritu del Señor preparará la humanidad a recibir el Reino glorioso de Cristo, para que el Padre sea amado y glorificado por todos.»

Toda la Iglesia fiel que será arrebatada, preparada por la Virgen María, vivirá el segundo Pentecostés (Capítulo 3.B.2.), y, llevada a la perfección de la santidad, será el instrumento con el cual el Señor llevará a la humanidad a vivir en el Reino glorioso de Cristo:

13/05/1991: «Permanecerá fiel solamente aquel pequeño resto que en estos años, acogiendo mi invitación maternal, se ha dejado encerrar en el refugio seguro de mi Corazón Inmaculado. Y será este pequeño resto fiel, que Yo he preparado y he formado, quien tendrá la misión de recibir a Cristo que volverá en gloria, iniciando así la nueva era que os espera.»

La Iglesia purificada y santificada volverá a la tierra con la Parusía de Cristo viniendo en gloria, iniciando el Reino de Cristo terrenal. El Corazón Inmaculado de María es, entonces, el seguro refugio para, primero, ser resguardados de las amenazas del mundo y del Adversario, y luego, para llegar a la transformación del segundo Pentecostés:

11/06/1994: «Yo abro la puerta de oro de mi Corazón materno, para hacer entrar a todos mis hijos expuestos a tantos peligros, maltratados por tantos dolores, abatidos por tantas batallas, heridos por muchas derrotas.
-Es vuestro refugio, en el que resguardaros de los graves y amenazadores peligros que os rodean.
-Es vuestro refugio, en el que sois defendidos del influjo maligno que tiene sobre vosotros este mundo materialista del todo volcado en la búsqueda desesperada del placer.
-Es vuestro refugio, que os protege de ser contaminados por el pecado y la impureza. -Mi Corazón Inmaculado es vuestro refugio, en el que Yo os reúno, como en un nuevo Cenáculo espiritual, para obteneros el don del Espíritu Santo, que os transforme en Apóstoles de la segunda Evangelización.»

Vamos a ver finalmente otros dos mensajes, entre muchos más, que no nos dejan dudas respecto a la interpretación que venimos afirmando:

01/01/1996: «Porque en el seguro refugio de mi Corazón Inmaculado que la Santísima Trinidad os ofrece como arca de salvación, en estos últimos tiempos, esperaréis en la confianza y en la oración el retorno de Jesús en gloria, que traerá su Reino al mundo y hará nuevas todas las cosas.»

08/12/1996: «Mi presencia en la Iglesia se hace de ahora en adelante más fuerte, continua y manifiesta. En el Movimiento Sacerdotal Mariano toda la Iglesia verá la ayuda extraordinaria que le ofrece la Madre Celestial, para conducirla al interior del seguro refugio de su Corazón Inmaculado, donde conocerá la hora luminosa de su segundo Pentecostés. Para esto os he construido el arca de la nueva alianza, en la cual debéis entrar para llegar a los tiempos nuevos que ahora os esperan.»

En este último mensaje se reafirma el sentido final del MSM, en cuanto a que debe ser el instrumento para que la Iglesia sea ayudada a entrar en el arca de la Nueva Alianza, que es el Corazón Inmaculado de María, para llegar a la hora de su segundo Pentecostés.


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g) El segundo Pentecostés:

Ya desde el inicio de los mensajes de la Virgen María al Padre Gobbi encontramos la referencia a un “nuevo Pentecostés”:

5/11/1977: «Todo está a punto de cumplirse según el designio de Dios. Vuestra Madre quiere encerraros en su Corazón Inmaculado a fin de capacitaros para la perfecta realización del designio divino. En él resplandece el triunfo de la misericordia del Padre, que quiere conducir a todos sus hijos descarriados por el camino del retorno a Él, que con tanto amor les espera.
Por él se pondrá en marcha la gran hora del amor misericordioso del Hijo que quiere que este mundo, redimido por Él en la Cruz, quede totalmente purificado en su sangre. Con él llega el tiempo del Espíritu Santo, que os será dado cada vez con mayor abundancia por el Padre y el Hijo, para llevar a toda la Iglesia a su nuevo Pentecostés.
Todo está a punto de cumplirse para que la Iglesia pueda salir, del inmenso dolor de la purificación, más bella y luminosa en medio de un mundo renovado. Contemplad en esta luz todo lo que os acontece. Situad en el contexto de este admirable designio todos los singulares aconteceres del tiempo que vivís.»

María revela con toda claridad que perseverando con Ella en la oración, sus hijos serán preparados para recibir el don del Espíritu Santo en plenitud:

8/09/1980: «Esta es la hora de recogeros Conmigo en la oración y en el amor, que debe crecer entre vosotros hasta hacer de vosotros una sola cosa. Perseverando Conmigo en la oración, os podré preparar para recibir el don del Espíritu Santo, que quiere comunicarse a vosotros de manera cada vez más plena.
Ésta es su hora, porque todo el mundo se purificará y renovará por su potente acción de amor. Vendrá como fuego ardiente y abrasador; vendrá como testigo de mi Hijo, que jamás ha sido tan vilipendiado y traicionado en su persona y en su palabra.
Vendrá para reconciliar al mundo a la perfecta glorificación del Padre. Preparaos a recibir este gran don, que mi Corazón Inmaculado os ha obtenido.»

La Virgen, presentándose como “la Esposa del Espíritu Santo”, revela también la necesidad de una renovación y transformación total de la Iglesia por el fuego del Espíritu Santo:

7/06/1981: «Soy la Esposa del Espíritu Santo. Mi potente función de mediadora entre vosotros y mi Hijo Jesús se ejerce, sobre todo, en obteneros, con sobreabundancia, del Padre y del Hijo, el Espíritu de Amor. La Iglesia debe ser renovada y transformada por este fuego de Amor. Bajo su poderoso hálito de vida se abrirán finalmente los nuevos cielos y la nueva tierra. En el Cenáculo de mi Corazón Inmaculado, disponeos a recibir este Espíritu divino.
Ahora todo el mundo debe ser llevado a la plenitud de la verdad, al Evangelio de Jesús, a la única Iglesia querida y fundada por Cristo, y ésta es la misión del Espíritu Santo. La Iglesia debe abrirse a este fuego divino de tal modo que, completamente purificada, esté pronta a recibir el esplendor de su nuevo Pentecostés, en preparación a la segunda, gloriosa venida de mi Hijo Jesús.
Por eso os invito a repetir con frecuencia: “Ven Espíritu Santo, ven por medio de la poderosa intercesión del Corazón Inmaculado de María, tu esposa amadísima.”»

En este mensaje la Madre celestial nos enseña a todos la mejor manera de pedir en oración la efusión del Espíritu Santo. El nuevo Pentecostés renovará a la Iglesia y a toda la faz de la tierra:

30/05/1982: «En el Cenáculo de mi Corazón Inmaculado preparaos a recibir el fuego de amor del Espíritu Santo, que llevará a mi Iglesia a vivir el gozoso momento de su Pentecostés y renovará toda la faz de la Tierra. Pronto se completará por el fuego del Espíritu de amor la obra de la gran purificación. La Iglesia espera gimiendo su misericordiosa obra de santificación.
A través de interiores sufrimientos, por medio de pruebas que renovarán en Ella las sangrientas horas de la Pasión vividas por mi Hijo Jesús, la Iglesia será conducida a su divino esplendor. Será curada de la llaga del error, que se difunde como un cáncer oscuro y amenaza el depósito de la Verdad. Será sanada de la lepra del pecado, que oscurece su santidad. Será purificada de todos aquellos elementos humanos, que la alejan del espíritu del Evangelio. Será expoliada de sus bienes terrenos y purificada de tantos medios de poder, para que se torne pobre, humilde, simple y casta.
También será crucificada en sus pastores y en su grey para que rinda perfecto testimonio al Evangelio de Jesús. Todo el mundo será también renovado con la fuerza del Fuego y de la Sangre.»

La santificación de la Iglesia será completa, lo que se producirá, como vimos antes, por el arrebato del resto fiel que se habrá refugiado en el Inmaculado Corazón de María, para vivir en ese Cenáculo sagrado la nueva y gran efusión del Espíritu Santo:

28/01/1984: «Como en el Cenáculo de Jerusalén, los Apóstoles, reunidos en oración conmigo, prepararon el momento del primer Pentecostés, así en el Cenáculo de mi Corazón Inmaculado (y por tanto en los cenáculos donde os reunís en oración), apóstoles de estos últimos tiempos, con vuestra Madre Celeste, podéis obtener una nueva efusión del Espíritu Santo.
Será el Espíritu de Amor, con su potente acción de fuego y de gracia, quien renovará desde sus cimientos todo el mundo. Será Él, el Espíritu de Amor, con su gran fuerza de santidad y de luz, quien llevará a mi Iglesia a un nuevo esplendor, a volverla por tanto humilde y pobre, evangélica y casta, misericordiosa y santa.
Será el Espíritu de Amor, a través del fuego de innumerables sufrimientos, quien renovará todo lo creado, para que retorne aquel jardín de Dios, nuevo Paraíso terrenal, en el que Jesús estará siempre con vosotros, como un Sol de luz que irradiará por doquier sus rayos.»

El Espíritu Santo llevará a la Iglesia a la santidad plena, dándole la perfección de sus siete preciosos dones, lo que implica vivir la vida espiritual “al modo divino” (ver “La Vida cristiana plena”, Cuarta Parte, Capítulo 2):

26/05/1985: «Sólo por esto, os recomiendo recogeros con frecuencia en vuestros Cenáculos, para darme una gran fuerza de oración, con la que pueda interceder junto a mi Hijo Jesús, para que os obtenga pronto del Padre el don de un nuevo y segundo Pentecostés para la Iglesia y para toda la humanidad.
Ven, oh Espíritu de Amor, y renueva la faz de la Tierra; haz que toda ella vuelva a ser un nuevo jardín de gracia y de santidad, de justicia y amor, de comunión y de paz, de modo que la Stma. Trinidad se pueda reflejar aún, complacida y glorificada.
Ven, oh Espíritu de Amor y renueva toda la Iglesia: llévala a la perfección de la caridad, de la unidad y de la santidad, para que sea hoy la luz más grande que a todos ilumina en la gran tiniebla que se ha difundido por todas partes.
Ven, oh Espíritu de Sabiduría y Entendimiento, y abre la vía de los corazones a la comprensión de la Verdad entera. Con la ardiente fuerza de tu divino fuego erradica todo error, barre toda herejía, para que resplandezca a todos en toda su integridad la luz de la Verdad que Jesús ha revelado.
Ven, oh Espíritu de Consejo y Fortaleza, haznos esforzados testigos del Evangelio recibido. Sostén al que es perseguido; alienta al marginado; fortalece al prisionero; concede perseverancia al pisoteado y torturado; obtén la palma de la victoria, a quien, aún hoy, es conducido al martirio.
Ven, oh Espíritu de Ciencia, de Piedad y de Temor de Dios, y renueva, con la linfa de tu divino Amor, la vida do todos los que han sido consagrados con el Bautismo, signados con tu sello en la Confirmación, de los que se han entregado al Servicio de Dios, de los Obispos, de los Sacerdotes y Diáconos, para que todos correspondan a tu designio, que estás realizando en estos tiempos, de tu segundo Pentecostés, durante tanto tiempo invocado y esperado.
Sólo entonces la misión que Yo misma he confiado a mi Movimiento Sacerdotal Mariano, vendrá el triunfo de mi Corazón Inmaculado con el inicio de un tiempo en que todos podrán finalmente ver los nuevos cielos y la nueva tierra.»

Aquí la Virgen recuerda la enorme importancia que significa para la santificación del cristiano la acción de los siete dones del Espíritu Santo, los que se “activan” cada vez más en la medida que se avanza en la experiencia de la contemplación infusa. Precisamente el camino a recorrer, particularmente para los laicos católicos, para alcanzar la vida contemplativa, es el que exponemos y enseñamos en nuestra “Escuela de Oración y Crecimiento Espiritual”.

Cuando se produzca el segundo Pentecostés, la santidad de la Iglesia purificada y transformada será el instrumento para instaurar el Reino de Dios terrenal y para poder evangelizar a todas las naciones de la tierra:

22/05/1988: «Ha llegado el tiempo del segundo Pentecostés. El Espíritu Santo vendrá como celeste rociada de gracia y de fuego, que renovará todo el mundo. Bajo su irresistible acción de amor, la Iglesia se abrirá para vivir la nueva era de su mayor santidad, y resplandecerá con una luz tan fuerte, que atraerá a sí a todas las naciones de la tierra.
El Espíritu Santo vendrá para que la Voluntad del Padre Celeste se cumpla y el universo creado torne a reflejar su gran gloria.
El Espíritu Santo vendrá para instaurar el reino glorioso de Cristo, que será un reino de gracia, de santidad, de amor, de justicia y paz. Con su divino amor abrirá las puertas de los corazones e iluminará todas las conciencias. Cada hombre se verá a sí mismo en el ardiente fuego de la divina Verdad. Será como un juicio en pequeño. Después Jesucristo implantará su glorioso Reino en el mundo.
El Espíritu Santo vendrá por medio del triunfo de mi Corazón Inmaculado. Por esto os invito hoy a todos a entrar en el Cenáculo de mi Corazón. Así seréis preparados para recibir el don del Espíritu Santo, que os transformará y os hará los instrumentos con los que Jesús instaurará su Reino.»

El Espíritu Santo está preparando un segundo Adviento, para que la humanidad sea transformada en el Reino de Dios terrenal. Para este objetivo, en otro mensaje se reafirma su acción para derramar y evidenciar la operación de sus siete dones entre los elegidos, quienes entonces podrán difundir la luz de Cristo en todas las naciones de la tierra:

3/06/1990: «El Espíritu Santo tiene la misión de iluminar vuestras almas con la Luz de la Gracia Divina y de guiaros por el camino de la santidad. Por eso derrama sus siete Dones santos sobre vosotros, dando de este modo vigor y crecimiento en las virtudes teologales y morales, que transforman vuestra vida en ese jardín florido, en el cual la Santísima Trinidad, establece su morada.
El Espíritu Santo abre y cierra las puertas del segundo Adviento. Por eso todo el período del Segundo Adviento que estáis viviendo, es el tiempo del Espíritu Santo. Vosotros vivís su tiempo.»

Sobre la manera en que la acción de los dones del Espíritu Santo perfecciona a las virtudes teologales y cardinales, se puede ver “La Vida Cristiana Plena, Segunda Parte, Capítulo 4”.

También la Virgen María define con mucha claridad en otro mensaje la acción del Espíritu Santo:

19/05/1991: «Yo pido que toda la Iglesia se recoja en el Cenáculo espiritual de mi Corazón Inmaculado. Entonces, el Espíritu Santo os llevará a la comprensión de la verdad íntegra. Os hará penetrar en el secreto de la Palabra de Dios y os dará la Luz de la Sabiduría para comprender todo el Evangelio y todo lo que en él se describe acerca de los tiempos que vivís.
El Espíritu Santo os hará comprender los signos de vuestro tiempo. Son los tiempos predichos por la Divina Escritura como los de la gran apostasía y de la venida del Anticristo. Son tiempos de gran tribulación y de sufrimientos innumerables para todos, que os llevarán a vivir los últimos acontecimientos que preparan la segunda venida de Jesús en gloria.
El Espíritu Santo prepara los corazones y las almas para la segunda venida de Jesús. Por esto derrama hoy sus carismas, de una manera aún más fuerte y extraordinaria que en el tiempo de los inicios de la Iglesia. De hecho, ya habéis entrado en los últimos tiempos, que os llevarán a la nueva era. La misión del Espíritu es la de preparar a la humanidad para su cambio completo, la de renovar la faz de la creación, de formar unos cielos nuevos y una tierra nueva.»

Vemos en qué aspectos se evidenciará la acción del Espíritu Santo:

*Llevará al conocimiento de la Verdad íntegra.
*Hará penetrar en el secreto de la Palabra de Dios.
*Hará comprender los signos de nuestro tiempo.
*Preparará los corazones y las almas para la segunda Venida de Jesús.
*Preparará a la humanidad para su completo cambio.
*Renovará la faz de la creación.

En otro mensaje dado por la Virgen en la solemnidad de Pentecostés de 1995 se detalla aún más la acción del Espíritu Santo:

4/06/1995: «Descenderán otra vez sobre la Iglesia y sobre toda la humanidad milagrosas lenguas de fuego. Lenguas de fuego divino traerán calor y vida a una humanidad actualmente helada por el egoísmo y el odio, por la violencia y las guerras.
Lenguas de fuego descenderán para iluminar y santificar la Iglesia, que vive la hora tenebrosa del Calvario y es golpeada en sus pastores, herida en el rebaño, abandonada y traicionada por los suyos, expuesta al viento impetuoso de los errores, invadida por la pérdida de la fe y por la apostasía.
Lenguas de fuego descenderán sobre todos vosotros mis pobres hijos, tan engañados y seducidos por Satanás y por todos los espíritus malignos, que, en estos años, han obtenido su gran triunfo. Y seréis iluminados por esta Luz divina y os veréis a vosotros mismos en el espejo de la verdad y de la santidad de Dios. Será como un juicio en pequeño que abrirá la puerta de vuestro corazón para recibir el gran don de la divina misericordia.
Entonces el Espíritu Santo realizará en el corazón y en la vida de todos el nuevo milagro de la universal transformación: los pecadores se convertirán; los débiles tendrán apoyo; los enfermos obtendrán la curación; los alejados volverán a la casa del Padre; los separados y divididos llegarán a la plena unidad. De esta forma se realizará el prodigio del Segundo Pentecostés.»

En esta revelación aparece algo muy interesante: la luz de la acción del Espíritu Santo genera como un “juicio en pequeño”, es decir, muestra a las almas como en un espejo, que es el de la verdad de Dios, su situación de pecado, para luego purificarlas por la divina misericordia. Es lo que nosotros, en nuestro libro, denominamos “El juicio de los vivos” (ver Capítulos 3, 4 y 5).

En la fiesta de Pentecostés del siguiente año el mensaje de María revela que sólo aparecerá el Reino de Cristo en la tierra luego que la Iglesia haya alcanzado la máxima santidad en el segundo Pentecostés:

26/05/1996: «El segundo Pentecostés vendrá para conducir a la Iglesia al vértice de su máximo esplendor. El Espíritu de sabiduría la conducirá a la perfecta fidelidad al Evangelio; el Espíritu de consejo la asistirá y confortará en todas sus tribulaciones; el Espíritu de fortaleza la llevará a un cotidiano y heroico testimonio de Jesús.
Sobre todo el Espíritu Santo comunicarás ala Iglesia el don precioso de su unidad plena y de la mayor santidad. Sólo entonces Jesús traerá a ella su Reino de gloria.»

La Iglesia, llena del Espíritu Santo, como lo fue llena esa primera comunidad de apóstoles y discípulos que vivieron el primer Pentecostés, será la que llevará el don del Espíritu a toda la humanidad para transformarla y hacer del mundo un jardín lleno de virtudes, ya que ése será el reino que Cristo instaurará con su segunda Venida.


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h) La instauración del Reino de Jesús como una nueva era de paz y santidad.

Lo que podría denominarse como “la gran novedad” teológica de los mensajes de la Virgen María al Padre Gobbi es la revelación de la instauración del Reino terrenal de Cristo, en una nueva era de la humanidad plena de gracia y santidad.

En nuestra obra “El Reino de Dios se instaura con la segunda Venida de Jesucristo”, en el Capítulo 7, planteamos el desarrollo escriturístico y exegético de la instauración del Reino de Dios en su doble fase, terrenal y celestial, a partir de la Parusía del Señor.

Allí damos el apoyo doctrinal pleno a las revelaciones que surgen de los mensajes de María sobre el Reino de su Hijo en la tierra y a una nueva era (“eón”) en la historia de la humanidad. Analizaremos a continuación los detalles de esta revelación:

La primera referencia a la venida del Reino de Jesús la encontramos en el siguiente mensaje:

13/05/1978: «Todos verán muy pronto como la Iglesia vuelve a florecer y a renovarse bajo la acción de vuestra Madre Celeste. Por vuestra parte, perseverad en la docilidad, en la humildad y en la confianza. Ha llegado mi hora. Daré a mis hijos mi espíritu, para que, a través de vosotros, Yo misma pueda seguir hoy viviendo y actuando. Así todo el mundo verá cómo se va realizando el plan de amor del Corazón Inmaculado de vuestra Madre Celeste para el advenimiento del Reino de mi Hijo Jesús.»

La Virgen revela que tiene un plan para preparar el advenimiento del Reino de Jesús, que involucra a sus hijos predilectos, los sacerdotes que escuchen su llamada:

28/07/1978: «Por el contrario, el mundo se encuentra inmerso en el desierto del odio y de la violencia, y la Iglesia vive un período de gran desolación. Pero, hijos predilectos, ¡ésta es mi hora! A través de vosotros, mis Sacerdotes, llamo ahora a todos a consagrarse a mi Corazón Inmaculado. De este modo dad a vuestra Madre Celeste la posibilidad de intervenir para llevar a la Iglesia a su mayor esplendor y preparar el mundo a la venida del Reino de mi Hijo Jesús.»

Los Sacerdotes que se consagren al Corazón Inmaculado de María serán los instrumentos para que otros cristianos hagan lo mismo, para preparar una Iglesia santa que será la precursora de la venida del Reino de Jesús en la tierra.

El mensaje que sigue, dado en Fátima, no deja dudas que la Virgen está anunciando un Reino de Cristo terrenal:

25/11/1978: «Han llegado los tiempos en que el desierto del mundo será renovado por el amor misericordioso del Padre, que en el Espíritu Santo quiere atraer a todos al Corazón divino del Hijo, para que finalmente pueda resplandecer en el mundo su Reino de verdad y de gracia, de amor, de justicia y de paz. La Iglesia y el mundo podrán así alcanzar un esplendor que hasta ahora no han conocido.»

Una revelación fundamental para ese futuro Reino de Cristo terrenal es que en el mismo la Eucaristía será el corazón y el centro de la Iglesia:

14/06/1979: «Secundad mi acción que tiende a transformaros interiormente para haceros a todos Sacerdotes según el Corazón Eucarístico de Jesús. El triunfo de mi Corazón Inmaculado no puede realizarse sino con el triunfo de mi Hijo Jesús, que volverá a reinar en los corazones, en las almas, en la vida de cada uno y de las naciones: en toda la humanidad. Pero Jesús, como está en el Cielo, así también se halla en la tierra realmente presente en la Eucaristía: con su Cuerpo, su Sangre, su Alma, su Divinidad.
Su Reino glorioso resplandecerá sobre todo en el triunfo de Jesús Eucaristía, porque la Eucaristía volverá a ser el corazón y el centro de toda la vida de la Iglesia.
Jesús en la Eucaristía volverá a ser el vértice de toda vuestra oración, que debe ser oración de adoración, de acción de gracias, de alabanza y de propiciación.
Jesús Eucaristía volverá a ser el centro de vuestras reuniones eclesiales, porque la Iglesia es su templo, su casa que ha sido construida sobre todo para que pueda resplandecer en medio de vosotros su divina presencia.
Hijos predilectos, desgraciadamente en estos tiempos las tinieblas han oscurecido también el Tabernáculo: en torno a él hay tanto vacío, tanta indiferencia, tanta negligencia. Cada día aumentan las dudas, las negaciones y los sacrilegios.
Volved a ser los adoradores perfectos, los ministros fervientes de Jesús Eucarístico que, por medio de vosotros, todavía sigue haciéndose presente, todavía se inmola y se da a las almas.»

Aquí no quedan dudas sobre uno de los puntos centrales de la tesis que desarrollamos en nuestro libro: luego de la Parusía Jesús no se quedará en la tierra visiblemente, sino que su presencia real estará dada por el Santísimo Sacramento, donde se encuentra realmente su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. (ver Capítulo 7.C.2.).

Esta revelación es fundamental, ya que elimina radicalmente todas las objeciones que, en más de diecisiete siglos de la historia de la Iglesia, se han hecho respecto al milenarismo, donde la presencia visible de Jesús y de los santos resucitados en la tierra, mezclados con los viadores, presentaba facetas doctrinales imposibles de salvar para la teología católica.

En cambio, en nuestro desarrollo, colocamos las cosas en su debido lugar: en el Reino de Cristo terrenal, la Iglesia renovada y santificada en el arrebato al encuentro con el Señor y la vivencia del segundo Pentecostés, que vuelve a la tierra acompañando a Jesús en la Parusía, y gobierna y evangeliza al mundo sobreviviente de la gran tribulación.

En el Reino de Cristo celestial, Jesús y los santos resucitados “juzgan”, es decir, “gobiernan” el Reino terrenal a través de una nueva y fuerte “comunión de los santos”, como veremos en el siguiente punto.

Desde ahora, toda vivencia profunda de la adoración Eucarística, es un adelanto de lo que vivirá la Iglesia en el Reino de Cristo que se instaurará con su segunda Venida. En nuestro libro, en el punto 3 del Epílogo desarrollamos las consideraciones por las cuales sostenemos que el Reino de Dios terrenal tendrá un esplendor y una santidad nunca antes conocidos en el mundo, que es lo que proclaman constantemente los mensajes de la Virgen sobre el Reino glorioso de su Hijo Jesús.

El último día del año 1980 la Virgen da un mensaje anunciando una nueva era que nacerá:

31/12/1980: «Vivís momentos de emergencia. Por esto os llamo a todos a una más intensa oración, y a vivir con mayor confianza en el amor misericordioso de vuestro Padre Celeste. Está a punto de abrirse la puerta de oro de su divino Corazón y Jesús va a derramar sobre el mundo los torrentes de su misericordia. Son ríos de fuego y de gracia que transformarán y renovarán todo el mundo. Sobre olas de sufrimientos, hasta ahora jamás conocidos, y de prodigios nunca antes realizados, llegaréis al puerto seguro de los nuevos cielos y de una nueva Tierra. Una era de gracia, de amor y de paz va a nacer ya, de los dolorosos días que estáis viviendo.»

Pocos días después de este mensaje, se equipara al resto de la Iglesia fiel al “nuevo pueblo de Israel”, que preparará a la humanidad para el retorno del Señor, luego de vivir el nuevo Pentecostés:

2/2/1981: «Sobre el altar de mi Corazón Inmaculado os ofrezco a Dios:
-Para ser su luz, que cada día debe resplandecer más en medio de las tinieblas que recubren de nuevo la Tierra.
-Para ser su gloria, que a través de vosotros se debe reflejar en todas partes del mundo.
Gloria del nuevo pueblo de Israel, llamado a preparar a la humanidad para el retorno de Jesús. Gloria de la Iglesia renovada, que conocerá un nuevo Pentecostés de fuego, de gracia y de luz. Gloria de la nueva humanidad, purificada por la gran tribulación, pronta ya a vivir el inefable momento de su completo retorno al Señor.»

En otro mensaje se identifica al “nuevo Israel de Dios”, la Iglesia, con la nueva Jerusalén:

5/3/1982: «Al igual que en Jerusalén, todos los profetas fueron destinados a la muerte; como en esta ciudad se rechazó, ultrajó y condenó al mismo Hijo de Dios, al Mesías, desde siglos prometido y preparado, así ahora en la Iglesia, nuevo Israel de Dios, demasiadas veces se ha obstaculizado, con el silencio y el repudio, la acción salvadora de vuestra Madre, celeste profetisa de estos últimos tiempos.
He hablado de muchos modos, pero no habéis escuchado mis palabras. Me he manifestado de muchas maneras, pero no habéis creído en mis signos. Mis intervenciones, incluso las más extraordinarias, han sido negadas.
¡Oh, nueva Jerusalén, Iglesia de Jesús, verdadero Israel de Dios!, ¡cuántas veces he querido reunir a todos tus hijos, como hace la gallina con sus polluelos… Si hubieras conocido los días de tu paz! Pero ahora vendrán sobre ti grandes tribulaciones. Serás sacudida por el viento de la tempestad y del huracán; de las grandes obras, construidas dentro de ti por el orgullo humano, no quedará piedra sobre piedra.
Nueva Jerusalén, acoge hoy mi invitación a la conversión y a la interior purificación. Así pronto resplandecerá sobre ti la nueva era de justicia y santidad; difundirás tu Luz sobre todas las naciones de la Tierra. Mi hijo Jesús instaurará entre vosotros su glorioso Reino de amor y de paz.»

Lo expuesto en este mensaje es totalmente coincidente con nuestra exégesis respecto a la Jerusalén que baja del cielo (Capítulo 7.A.2.). Allí sostenemos que la descripción de la Jerusalén terrenal de Apocalipsis 21,9-27 simboliza a la Iglesia terrenal formada por los santos arrebatados al encuentro con el Señor, y purificada luego por la vivencia del nuevo Pentecostés, que regresa a la tierra acompañando al Señor en su Parusía, con la misión de gobernar y evangelizar a las naciones del mundo. Estos santos morirán a su tiempo, pero habrán sido confirmados en gracia, es decir, se salvarán.

En la fiesta de Cristo Rey de 1986 la Virgen explica de qué manera Jesús deberá reinar en su glorioso Reino que ya está a las puertas:

23/11/1986: «Hoy, en la gloria del Paraíso y en la luz purificadora del Purgatorio, acojo el homenaje de toda la Iglesia terrena y peregrina para ofrecer, junto con todos vosotros, la corona de Su realeza a Jesucristo nuestro Dios, nuestro Salvador y nuestro Rey.
Jesús debe reinar ante todo en los corazones y en las almas de todos, porque la suya es una realeza de Gracia, de santidad, y de amor. Cuando Jesús reina en el alma de una criatura, es transformada por una luz divina, que la hace cada día más bella, luminosa, santa y amada por Dios.
Jesús debe reinar en las familias, que deben abrirse, como brotes, al sol de su Realeza. Por esto obro Yo en estos tiempos, a fin de que las familias crezcan en armonía y en paz, en comprensión y concordia, en unidad y fidelidad.
Jesús debe reinar en toda la humanidad, para que sea un nuevo jardín, donde la Santísima Trinidad reciba encanto y belleza, amor y perfume de toda criatura y, siendo así glorificada, ponga su morada habitual entre vosotros. Por esto obro Yo fuertemente hoy para guiar a toda la humanidad por el camino de su retorno a Dios, por medio de la conversión, de la oración y de la penitencia.
Jesús debe reinar en la Iglesia, porción privilegiada de su divino y amoroso dominio.. La Iglesia es toda Suya, porque ha nacido de su Corazón traspasado, ha crecido en su Amor, ha sido lavada con su Sangre, ha sido desposada a Él con pacto inviolable de eterna fidelidad.
Mi acción de Madre prepara en vuestro tiempo la venida del Reino glorioso de mi Hijo Jesús. Mi Corazón Inmaculado es el camino que os conduce a su Reino. De hecho el triunfo de mi Corazón Inmaculado coincidirá con el triunfo de mi Hijo Jesús en su glorioso Reino de Santidad y de Gracia, de Amor y de Justicia, de Misericordia y de Paz, que será instaurado en todo el mundo. Por lo cual Yo os invito hoy a la oración y a la confianza, os llamo a la paz del corazón y a la alegría, porque el glorioso Reino del Señor Jesús está ya a las puertas.»

El Reino de Cristo en la tierra, que coincidirá con el triunfo del Corazón Inmaculado de María, será instaurado a partir de la luz del Espíritu Santo que invadirá la Iglesia purificada en el segundo Pentecostés, que evangelizará y guiará a la santidad a las personas, las familias y las naciones, para que Cristo reine sobre toda la humanidad.

La acción del Espíritu Santo, que descenderá de lo alto como fuego sobre el mundo, será la que dará cumplimiento a la petición de la oración que el mismo Jesús enseñó a sus discípulos: “Venga a nosotros tu Reino”:

3/07/1987: «Jesús, que os ha enseñado la oración para invocar la venida del Reino de Dios sobre la tierra, verá finalmente cumplida su invocación, porque instaurará su Reino. Y la creación volverá a ser un nuevo jardín, donde Cristo será glorificado por todos, y su Divina Realeza será aceptada y exaltada: será un Reino universal de Gracia, de belleza; de armonía, de comunión, de santidad, de justicia y de paz.
La gran Misericordia llegará a vosotros como fuego abrasador de amor, y será traída por el Espíritu Santo, que os será donado por el Padre y el Hijo, para que el Padre se vea glorificado y el Señor Jesús se sienta amado por todos sus hermanos. El Espíritu Santo descenderá como fuego, pero de diversa manera que en su primera venida: será un fuego que todo lo abrasará y transformará, que santificará y renovará la tierra desde sus mismos cimientos.
Abrirá los corazones a una nueva realidad de vida y conducirá a todas las almas a una plenitud de santidad y de Gracia. Conoceréis un amor tan grande, una santidad tan perfecta como hasta ahora nunca la habéis conocido.»

El reino de Cristo en la tierra manifestará plenamente la presencia del Señor entre los hombres a través del triunfo universal de su Eucaristía, que permitirá experimentar de una manera nueva y extraordinaria su presencia real por el Sacramento.

De este modo el Reino de Dios sobre la tierra podría denominarse con toda propiedad “el Reino Eucarístico de Jesús”:

21/8/1987: «Sacerdotes y fieles de mi Movimiento, id con frecuencia delante del Tabernáculo; vivid delante del Tabernáculo; orad delante del Tabernáculo. Sea vuestra oración una perenne plegaria de adoración y de intercesión, de acción de gracias y de reparación.
Porque en la Eucaristía, Jesús está realmente presente, permanece siempre con vosotros; y esta presencia se hará cada vez más fuerte, resplandecerá sobre el mundo como un sol, y señalará el comienzo de la nueva era. La venida del Reino glorioso de Cristo coincidirá con el mayor esplendor de la Eucaristía. Cristo instaurará su Reino glorioso con el triunfo universal de su Reino Eucarístico, que se desarrollará con toda su potencia, y tendrá la capacidad de cambiar los corazones, las almas, las personas, las familias, la sociedad, la misma estructura del mundo.
Cuando haya instaurado su Reino Eucarístico, Jesús os conducirá a gozar de esta su habitual presencia, que sentiréis de una manera nueva y extraordinaria, y os llevará a experimentar un segundo, renovado y más bello Paraíso terrenal.»

La Virgen recuerda que el nacimiento de una nueva era de santidad y de gracia, que es el Reino de su Hijo en la tierra, será posterior a la purificación del mundo por el gran castigo que el Señor permitirá que vivan los hombres:

1/1/1991: «Rezad, hijos predilectos, haced penitencia, porque ya habéis entrado en el tiempo del gran castigo que el Señor mandará para la purificación de la tierra. El gran sufrimiento que os espera es para prepararos al nacimiento de la nueva era, que está por llegar al mundo. Vivid este nuevo año en mi Corazón Inmaculado, que es el refugio que Yo os he preparado para estos tiempos, llenos de sufrimiento para las personas individualmente y para los pueblos. Por tanto, no tengáis miedo. Vuestro sufrimiento aumentará mientras aumente la prueba que ya ha empezado.Yo soy el anuncio de la nueva era.
En la profunda oscuridad de este tiempo, si vivís conmigo, podréis vislumbrar la claridad de los tiempos nuevos que os esperan. Mirad hacia esa luz y vivid en la paz del corazón y en la esperanza.»

Esta prueba es necesaria tanto para la Iglesia como para toda la humanidad:

2/2/1991: «Es una prueba tan grande y dolorosa que ni tan siquiera la podéis imaginar, pero es necesaria para la Iglesia y para toda la humanidad, para que pueda llegar a vosotros la nueva era, el mundo nuevo, la reconciliación de la humanidad con su Señor. En estos días, Jesús está actuando de una manera muy fuerte en todas las partes del mundo para realizar el designio de su Amor Misericordioso.
Este designio, por ahora, permanece escondido y encerrado en el secreto de su Corazón Divino. También hoy, solamente es revelado a los pequeños, a los sencillos, a los pobres, a los puros de corazón. Con estos pequeños, que Él está reuniendo de todas las partes de la tierra, Jesús instaurará pronto su Reino de Gloria.»

En la fiesta de la Asunción de María de 1991 la Virgen da en su mensaje una revelación que coincide plenamente con nuestra exégesis sobre la instauración del Reino de Cristo en la tierra, y el significado de la Jerusalén Terrenal que baja del Cielo (ver Capítulo 7.A.2.):

15/8/1991: «Hoy, hijos predilectos, contempladme en el esplendor de mi Cuerpo Glorioso, elevado a la gloria del Paraíso. Vivid con gozo, con confianza, los últimos tiempos de este segundo Adviento, mirándome a Mí como Signo de esperanza segura y de consuelo.
La nueva era que os espera, corresponde a un particular encuentro de amor, de luz y de vida entre el Paraíso, en el cual me encuentro en perfecta bienaventuranza con los Ángeles y los Santos, y la tierra en la cual vivís vosotros, mis hijos, en medio de tantos peligros y de innumerables tribulaciones. Es la Jerusalén Celestial, que baja del cielo a la tierra, para transformarla completamente y formar así los cielos nuevos y la tierra nueva.»

En nuestro libro sostenemos que la Jerusalén que baja del cielo simboliza a la Iglesia terrenal purificada y santificada en el arrebato, luego de vivir el segundo Pentecostés y las Bodas del Cordero. La Virgen denomina a este descenso “un particular encuentro de amor, de luz y de vida entre el Paraíso en el cual me encuentro y la tierra”.

Claramente tenemos aquí identificadas las dos fases del Reino de Dios: la celestial y la terrenal, unidas en el encuentro de gracia que produce la “Comunión de los Santos” (ver punto siguiente, “i”).

En otro mensaje La Virgen Santísima se refiere al importante hecho que Satanás ya no tendrá acción ni influencia en el Reino de Cristo en la tierra, y que será la presencia eucarística de Jesús la que liberará todo su divino poder en los corazones y las almas de los hombres:

21/11/1993: «El Reino glorioso de Cristo se reflejará también en una nueva forma de vida de todos. Porque seréis llevados a vivir sólo para la gloria de Dios. Y el Señor será glorificado cuando sea perfectamente cumplida, por cada uno de vosotros, su divina Voluntad. El Reino glorioso de Cristo coincidirá, por tanto, con el perfecto cumplimiento de la Voluntad de Dios por parte de todas sus criaturas, de modo que también sobre esta tierra suceda como en el cielo. Pero esto no es posible, si antes no es derrotado Satanás, el seductor, el espíritu de mentira que siempre ha intervenido en la historia de los hombres, para conducirlos a la rebelión hacia el Señor y a la desobediencia de su Ley.
El Reino glorioso de Cristo se establecerá después de la completa derrota de Satanás y de todos los Espíritus del mal y con la destrucción de su diabólico poder. Así será atado y arrojado en el infierno y será cerrada la puerta del abismo para que no pueda ya salir a dañar en el mundo. En el mundo reinará Cristo.
El Reino glorioso de Cristo coincidirá con el triunfo del Reino Eucarístico de Jesús. Porque en un mundo purificado y santificado, completamente renovado por el Amor, Jesús se manifestará sobre todo en el misterio de su presencia eucarística. La Eucaristía liberará toda su divina potencia y será el nuevo sol, que reflejará sus rayos luminosos en los corazones y en las almas y después en la vida de cada uno, en las familias y en los pueblos, formando de todos un único redil, dócil y manso, del que Jesús será el único Pastor. Hacia estos nuevos cielos y esta nueva tierra os conduce vuestra Madre Celestial que hoy os reúne de todas partes del mundo para prepararos a recibir al Señor que viene.»

Para terminar este apartado, nos referiremos a otro importante mensaje, donde la Virgen equipara la experiencia que tendrá la humanidad de la venida de Jesús en gloria a la vivencia que experimentaron Pedro, Santiago y Juan en el Tabor:

6/8/1997: «Cuando Jesús volverá en su gloria divina y aparecerá a toda la humanidad, todos serán llamados a tener la misma experiencia que Pedro, Santiago y Juan tuvieron en el monte Tabor. Porque Jesús se manifestará en su esplendor y su humanidad estará completamente transfigurada por la luz fulgidísima de su divinidad. Entonces todo el universo proclamará a Jesucristo Hijo de Dios, Imagen perfecta del Padre, el Verbo hecho hombre el sólo y único Salvador. Aquél por el que han sido hechas todas las cosas y que tiene el poder de someter a Él todas las cosas. Jesús traerá su Reino glorioso al mundo y será un reino de santidad y de gracia, un reino de justicia, de amor y de paz. Hijos predilectos, vivid la gozosa espera de su gloriosa venida.»

En nuestra obra analizamos el suceso de la Transfiguración de Jesús como parte de la exégesis que muestra claramente el retorno de los santos arrebatados junto a Jesús en su Parusía (ver Capítulo 3.B.1.).


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i) La Comunión de los Santos.

En el punto anterior, donde analizamos la instauración del Reino de Jesús sobre la tierra, vimos que la forma de “gobierno” que tendrán el Señor y los santos resucitados desde la Jerusalén celestial estará basada en la llamada “comunión de los santos”.

En nuestro libro desarrollamos ampliamente este tema, por ser fundamental para comprender un aspecto crucial del Reino de Cristo terrenal, que se refiere al hecho de “juzgar” o “gobernar” al mismo, sin estar presente en forma visible sobre la tierra (ver Capítulo 7.C.2).

Hay muchos mensajes de la Virgen María al Padre Gobbi que confirman sin lugar a dudas nuestra exégesis; veamos algunos de los más relevantes:

2/11/1978: «No os sintáis solos. A mi ejército pertenecen también los Santos del Cielo y vuestros hermanos que se purifican todavía en el Purgatorio ofreciéndome oración y sufrimiento. Todos aquellos Sacerdotes que durante su vida terrena han respondido a mi invitación, han escuchado mi voz y se han consagrado a mi Corazón, son ahora en el Paraíso luces que resplandecen en torno a vuestra Madre Inmaculada. Ellos están ahora muy cerca de vosotros: os ayudan a cumplir mis designios, os sostienen con su invisible presencia, os defienden del mal, os protegen contra tantos peligros en medio de los cuales vivís.
No os sintáis solos. Con estos hermanos vuestros Sacerdotes están también a vuestro lado los Ángeles de luz de vuestra Madre Celeste. Os preparan para vuestro perfecto ofrecimiento, como prepararon mi Corazón Inmaculado para decir “si” a la Voluntad del Señor.
Por esto, hoy, cielo y tierra se unen, en esta extraordinaria comunión de amor, de oración y de acción, a las órdenes de vuestra Celestial Capitana. El designio de mi Corazón Inmaculado está a punto de cumplirse porque mi Hijo Jesús va a obtener su mayor victoria con la llegada a este mundo de su Reino glorioso.»

Hay una unión entre los santos del cielo y los que se purifican en el Purgatorio con la Iglesia terrenal, quienes forman en su conjunto el ejército de la Virgen. Su función está descripta en estas acciones:

*Ayudan a cumplir los designios de la Virgen.
*Defienden del mal.
*Protegen contra los peligros.
*Sostienen y dan fortaleza.

Esta comunión de vida se hará cada vez más intensa y será instrumento privilegiado para la instauración del Reino de Jesús en la tierra:

1/11/1981: «Soy la reina de todos los Santos. Hoy se os invita a elevar vuestra mirada al Paraíso, a donde os han precedido muchos hermanos vuestros. Ruegan por vosotros y os ayudan para que venga pronto también sobre la tierra aquel Reino de Jesús, que en el Cielo es el motivo de nuestra alegría y de nuestra gloria.
Debe hacerse cada vez más intensa esta comunión de vida con todos vuestros hermanos, que ya han alcanzado el Paraíso. En estos tiempos la Comunión de los Santos debe ser vivida aún más intensamente, porque una sola es la Iglesia en la que mi Hijo Jesús vive, reina y es glorificado por sus hermanos que aún luchan o sufren o gozan de felicidad eterna. La Madre Celeste quiere hacer más fuertes vuestros vínculos de amor con el Cielo para que cada día gocéis de la Comunión de los Santos, y avancéis unidos.»

La Madre Celestial revela que la comunión de los santos es como una “puerta luminosa” por la cual el Paraíso se une con la tierra, y permite que el mundo experimente la gloriosa presencia de Cristo:

1/11/1990: «Que os alegre la certeza de que los Santos del Paraíso reflejan sobre vosotros la luz de su bienaventuranza, para ayudaros a vivir en la tierra, para la glorificación perfecta de la Santísima Trinidad. Que sea un gran consuelo para vosotros la certeza de que los Santos os ayudan con sus oraciones, están a vuestro lado para consolaros en las aflicciones, para daros fuerza en las dificultades, para remover los obstáculos que encontráis en vuestro camino, para haceros superar las trampas que os tiende vuestro Adversario y mío.
En la hora de la gran prueba el Paraíso se unirá con la tierra. Hasta el momento en que se abrirá la puerta luminosa, para hacer bajar al mundo la gloriosa presencia de Cristo, quien instaurará su Reino en el cual se hará la Voluntad Divina de manera perfecta, así en la tierra como en el cielo.»

La “nueva era” o “eón” que abarcará el Reino de Cristo terrenal implicará una Comunión de los Santos plena y fuerte:

15/8/1991: «La nueva era que ya está por llegar, os lleva a una plena comunión de vida con aquellos que os han precedido y que en el Paraíso gozan de la perfecta felicidad. Ved el resplandor de las jerarquías celestiales, comunicad con los Santos del Paraíso, aliviad los sufrimientos purificadores de las almas que todavía están en el Purgatorio. Experimentad de una manera fuerte y visible, la verdad consoladora de la Comunión de los Santos.»

Nuevamente la Virgen reafirma en otro mensaje que la comunión de los santos equivale a que el Paraíso se una a la tierra:

1/11/1995: «El Paraíso se une a la tierra, ahora que estáis viviendo el período conclusivo de la purificación y de la gran tribulación. Así los Santos del cielo iluminan vuestra existencia, os socorren con su potente ayuda, os defienden de las astutas insidias de mi Adversario, os conducen de la mano por la vía de la santidad, en la trémula espera de asociaros también vosotros un día a su eterna bienaventuranza.
Por esto hoy os invito a vivir la gozosa experiencia de la comunión de los Santos. Entonces recibís fuerza y valor para superar los momentos de la prueba y desde el Paraíso se os esclarece el doloroso camino que todos debéis recorrer, para cruzar el umbral luminoso de la esperanza.»

Esta Comunión de los Santos ayuda a la Iglesia terrenal en los difíciles tiempos de la purificación, y cuando se instaure el Reino de Cristo en la tierra, será la vía de comunicación perfecta de las gracias y los auxilios que se derramarán desde el cielo.

La acción de los santos (“juzgar”, es decir, según la acepción hebrea, “gobernar”) se evidencia con la ayuda para vencer las insidias de Satanás y a la “conducción de la mano” por el camino de la santidad, ya desde antes de la Parusía.

Luego de la instauración del Reino de Cristo, eliminada la influencia del Diablo, que estará “encadenado”,, la acción de la Comunión de los Santos será decisiva para el florecimiento en todo el mundo de una santidad generalizada jamás vista anteriormente en el cristianismo.

Completamos de esta forma el panorama que nos dan los mensajes de María Santísima sobre lo que ocurrirá en la Iglesia y en el mundo en los tiempos del fin, mostrando como nuestro desarrollo exegético se encuentra en completa armonía con el contenido de estas revelaciones.


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3) Las revelaciones de la Santísima Virgen sobre el Libro del Apocalipsis.

A lo largo de la gran cantidad de mensajes de la Virgen María recibidos por el P. Gobbi, hay muchos que se refieren a su intención de llevar a sus hijos predilectos a la comprensión de la Divina Escritura. En particular, es sumamente importante destacar lo que aclara respecto del Libro del Apocalipsis, diciendo que “todo está ya predicho en él”, de donde surge el valor que tiene su estudio e interpretación, en especial a partir de la comprensión que surge de las revelaciones de la Madre:

24/4/1980: «Tened confianza, hijos predilectos. En los momentos presentes, tan cargados de oscuridad y de amenazas, mirad a vuestra Madre Celeste. Revelaré a vuestras almas el secreto de la Palabra, hecha Carne en mi seno materno.
Os llevaré a la plena comprensión de la divina Escritura. Sobre todo, os leeré las páginas de su último Libro, que estáis viviendo. Todo está ya predicho en él, aun lo que todavía está por suceder. Está claramente descrita la batalla a la que os llamo, y está también preanunciada mi gran victoria.»

También encontramos severas advertencias respecto a las interpretaciones “modernas” de los evangelios:

25/3/1982: «En estos tiempos, el querer del Padre no se cumple, y la acción del Espíritu Santo es impedida al no aceptar el Evangelio de Jesús. Con frecuencia se ofrece de él una interpretación sólo humana, que tiende a excluir cualquier intervención sobrenatural. ¡Cuántos episodios se explican como leyenda o géneros literarios! Nunca como hoy, se da una interpretación del gran misterio de Dios tan mezquina y banal. Como consecuencia de esto, la fe de muchos se ha apagado y cada vez se difunden más en la Iglesia errores muy graves.
Permaneceréis en la verdadera fe, sólo si dais vuestro perfecto asentimiento a todo cuanto se dice en el Evangelio de Jesús. Anunciadlo a la letra; vividlo a la letra. Entonces comprenderéis los misterios del Reino de Dios que están ocultos a los grandes y a los soberbios, pero que se revelan a los pequeños y humildes.»

En nuestro libro, en la Introducción, punto B, sostenemos nuestro punto de vista sobre la exégesis “moderna”, totalmente coincidente con lo expresado en estas palabras de la Virgen.

Se acusa a la masonería eclesiástica de buscar interpretaciones del Evangelio con base exclusivamente racionalistas y naturales:

13/6/1989: «Jesús es el camino, que conduce al Padre por medio del Evangelio que nos ha dado como camino a recorrer para alcanzar la salvación. Jesús es Verdad, porque es Él –Palabra viviente- fuente y sello de toda la Revelación Divina. Entonces la masonería eclesiástica obra para oscurecer su Divina Palabra, por medio de interpretaciones naturales y racionales y, con el pretexto de volverla más comprensiva y aceptada, la vacía de todo contenido sobrenatural. Así es como se difunden los errores por todas partes dentro de la misma Iglesia Católica.
La masonería eclesiástica favorece las exégesis que dan del Evangelio interpretaciones racionalistas y naturales, por medio de la aplicación de los varios géneros literarios, de manera que el mismo queda lacerado en todas sus partes. Al final se llega a negar la realidad histórica de los milagros y de Su resurrección y se pone en duda la divinidad misma de Jesús y su Misión Salvífica.»

Muy especialmente hay numerosos mensajes que revelan la verdad encerrada en diversos pasajes del Libro del Apocalipsis:

29/6/1983: «La Mujer vestida del Sol combate abiertamente con su ejército contra el ejército a las órdenes del Dragón rojo, a cuyo servicio se ha puesto la Bestia negra, venida del mar. El Dragón rojo es el Ateísmo marxista, que ha conquistado ya el mundo entero y ha llevado a la humanidad a construir una nueva civilización sin Dios. Por esto el mundo se ha convertido en un desierto árido y frío, sumergido en el hielo del odio y en las tinieblas del pecado y de la impureza.
La Bestia negra es la Masonería, que se ha infiltrado en la Iglesia y la ataca, la hiere y trata de demolerla con su táctica solapada. Su espíritu se difunde por todas partes como una peligrosa nube tóxica, y conduce a la parálisis de la fe, apaga el ardor apostólico y aleja cada vez más de Jesús y de su Evangelio.»

Se identifica al “Dragón Rojo” con la acción del ateísmo marxista, que es el ejército puesto a su servicio, y a la “Bestia Negra” como la masonería infiltrada en la Iglesia.

Revela también María que la cadena que atará a Satanás e impedirá su maligna acción sobre el mundo será el Santo Rosario:

7/10/1983: «Hijos predilectos, en la batalla en que cada día estáis empeñados contra Satanás, y sus insidiosas y peligrosas seducciones contra el poderoso ejército del Mal, además del auxilio especial que os prestan los Ángeles del Señor, tenéis necesidad de usar un arma segura e invencible. Esta arma es vuestra oración.
La soberbia de Satanás será una vez más vencida por la humildad de los pequeños, y el Dragón rojo se sentirá definitivamente derrotado y humillado, cuando Yo lo ate, no sirviéndome de una gruesa cadena, sino de una fragilísima cuerda: la del Santo Rosario.»

El tiempo en que Satanás será encadenado llegará antes de lo pensado:

9/10/1987: «Por último preparo el día, ya cercano, de vuestra liberación con la definitiva derrota del Dragón rojo, del ateísmo teórico y práctico, que ha conquistado el mundo entero. El tiempo de vuestra esclavitud está para terminar. Naciones de toda la tierra, ¡salid de la esclavitud y de la tiniebla e id al encuentro de Cristo que llega para instaurar entre vosotros su glorioso reino de amor!
Ha llegado ya el momento en que Yo, la Mujer vestida del Sol, venceré al Dragón rojo, le encadenaré y le precipitaré en el infierno para que no pueda dañar más a la tierra. En efecto, la tierra será toda transformada en un nuevo Paraíso terrestre para la perfecta glorificación de la Santísima Trinidad.»

También María explica la interpretación de la persecución del Dragón Rojo a la Mujer vomitando un río de aguas, y su salvación por las dos alas del Águila:

6/5/1989: «¡Cuánto consuelo dais a mi profundo dolor; cuánta alegría proporcionáis a mi Corazón Inmaculado! Porque, por medio de vosotros que me habéis respondido, la devoción hacia Mí ya está refloreciendo en toda la Iglesia. De este modo Yo puedo ejercer, en estos vuestros tiempos, el gran poder que me ha sido dado por la Santísima Trinidad, para volver inofensivo el ataque que mi Adversario, el Dragón rojo, ha desencadenado contra Mí, vomitando de su boca un río de aguas para sumergirme.
El río de aguas está formado por el conjunto de todas las nuevas doctrinas teológicas que han tratado de oscurecer la figura de vuestra Madre Celeste, de negar mis privilegios, de redimensionar la devoción para Conmigo, de ridiculizar a todos mis devotos. A causa de estos ataques del Dragón, en estos años la piedad hacia mí ha ido disminuyendo en muchos fieles y, en algunos lugares, ha desaparecido por completo.
Pero han acudido en auxilio de vuestra Madre Celeste las dos alas de la gran águila. La gran águila es la Palabra de Dios, sobre todo la Palabra contenida en el Evangelio de mi Hijo Jesús.
Las dos alas del águila son la Palabra de Dios acogida, amada y custodiada con la fe y la Palabra de Dios vivida con la Gracia y la Caridad. Las dos alas de la fe y la caridad –es decir de la Palabra de Dios acogida y vivida por Mí- me han permitido volar por encima del río de aguas de todos los ataques dirigidos contra Mí, porque han manifestado al mundo mi verdadera grandeza.
He aquí la misión que Yo he preparado para el ejército que me he formado en todas partes del mundo con mi Movimiento Sacerdotal Mariano: dejarse transportar conmigo sobre las dos alas de la gran águila, es decir, de la fe y de la caridad, acogiendo con amor, en estos vuestros tiempos, y viviendo la sola Palabra de Dios.
Los grandes prodigios que Yo realizo hoy en el desierto en el que me encuentro, son los de transformar completamente la vida de mis pequeños hijos, para que se vuelvan valientes testimonios de fe y luminosos ejemplos de santidad.»

La misión de María con sus hijos predilectos es de hacer que también ellos sean llevados por la fe y la caridad al desierto donde se encuentra la Madre Celeste, para ser transformados y llevados a la santidad completa. Interpretamos que la Virgen aquí se refiere a la preparación de los santos que luego serán arrebatados (figura de ser transportados por las dos alas del águila) al encuentro con Jesús, y en el Cenáculo figurado por el Corazón Inmaculado de María vivirán la sobrenatural experiencia de la efusión del Espíritu Santo en el nuevo Pentecostés, que transformará completamente sus vidas para que sean los instrumentos de Jesús para instaurar su Reino en la tierra.

En otro mensaje se define la acción de la Bestia negra y de los títulos escritos sobre cada cabeza de la bestia:

3/6/1989: «A las siete virtudes teologales y cardinales, que son el fruto de vivir en Gracia de Dios, la masonería opone la difusión de los siete vicios capitales, que son el fruto de vivir habitualmente en estado de pecado. A la fe, aquella opone la soberbia; a la esperanza, la lujuria; a la caridad, la avaricia; a la prudencia, la ira; a la fortaleza, la pereza; a la justicia, la envidia; a la templanza, la gula.
Aquél que llega a ser víctima de los siete vicios capitales es conducido gradualmente a abandonar el culto debido al único Dios, para darlo a falsas divinidades, que son la personificación misma de todos estos vicios. En esto consiste la blasfemia más grande y horrible. He aquí por qué sobre cada cabeza de la bestia hay escrito un título blasfemo. Cada logia masónica tiene la tarea de hacer adorar una divinidad distinta.
El objetivo de las logias masónicas, hoy, es el de actuar con gran astucia, para llevar a la humanidad en todas partes a despreciar la Santa Ley de Dios, en obrar en abierta oposición a los diez Mandamientos, a sustraer el culto debido al único Dios para darlo a los falsos ídolos, que son exaltados y adorados por un número creciente de hombres: la razón, la carne, el dinero, la discordia, el domino, la violencia, el placer. De esta manera las almas son precipitadas en la tenebrosa esclavitud del mal, del vicio y del pecado, y, en el momento de la muerte y del juicio de Dios, en el estanque de fuego eterno que es el infierno.»

Otro pasaje del Apocalipsis, “la marca en la frente y en la mano” (Apocalipsis 13,16-17) es aclarado en su sentido:

8/9/1989: «La marca en la frente y en la mano es expresión de una total dependencia de quien es marcado por este signo. El signo significa a aquél que es enemigo de Cristo, es decir, el Anticristo, y su marca cuando es impresa significa la completa pertenencia de la persona signada al ejército de aquel que se opone a Cristo y lucha contra su Divino y Real Dominio.
La marca es impresa en la frente y en la mano.
-La frente indica la inteligencia, porque la mente es la sede de la razón humana.
-La mano expresa la actividad humana, porque es con sus manos que el hombre actúa y trabaja.
Por lo tanto, es la persona la que es marcada con el sello del Anticristo en su inteligencia y en su voluntad. Quien permite ser señalado con la marca en la frente es conducido a acoger la doctrina de la negación de Dios, del rechazo de su Ley, del ateísmo, que en estos tiempos, es cada vez más difundido y propagado. Y así, es impulsado a seguir las ideologías hoy de moda y a hacerse propagador de todos los errores.
Quien permite ser señalado con la marca en la mano es obligado a actuar de una manera autónoma e independiente de Dios, ordenando la propia actividad a la búsqueda de bienes solamente materiales y terrenos. De este modo sustrae su acción al designio del Padre que quiere iluminarla y sostenerla con su Divina Providencia; al amor del Hijo, que hace de la fatiga humana un medio precioso para su misma redención y santificación; al poder del Espíritu Santo que actúa por doquier para renovar interiormente a cada criatura,»

La Virgen revela también el significado de “La Mujer vestida de sol” y de su corona de 12 estrellas (Apocalipsis 12,1):

8/12/1989: «Hijos predilectos, contemplad hoy, el candor inmaculado de vuestra Madre Celeste.
Al principio soy anunciada como la enemiga de Satanás, la que obtendrá sobre él la completa victoria. «pondré enemistades entre ti y la Mujer, entre tu descendencia y la suya; Ella te aplastará la cabeza, mientras tú tratarás de morder su talón».
Al final soy vista como la Mujer vestida de Sol, que tiene la misión de combatir contra el Dragón Rojo y su poderoso ejército, para vencerlo, ligarlo y arrojarlo a su reino de muerte, para que en el mundo pueda reinar solamente Cristo. Heme aquí entonces presentada por la Sagrada Escritura con el fulgor de mi maternal realeza: “y aparecerá en el Cielo otra señal: una Mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza”.
En torno a mi cabeza hay, pues, una corona de doce estrellas. La corona es el signo de la realeza. La misma está compuesta por doce estrellas, porque se convierte en el símbolo de mi materna y real presencia en el corazón mismo del pueblo de Dios.
Las doce estrellas indican las doce tribus de Israel, que componen el pueblo elegido, escogido y llamado por el Señor para preparar la venida al mundo del Hijo de Dios y del Redentor.
Las doce estrellas significan también los doce Apóstoles que son el fundamento sobre el cual Cristo ha fundado su Iglesia. Me he encontrado a menudo con ellos, para estimularlos a seguir y a creer en Jesús durante los tres años de su pública misión. En su lugar, Yo estuve bajo la Cruz, junto con Juan, en el momento de la crucifixión, de la agonía y de la muerte de mi Hijo Jesús. Soy así la Madre y Reina de los Apóstoles que, en torno a mi cabeza, forman doce estrellas luminosas de mi materna realeza. Soy Madre y Reina de toda la Iglesia.
Las doce estrellas significan además una nueva realidad. El Apocalipsis, en efecto, me ve como un gran signo en el cielo: la Mujer vestida del Sol, que combate al Dragón y a su poderoso ejército del mal. Entonces, las estrellas en torno a mi cabeza indican a aquellos que se consagren a mi Corazón Inmaculado, forman parte de mi ejército victorioso, se dejan guiar por Mí para combatir esta batalla y para obtener al final nuestra mayor victoria. Así, todos mis predilectos y los hijos consagrados a mi Corazón Inmaculado, llamados hoy a ser los apóstoles de los últimos tiempos, son las estrellas más luminosas de mi real corona.
Las doce estrellas que forman la luminosa corona de mi materna realeza, están constituidas por las doce tribus de Israel, por los Apóstoles y por los Apóstoles de estos vuestros últimos tiempos.»

Finalmente hay un mensaje que condensa la intención de la Virgen Santísima respecto a la interpretación del Libro del Apocalipsis:

5/8/1995: «Por la senda de mis mensajes os llevo a la comprensión de aquello que está escrito en el Libro todavía sellado. Muchas páginas de cuanto contiene el Apocalipsis de San Juan ya os han sido explicadas por Mí. Sobretodo os he indicado la gran batalla que se desenvuelve entre la Mujer vestida del Sol y el Dragón Rojo, ayudado por la bestia negra, es decir, la masonería.
También os he desvelado las solapadas y diabólicas insidias tejidas contra vosotros por la masonería, que ha entrado en el interior de la Iglesia y ha puesto el centro de su poder allí donde Jesús puso el centro y el fundamento de su unidad. No os turbéis, porque esto forma parte del misterio de iniquidad, que la Iglesia conoce bien desde su nacimiento. En efecto, también en el Colegio Apostólico entró Satanás, que empujó a Judas, uno de los doce, a convertirse en traidor. En estos vuestros tiempos, el misterio de iniquidad se está manifestando en toda su terrible potencia.»


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4) Conclusiones

Los mensajes de la Santísima Virgen María dados al Padre Gobbi plantean la revelación de ciertos acontecimientos relativos a los tiempos del fin, es decir, al momento en que se producirá la Segunda Venida de su Hijo Jesucristo al mundo.

Esta revelación presenta los siguientes sucesos principales:

*Habrá una gran purificación por el dolor y el sufrimiento en la Iglesia y en el mundo, que se denomina “el tiempo de la gran prueba”. La Iglesia pasará por una apostasía y un cisma tremendos, entrando en ella el hombre de iniquidad e instaurando la “abominación de la desolación”.

*Los signos de los tiempos están mostrando claramente que se acerca la segunda Venida de Cristo, en la gloria y el poder. Se alcanzará entonces la “plenitud de los tiempos”.

*A María la Santísima Trinidad le ha encomendado ser la Madre del Segundo Adviento, preparando en primer lugar a la Iglesia, y mediante ella a la humanidad, para la nueva venida del Señor.

*Para realizar este propósito María ha trazado un plan, en el cual el punto estratégico se refiere a la formación de sacerdotes y fieles santos. Esto se realizará a partir de la consagración de los católicos a su Corazón Inmaculado, de donde surgirán los “nuevos Apóstoles” o “Apóstoles de los últimos tiempos”.

*Para llevar a estos Apóstoles a la santidad, María ofrece el seguro refugios de su Corazón Inmaculado, lo que significa consagrarse a Ella y apartarse de las cosas del mundo. En ese refugio, a modo de un nuevo Cenáculo, sus hijos vivirán la transformación producida por el segundo Pentecostés, producido por una nueva y poderosa efusión del Espíritu Santo.

*Estos santos purificados y transformados interiormente serán los instrumentos de Jesús para instaurar en el mundo su glorioso Reino, inaugurando una nueva era de gracia, santidad y paz jamás vista en la tierra.

*En esta nueva era de gracia se producirá una muy fuerte acción de la Comunión de los Santos, con una comunicación, a modo de “puerta abierta”, entre el cielo y la tierra, lo que será fuente de auxilios sobrenaturales de todo tipo para la Iglesia terrenal.

Todo esto se encuentra por supuesto en el contenido del Nuevo Testamento, en particular en el Libro del Apocalipsis, al cual estas revelaciones ayudan para encontrar un significado más claro y más preciso de lo que nos quiere decir.

En mi caso personal, como mencionaba al comienzo de este artículo, todo este itinerario de estudio comenzó al buscar las respuestas que me planteaban los mensajes de la Virgen al Movimiento Sacerdotal Mariano a través del P. Gobbi, desembocando finalmente en un desarrollo doctrinal que, ante mi gran asombro, da respuestas claras a los grandes interrogantes que habían surgido.

Es por este motivo que hoy, más que nunca, siento la certeza que María Santísima está hablando en este tiempo a la Iglesia, de la cual es la Reina, y, por ende, a todos sus hijos amados, mediante estos mensajes dados a su pequeño hijo Stefano.

La consecuencia es, entonces, sumamente importante: apremiados como estamos por las exhortaciones y las revelaciones de nuestra Madre Celeste, no podemos dejar caer ni en la indiferencia ni en el olvido sus palabras, sino que, al contrario, debemos tratar de penetrar cada vez más en la profundidad del significado de lo que nos está repitiendo una y otra vez.

Por cierto, éste es, en definitiva, el sentido de este artículo y de todo el contenido de esta Página. Espero sinceramente que, de esta manera, pueda aportar mi granito de arena que sirva para avanzar hacia una mejor comprensión del mensaje amoroso y urgente de la Madre del segundo Adviento.



Juan Franco Benedetto
Buenos Aires – Argentina
Octubre de 2010

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La Venida Intermedia de Jesús: un análisis sobre esta doctrina

 

 

 

(En Construcción): Estará disponible a la brevedad


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La Revelación de Jesús Sobre El Reino De Dios Por Medio De Las Parábolas


Indice:

A) Introducción
B) Primer Grupo de Parábolas: del Sembrador, del Trigo y la Cizaña, del Grano de Mostaza, de la Levadura, de la Red y de la Planta que crece por sí sola.
  1) Parábola del Sembrador
  2) Parábola del Trigo y la Cizaña
  3) Parábola del Grano de Mostaza
  4) Parábola de la Levadura
  5) Parábola de la Red
  6) Parábola de la Planta que crece por sí sola
C) Segundo Grupo de Parábolas: del Tesoro y de la Perla
D) Tercer Grupo de Parábolas: el Siervo sin entrañas
E) Cuarto Grupo de Parábolas: los obreros de la Viña
F) Quinto Grupo de Parábolas: de los Dos Hijos, de los Viñadores homicidas y del Banquete Nupcial
  1) Parábola de los dos Hijos
  2) Parábola de los Viñadores homicidas
  3) Parábola del Banquete Nupcial
G) Conclusiones

La Experiencia Mística y la SantidadDescarga Para Imprimir en Formato PDF

A) Introducción.

Así como Jesús asumió desde el principio de su predicación que los judíos ya tenían formado su concepto sobre el Reino de Dios, el que había ido evolucionando junto a la historia de Israel, y cuyos elementos principales presentamos en otro estudio nuestro, “La predicación inicial del Reino de Dios por Jesús: las Bienaventuranzas evangélicas, A”, fue poco a poco agregando en su enseñanza aspectos novedosos de ese Reino, que Él anunciaba en su Buena Nueva que ya se había acercado a los hombres.

En el citado Artículo vimos como la enseñanza inicial de Jesús, tal como la recoge y agrupa Mateo en el llamado “Sermón de la montaña” o “discurso evangélico”, se centra, a partir de la proclamación de las Bienaventuranzas, en la Nueva Alianza, que quiere llevar a su máxima perfección los mandamientos de la Ley Antigua, con exigencias profundas que no pueden ser cumplidas por el creyente sin una ayuda sobrenatural de Dios, basada en el don gratuito de la gracia. Ese ir “mucho más allá” es la esencia de la novedad que trae Jesús al inaugurar, como Mesías, la presencia del Reino de Dios en el mundo.

Avanzando en su enseñanza, Jesús comenzará a dar nuevas precisiones sobre este Reino de Dios que se ha acercado, que es la Buena Nueva o Evangelio que Él proclama. Esta revelación la hará en especial a través de una serie de “Parábolas”.

Ha habido diversas interpretaciones sobre las parábolas de Jesús a lo largo de la historia del cristianismo. Durante muchos siglos, prácticamente hasta el siglo XVIII, casi la única interpretación que se hizo fue la de considerarlas desde el punto de vista de alegorías, donde prácticamente cada palabra era fuente de un simbolismo, según lo interpretara el comentarista de las mismas.

Modernamente la tendencia de interpretación se dirigió hacia la comparación, donde la parábola, compuesta por imágenes y sucesos extraídos del mundo real, establece con un lenguaje figurado verdades sobre la revelación de Dios que de otra manera resultaría difícil establecer, y que por ser imágenes de situaciones diarias y conocidas son fácilmente recordables.

Será necesario que el oyente de una parábola realice su propia interpretación, lo que exige un ulterior esfuerzo, pero esta interpretación no se podrá hacer, como la de ningún otro texto de la Biblia, a partir de un razonamiento exclusivamente humano, por más docta, ilustrada e inteligente que sea la persona. Sólo la luz de la gracia santificante, a través de la virtud infusa de la fe es capaz de expandir e iluminar el entendimiento del hombre de modo tal que pueda captar y entender las grandes verdades de la revelación de Dios.

Por eso nuestro concepto de la parábolas de Jesús implica creer que fueron dichas de manera que los oyentes pudieran retenerlas fácilmente, sabiendo que no las comprenderían hasta tanto recibieran el don de la gracia, es decir por apropiación, hasta que no descendiera sobre ellos el Espíritu Santo, acontecimiento que sabemos se produjo en Pentecostés.

De la misma manera tienen su utilidad para los cristianos de todos los tiempos. Penetrar en el sentido comparativo de las parábolas, según la frase que utilizó Jesús: “el Reino de Dios es semejante a…” significa llevar las situaciones comunes descriptas en las parábolas a la semejanza que implica ideas y conceptos sobre las verdades de Dios, que siempre son ampliadas y confirmadas por otras enseñanzas de Jesús. Las precisiones que dan las parábolas sobre los “misterios del Reino” nunca se agotan en la misma parábola, sino que a veces amplían, o ayudan a reafirmar conceptos de dichos y enseñanzas de Jesús que encontramos fuera de las mismas.

Pero además hay otro elemento importante a tener en cuenta en las parábolas: a medida que avanza la historia del cristianismo, van surgiendo circunstancias y sucesos que aclaran y enriquecen el sentido de ellas. Por ejemplo, la parábola del banquete de bodas (Mateo 22,1-14) queda mucho más clara en su interpretación en cuanto al llamado a los gentiles al Reino de Dios en lugar de los judíos que rechazaron a Jesús como Mesías, luego de los primeros siglos de la evolución del cristianismo.

Por lo tanto creemos que la interpretación de las parábolas de Jesús nunca estará agotada, ya que a medida que transcurra este tiempo de la Iglesia y nos acerquemos a la Parusía surgirán nuevos acontecimientos que clarificarán el significado de tal o cual parábola.

Es por estas razones que sostenemos que el estudio de las parábolas, o más bien, el estudio de toda la Sagrada Escritura, cuando se hace solamente a partir de exégesis basadas en métodos científicos, como gran parte de la exégesis moderna, que examina a fondo el historicismo de los pasajes bíblicos, la crítica y análisis literario de los textos, el estudio lingüístico y otras herramientas exegéticas actuales, no puede reflejar más que de manera incompleta y parcial lo que Dios ha querido revelar.

Esto no significa negar la ayuda que brinda la actual exégesis, pero siempre constituye un elemento secundario, auxiliar, sumamente importante para el intérprete de la Escritura, pero no el principal. Los autores sagrados no son simples literatos que han desarrollado sus esquemas e ideas y han escrito en la Biblia, sino que lo han hecho bajo el influjo y la asistencia del Espíritu Santo, y sólo con el mismo auxilio es posible llegar a la interpretación de la intención y el sentido original de su autor, que en definitiva es el mismo para toda la Sagrada Escritura: Dios Espíritu Santo.

De otra manera se corre el riesgo cierto de despojar a la Palabra de Dios de su virtud primera, que es precisamente ser Palabra de Dios y no simple palabra humana. En el desarrollo de la primera parábola que tomaremos, la del Sembrador, ampliaremos este concepto, cuando trataremos de clarificar el dicho de Jesús: “Porque a quien tiene se le dará y le sobrará; pero a quien no tiene aún lo que tiene se le quitará.” (Mateo 13,12).

Será entonces en base a estas consideraciones que haremos nuestro comentario sobre lo que podemos llamar “Parábolas del Reino”, que son las que explícitamente Jesús indica como tales. En un cuadro esquemático volcamos las que consideraremos como tales, según las presentan los tres Evangelios sinópticos:

Tema Parábola Mateo Marcos Lucas
El Sembrador 13,4-9    
El Trigo y la Cizaña 13,24-30    
El Grano de Mostaza 13,31-32 4,30-32 13,18-19
La Levadura 13,33    
La Planta que Crece Sola   4,26-29  
El Tesoro 13,44    
La Perla Preciosa 13,45-46    
La Red Barredera 13,47-50    
El Siervo sin Entrañas 13,23-35    
Los Obreros de la Viña 20,1-16    
Los Dos Hijos 21,28-32    
Los Viñadores Homicidas 21,33-46 12,1-12 20,9-19
El Banquete Nupcial 22,1-14   14,16-24

Observamos que Mateo refiere todas las parábolas menos una, exclusiva de Marcos. Entendemos que de acuerdo a su temática común, para su estudio podemos agrupar estas parábolas en cinco grupos:

1°) Parábolas del Sembrador, del Trigo y la Cizaña, del grano de Mostaza, de la Levadura, de la Red y de la Planta que crece por sí sola. Están en algunos de los tres Evangelios.

2°) Parábolas del Tesoro y la Perla; exclusivas de Mateo.

3°) Parábola del Siervo sin entrañas; solamente en Mateo.

4°) Parábola de los Obreros de la Viña, también solamente en Mateo.

5°) Parábolas de los dos Hijos, de los Viñadores Homicidas y del Banquete Nupcial; alguna de este grupo la encontramos en los tres evangelios.

Entonces el estudio lo desarrollaremos para cada grupo de parábolas, buscando el significado de la enseñanza que Jesús quiere fijar a través de ellas, dado por las mismas parábolas y la predicación del Señor relacionada en forma clara con ellas.


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B) Primer grupo de parábolas: del Sembrador, del Trigo y la Cizaña, del Grano de Mostaza, de la Levadura, de la Red y de la Planta que Crece por sí Sola.

Seguiremos el orden de las parábolas que toma Mateo, que salvo la de la planta que crece por sí sola, exclusiva de Marcos, las refiere todas.


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1) Parábola del Sembrador.

El marco temporal en el cuál sitúa Mateo el discurso parabólico de Jesús se inicia en 12,1 (“En aquel tiempo…”) y finaliza en 13,53 (“Y sucedió que, cuando acabó Jesús estas parábolas, partió de allí”), remarcando, al igual como lo hace Marcos, que la acción transcurre en un día sábado.

Las parábolas que comprenden este pasaje darán respuesta al tema planteado desde el inicio del mismo, que se refiere a la oposición entre la actitud legalista a ultranza de los fariseos, y la libertad que Jesús y sus discípulos tienen y proclaman respecto a la Ley observada solamente en sentido literal y externo.
Lo que define una y otra actitud se resumirá en las expresiones “comprender” y “no comprender” que menciona la enseñanza de Jesús.

Aparece en primer lugar el episodio de las espigas arrancadas en sábado (Mt 12, 1-8; Mc 2, 23-28; Lc 6, 1-5) y la curación de un paralítico, que suceden en un día sábado, día de reposo para los judíos. Estos dos episodios presentan a los fariseos exigiendo el cumplimiento literal de la Ley, y Jesús responde con ejemplos claros y sencillos, mostrando como es lícito hacer el bien en un día sábado, aunque esto signifique realizar alguna acción física concreta.

Mateo 12, 1-8: “En aquel tiempo cruzaba Jesús un sábado por los sembrados. Y sus discípulos sintieron hambre y se pusieron a arrancar espigas y a comerlas. Al verlo los fariseos, le dijeron: «Mira, tus discípulos hacen lo que no es lícito hacer en sábado.» Pero él les dijo: «¿No habéis leído lo que hizo David cuando sintió hambre él y los que le acompañaban, cómo entró en la Casa de Dios y comieron los panes de la Presencia, que no le era lícito comer a él, ni a sus compañeros, sino sólo a los sacerdotes? ¿Tampoco habéis leído en la Ley que en día de sábado los sacerdotes, en el Templo, quebrantan el sábado sin incurrir en culpa? Pues yo os digo que hay aquí algo mayor que el Templo. Si hubieseis comprendido lo que significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificio, no condenaríais a los que no tienen culpa. Porque el Hijo del hombre es señor del sábado.»”

También Jesús recuerda a este efecto un pasaje del profeta Oseas (6,6): “Misericordia quiero y no sacrificio”, que en forma más amplia dice:

Oseas 6,4.6: “¿Qué haré contigo, oh Efraín? ¿Qué haré contigo, oh Judá? Vuestra piedad es como nube en la mañana, desaparece como el rocío de la madrugada. Pues misericordia quiero, y no sacrificio, y conocimiento de Dios más bien que holocaustos?”

Ya el profeta Oseas, oponiéndose al ritualismo exagerado, definía como fundamentos de la Ley de Yahveh la misericordia y el conocimiento de Dios, y no los sacrificios y holocaustos externos. Este es el fundamento bíblico que Jesús exalta, para oponer a la actitud de los fariseos, haciendo luego una revelación que lo define como “el Señor del sábado”. Afirma así el Señor su carácter de Mesías, de enviado de Dios, con una autoridad que está por encima de la de los fariseos, que le permite ir más allá del ritualismo de las prescripciones legales, a las que precisamente viene a rescatar en su sentido más profundo e interior.

En el texto siguiente, Mateo en efecto subraya la identificación de Jesús con el “Siervo de Yahveh” descripto por Isaías:

Mateo 12, 14-21: “Pero los fariseos, en cuanto salieron, se confabularon contra él para eliminarle. Jesús, al saberlo, se retiró de allí. Le siguieron muchos y los curó a todos. Y les mandó enérgicamente que no le descubrieran; para que se cumpliera el oráculo del profeta Isaías: «He aquí mi Siervo, a quien elegí, mi Amado, en quien mi alma se complace. Pondré mi Espíritu sobre él, y anunciará el juicio a las naciones. No disputará ni gritará, ni oirá nadie en las plazas su voz. La caña cascada no la quebrará, ni apagará la mecha humeante, hasta que lleve a la victoria el juicio: en su nombre pondrán las naciones su esperanza.»”

La reacción de los fariseos frente a los dichos y las acciones de Jesús es muy clara: “pero los fariseos, en cuanto salieron, se confabularon contra él para ver como eliminarle”. No comprenden nada de lo que Jesús está enseñando, y sólo lo ven como una amenaza, ya que con su predicación se opone y desvirtúa sus prácticas legalistas, que los ponen a la cabeza del pueblo como ejemplos a seguir.

Otro elemento fundamental que destaca Mateo es la acusación de los fariseos que, ante la expulsión de demonios que hace Jesús de algunos posesos, atribuyen al mismo demonio (Beelzebul) esos milagros. Pero el Señor refuta la acusación, y plantea algo fundamental: si echa a los demonios (y hace otro tipo de milagros y señales) por el poder del “dedo de Dios” (Espíritu Santo), “es evidente que ha llegado a vosotros el Reino de Dios”:

Mateo 12, 22-28: “Entonces le fue presentado un endemoniado ciego y mudo. Y le curó, de suerte que el mudo hablaba y veía. Y toda la gente atónita decía: «¿No será éste el Hijo de David?» Mas los fariseos, al oírlo, dijeron: «Este no expulsa los demonios más que por Beelzebul, Príncipe de los demonios.» El, conociendo sus pensamientos, les dijo: «Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado, y toda ciudad o casa dividida contra sí misma no podrá subsistir. Si Satanás expulsa a Satanás, contra sí mismo está dividido: ¿cómo, pues, va a subsistir su reino? Y si yo expulso los demonios por Beelzebul, ¿por quién los expulsan vuestros hijos? Por eso, ellos serán vuestros jueces. Pero si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios»”

Pero Jesús revela que los fariseos sí son atacados y movidos por los espíritus malignos:

Mateo 12, 43-45: “Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda vagando por lugares áridos en busca de reposo, pero no lo encuentra. Entonces dice: «Me volveré a mi casa, de donde salí.» Y al llegar la encuentra desocupada, barrida y en orden. Entonces va y toma consigo otros siete espíritus peores que él; entran y se instalan allí, y el final de aquel hombre viene a ser peor que el principio. Así le sucederá también a esta generación malvada.”

Lucas pone este texto a continuación de aquel en que Jesús es acusado de expulsar demonios por el poder del mismo demonio Beelzebul. Está diciendo que los fariseos (“Esta raza perversa”), con su actitud legalista y exterior, sólo se ocupan de barrer y limpiar su casa (su persona) en lo visible y externo, pero esto no impide que la ocupen una multitud de espíritus inmundos, con lo cual su estado final será mucho peor.

A continuación de estos, viene el texto clave para comprender la parábola del Sembrador:

Mateo 12, 46-50: “Todavía estaba hablando a la muchedumbre, cuando su madre y sus hermanos se presentaron fuera y trataban de hablar con él. Alguien le dijo: «¡Oye! ahí fuera están tu madre y tus hermanos que desean hablarte.» Pero él respondió al que se lo decía: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?» Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.»” (Cfr. Mc 3,31-35; Lc 8,19-21).

Aquí Jesús revela que Él ha venido a traer un nuevo parentesco entre los hombres, de tipo espiritual. En su enseñanza posterior y en la interpretación del Nuevo Testamento se basará la doctrina de la filiación divina, por la cual se sabe que los cristianos son llamados a ser realmente hijos de Dios y hermanos en Cristo, el Primogénito.

Este es el propósito eterno o voluntad del Padre hacia su máxima creación, el ser humano, es decir, compartir su Reino con ellos, eternamente, como hijos adoptivos. Por eso Jesús define que quienquiera que haga la voluntad del Padre, obtendrá esa filiación divina y entrará al Reino de los cielos, por contraposición con los fariseos, que no entienden y rechazan esta voluntad de Dios revelada y enseñada por el Maestro de Galilea.

La parábola del Sembrador mostrará la diferente acogida y cumplimiento de la palabra de Dios o Palabra del Reino, que es la enseñanza sobre el misterio de este Reino que ya está cerca: qué es, como será su instauración y como se accederá a él.

Mateo 13, 3-23: “Y les habló muchas cosas en parábolas. Decía: «Una vez salió un sembrador a sembrar. Y al sembrar, unas semillas cayeron a lo largo del camino; vinieron las aves y se las comieron. Otras cayeron en pedregal, donde no tenían mucha tierra, y brotaron enseguida por no tener hondura de tierra; pero en cuanto salió el sol se agostaron y, por no tener raíz, se secaron. Otras cayeron entre abrojos; crecieron los abrojos y las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto, una ciento, otra sesenta, otra treinta. El que tenga oídos, que oiga.»
Y acercándose los discípulos le dijeron: «¿Por qué les hablas en parábolas?» El les respondió: «Es que a vosotros se os ha dado el conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene se le dará y le sobrará; pero a quien no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden. En ellos se cumple la profecía de Isaías: “Oír, oiréis, pero no entenderéis, mirar, miraréis, pero no veréis.” Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos, y sus ojos han cerrado; no sea que vean con sus ojos, con sus oídos oigan, con su corazón entiendan y se conviertan, y yo los sane. ¡Pero dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Pues os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron.
Vosotros, pues, escuchad la parábola del sembrador. Sucede a todo el que oye la Palabra del Reino y no la comprende, que viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: éste es el que fue sembrado a lo largo del camino. El que fue sembrado en pedregal, es el que oye la Palabra, y al punto la recibe con alegría; pero no tiene raíz en sí mismo, sino que es inconstante y, cuando se presenta una tribulación o persecución por causa de la Palabra, sucumba enseguida. El que fue sembrado entre los abrojos, es el que oye la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas ahogan la Palabra, y queda sin fruto. Pero el que fue sembrado en tierra buena, es el que oye la Palabra y la comprende: éste sí que da fruto y produce, uno ciento, otro sesenta, otro treinta.»"

Veamos los elementos principales de la parábola:

El sembrador y la semilla: Mateo no los menciona en la explicación, pero Marcos dice que la simiente es la palabra de Dios. Por lo tanto la interpretación primera es que el que siembra la palabra, es decir, el que proclama la Buena Nueva del Reino es Jesús, tal como se adjudicará a Él mismo esta función en la parábola del trigo y la cizaña. La semilla es la palabra de Dios, el anuncio del Reino y lo que el mismo implica. Mateo especifica claramente “el que oye la palabra del Reino”.

El Señor anticipa en esta parábola distintas actitudes de los que “oyen” la palabra del Reino, es decir, de los que escuchan su enseñanza, y de cuáles son los obstáculos que impiden su comprensión.

1ª actitud: Unas semillas caen a lo largo del camino y los pájaros vinieron y las comieron. Lucas agrega otro dato: la semilla fue pisada y la comieron las aves del cielo. La explicación que dan los evangelistas tiene algunas variantes:

*Mateo: el que oye la palabra del Reino y no la comprende, sufre que el maligno se la arrebate.
*Marcos: apenas la ha oído viene Satanás y se lleva la palabra.
*Lucas: han oído, pero viene el diablo y la saca fuera del corazón.

Hay un aspecto muy interesante: la semilla cae, en este caso, fuera del campo del sembrador, o, al menos fuera del lugar de la siembra. En los otros tres casos cae dentro del campo, aunque en los dos primeros en terreno inapropiado (con piedras y con abrojos), y sólo la tercera en buena tierra.

La parábola plantea que hay un mundo en que Satanás es el que domina, y los que allí se encuentran (los que no comprenden la palabra) están a su merced, dominados por él. Es claramente el caso de los fariseos, que escuchan a Jesús pero su soberbia, su espíritu cerrado y aferrado al ritualismo, permiten con facilidad que Satanás arrebate esa semilla, cegando su entendimiento.

Pero hay otro mundo, donde actúa el sembrador, que es el mundo de los creyentes, diríamos el mundo de aquellos que acogen la palabra de Jesús, es decir, que entran a formar parte de la Iglesia, que se hacen cristianos. Y es aquí que encontramos tres actitudes distintas:

2ª Actitud: Las semillas entre pedregales. Los tres evangelistas coinciden en definir que son los que oyen la palabra y la reciben con gozo. Pero tienen una actitud interior, ejemplificada por la planta que no tiene raíz, que los lleva a ser inconstantes y escandalizarse o apostatar de su fe cuando llegan las tribulaciones o la persecución por causa de la palabra, por demás inevitables según lo vimos al estudiar las bienaventuranzas.

Son aquellos cristianos en los cuales su fe es pequeña, superficial, porque no tienen la constancia de avanzar en su crecimiento espiritual. Ante la cruz muchas veces reniegan de su fe, habiendo creído que la vida cristiana es sólo una sucesión de gloria tras gloria, sin reparar que no fue así para el Maestro.

3ª Actitud: Los sembrados entre abrojos.

*Es el que oye la palabra, pero queda sofocada por las preocupaciones del mundo y el engaño de las riquezas, que impiden que dé fruto. (Mateo).
*Los afanes del mundo, el engaño de las riquezas y las demás concupiscencias ahogan la palabra que no da fruto (Marcos).
*Al seguir su camino son sofocadas por los afanes de la riqueza, y los placeres de la vida, y no llegan a madurar (Lucas).

Estos cristianos son los que no terminan de avanzar en su conversión, los que siguen dominados por la concupiscencia interior, que los lleva a la preocupación por las cosas mundanas, el afán de riquezas, de fama, de honores, los placeres desordenados de la vida, etc. No llegan a dar frutos importantes de santidad, no maduran en la vida cristiana.

Estos cristianos permanecen en la Iglesia, aunque no avanzan ni crecen; posiblemente se salvarán y llegarán al Reino, aunque con un grado de gloria muy pequeño.

4ª Actitud: El grupo que da frutos, aunque de distinta manera.

*Oyen la palabra y la comprenden (Mateo).
*Escuchan la palabra, la reciben. (Marcos).
*Oyen con el corazón recto y bien dispuesto, y guardan consigo la palabra, y dan fruto en la perseverancia. (Lucas).

El fruto que dan, sin embargo, es diferente. Son los distintos grados de santidad que se alcanzan, diferentes para cada uno. Por lo tanto, esta parábola nos muestra la realidad de la Iglesia: de ellas muchos entrarán al Reino, otros no.

Jesús explicó en el Sermón de la Montaña las nuevas condiciones para entrar al Reino de Dios, basadas en el don de la gracia, obtenido por Él por su satisfacción vicaria. Pero la realidad de su aceptación mostrará que no todos los hombres van a oír y poner en práctica las enseñanzas de Jesús, que tienen como única finalidad la Salvación, es decir, poder llegar al Reino de Dios, y con el máximo caudal de gloria posible para la eternidad.

Ni los judíos que vieron y escucharon personalmente a Jesús, ni los hombres en general que a lo largo de la vida de la Iglesia, que ya lleva veinte siglos, recibieron el Evangelio a través de los apóstoles y sus sucesores, aceptarán en su totalidad el mensaje del Evangelio. Y, además, dentro de los que lo escuchan y aceptan, no todos darán frutos profundos y duraderos de santidad, que es lo que en definitiva abre las puertas del Reino de Dios y provee un mayor o menor grado de gloria eterna.

Porque unos dan más fruto que otros es un misterio insondable de Dios, por una parte de su elección y su llamado a quien quiere, y por otro lado por la distinta aceptación y docilidad de cada alma. También muchos comentaristas advierten que aquí el fruto que se obtiene es muy grande, ya que cuando por un grano sembrado el fruto es de cien, nos encontramos en una situación que refleja una bendición muy especial de Dios:

Génesis 26,12-13: “Isaac sembró en aquella tierra, y cosechó aquel año el ciento por uno. Yahveh le bendecía y el hombre se enriquecía, se iba enriqueciendo más y más hasta que se hizo riquísimo.”

Nos situamos así frente al misterio de la libertad del hombre, recibida a semejanza de la libertad de su Creador, por la cual puede llegar hasta el rechazo total del ofrecimiento del Padre para que sea su hijo adoptivo, por supuesto, impulsado por la acción tentadora de Satanás, a la que termina doblegándose y permitiendo que le sea arrancada del corazón la semilla de la palabra, sembrada allí para su salvación.

Esto es lo que está mostrando el Señor, en forma sencilla y clara con la parábola del Sembrador. En Marcos y Lucas esta parábola se completa con unos proverbios o sentencias parabólicas, mientras que Mateo la continúa con otra parábola, exclusiva de este evangelista, la del trigo y la cizaña.

En primer lugar hay que comprender lo que Jesús le explica a los discípulos luego de decir la parábola del sembrador, cuando ellos le preguntan por el sentido de hablar de esa manera:

Mateo 13, 10-17: “Y acercándose los discípulos le dijeron: «¿Por qué les hablas en parábolas?» El les respondió: «Es que a vosotros se os ha dado el conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene se le dará y le sobrará; pero a quien no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden. En ellos se cumple la profecía de Isaías: ‘Oír, oiréis, pero no entenderéis, mirar, miraréis, pero no veréis.
Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos, y sus ojos han cerrado; no sea que vean con sus ojos, con sus oídos oigan, con su corazón entiendan y se conviertan, y yo los sane.’ ¡Pero dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Pues os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron.»”

Los “misterios del Reino de los Cielos” significan la revelación final de Dios, a través de Jesucristo, de toda la economía de salvación del hombre y el cumplimiento del propósito que tuvo Dios cuando creó al hombre, que implica tener una familia de hijos adoptivos para compartir eternamente con ellos su misma vida divina (cf. Efesios 1,3-6).

La revelación de Dios no es accesible al conocimiento natural del hombre, con su inteligencia herida y enferma por el pecado original, y además asediado por la tentación diabólica, lo que no le permite entender las verdades sobrenaturales de esta revelación divina.

Será solamente la recepción de la gracia, como don de Dios, merecida para los hombres por Jesucristo mediante su pasión, muerte y resurrección, que conocemos como la Salvación o Redención de los hombres, que permitirá captar el sentido de la revelación de Dios o “misterios del Reino”, por el injerto de nuevas capacidades sobrenaturales en el alma del hombre, que sanarán y elevarán la capacidad de su inteligencia y voluntad enfermas.

Precisamente la virtud de la fe será la que dará la luz sobrenatural al entendimiento humano para abrir su comprensión a los misterios del Reino. Es lo que explica Jesús en relación a la función del Espíritu Santo que vendrá, quién por apropiación es el que obra en el cristiano por el don de la gracia:

Juan 14, 25-26: “Os he dicho estas cosas estando entre vosotros. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho.”

De hecho, fue muy poco lo que entendieron los apóstoles y discípulos de la enseñanza de Jesús (cfr. Marcos 8,14-21) hasta tanto no se derramó sobre ellos el Espíritu Santo en Pentecostés. Por eso dice Jesús en el pasaje que estamos analizando: “a vosotros es dado conocer los misterios del Reino de los cielos, pero no a ellos”. ¿Quiénes son “ellos”? Marcos utiliza otro término: “los de afuera” (Mc. 4,11).

Es decir, sólo el cristiano que luego de la Venida del Espíritu Santo recibe la gracia santificante podrá comprender las enseñanzas del Maestro, mientras que “los de afuera”, aquellos que desechan el evangelio (las semillas del sembrador que caen en el camino), no serán capaces de entender, por la ceguera espiritual que sufren fruto de su obstinación, tal como ya lo presentaba Isaías en la cita que refiere Mateo, donde el impío que se niega a abrirse a la luz de la verdad y la gracia, se sumergirá poco a poco en la ceguera y sordera espiritual, consecuencia de su malicia.

Jesús utiliza una frase que sintetiza la economía de la gracia santificante: “porque a quien tiene, se le dará y tendrá abundancia; y al que no tiene, aún lo que tiene le será quitado.” (Mateo 13,12). Tanto Marcos (4,25) como Lucas (8,18), reproducen esta expresión de Jesús después de la parábola del sembrador.

La gracia santificante, y su fruto más importante que es la virtud de la caridad, es recibida en el alma humana de manera sobrenatural por el bautismo, como una semilla o germen que deberá crecer, y para eso es necesaria la libre acción y cooperación del hombre. Cuánta mayor es la apertura y docilidad a la gracia de Dios, se produce su consiguiente aumento, por lo que será cada vez más fácil y abundante el crecimiento espiritual.

En cambio, aquel que por su tibieza o pereza espiritual no busca el crecimiento en la perfección cristiana, no solamente no avanzará, sino que retrocederá en su vida interior, y hasta correrá el riesgo de perder por completo el don de Dios al caer en pecado mortal.
También los pasajes de Marcos y Lucas (8, 16-18), después de la explicación por Jesús de la parábola del sembrador, se refieren a este concepto:

Marcos 4, 21-25: “Les dijo también: «¿Acaso se trae la luz para ponerla debajo del celemín o debajo de la cama? ¿No es acaso para ponerla en el candelero? Nada hay oculto que no haya de manifestarse, ni ha sido escondido sino para que sea sacado a luz. Si alguien tiene oídos para oír, ¡oiga!» Díjoles además: «Prestad atención a lo que oís: con la medida con que medís, se medirá para vosotros; y más todavía os será dado a vosotros los que oís; porque a quien tiene se le dará, y a quien no tiene, aún lo que tiene le será quitado»”

Marcos reafirma aún más el sentido que le da Jesús a este concepto, indicando que el que presta atención a la enseñanza de Jesús, será medido en base a esa actitud, y recibirá mucho más.

Pero también encontramos aquí otra realidad sumamente importante, con referencia a los que no pueden comprender el evangelio. El Maestro no se queda simplemente con el hecho cierto que aquellos que tienen el corazón endurecido, según la expresión del profeta Isaías, no pueden comprender los misterios del Reino, sino que busca revertir esta situación, dando una misión a aquellos que, por la gracia, reciben en su entendimiento la luz que les permitirá captar la revelación de Dios sobre sus designios eternos.

Esta luz no debe esconderse, no es algo solamente personal y dirigido a la propia salvación, sino que debe ser llevada a todos, especialmente a aquellos que les permanece escondida esta revelación, los que no comprenden. En definitiva esa será la misión para los apóstoles y para todos aquellos que seguirán sus pasos a través de la historia de la Iglesia: predicar sobre el Reino de Dios y dar a conocer la enseñanza de Jesús (cfr. Mateo 10,7).

Veamos ahora la continuidad que le da Mateo a esta parábola, con la llamada “parábola del trigo y la cizaña”.


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2) Parábola del trigo y la cizaña.

Mateo 13, 24-30: “Otra parábola les propuso, diciendo: «El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras su gente dormía, vino su enemigo, sembró encima cizaña entre el trigo, y se fue. Cuando brotó la hierba y produjo fruto, apareció entonces también la cizaña. Los siervos del amo se acercaron a decirle: ‘Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?’ El les contestó: ‘Algún enemigo ha hecho esto.’ Dícenle los siervos: ‘¿Quieres, pues, que vayamos a recogerla?’ Díceles: ‘No, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis a la vez el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega, diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo recogedlo en mi granero.’»"

La explicación de esta parábola se la da Jesús a sus discípulos en privado:

Mateo 13, 36-43: “Entonces despidió a la multitud y se fue a casa. Y se le acercaron sus discípulos diciendo: «Explícanos la parábola de la cizaña del campo.» El respondió: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno; el enemigo que la sembró es el Diablo; la siega es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles. De la misma manera, pues, que se recoge la cizaña y se la quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.»”

En la parábola del sembrador encontramos a quienes escuchan la palabra del reino y la guardan en el corazón, perseverando y dando frutos, y éstos son los que aparecen ahora en esta parábola, denominados “buena semilla” o “hijos del Reino”.

Estos buenos cristianos deben coexistir en el mundo con los “hijos del maligno” o “cizaña”, que son aquellos que en la parábola del sembrador no comprenden ni reciben la palabra del Reino, porque están alejados de Dios y sumergidos en el pecado, lo que abre la puerta para que el diablo arrebate de su corazón esa palabra. También pueden transformarse en “hijos del maligno” muchos que pertenecen a la Iglesia, pero cuya fe es superficial, sin raíz, y que pueden llegar a apostatar.

Esta imagen del trigo y la cizaña, podríamos decir de los que están bajo la influencia del bien y del mal coexistiendo en el mundo, evoca en primer lugar la paciencia de Dios, derivada de su misericordia, que frente al apuro de sus servidores decide esperar un tiempo, lapso éste que ya lleva casi 2000 años, hasta que decida iniciar su juicio definitivo.

¿Por qué esta espera? Por un lado hay una razón fundamental que prácticamente nadie resalta: Dios quiere formar un Reino eterno con hombres santos que se conviertan en sus hijos adoptivos, y ese Reino eterno debe consistir en un número determinado de bienaventurados, que sólo Dios conoce, y que, evidentemente, no se ha alcanzado todavía en 2000 años de cristianismo, y que se completará cuando se produzca el fin del mundo terrestre (ver “El Reino de Dios se instaura con la segunda Venida de Cristo”, Capítulo 7.D.1).

Por otra parte el mismo Jesús da una explicación en la parábola: el dueño del campo no permite que arranquen la cizaña, diciendo que “no sea que, al recoger la cizaña, no arranquéis también el trigo”. ¿Cuál puede ser el significado de esta negativa?

En primer lugar debemos considerar que no existen ni el trigo ni la cizaña en forma clara, es decir, no encontramos solamente hombres santos y hombres entregados por completo a la acción de Satanás. Existen infinitas graduaciones y circunstancias tales que continuamente muchos están pasando de hijos del Reino a hijos del Maligno y viceversa. Entonces, la espera permite que quizás muchos se conviertan de cizaña en trigo y puedan entrar al Reino.

También es evidente que entre los cristianos y los que en un momento dado pueden ser de alguna manera sus enemigos, existen relaciones muy complejas, por lazos de afecto, de familia, sociales y profesionales, etc., de la misma manera que las raíces de dos plantas que están próximas pueden entrelazarse y confundirse.

La lisa y llana eliminación de un impío puede llegar a hacer tambalear la fe de alguien que la posee, y llevarlo incluso a renegar de Dios. Por eso el Padre celestial, en su paciencia, concede el tiempo necesario para que sus hijos puedan ser sus instrumentos y llevar a la conversión a los hijos del maligno, aprovechando esa coexistencia que existe en el mundo.

De todas maneras Jesús, en esta parábola, da una respuesta firme y definitiva al misterio de la injusticia e impiedad en el mundo, y el aparente triunfo en muchas ocasiones de los impíos: habrá finalmente un juicio definitivo de Dios, del que nadie podrá salvarse, que establecerá para siempre el premio y el castigo adecuado a lo que cada hombre haya obrado en su vida, reflejado en las intenciones más profundas y secretas de su corazón.

Frente a Dios de nada valdrá lo que haya decidido la justicia humana ni lo que haya quedado celosamente escondido a ella, y todo quedará absolutamente a la luz, decidiendo la suerte en la eternidad de cada persona: vivir para siempre en presencia de Dios, junto a los ángeles y los santos, o experimentar la terrible “muerte segunda” como la define el Apocalipsis (20,14), que es la vida eterna sin Dios en el infierno.

De esta forma Jesús define claramente la existencia de un tiempo de misericordia de Dios, comprendido entre su encarnación (1ª Venida) y su regreso en gloria al fin de los actuales tiempos (2ª Venida), tiempo que había quedado velado y casi oculto en las revelaciones del Antiguo Testamento sobre la venida del Mesías.


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3) Parábola del grano de mostaza.

Para asegurar la comprensión de sus oyentes sobre la novedad que está revelando sobre el Reino de Dios, en cuanto a su instauración en el mundo en una primera fase de crecimiento poco visible y silencioso, Jesús agrega tres parábolas, recogidas por los tres evangelistas sinópticos, de las cuales la primera es la del grano de mostaza.

Mateo 13, 31-32: “Otra parábola les propuso: «El Reino de los Cielos es semejante a un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo. Es ciertamente más pequeña que cualquier semilla, pero cuando crece es mayor que las hortalizas, y se hace árbol, hasta el punto de que las aves del cielo vienen y anidan en sus ramas.»" (cfr. Marcos 4, 30-32 y Lucas 13, 18-19).

Aquí no hay duda que Jesús quiere dejar claro que los comienzos pequeños y hasta desalentadores del Reino de Dios, que Él ha anunciado que se acerca, y que no reflejan en absoluto la esperanza mesiánica judía, dejarán paso un día a la plenitud del Reino, simbolizada por el arbusto de la mostaza, que puede alcanzar tres metros de altura, a partir de una semilla muy pequeña. Es una imagen que seguramente quedó muy grabada en quienes lo escuchaban, y que ha seguido siendo muy gráfica para los cristianos de todos los tiempos.


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4) Parábola de la levadura.

Mateo 13,33: “Les dijo otra parábola: «El Reino de los Cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo».”

Una muy pequeña porción de levadura, que queda escondida en una masa de mucho mayor volumen de harina y agua, no se ve, se pierde, y parece insignificante, pero luego del tiempo adecuado, aparecerá toda la masa fermentada. De la misma manera que el Reino de Dios, invisible para el mundo en el tiempo presente, un día se extenderá a la totalidad de la creación.


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5) Parábola de la Red.

Mateo 13, 47-50: “También es semejante el Reino de los Cielos a una red que se echa en el mar y recoge peces de todas clases; y cuando está llena, la sacan a la orilla, se sientan, y recogen en cestos los buenos y tiran los malos. Así sucederá al fin del mundo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de entre los justos y los echarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes.”

La interpretación de esta parábola es muy similar a la del trigo y la cizaña. Si el mar es el mundo, en él existen peces buenos para comer y otros que son malos para ese fin.

Pero encontramos una diferencia significativa con respecto a la parábola del trigo y la cizaña. En ésta hay una acción del Maligno, que es quien siembra la hierba mala, que son sus hijos, en oposición a los buenos, que sí son los hijos del Reino, los destinados a él.

En cambio, los peces aparentemente son buenos o malos, sin que haya una intervención diabólica. Parecería que aquí se encuentra el germen de la doctrina de la tentación interior, producida por la acción descontrolada de la triple concupiscencia en el hombre, que es independiente de la tentación externa del Diablo.

De todas maneras también esta parábola plantea la coexistencia en el mundo de buenos y malos, pero deja sentado que no será así siempre, y un día, denominado como fin del mundo, se producirá el juicio de Dios y la separación eterna de buenos y malos, unos para la vida sin fin en el Reino de Dios, y otros para una vida eterna, que en realidad es una muerte eterna, en el Reino de Satanás, el infierno.


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6) Parábola de la planta que crece por sí sola:

Esta es una parábola propia del evangelista Marcos:

Marcos 4, 26-29: “También decía: «El Reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto por sí misma; primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga. Y cuando el fruto lo admite, en seguida se le mete la hoz, porque ha llegado la siega.»”

El Reino de Dios crece por virtud propia, porque ese es el designio de Dios. Aunque nada se vea al principio, como cuando la semilla germina y crece bajo la tierra, finalmente la planta crecerá y llegará al momento de la siega, imagen ya vista en la parábola del trigo y la cizaña, que significa el momento de la cosecha en el fin de este mundo.

Más allá de las actitudes de los hombres, a favor o en contra del Reino, su crecimiento no depende de ellas, ya que solamente está en función de la voluntad de Dios.

En conclusión, el mensaje que Jesús quiere transmitir a partir de este grupo de parábolas es muy claro:
Hay quienes, como los fariseos y los escribas, que cuando oyen la palabra del Reino, predicada por Jesús, no la comprenden, ya que tienen sus mentes cerradas y están ciegos y sordos espiritualmente, por lo que se encuentran sometidos a la acción tentadora del demonio, que la arranca de sus corazones.

En cambio otros sí reciben esa palabra, pero también deben superar obstáculos que impiden que dé fruto en ellos: la superficialidad e inconstancia de su fe, las preocupaciones por las cosas del mundo y las riquezas materiales con su seducción. Los que sucumben ante estas dificultades, o quedan sin dar frutos, o abandonan su fe.

Otra es la situación de los que oyen la Palabra, la comprenden y la ponen en práctica, es decir, cumplen con la voluntad del Padre; éstos darán mucho fruto y obtendrán su incorporación al Reino de Dios.

Sin embargo estos cristianos deberán convivir con aquellos que no aceptan la Buena Noticia, rechazándola y dejándose seducir por Satanás, aunque un día, al final de los tiempos, se producirá el juicio de Dios, y los buenos tendrán su recompensa (el Reino) y los malos su castigo (la exclusión del Reino).

Este plan de Dios, revelado por Jesucristo, en el que hay un largo tiempo de misericordia del Padre, implica que el Reino de Dios, ya presente en el mundo con la primera Venida de Jesucristo, todavía no ha llegado a su plenitud o perfección.

Este Reino tiene comienzos modestos, pequeños y casi invisibles para el mundo, pero está destinado, por la acción de Dios, a alcanzar un día, que sólo el Padre conoce, la plenitud final.


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C) Segundo grupo de parábolas: del Tesoro y de la Perla.

Mateo 13, 44-46: "El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel." "También es semejante el Reino de los Cielos a un mercader que anda buscando perlas finas, y que, al encontrar una perla de gran valor, va, vende todo lo que tiene y la compra.”

Mateo agrega todavía dos parábolas para llegar al número total de siete en el llamado “discurso parabólico”. La introducción es siempre la misma: “El Reino de los Cielos es semejante a…”

Ambas tiene el mismo significado: aquellos que, por efecto de la gracia, descubren el Reino de Dios y comienzan a vislumbrar la grandeza de sus misterios, sienten un gozo profundo, y el Reino pasa a ser lo más importante de su vida, porque comprenden que representa su destino final, lo que da el sentido pleno a su existencia terrenal.

En las dos parábolas se descubre la reacción de quien hace ese descubrimiento: “fue y vendió todo lo que tenía”. Esto significa que las posesiones de este mundo, que tanto preocupan a los hombres y que son buscadas haciendo todo tipo de sacrificios, pasan a no tener valor para el cristiano que descubre el infinito valor del reino de Dios, y lo único que lo mueve desde entonces es el deseo de poseerlo, es decir, de pertenecer a él.

Con estas parábolas Jesús quiere poner en guardia a los cristianos, diciéndoles lo que deberán hacer cuando la gracia les haga llegar a este extraordinario descubrimiento.

Yo conocí hace años a un empresario importante que había perdido todos sus bienes, por errores propios y circunstancias de la economía, y a raíz de esa situación tan difícil se había volcado totalmente a su fe cristiana, de una manera como nunca lo había hecho antes.
Y lo que solía decir al respecto es que había “pagado” con todos los numerosos bienes materiales que había perdido un precio muy barato para encontrar a Dios y a su Reino de una manera verdadera.

Jesús, en otra enseñanza, expresa lo que significa en este mundo la verdadera riqueza:

Mateo 6, 19-21: “"No os amontonéis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que socavan y roban. Amontonaos más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben. Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón.”

El corazón del hombre siempre se dirigirá hacia lo que es su tesoro más grande, por eso el cristiano que comprende el sentido del Reino que el Padre ha preparado para él, y hace del mismo su máximo tesoro, ya no tendrá ningún impulso ni motivación para amontonar riquezas y posesiones en la tierra, sino que buscará solamente ese Reino que comienza a vislumbrar, pero al cual la gracia de Dios lo atrae irresistiblemente.


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D) Tercer grupo de parábolas: el siervo sin entrañas.

Mateo 18, 21-35: “Pedro se acercó entonces y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?» Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase.
Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: «Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré.» Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda. Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: «Paga lo que debes.» Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: «Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré.»
Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: «Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?»
Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano.»”

En esta parábola Jesús plantea una de las condiciones básicas para ingresar al Reino de Dios, que es el perdón de las ofensas recibidas, sin límite y sin condiciones. Este tema surge a partir de una pregunta de Pedro sobre las veces que se debe perdonar.

Aquí se plantea la necesidad del perdón que debemos a los demás, de la misma manera que Dios nos perdona, tal como le pedimos a Dios en el Padrenuestro. No es más que la aplicación de una de las Bienaventuranzas: “Bienaventurados los misericordiosos porque ellos obtendrán misericordia”, que como vimos, representan las actitudes del cristiano, que van mucho más allá de la Ley antigua.

Sin embargo la parábola plantea un hecho mucho más trascendente, ya que compara la magnitud de nuestras ofensas a Dios con la de las ofensas personales que recibimos, y esta magnitud se cuantifica en términos de una deuda monetaria.

Si recordamos que un talento equivale a 60 minas, y una mina a 100 denarios, llama mucho la atención que el siervo le deba al rey (Dios) 10.000 talentos, que equivale a 60 millones de denarios, mientras que a él le debían solamente 100 denarios, es decir, algo menos que una millonésima parte.

También podemos hacer este otro cálculo: el salario de un trabajador era de un denario por día, por lo que podía alcanzar a ganar 30 denarios por mes, así que al siervo su compañero le debía algo más que el salario de tres meses. ¡En cambio la deuda del siervo al rey equivalía a más de 170.000 años de salarios!

Esto nos hace reflexionar sobre dos aspectos muy importantes en cuanto a nuestro posible ingreso al Reino de Dios: en primer lugar, la magnitud de las ofensas a Dios que acumulamos en nuestra vida, y que solamente por su inmensa misericordia nos serán perdonadas.
Somos deudores permanentes de Dios, y nuestra deuda se engrosa día a día por el pecado, y, sin embargo, ante nuestro arrepentimiento sincero el Padre nos perdona tal magnitud de ofensas.

En segundo lugar, debemos darnos cuenta de la pequeñez y mezquindad de las ofensas que nosotros no podemos perdonar, considerándolas, según nuestro egoísmo y amor propio, como algo enorme y casi imposible de perdonar.

Por eso nuestro perdón debe nacer siempre de la consideración del perdón que recibimos de Dios, y que será una medida con la que nosotros seremos medidos cuando pidamos perdón al Padre. El perdón de corazón, en definitiva, es una de las llaves que abre la puerta del Reino de Dios al cristiano.


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E) Cuarto grupo de parábolas: los Obreros de la Viña.

La parábola de los obreros de la Viña plantea como tema central el desprendimiento de las cosas materiales, y anuncia también una primera consecuencia de la misericordia de Dios: todos, judíos y paganos, son llamados al Reino de Dios.

Esta parábola es sumamente importante y se encuentra encerrada en un bloque de enseñanza relacionado, que abarca desde Mateo 19,13, culminando con la parábola en 20, 1-16.
En todo este pasaje se trata de las condiciones para el ingreso al Reino de Dios y de lo que sucederá cuando se produzca su consumación al fin de los tiempos.

Encontramos los siguientes argumentos:

*Mateo 19, 13-15: Privilegio de los niños para el Reino.
*Mateo 19, 16-26: El joven rico.
*Mateo 19, 27-30: Recompensa del seguimiento de Jesús.
*Mateo 20, 1-16: Parábola de los obreros de la viña.

La misma secuencia observamos en Marcos, de 10,13 a 10,31, excepto la parábola que es propia de Mateo, y en Lucas 18,15-30.

Los tres primeros pasajes forman una unidad, terminando con una frase: “muchos primeros serán últimos, y muchos últimos, primeros”. La parábola es una explicación de esta frase de Jesús, por lo que se repite al final de la misma.

El tema central es el desprendimiento de las cosas del mundo como condición necesaria para entrar al Reino de Dios. Este desprendimiento corresponde a la primera Bienaventuranza: “bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mateo 5,3). Veamos el primer texto:

Mateo 19, 13-15: “Entonces le fueron presentados unos niños para que les impusiera las manos y orase; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús les dijo: «Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis porque de los que son como éstos es el Reino de los Cielos.» Y, después de imponerles las manos, se fue de allí.”

Jesús aprovecha una situación en que la gente le lleva a los niños para que les imponga las manos y los bendiga, ante lo cual los discípulos les riñen y quieren impedir su acercamiento al Señor pensando que lo van a molestar, para dar una enseñanza muy importante.

Define algo sencillo pero muy profundo: “de los que son como niños es el Reino de los Cielos”. Marcos y Lucas amplían el concepto: “Yo os aseguro, el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él”.

¿Cuál es la condición esencial que posee un niño y que debe imitarse para entrar al reino?: la encontraremos en los pasajes que veremos a continuación, y es el desprendimiento de las cosas del mundo y la dependencia total de Dios.

Un niño pequeño no conoce el valor de las cosas, ni la relación entre un objeto y otro; sólo se mueve por el amor hacia el padre y la madre, de quienes depende en todo, y a los cuales se dirige cada vez que necesita algo, sabiendo que ellos se ocuparán, aunque en su experiencia va a aprender que no todas las cosas que pide le son dadas, de allí que a veces tenga sus rabietas pasajeras.

El niño no se cuestiona nada, sólo se goza experimentando el amor de los padres, lo que lo hace feliz, y se siente protegido y cuidado por ellos. No piensa en el mañana, solamente vive el ahora, disfrutando de lo que recibe, y no existe en él el temor de perder lo que tiene, asume que siempre lo tendrá.

Por lo tanto para el cristiano la búsqueda del reino de Dios debe tener las mismas características: no desea nada más, no está aferrado para su seguridad a ninguna posesión material, de las que está dispuesto a desprenderse si fueran un impedimento para obtener el Reino, como ocurre en las parábolas del tesoro y de la perla preciosa. También debe abandonarse totalmente a la Providencia de Dios, sin que la preocupación por las riquezas del mundo y por los bienes materiales se transforme en el centro de su vida.

Esta es la enseñanza de Jesús sobre el abandono en la Providencia (Mateo 6, 25-34), y lo que enseña con la parábola del sembrador, en cuanto a la semilla que cae entre abrojos, que representan las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas.

A continuación Mateo desarrolla el pasaje del Joven Rico, para mostrar la dificultad que tienen los hombres, aún los piadosos, de practicar el desprendimiento de las riquezas:

Mateo 19, 16-26: “En esto se le acercó uno y le dijo: «Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?» El le dijo: «¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el Bueno. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.» «¿Cuáles?» - le dice él. Y Jesús dijo: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo.» Dícele el joven: «Todo eso lo he guardado; ¿qué más me falta?»
Jesús le dijo: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme». Al oír estas palabras, el joven se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes. Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «Yo os aseguro que un rico difícilmente entrará en el Reino de los Cielos.
Os lo repito, es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el Reino de los Cielos». Al oír esto, los discípulos, llenos de asombro, decían: «Entonces, ¿quién se podrá salvar?». Jesús, mirándolos fijamente, dijo: «Para los hombres eso es imposible, mas para Dios todo es posible».”
(cfr. Marcos 10, 17-27; Lucas 18, 18-27).

La pregunta que hace este judío piadoso, seguramente después de haber escuchado las enseñanzas de Jesús sobre el Reino y la vida eterna en otras oportunidades, es muy clara: ¿Qué debo hacer yo para alcanzar ese Reino eterno? La respuesta del Señor es inmediata: “guarda los mandamientos”, y a continuación se los recita.

Al escuchar esta respuesta, el joven, aliviado, reconoce que él los ha guardado desde su juventud, siendo un judío al que se lo podría considerar “justo”, según el concepto de justicia del Antiguo Testamento. Entonces, casi como por una formalidad, el joven pregunta: “¿qué más me falta?”. Allí Jesús, mirándolo lleno de amor como resalta Marcos, le plantea sutilmente algo más: si desea ser perfecto, que venda todo lo que tiene, dándoselo a los pobres, y que luego lo siga a él.

Jesús no le dice que no entrará al Reino de los Cielos, que, por supuesto, alcanzará todo aquel que cumpla de corazón los mandamientos de la Ley, sino que le plantea una opción superior, la perfección cristiana, “ser perfecto como es perfecto el Padre celestial” (Mateo 5,48).

Esto significa ir mucho más allá de los mandamientos, según vemos en el estudio “La predicación inicial del Reino de Dios por Jesús: las Bienaventuranzas evangélicas”, obteniendo un gran tesoro en el cielo, que significa alcanzar un grado de gloria en la eternidad muy elevado. Es la opción radical por Jesús, a la que “muchos son llamados pero pocos escogidos” (Mateo 22,14), como veremos en la parábola del Banquete Nupcial.

Cuando Jesús ve la actitud del joven, que se entristece y se marcha, porque no está dispuesto al seguimiento radical que le propone el Maestro, explica porque es tan difícil para un rico, que se aferra a los bienes como su máxima seguridad, llegar al Reino de Dios.

Es entonces que los discípulos se asombran y se preguntan: ¿Quién podrá alcanzar la salvación? En el estudio citado antes Jesús les hace a sus discípulos una de sus revelaciones más importantes: no se puede alcanzar el Reino de Dios por la sola capacidad humana, sino que se necesita el auxilio sobrenatural de Dios mediante la gracia.

Seguramente los apóstoles y discípulos no entendieron lo que les decía el Maestro, pero lo que sí comprendieron fue la necesidad de desprenderse de todo para seguirlo a Jesús, ya que ellos lo habían hecho. Por eso Pedro pregunta: “nosotros, ¿qué recibiremos, pues?”:

Mateo 19, 27-30: “Entonces Pedro, tomando la palabra, le dijo: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué recibiremos, pues?» Jesús les dijo: «Yo os aseguro que vosotros que me habéis seguido, en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, os sentaréis también vosotros en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel. Y todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará vida eterna. Pero muchos primeros serán últimos y muchos últimos, primeros».”

Jesús los lleva a los tiempos finales, en la regeneración de la humanidad y el mundo por la instauración del Reino de Dios en su plenitud, y les anuncia a sus apóstoles que allí ellos juzgarán a las doce tribus de Israel. Es una recompensa escatológica, donde los apóstoles “juzgarán”, es decir, gobernarán junto a Jesús las “doce tribus de Israel”, que significa la totalidad del pueblo de Dios, aquellos que formarán parte del Reino.

Es decir, los apóstoles, con su desprendimiento total y su seguimiento de Jesús sin condiciones acumulan un tesoro en los cielos, tal que los llevará a estar junto al señor en el gobierno del Reino de Dios. Esta misma promesa de Jesús la recoge Lucas:

Lucas 22, 28-30: “Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas; yo, por mi parte, dispongo un Reino para vosotros, como mi Padre lo dispuso para mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi Reino y os sentéis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.”

Los que perseveraron en las pruebas con Jesús ocuparán una posición de privilegio en el Reino, ejemplificada con el hecho de “comer y beber en la mesa de Jesús” y gobernar a los salvados.

Sigue Jesús en el pasaje de Mateo, refiriéndose siempre al tiempo de la “Regeneración”, diciendo que “todo aquel”, es decir, no solamente los apóstoles, que se haya desprendido de las cosas materiales y de las ataduras a las personas para seguirlo a él, recibirá el ciento por uno de lo que ha dejado (evidentemente en esta tierra) y, además, heredará la vida eterna.

Marcos aclara muy bien que esta recompensa es en este tiempo presente (“jronos”), mientras que la herencia de la vida eterna es en el siglo (“aion”) venidero. Pero la recompensa terrenal estará acompañada de persecuciones, dato sumamente importante como ya veremos más adelante.

Por lo tanto la recompensa que Jesús promete al fin de los tiempos, en la “regeneración”, tiene dos aspectos: el primero, es el que podríamos llamar “celestial”, donde los apóstoles, que ya sabemos que para la 2ª Venida del Señor estarán con Él, ya sea en estado de alma separada del cuerpo, o con un cuerpo resucitado (más adelante aclararemos esta situación), recibirán el privilegio de gobernar junto a Jesús el Reino de Dios.

El otro aspecto de la recompensa, que denominaremos “terrenal”, es para todos aquellos que vivirán en ese tiempo final, sufriendo persecuciones, pero que finalmente recibirán el ciento por uno de lo que hayan perdido. En la Obra “El Reino de Dios se instaura con la Segunda Venida de Jesucristo” estudiamos en detalle como se producirá la instauración del Reino de Dios con la Parusía del Señor, y explicamos como se recibirán estos dos tipos de recompensa.

Este texto termina con una sentencia: “Pero muchos primeros serán últimos, y los últimos, primeros”, que se repetirá después de la parábola que sigue, enmarcando la misma. Este versículo condensa el tema anterior de la recompensa, y se lo puede interpretar en dos momentos muy importantes de la historia de la humanidad: en la primera venida de Jesucristo, o en su segunda, la Parusía.

El primer momento se refiere a la recompensa de los apóstoles, que siendo los últimos en la rica historia de Israel, llena de profetas, reyes y sacerdotes ungidos por Dios, están destinados a ser los primeros en el reino de Dios, quienes lo gobernarán junto a Jesús.

En el momento de la segunda Venida, la recompensa será para los últimos seguidores de Cristo, ese resto fiel que soportará las tribulaciones del fin, y que recibirán entonces su recompensa terrenal, examinada en la última obra citada, transformándose así en los primeros en el Reino de Dios en su estadio terrenal.

1) Parábola de los obreros de la viña.

Finalmente nos encontramos con la parábola de los obreros de la viña:

Mateo 20, 1-16: “En efecto, el Reino de los Cielos es semejante a un propietario que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña. Habiéndose ajustado con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. Salió luego hacia la hora tercia y al ver a otros que estaban en la plaza parados, les dijo: «Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo.» Y ellos fueron.
Volvió a salir a la hora sexta y a la nona e hizo lo mismo. Todavía salió a eso de la hora undécima y, al encontrar a otros que estaban allí, les dice: «¿Por qué estáis aquí todo el día parados?» Dícenle: «Es que nadie nos ha contratado.» Díceles: «Id también vosotros a la viña.» Al atardecer, dice el dueño de la viña a su administrador: «Llama a los obreros y págales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros.» Vinieron, pues, los de la hora undécima y cobraron un denario cada uno.
Al venir los primeros pensaron que cobrarían más, pero ellos también cobraron un denario cada uno. Y al cobrarlo, murmuraban contra el propietario, diciendo: «Estos últimos no han trabajado más que una hora, y les pagas como a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el calor.»
Pero él contestó a uno de ellos: «Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No te ajustaste conmigo en un denario? Pues toma lo tuyo y vete. Por mi parte, quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O va a ser tu ojo malo porque yo soy bueno?». Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos."

También aquí en esta parábola se plantean dos enfoques distintos: el primero tiene un sentido cronológico, de la misma manera que vimos antes, y se plantea la supuesta paradoja que los últimos llamados por Dios, los judíos y gentiles que abrazaron el cristianismo, tienen el mismo derecho al Reino de Dios que los israelitas con toda su tradición de pueblo de Dios.

Adicionalmente estos últimos son los primeros que reciben la paga, que simboliza su entrada al Reino. La explicación es muy clara: la misericordia de Dios es completamente libre, y no toma en cuenta medidas y parámetros humanos, como el tiempo o el esfuerzo del que va a recibirla, ya que es totalmente gratuita, y nunca se la podrá merecer.

Otro enfoque que presenta la parábola, ya no mirando la cronología, sino prestando atención a la actitud de los trabajadores, nos muestra características diferentes en cada grupo que se describe.

El primer grupo son los que obtienen trabajo a primera hora del día, asegurándose un jornal completo, cuyo valor tratan con el dueño de la viña. Podemos decir que estos obreros están satisfechos, tienen el trabajo que querían, a tiempo completo, y la paga cubre sus necesidades.

Pasando las horas, otros tres grupos de trabajadores son enviados también a la viña, aunque a ellos el dueño les dice que les pagará lo que sea justo, que seguramente entienden como una retribución proporcional del tiempo que trabajaron, menor que una jornada completa.

El último grupo había quedado sin ocupación y sin posibilidades ya de trabajar por la hora, ya que era la tarde avanzada, 11 horas después de que los primeros habían comenzado su tarea. Se puede considerar a estos últimos como los pobres, los que no habían tenido ni siquiera la posibilidad de recibir algún dinero ese día, por poco que fuese. Posiblemente eran los menos aptos, los más débiles o enfermos, aquellos a los que nadie quería contratar, los que habitualmente veían pasar los días sin recibir nada para su sustento.

Estos pobres son los bienaventurados a los que se refiere Lucas en su primera bienaventuranza, los que nada tienen y en todo dependen de Dios y de su misericordia. Y no sólo se deben haber sorprendido porque el dueño de la viña los contrató, y no quedaba más que una hora de luz para trabajar, sino más aún cuando fueron a cobrar, ya que no sólo recibieron el jornal completo, más lo cobraron antes que los otros, por pura misericordia del patrón.

En cambio, como contraste extremo, los contratados en la primera hora, que se sentían seguros con su trabajo, que quizás obtendrían tarea todos los días, lo que les daba una autosuficiencia y seguridad grandes, se sienten agraviados porque su paga no es mayor que los últimos obreros, aunque es justa, porque es la que habían pactado.

Al no experimentar, en su autosuficiencia, la misericordia de Dios, no pueden a su vez ser misericordiosos y compadecerse de los que consiguieron ocupación al final del día por la bondad divina. Por eso su concepto de justicia es un concepto humano, basado en parámetros que sigue la lógica humana, y terminan murmurando y hablando mal del benefactor, movidos por la envidia.

Se aprecia así la diferencia de la disposición interior respecto a Dios, entre los que se sienten seguros por lo que poseen, y aquellos que nada tienen, que en todo dependen de la providencia divina.

Podemos también considerar que aquí está descripta la misma Iglesia, y a pesar de que todos los cristianos que se mencionan entrarán en el Reino de Dios, ya que recibieron su paga, los que por su esfuerzo y por el tiempo que llevan en la Iglesia, aunque su corazón no se encuentre plenamente convertido, consideran que deberían estar en los primeros lugares en el Reino, deberán cederlo a aquellos que eran considerados los últimos, los que aparentemente nada hacían.

Dios no mira el exterior y las obras solamente, aunque por supuesto son importantes, sino en especial toma en cuenta la disposición del corazón, que muchas veces resulta invisible a los ojos del soberbio o del envidioso, pero que es la que Dios conoce.

Esta es la otra aplicación de la sentencia del Señor “los últimos serán primeros, y los primeros, últimos”. Precisamente a continuación de la parábola, luego del breve tercer anuncio de su pasión que hace Jesús, aparece el planteo de la madre de los hijos de Zebedeo (Juan y Santiago), de que ellos ocupen los primeros lugares en el Reino de Dios. Pero Jesús enseñará cuál es la pauta para ser el más grande en el Reino de los cielos, siguiendo su propio ejemplo:

Mateo 20, 25-28: “Mas Jesús los llamó y dijo: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos.»"

Muchas veces, en la Iglesia, los que brillan por sus conocimientos teológicos, o por su posición jerárquica, no saben hacerse los servidores de todos, sino que se hacen servir por los demás. En cambio, otros que permanecen ocultos en la oscuridad del anonimato y la pequeñez de su sacrificado servicio para los demás, serán sin duda los más grandes, los primeros, en el Reino que instaurará el Señor en su segunda Venida.


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F) Quinto grupo: parábolas de los Dos Hijos, de los Viñadores Homicidas y del Banquete Nupcial.

Este grupo de parábolas desarrolla un tema común, que es la revelación de Jesús sobre las consecuencias del rechazo de la Buena Noticia del Reino por parte de Israel, primero por sus dignatarios, y luego por el pueblo convencido por ellos para ese mismo rechazo.

Los tres evangelistas sinópticos ubican estas parábolas antes del discurso escatológico de Jesús, donde anunciará con claridad su segunda Venida en gloria y majestad, y que antecede al relato de la Pasión.

Ha llegado a su punto culminante el enfrentamiento de Jesús con las autoridades judías (fariseos, escribas, sumos sacerdotes), que Mateo presenta en el Capítulo 23, en forma inmediata anterior al discurso escatológico de Jesús, con las siete maldiciones hacia los escribas y fariseos.
Los tres sinópticos ponen las parábolas a continuación de una escena que se desarrolla en el Templo de Jerusalén, donde es cuestionada la autoridad de Jesús delante de los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos.

Lucas 20, 1-8: “Y sucedió que un día enseñaba al pueblo en el Templo y anunciaba la Buena Nueva; se acercaron los sumos sacerdotes y los escribas junto con los ancianos, y le preguntaron: «Dinos: ¿Con qué autoridad haces esto, o quién es el que te ha dado tal autoridad?» El les respondió: «También yo os voy a preguntar una cosa. Decidme: El bautismo de Juan, ¿era del cielo o de los hombres?» Ellos discurrían entre sí: «Si decimos: "Del cielo", dirá: "¿Por qué no le creísteis?" Pero si decimos: "De los hombres", todo el pueblo nos apedreará, pues están convencidos de que Juan era un profeta.» Respondieron, pues, que no sabían de dónde era. Jesús entonces les dijo: «Tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto.»”

No hay duda que la autoridad que transmitía Jesús en su predicación era muy perceptible para los que escuchaban:

Mateo 7, 28-29: “Y sucedió que cuando acabó Jesús estos discursos, la gente quedaba asombrada de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como sus escribas.”

Hay que observar que se utiliza aquí la palabra griega “ex-usia”, que significa “autoridad” y también “poder”; En este último sentido se utiliza la misma palabra en otros pasajes de Mateo:

*Mateo 9, 6: “Para que sepáis que el Hijo del hombre tiene poder (“ex-usia”) sobre la tierra de perdonar pecados.
*Mateo 10,1: “Y llamando a sus doce discípulos les dio poder (“ex–usia”) de echar a los espíritus inmundos y de sanar toda enfermedad y dolencia”.

Por lo tanto el sentido claro que da esta palabra a la predicación de Jesús es que enseña doctrina con autoridad, acompañada con el poder que se manifiesta en los milagros y prodigios que realiza.

Como refiere Lucas en el pasaje que estamos analizando, Jesús estaba enseñando al pueblo en el Templo, anunciando la Buena Nueva, con su autoridad característica. Entonces fue interpelado por la jerarquía judía toda: los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, quienes querían saber de donde le venía esa autoridad, quien se la había dado, seguramente para hacerle caer en una trampa.

Jesús, en lugar de responder, les plantea una opción en una pregunta. Si aceptan que el bautismo de Juan era de Dios, lo era también su predicación profética y su anuncio de Jesús como el Mesías, pero ellos no lo reconocieron, de la misma manera que no lo están reconociendo a Jesús. Por eso no responden, y Jesús también calla.

Sin embargo queda planteada crudamente la oposición total de las autoridades judías a Jesús, sobre todo porque rechazan la legitimidad de su autoridad o poder, de su enseñanza y de los signos milagrosos que él hace, ya que encerrados en su propia visión de cómo debería ser el Mesías esperado, y teniendo completamente cerrados los sentidos espirituales en su soberbia, no son capaces de captar la verdad sobrenatural que está revelando Jesús.

Será en este contexto que Jesús se referirá a este tema con las tres parábolas que siguen:


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1) Parábola de los dos hijos.

Mateo 21, 28-32: “Pero ¿qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Llegándose al primero, le dijo: «Hijo, vete hoy a trabajar en la viña.» Y él respondió: «No quiero», pero después se arrepintió y fue. Llegándose al segundo, le dijo lo mismo. Y él respondió: «Voy, Señor», y no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?" - «El primero» - le dicen. Díceles Jesús: «En verdad os digo que los publicanos y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros por camino de justicia, y no creísteis en él, mientras que los publicanos y las rameras creyeron en él. Y vosotros, ni viéndolo, os arrepentisteis después, para creer en él».”

Sigue la acción en el Templo de Jerusalén, después de la controversia sobre el origen de la autoridad de Jesús. El Maestro se dirige nuevamente a los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, y ahora él les hace una pregunta sobre una corta parábola que les expone, respecto a un hombre que tenía dos hijos.

La lógica simple hace que sus interlocutores acepten que el que hizo la voluntad del Padre fue el segundo hijo, que en definitiva, pese a su negativa inicial, terminó trabajando en la viña, que era lo que había pedido el padre.

¿Cuál es el significado de esta parábola? El primer hijo es el tipo de aquellos que dan un culto externo, ritual, a Dios, pero cuyas intenciones secretas están lejos de Él. Jesús ya había echado en cara esta actitud a los fariseos, utilizando un pasaje de Isaías:

Mateo 15, 6-9: “Así habéis anulado la Palabra de Dios por vuestra tradición. Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías cuando dijo: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres.”

En cambio el segundo hijo muestra que aquellos que en principio no aceptan seguir la voluntad de Dios, apartándose de ella por el pecado, pero luego sienten remordimientos en su conciencia que los llevan al arrepentimiento, en definitiva cumplen esa voluntad del Padre y son perdonados.

De inmediato, para que no haya dudas, Jesús aplica la parábola a sus interlocutores, diciéndoles algo muy duro: “En verdad os digo que los publicanos y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de Dios”.

Jesús toma dos ejemplos claros de profesiones que, según los preceptos de la Ley, convertía en “impuros” a quienes las practicaban: los publicanos o recaudadores de impuestos para Roma, y las prostitutas; esta impureza ritual hacía que quedaran excluidos de la vida social y religiosa de los judíos.

Esta terrible declaración es seguida por una explicación que retoma el tema de Juan el Bautista, tocado en el diálogo anterior. Jesús les echa en cara el hecho que Juan vino a predicar, y ellos no le creyeron que era un profeta enviado por Dios, tal como no quisieron admitirlo antes, mientras que aquellos que ellos excluían de la vida religiosa por su impureza, sí creyeron en el anuncio profético de Juan sobre Jesús.

Estos últimos llegarán al Reino, mientras ellos, que no han sido capaces de arrepentirse de su conducta, en esas condiciones no entrarán. Para rematar este tremendo concepto sobre los fariseos, que escucharían atónitos las palabras de Jesús, el Maestro insiste con una segunda parábola.


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2) Parábola de los viñadores homicidas.

Mateo 21, 33-46: “Escuchad otra parábola. Era un propietario que plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar y edificó una torre; la arrendó a unos labradores y se ausentó. Cuando llegó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labradores agarraron a los siervos, y a uno le golpearon, a otro le mataron, a otro le apedrearon. De nuevo envió otros siervos en mayor número que los primeros; pero los trataron de la misma manera.
Finalmente les envió a su hijo, diciendo: «A mi hijo le respetarán.» Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron entre sí: «Este es el heredero. Vamos, matémosle y quedémonos con su herencia.» Y agarrándole, le echaron fuera de la viña y le mataron. Cuando venga, pues, el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?
Dícenle: «A esos miserables les dará una muerte miserable y arrendará la viña a otros labradores, que le paguen los frutos a su tiempo.» Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido; fue el Señor quien hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos? Por eso os digo: Se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos.»
Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que estaba refiriéndose a ellos. Y trataban de detenerle, pero tuvieron miedo a la gente porque le tenían por profeta.”

Hay elementos de la parábola que son de interpretación inmediata: el dueño de Casa es Dios Padre, la viña es Israel, y los viñadores son el pueblo judío. Los siervos son los enviados de Dios, primero los profetas del Antiguo Testamento, y luego los apóstoles. Finalmente, el “hijo del dueño de Casa” es Jesucristo, quien aquí vuelve a anticipar su muerte en manos de los judíos. Terminará todo con el juicio de Dios, que castigará a los viñadores malvados y entregará la viña, Reino de Dios futuro, a otro pueblo diferente, las naciones paganas.

Jesús termina la parábola e interpela a los sumos sacerdotes, los escribas y los fariseos citando un Salmo:

Salmo 118(117), 22-23: “La piedra que los constructores desecharon en piedra angular se ha convertido; esta ha sido la obra de Yahveh, una maravilla a nuestros ojos.”

La figura de la “piedra angular”, la “clave de bóveda” que sostiene todo el arco del techo de una edificación, es asimilada a Jesús, y cuando es desechada, todo el techo se desmorona, no puede sostenerse en pie. Finalmente el Señor se expresa en forma totalmente directa: “Por eso os digo: se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos”.

Los tres evangelistas que refieren esta parábola dan la misma conclusión: los sumos sacerdotes y sus acompañantes comprendieron claramente que el Señor se refería a ellos, por lo que buscaban la manera de prenderlo, pero temían a las multitudes porque éstas lo tenían a Jesús por profeta.


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3) Parábola del Banquete Nupcial.

Esta última parábola sobre el Reino, antes de aquellas que formarán parte del “discurso escatológico” de Jesús, y que se referirán directamente a los sucesos de la segunda Venida de Cristo al fin de los tiempos, es, por una parte, una afirmación del hecho expuesto por el Maestro sobre la exclusión voluntaria del Reino de Dios de los judíos como pueblo, debido a la no aceptación del convite que les hace Jesús con sus enseñanzas proclamando la Buena Nueva del Reino.

Pero además la parábola ingresa al misterio de la aceptación o rechazo del Reino por todos los llamados por la Iglesia a partir de su nacimiento en Pentecostés hasta la segunda Venida. Veamos en detalle el contenido de la parábola:

Mateo 22, 1-14: “Tomando Jesús de nuevo la palabra les habló en parábolas, diciendo: «El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo. Envió sus siervos a llamar a los invitados a la boda, pero no quisieron venir. Envió todavía otros siervos, con este encargo: Decid a los invitados: "Mirad, mi banquete está preparado, se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto; venid a la boda." Pero ellos, sin hacer caso, se fueron el uno a su campo, el otro a su negocio; y los demás agarraron a los siervos, los escarnecieron y los mataron.
Se airó el rey y, enviando sus tropas, dio muerte a aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad. Entonces dice a sus siervos: "La boda está preparada, pero los invitados no eran dignos. Id, pues, a los cruces de los caminos y, a cuantos encontréis, invitadlos a la boda." Los siervos salieron a los caminos, reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales.
Entró el rey a ver a los comensales, y al notar que había allí uno que no tenía traje de boda, le dice: "Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?" El se quedó callado. Entonces el rey dijo a los sirvientes: "Atadle de pies y manos, y echadle a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes." Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos»."

Lucas refiere en forma más sintética esta misma parábola:

Lucas 14, 16-24: “El le respondió: «Un hombre dio una gran cena y convidó a muchos; a la hora de la cena envió a su siervo a decir a los invitados: «Venid, que ya está todo preparado.» Pero todos a una empezaron a excusarse. El primero le dijo: «He comprado un campo y tengo que ir a verlo; te ruego me dispenses.»
Y otro dijo: «He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas; te ruego me dispenses.» Otro dijo: «Me he casado, y por eso no puedo ir.» Regresó el siervo y se lo contó a su señor.
Entonces, airado el dueño de la casa, dijo a su siervo: «Sal en seguida a las plazas y calles de la ciudad, y haz entrar aquí a los pobres y lisiados, y ciegos y cojos.»
Dijo el siervo: «Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía hay sitio.» Dijo el señor al siervo: «Sal a los caminos y cercas, y obliga a entrar hasta que se llene mi casa. Porque os digo que ninguno de aquellos invitados probará mi cena.»"

En primer lugar debemos considerar a qué se refiere la invitación, y qué es la fiesta de bodas. La fiesta es el ingreso al Reino, y la invitación es el llamado a formar parte de él, cumpliendo con las condiciones para ingresar allí, que Jesús enseña.

También esta parábola tiene dos interpretaciones, similares a la de los obreros de la viña. En primer lugar la interpretación diríamos “clásica” reconoce el convite que Dios hace al pueblo de Israel, la primera vez por sus siervos los profetas.

Con el advenimiento de Cristo en su primera Venida, otros siervos, que serían los apóstoles y discípulos vuelven a efectuar el llamado al Reino al pueblo judío, pero con diversas excusas algunos no lo aceptan, y otros directamente persiguen y matan a estos enviados (lo que sucedió después de la muerte y resurrección del Señor).

Éstos sufrirán el juicio del Rey y el castigo consiguiente. Aquí tenemos una reiteración de los conceptos que Jesús vertió en la parábola anterior, la de los viñadores homicidas. Entonces, ahora, los convidados son los pueblos gentiles, que acuden en masa, aunque algunos de ellos no son dignos de recibir la gracia, ejemplificada con el traje de bodas, y se quedan fuera del Reino.

La segunda interpretación toma en cuenta la disposición de cada uno, que le hace rechazar o aceptar la invitación. Hay convidados que no la aceptan, y los motivos que dan son variados, aunque en definitiva todos responden a la misma razón: no están dispuestos a desprenderse de sus ocupaciones en las cosas del mundo, que consideran más importantes que la invitación al Reino, sobre el cual no se esfuerzan mucho en saber de qué se trata.

Fijémonos en los variados motivos que nos muestran Mateo y Lucas para rechazar la invitación del rey:

*Uno se tiene que ocupar del campo que ha comprado.
*Otro se concentra en sus negocios.
*Otro necesita probar las yuntas de bueyes que ha comprado.
*El último se ha casado recientemente y no tiene tiempo para ir.

Es decir, todos aquellos que tiene posesiones materiales, o afectos con otras personas que los absorben, no logran desprenderse de su interés y preocupación por esas cosas del mundo, de manera que su atención se vuelque a escuchar el mensaje del Reino con interés y apertura de corazón, de modo que nazca en su corazón el deseo de participar en él.

Esta situación se refiere al dicho de Jesús que ya vimos anteriormente: “Un rico difícilmente entrará en el reino de los Cielos” (Mateo 19,23). En cambio los pobres y desamparados, los enfermos, lisiados, ciegos y cojos, los que nada tienen para aferrarse, cuando son invitados no rechazan el convite, lo aceptan, y comienzan a llenar la sala donde se realizará la boda, aunque ésta, que ejemplifica la llegada del Reino de Dios, todavía no ha comenzado.

Sin embargo, como bien subraya Mateo, hay allí presentes tanto buenos como malos. Uno de los pertenecientes a este último grupo es identificado como aquel que no está vestido con el traje de fiesta. Hay explicaciones clásicas sobre este tema; la más conocida indica que en esa época, en las fiestas de los reyes y los grandes señores, se proporcionaban a los invitados trajes para que lucieran de acuerdo a la ocasión.

Aplicando esto a la parábola, que parecería lógico ya que los invitados eran pobres, el que aparece sin traje de boda, es decir, que no está preparado para la ocasión, es el que ha rechazado la ropa que le dio el rey, prefiriendo quedarse con la suya. Esto marca una actitud de soberbia, de creer que su vestidura era mejor, o suficiente, y, en definitiva, la negativa de aceptar un regalo gratuito.

De cualquier manera una cosa resulta clara: el que no tiene traje de boda adecuado, por la razón que sea, es quien no ha querido prepararse buscando cumplir con los requisitos que plantea Jesús en sus enseñanzas para poder ingresar al Reino, requisitos que como ya comentamos reiterativamente, implican poner la disposición propia para secundar el don recibido de Dios, la gracia, que es lo que en definitiva permitirá cumplir con las condiciones que plantea el Señor para el ingreso al Reino, inaccesibles sin el auxilio de Dios a través de la gracia. El resultado final para aquellos que no quisieron prepararse para la boda, es decir, no se pusieron el traje adecuado, será terrible: serán arrojados fuera y no participarán del Reino de Dios.

Termina esta parábola con una frase famosa de Jesús: “Muchos son llamados, mas pocos escogidos”. Esta expresión muchas veces ha sido distorsionada y malentendida, presentando a un Dios caprichoso que llama a los hombres, y cuando ellos responden, elige a su antojo solamente a unos pocos, dejando a los demás con las manos vacías.

De aquí nace el concepto equivocado, por ejemplo, que el llamado a la santidad es algo extraordinario y solamente factible para unos pocos elegidos por Dios, contradiciendo totalmente el llamado universal a la santidad que hace Dios a su pueblo.

Sin embargo el sentido es muy distinto, y se relaciona grandemente con la primera parábola del Reino que vimos, la del sembrador. ¿Cómo llama Dios a los hombres?: por medio de la predicación de su Palabra, anunciando la Buena Nueva (Evangelio) del Reino de Dios que se ha acercado a los hombres, y un día se instaurará en su plenitud. Así lo hizo en una primera instancia Jesús, y así lo ha seguido haciendo la Iglesia en estos casi dos mil años de su existencia.

Es la realidad que nos muestra la parábola del Sembrador, donde la semilla representa la Palabra de Dios. Pero no todos los hombres acogen del mismo modo a esta Palabra cuando la oyen, ya que no siempre están dispuestos a secundar la acción de la gracia con su compromiso, esfuerzo y perseverancia.

Por lo tanto, entre tantos llamados por Dios a través de su mensaje, del Evangelio, ¿Quiénes son los escogidos para formar parte de su Reino eterno?: aquellos que ponen su disposición para, primero, comprender el mensaje del Reino, comprensión que está abierta para todos por la gracia, en la medida que exista el interés, y luego para poner por obra lo aprendido, auxiliados e impulsados por ese don de Dios.

Podemos entonces afirmar que la opción para ser elegidos para el Reino de Dios queda totalmente en manos de la libre responsabilidad del hombre, ya que Dios jamás le negará a nadie la gracia necesaria para su conversión y crecimiento espiritual, que es el camino que lo llevará con seguridad al Reino prometido.


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G) Conclusiones.

Trataremos ahora de sintetizar la presentación que hace Jesús del Reino de Dios, al que no define, ya que vimos en la Introducción que los judíos tenían un concepto ya formado sobre lo que significaba para ellos que Dios reine sobre su pueblo y el mundo todo. Lo que hace Jesús mediante las parábolas es enseñar los aspectos novedosos de este Reino, los llamados “misterios” del mismo, que Él ha venido a revelar.

En primer lugar revela que no todos aceptarán su doctrina, según la cual, como tratamos extensamente en “La predicación inicial del Reino de Dios por Jesús: las Bienaventuranzas evangélicas”, viene a dar un cumplimiento perfecto a lo que había sido establecido por la Ley antigua, de una manera nueva, partiendo de un cambio interior profundo que se produce en el hombre como don de Dios, a través de la gracia, que le posibilitará llegar mucho más lejos de lo que podía imaginar el judío más piadoso, porque el cristiano tendrá nuevas capacidades sobrenaturales que lo capacitarán precisamente para llevar a cabo actos sobrenaturales que le permitirán alcanzar la propia salvación y lo harán instrumento para la salvación de otros.

A su vez, dentro de los que acepten en principio la Palabra predicada, habrá quienes, por su inconstancia o atraídos por la seducción de las riquezas del mundo, no progresarán en la vida espiritual ni darán verdaderos frutos de perfección cristiana o santidad.

No habrá un cambio drástico con la venida de Jesucristo, el Mesías esperado, ya que Dios no someterá al mundo al juicio del “Día de Yahveh”, sino que otorgará un tiempo de misericordia, durante el cual necesariamente coexistirán el bien y el mal, los “hijos del Reino” y los “hijos del Maligno”.

A pesar de que el mal y la injusticia seguirán prevaleciendo, el Reino de Dios, escondido y casi invisible para el mundo, estará desarrollándose silenciosamente por virtud de Dios, hasta que un día obtendrá el máximo crecimiento, plenitud y perfección, cuando se produzca la segunda Venida de Jesucristo a la tierra. En la Parusía de Cristo se establecerá el juicio de Dios, y allí serán separados los que heredarán el Reino de los impíos que quedarán fuera de él.

El que escucha la enseñanza de la Buena Nueva y la comprende, se da cuenta que el reino de Dios es lo más importante de la vida del hombre y lo único que le da un sentido pleno a ella. Es un verdadero tesoro que se descubre, frente al cual todas las cosas y posesiones de este mundo no tienen ningún valor y son dejadas de lado por el verdadero cristiano, como algo sin importancia y sin atracción.

Una de las llaves maestras que abre la entrada al Reino de los Cielos es el perdón, total y completo, dándolo todas las veces que sea necesario, sin excepciones. De esa misma manera el Padre misericordioso dará su perdón al que sabe perdonar de esa forma.

También Jesús revela que el llamado a formar parte del Reino de Dios que se ha acercado ha sido en primer lugar para el pueblo elegido por Dios, Israel. Pero ante el rechazo mayoritario de la Buena Nueva que trae Jesús, tanto por las autoridades primero, como del pueblo después, Dios se dirigirá a los gentiles, que junto al pequeño grupo de judíos que aceptaron la Buena Noticia, serán los primeros en el Reino de Dios.

Asimismo Jesús revela otro misterio: en el Reino no serán todos iguales (el fruto de la tierra fértil no será el mismo en todos), sino que habrá grandes y pequeños, y las condiciones para ser grande allí son muy distintas a las que existen entre los reyes y poderosos del mundo.

En el Reino serán grandes aquellos que se hayan desprendido de todo para seguir a Jesús, y que se hicieron servidores de los demás a ejemplo de su Maestro. Los apóstoles, por haber cumplido al extremo con estas exigencias, serán los primeros en el Reino, al que gobernarán junto con Jesucristo.

Dentro de todos los llamados por Dios a formar parte de su Reino, por medio de la predicación de la Palabra, primero por Jesús, y luego por los apóstoles y sus sucesores en la Iglesia, los pobres serán los que más fácilmente escuchen este llamado y serán escogidos para estar allí, porque son los que nada tienen y todo lo necesitan.

Entonces, sin las trabas de las posesiones materiales, de la soberbia, del amor propio, y de todo lo que ocupa un lugar en el corazón que impide que Dios lo llene, formarán la mayoría de aquellos que serán elegidos para ser hijos adoptivos de Dios por toda la eternidad.

Esta breve síntesis nos muestra como la revelación del Señor avanza muchísimo más en el concepto del Reino de Dios del que poseían los judíos en base a lo que conocían por el Antiguo Testamento, que eran verdades pero con muchos aspectos todavía velados, que constituyen los “misterios” que dará a conocer Jesús.

Es así que, para muchos de aquellos que tenían la esperanza de la venida de un Mesías como rey guerrero y triunfante, que aplastaría a los enemigos de Israel con el poder de Dios y le daría una nueva era de paz, justicia y prosperidad al pueblo elegido, no es posible reconocer en este Jesús al Mesías esperado, ya que anuncia que seguirán existiendo el mal y la injusticia en el mundo, a pesar que anuncia que el Reino de Dios ya se ha hecho presente, aunque en una forma no visible todavía. Deberá transcurrir un largo tiempo hasta que vuelva por segunda vez, para entonces sí terminar con el tiempo de misericordia y espera, y consumar el juicio de Dios que separará a los justos de los impíos.

La falta de reconocimiento de Jesucristo como el Mesías profetizado producirá algo asombroso e inesperado totalmente para los judíos: las promesas y la recompensa ya no serán para el pueblo de Israel en la carne, sino para los paganos, a quienes llamará Dios, y que aceptarán aquello que Israel rechazó.

Este es el comienzo de la era cristiana, que tendrá su culminación y plenitud ese día sin fecha ni hora conocidas por los hombres, sino solamente por el Padre celestial, cuando su Hijo Jesucristo regrese a la tierra, no ya en humildad y pobreza, sino en gloria y majestad, a tomar posesión del Reino preparado desde toda la eternidad para él por su Padre.



Juan Franco Benedetto
Buenos Aires – Argentina
Octubre de 2010


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La Predicación Inicial Del Reino De Dios Por Jesús: Las Bienaventuranzas Evangélicas

 


Indice:


A) Introducción
B) Las Bienaventuranzas interpretadas según el Antiguo Testamento
  1ª) *Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los Cielos.
  2ª) *Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.
  3ª)*Bienaventurados los que lloran (los afligidos), porque ellos serán consolados.
  4ª) Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia porque ellos serán saciados.
  5ª) Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
  6ª) Bienaventurados los de corazón puro porque verán a Dios.
  7ª) Bienaventurados los que trabajan por la paz porque ellos serán llamados hijos de Dios.
C) Las Bienaventuranzas según la nueva enseñanza de Jesús.
D) La expresión plena de las Bienaventuranzas según la enseñanza de Jesús.
  1ª) *Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los Cielos.
  2ª) *Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.
  3ª)*Bienaventurados los afligidos, porque ellos serán consolados.
  4ª) Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia.
  5ª) Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
  6ª) Bienaventurados los puros de corazón porque ellos verán a Dios.
  7ª) Bienaventurados los que trabajan por la paz porque ellos serán llamados hijos de Dios.

La Experiencia Mística y la SantidadDescarga Para Imprimir en Formato PDF


A) Introducción.

Dios se hace presente en la historia del hombre de una manera inconcebible, insertándose en la humanidad en un momento dado, a través del misterio de la encarnación de su Hijo, el Verbo eterno, donde éste se hace verdadero hombre en Jesucristo, permaneciendo sin embargo como verdadero Dios, en las dos naturalezas, humana y divina, unidas sin mezclarse, a través de la llamada unión hipostática.

Este suceso también se conoce como la Primera Venida al mundo de Jesucristo, diferenciándola de esta manera de la Segunda Venida del Señor, que el mismo anunciará que ocurrirá un día futuro.
En su vida pública, con una duración aproximada de tres años, Jesús completará la revelación de Dios sobre su propósito eterno derivado de la creación del ser humano, que consiste en la instauración del Reino de Dios entre los hombres.

El anuncio de Jesús, la Buena Nueva, el Evangelio, con el cual inició su predicación al inicio de su vida pública, es sumamente claro y sucinto:

“Desde entonces Jesús comenzó a predicar y a decir: arrepentíos porque el reino de los cielos está cerca” (Mt. 4,17)
“Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos y proclamando la Buena Nueva del reino” (Mt. 4,23)
“Después que Juan hubo sido encarcelado, fue Jesús a Galilea, predicando la Buena Nueva de Dios, y diciendo: el tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca” (Mc. 1,14).

“El Reino de los Cielos o Reino de Dios está cerca”: esta es la Buena Nueva o Evangelio proclamado por Jesús. Para analizar con la adecuada comprensión el significado de esta Buena Nueva, es imprescindible conocer cuál era el concepto de Reino de Dios que existía hasta ese momento entre los hebreos, según lo revelado por el Antiguo Testamento, ya que Jesús al comenzar su anuncio nunca definió que era ese reino de Dios que se acercaba, porque sin duda asumía que sus oyentes ya lo sabían. Lo que Jesús irá revelando serán nuevos aspectos y facetas de ese reino, que enriquecerán sobremanera lo que se había dado a conocer hasta ese momento por los profetas antiguos.

Lo que sostenemos es que Jesús tomó absolutamente como válidos los conceptos e ideas que sobre el Reino de Dios tenía el pueblo judío, como resultado en especial por la revelación profética. En nuestra obra “El Reino de Dios se instaura con la Segunda Venida de Jesucristo”, Capítulo 9.B.8, reseñamos el tema del Reino de Dios en el Antiguo Testamento, desde los inicios de la revelación de la Biblia hasta los conceptos que eran comunes en la época de Jesús.

En este Artículo lo que se buscará es tener claro cuáles fueron las novedades que trajo la predicación de Jesús sobre el Reino de Dios, y qué temas o aspectos ya revelados en el Antiguo Testamento fueron los que el Señor asumió como válidos.

Para tener una mejor comprensión de los anuncios de Jesús, habría que estudiarlos primero no desde todo el conocimiento de la teología cristiana y del desarrollo dogmático y doctrinal que se ha producido en los dos mil años que llevamos de la vida de la Iglesia, sino tratando de escuchar las enseñanzas del Maestro munidos solamente de las ideas y conceptos existentes en ese pueblo israelita que lo escuchaba, y la evidencia clara de cuáles eran la tenemos en el contenido del conjunto de los Libros de la Biblia que hoy conocemos como el Antiguo Testamento, o antiguo Pacto o Alianza de Dios con ellos.

Desde este punto de vista trataremos entonces de avanzar en la comprensión de la revelación de Jesús sobre el reino de Dios, partiendo de una premisa clara y que no ofrece ningún tipo de duda: toda la enseñanza de Jesús tuvo como único objetivo explicar y clarificar a los hombres, de una vez y para siempre, aquellos misterios concernientes al reino de Dios que Él mismo inaugura entre los hombres: de qué se trata, cómo se instaurará, quiénes y bajo qué condiciones formarán parte del mismo, y quiénes, por el contrario, quedarán excluidos de él, lo cual en definitiva constituye la misión encomendada al Verbo para cumplirla mediante su encarnación, vida, pasión, muerte y resurrección.

Para comenzar a estudiar como fue el inicio de la predicación de Jesús sobre el Reino de Dios o Reino de los Cielos, luego del anuncio primero de que “el reino de Dios está cerca”, tomaremos como base el llamado “Discurso Evangélico” o “Sermón de la montaña” que presenta el evangelista Mateo en los capítulos 5 al 7, en el cual la parte fundamental son las Bienaventuranzas. Cuando sea oportuno recurriremos a los pasajes pertinentes de los otros evangelios.

La actividad inicial de la vida pública de Jesús es presentada cronológicamente en el Evangelio de Mateo, enmarcada en los siguientes acontecimientos (Capítulos 3 y 4):

*Después de su bautismo en el río Jordán por Juan, y de ser tentado por Satanás en el desierto, Jesús vuelve a Galilea y se establece en Cafarnaúm, cumpliendo una profecía de Isaías.

*Allí comienza Jesús su predicación, proclamando “convertíos (arrepentíos) porque el Reino de los Cielos está cerca”.

*A continuación llama a sus cuatro primeros discípulos (Pedro, Andrés, Santiago y Juan) y comienza a enseñar en las sinagogas proclamando la Buena Nueva del reino (el Reino de Dios se ha acercado).

*El Señor acompañaba esta predicación con curaciones milagrosas y liberando endemoniados, lo que le fue dando una gran fama e hizo que por donde pasaba comenzaran a buscarlo grandes muchedumbres.

Esta es la presentación inicial que hace Mateo del comienzo de la vida pública de Jesús, y luego (Capítulos 5 al 7) presenta la primera enseñanza sobre el Reino de Dios, en el llamado “Discurso evangélico” o “Sermón de la montaña”.

En este largo discurso Mateo condensa con claridad las bases del anuncio de Jesús de que el Reino de Dios se ha acercado, puntualizando que elementos lo definen, quiénes forman parte de él, y de qué manera se manifiesta este “acercamiento”, lo que representará toda una novedad para los judíos, que creían que el Reino de Dios, consecuencia del juicio de Dios en el “Día de Yahveh” iba a instaurarse de una manera muy rápida.

El centro del discurso lo constituyen las Bienaventuranzas, ya que el resto se refiere a las mismas y sirve para ayudar a su comprensión. Es la promulgación de la nueva ley del Reino, que constituirá la Nueva Alianza de Dios con los hombres. Veamos dos enfoques de estas bienaventuranzas: según la interpretación del Antiguo Testamento, y según la novedad profunda que trae Jesús:


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B) Las Bienaventuranzas interpretadas según el Antiguo Testamento:

Es incontable el número de páginas que se han escrito sobre estos 16 versículos del Evangelio de Mateo en estos dos mil años que han pasado desde que el Maestro pronunciara estas palabras. Por eso uno se pregunta: ¿es posible agregar algo más a todo lo dicho? La respuesta es sí, dado que la Palabra de Dios es como un gran diamante tallado con infinitas facetas, y según se lo mueva a la luz siempre podrá dar un reflejo distinto y nunca visto antes.

Lo que intentaremos es tratar de comprender en una primera instancia esta enseñanza del Señor como si fuésemos judíos de hace dos mil años, en cuyos oídos resuenan las palabras inspiradas de los profetas y autores sagrados del Antiguo Testamento, y a las cuales apela el divino Maestro para hacerles llegar su mensaje, ya que como él mismo lo afirma en este sermón, no ha venido a abolir la Ley y los Profetas (todo el Antiguo Testamento) sino para darle su cumplimiento acabado y perfecto. Luego veremos en qué consiste esta perfección, no conocida en el Antiguo Testamento.

Lo primero que debemos preguntarnos es lo siguiente: ¿cuál es el sentido, el objetivo de las Bienaventuranzas? Es muy claro: después de haber proclamado que el Reino de Dios se ha acercado, Jesús plantea claramente las condiciones que se deben cumplir para ser admitido en el Reino de Dios.
O dicho de otra manera, las Bienaventuranzas plantean la materia del juicio en el “Día de Yahveh”, que decidirá quiénes tomarán parte del Reino de Dios y quienes quedarán excluidos de él, en la oscuridad, “rechinando los dientes”.

Mateo 5,1-12: “Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo:
«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.
Bienaventurados los afligidos, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa.
Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.»”

Las bienaventuranzas descriptas constan cada una, después de la bendición, de dos miembros rimados al modo hebreo (hemistiquios). En el primero se especifica una cualidad, o virtud, o actitud de un sujeto, y en el segundo se menciona un premio o recompensa causal (“porque”), que, como ya veremos, es uno solo: la posesión del Reino de Dios.

Es interesante indagar el significado profundo de la expresión “bienaventurado” (“makarios” en griego). Este término indicaba en esa época un estado de plena y total felicidad, que según algunos estudiosos se aplicaba en el mundo pagano a las divinidades que tenían a esta felicidad absoluta como una de sus prerrogativas divinas.
Este mismo término lo aplica Jesús en una expresión recogida tanto por Mateo (13,16-17) como por Lucas (10,23-24):

Mateo 13,16-17: “«¡Pero dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Pues os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron.”

Esto se lo manifiesta Jesús a sus discípulos cuando les explica que a ellos les ha sido dado conocer los misterios del reino de Dios escondidos en las parábolas. Esta plena felicidad, que supera cualquier felicidad posible de experimentar por el hombre, tiene su origen en un hecho excepcional: el hombre ha sido admitido a formar parte del Reino de Dios.

Lucas también utiliza esta expresión en otro pasaje.

Lucas 14,13-14: “Cuando des un banquete, llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos; y serás dichoso, porque no te pueden corresponder, pues se te recompensará en la resurrección de los justos.»”

Aquí la bienaventuranza (“makarios”) refiere la recompensa directamente a la resurrección de los justos, que, como ya veremos, forma parte de la instauración del reino de Dios.

Veamos ahora en detalle cada una de las Bienaventuranzas, que nosotros consideramos que en Mateo se reducen a siete. Lucas, en su Evangelio, transcribe las Bienaventuranzas en el Capítulo 6,20-23, indicando solamente cuatro, contenidas en las citadas por Mateo. Nos referiremos a ellas al abordar las equivalentes según Mateo.


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1ª) *Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los Cielos.

Lucas vierte: “Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios.”

¿Qué imagen tendrían los judíos al escuchar la palabra “pobres” en labios de Jesús? La pobreza material, como tal, no significaba ningún ideal espiritual en Israel, donde se había considerado durante mucho tiempo la retribución de Yahveh en riquezas materiales como recompensa de la fidelidad a Dios:

Salmo 112 (111), 1-3: “¡Aleluya! ¡Dichoso el hombre que teme a Yahveh, que en sus mandamientos mucho se complace! Fuerte será en la tierra su estirpe, bendita la raza de los hombres rectos. Hacienda y riquezas en su casa, su justicia por siempre permanece.”

También la Biblia recuerda que la pobreza muchas veces es consecuencia de la pereza y la indolencia, es decir, es culpa del que la sufre:

Proverbios 13,4: “Tiene hambre el perezoso, mas no se cumple su deseo; el deseo de los diligentes queda satisfecho.”

Proverbios 21,17: Se arruina el hombre que ama el placer, no será rico el aficionado a banquetes.”

Proverbios 6,9-11: “¿Hasta cuando, perezoso, estarás acostado? ¿Cuándo te levantarás de tu sueño? Un poco dormir, otro dormitar, otro poco tumbarse con los brazos cruzados; y llegará como un vagabundo tu miseria y como un mendigo tu pobreza.”

Pero también se va abriendo paso en la Palabra de Dios la evidencia que muchos pobres lo son debido a la injusticia de los poderosos y los violentos, y al fraude y el engaño de los corruptos:

Amós 5,11-12: “Por tanto, ya que pisoteáis al débil y recibís de él tributo de trigo, no habitaréis las casa que habéis edificado de piedras talladas, y aunque habéis plantado viñas deliciosas, no beberéis su vino. Pue Yo sé la multitud de vuestros crímenes y cuán graves pecados habéis cometido vosotros, que oprimís al justo, aceptáis cohecho y torcéis el derecho de los pobres ante los tribunales.”

El profeta Sofonías lleva a estos pobres a constituir una categoría moral y escatológica, que será retribuida en los tiempos mesiánicos:

Sofonías 3,11-13: “Aquel día no tendrás ya que avergonzarte de todos los delitos que cometiste contra mí, porque entonces quitaré yo de tu seno a tus alegres orgullosos, y no volverás a engreírte en mi santo monte. Yo dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre, y en el nombre de Yahveh se cobijará el Resto de Israel. No cometerán más injusticia, no dirán mentiras, y no más se encontrará en su boca lengua embustera. Se apacentarán y reposarán, sin que nadie los turbe.”

Esta esperanza ya se entreveía en los Salmos:

Salmo 22(21), 24-27: “«Los que a Yahveh teméis, dadle alabanza, raza toda de Jacob, glorificadle, temedle, raza toda de Israel». Porque no ha despreciado ni ha desdeñado la miseria del mísero; no le ocultó su rostro, mas cuando le invocaba le escuchó. De ti viene mi alabanza en la gran asamblea, mis votos cumpliré ante los que le temen. Los pobres comerán, quedarán hartos, los que buscan a Yahveh le alabarán:«¡Viva por siempre vuestro corazón!»”

Salmo 69(68),33-37: “Lo han visto los humildes y se alegran; ¡viva vuestro corazón, los que buscáis a Dios! Porque Yahveh escucha a los pobres, no desprecia a sus cautivos. ¡Alábenle los cielos y la tierra, el mar y cuanto bulle en él! Pues salvará Dios a Sión, reconstruirá las ciudades de Judá: habitarán allí y las poseerán; la heredará la estirpe de sus siervos, los que aman su nombre en ella morarán.”

Una de las misiones que tendrá el Mesías será la de defender los derechos de los débiles y los pobres:

Isaías 11,4: “Juzgará con justicia a los débiles, y sentenciará con rectitud a los pobres de la tierra. Herirá al hombre cruel con la vara de su boca, con el soplo de sus labios matará al malvado.”

También Isaías pone como misión del Mesías anunciar la buena nueva a los pobres (Isaías 61,1), palabras que Jesús se aplicará a sí mismo en la sinagoga de Nazaret (Lucas 4,18).

Pero Mateo va más lejos de esta acepción de pobre que toma Lucas, y agrega “de espíritu”, es decir, no sólo abarca los pobres desposeídos por los poderosos impíos de sus posesiones y bienes materiales, sino a aquellos que se sienten pobres ante Dios, necesitados como mendigos de su auxilio, como una oposición a la soberbia de los fariseos que se creen poseedores de una gran riqueza moral y espiritual, lo que los hace, en definitiva, sentirse autosuficientes ante Dios.

Por lo tanto, esta bienaventuranza tenía un sentido claro para los que escuchaban a Jesús, y poseía un sentido escatológico indudable: los pobres, en el sentido bíblico como “pobres de Yahveh”, poseerán el reino de Dios como premio a sus fatigas y padecimientos.


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2ª) *Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.

El carácter de ser manso, que es la mansedumbre, tiene un sentido bíblico no de debilidad, sino de humilde sumisión a Dios, basada en la fe y la experiencia del amor divino. En el Antiguo Testamento Moisés es el modelo acabado de la verdadera mansedumbre:

Números 12, 1-3: “Hablaron María y Aarón contra Moisés, con motivo de la mujer cusita que este se había tomado; pues estaba casado con una mujer de Cus. Decían: «¿Acaso tan sólo por boca de Moisés ha hablado Yahveh? ¿No ha hablado también por nosotros?» Y oyólo Yahveh. Es de saber que Moisés era un hombre muy manso, más que hombre alguno sobre la tierra.”

Moisés sufría en silencio las murmuraciones de alguien tan cercano como su hermano, y por eso era considerado sumamente manso, aunque evidentemente no lo era en el sentido de jefe y guerrero, sino en su relación de sumisión plena con respecto a Dios. También en el Libro del Eclesiástico se alaba esta cualidad de Moisés:

Eclesiástico 45,1.4-5: “Moisés fue el amado de Dios y de los hombres; su memoria se conserva en bendición. Santificóle por su fe y mansedumbre, y escogióle entre todos los hombres. Por eso le hizo oír su voz y entrar en la nube.”

Pero la clave de esta bienaventuranza la encontramos en el Salmo que la inspira:

Salmo 37(36), 11: “En tanto que los mansos poseerán la tierra y se deleitarán en abundancia de paz.”

Es importante analizar el contexto general de este Salmo, de donde surgirá con claridad que entendían los oyentes de Jesús de esta bienaventuranza. Se plantea a lo largo del salmo el destino escatológico de los malvados e impíos por un lado, y de aquellos que obran el bien y confían en Yahveh por el otro.

Para los primeros su destino es el exterminio, en el “Día de Yahveh” serán “cortados como el heno y como hierba verde se secarán” (versículo 2). En cambio, aquellos que confían en Yahveh, que en Él se abandonan, recibirán la recompensa: “heredarán y poseerán la tierra”, que obviamente es la tierra de la promesa de Yahveh cuando sacó a su pueblo de la esclavitud a la que estaban sometidos por los egipcios: la tierra prometida, promesa que tendrá su cumplimiento perfecto en el Reino de Yahveh que instaurará el Mesías.

La promesa de Yahveh a su pueblo de heredar la tierra que les dará, cuando la realidad histórica muestra a un Israel desterrado de la tierra de Canaán, o sometido una y otra vez a conquistadores paganos, irá tomando con los profetas cada vez más una interpretación escatológica.

Isaías 61,21: El pueblo tuyo se compondrá solamente de justos y heredarán para siempre la tierra; serán renuevos plantados por Mí mismo, obra de mi mano, para gloria mía.”

Jeremías 30,3: “Porque he aquí que vendrán días, dice Yahveh, en que trocaré el cautiverio de mi pueblo, Israel y Judá, dice Yahveh, y los haré regresar al país que dí a sus padres y lo poseerán.”

Ezequiel 47, 13-14: ”Así dice Yahveh el Señor: «Éstas serán las fronteras dentro de las cuáles repartiréis la tierra para herencia entre las doce tribus de Israel, dando a José dos partes. Heredaréis los unos como los otros aquella tierra, respecto de la cual Yo, alzando mi mano, juré darla a vuestros padres. Esta tierra os caerá en herencia.”

Los grandes profetas llevan a los tiempos mesiánicos el cumplimiento de la promesa de Yahveh de darles en herencia y posesión la tierra del reino de Dios.

Es muy interesante ver que otras cualidades ensalza el Salmo 37, tales que adornarán a quienes “heredarán o poseerán la tierra”:

V. 8-9: “Depón el rencor y aplaca la ira, no te irrites: pues sería peor; porque los que obran mal serán exterminados, más los que esperan en Yahveh heredarán la tierra.”

Los que confían en Dios, y no se irritan en vano por el aparente triunfo de los malos, serán los herederos del Reino de Dios.

V. 10-11: “Aguarda un poco y el impío ya no estará, y si buscas su lugar, no lo hallarás. En tanto que los mansos poseerán la tierra y se deleitarán en abundancia de paz.”

Es evidente que los que deponen el rencor y aplacan la ira mencionados en los versículos anteriores son los mansos de los cuales se habla aquí.

V. 21-22: “El malvado toma en préstamo y no devuelve, más el justo es compasivo y da; porque los benditos poseerán la tierra, pero los malditos serán exterminados.”

El manso que espera en Yahveh es justo ante los ojos de Dios, y será bendecido con la posesión del reino de Dios.

V. 28-29: “Pues Yahveh ama la justicia y no abandona a sus santos; los impíos serán exterminados, y su descendencia perecerá. Los justos poseerán la tierra y habitarán en ella para siempre.”

Nuevamente se resalta la recompensa para los justos: poseerán la tierra prometida por Dios para siempre.

V. 34: “Cuenta con Yahveh y sigue su camino; Él te conducirá a la herencia de la tierra; asistirás gozoso al exterminio de los pecadores.”

En definitiva, la expresión “mansos” engloba al resto de los atributos (los que aplacan la ira, los que esperan en Yahveh, los justos) y probablemente por eso Jesús la toma del Salmo para expresar con fuerza que ellos son los herederos del Reino de Dios, con la expresión terrenal del Salmo, y eso seguramente tocó el corazón de los que escuchaban la predicación del Maestro de Galilea, ya que la expresión “heredarán la tierra” sin duda lleva al concepto mesiánico y escatológico del Reino de Dios.


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3ª)*Bienaventurados los que lloran (los afligidos), porque ellos serán consolados.

Muchas de las traducciones glosan “los que lloran”, pero la palabra griega original es “penzeo”, que significa “afligidos”. El evangelista Mateo utiliza la misma expresión en otro pasaje:

Mateo 9,15: “¿Pueden acaso los invitados a la boda afligirse mientras el novio está con ellos?”

Lucas utiliza otro verbo en la bienaventuranza equivalente:

Lucas 6,21: “Bienaventurados los que lloráis (“klaio”) ahora, porque reiréis”

No hay duda que los dos evangelistas se están refiriendo a lo mismo, pues un signo claro de la aflicción es el llanto. Estamos aquí presentes ante una angustia muy profunda del alma, un estado interior de padecimiento y tribulación, y es muy importante rastrear el motivo bíblico de esta situación extrema.

En primer lugar se trata de la angustia del pueblo de Dios cuando está sometido y esclavizado por pueblos paganos:

Nehemías 9,9: “Tú (Yahveh) viste la aflicción de nuestros padres en Egipto, y escuchaste su clamor junto al mar de Suf”

El Libro de Job nos trae la crudeza de la angustia de aquel que la sufre en su adversidad injusta que no entiende:

Job 30, 1. 5-9. 16-17: “Mas ahora ríense de mí los que son más jóvenes que yo, a cuyos padres no juzgaba yo dignos de mezclar con los perros de mi grey. De entre los hombres estaban expulsados, tras ellos se gritaba como tras un ladrón. Moraban en las escarpas de los torrentes, en las grietas del suelo y de las rocas.
Entre los matorrales rebuznaban, se apretaban bajo los espinos. Hijos de abyección, sí, ralea sin nombre, echados a latigazos del país. ¡Y ahora soy yo la copla de ellos, el blanco de sus chismes! Y ahora en mí se derrama mi alma, me atenazan días de aflicción. De noche traspasa el mal mis huesos, y no duermen las llagas que me roen.”

Las persecuciones de los que oprimen a los buenos y débiles son también motivo de aflicción, situación ésta que expresan con claridad muchos Salmos, y llevan al hombre justo a clamar a Yahveh para que le traiga la salvación:

Salmo 7, 2-3.7.10: “Yahveh, Dios mío, a ti me acojo, sálvame de todos mis perseguidores, líbrame; ¡que no arrebate como un león mi vida el que desgarra, sin que nadie libre! Levántate, Yahveh, en tu cólera, surge contra los arrebatos de mis opresores, despierta ya, Dios mío, tú que el juicio convocas. Haz que cese la maldad de los impíos, y afianza al justo, tú que escrutas corazones y entrañas, oh Dios justo.”

Pero quizás la máxima aflicción del hombre nace del alma que se siente culpable ante Dios, y que desesperadamente pide perdón, arrepentida, confiando en su misericordia:

Salmo 6: “Yahveh, no me corrijas en tu cólera, en tu furor no me castigues. Tenme piedad, Yahveh, que estoy sin fuerzas, sáname, Yahveh, que mis huesos están desmoronados, desmoronada totalmente mi alma, y tú, Yahveh, ¿hasta cuándo? Vuélvete, Yahveh, recobra mi alma, sálvame, por tu amor. Porque, en la muerte, nadie de ti se acuerda; en el seol, ¿quién te puede alabar?
Estoy extenuado de gemir, baño mi lecho cada noche, inundo de lágrimas mi cama; mi ojo está corroído por el tedio, ha envejecido entre opresores.
Apartaos de mí todos los malvados, pues Yahveh ha oído la voz de mis sollozos. Yahveh ha oído mi súplica, Yahveh acoge mi oración. ¡Todos mis enemigos, confusos, aterrados, retrocedan, súbitamente confundidos!”

Esta misma situación aparece en el resto de los llamados “Salmos penitenciales” (Salmos 32, 38, 51, 102, 130 y 143). Surge del Antiguo Testamento con mucha fuerza, como vemos, que la aflicción genuina producida por la desgracia no provocada, por la persecución injusta, y, especialmente, por la propia realidad de pecador, muchas veces permitidas misteriosamente por Dios, será consolada y terminará para siempre en los días mesiánicos.

Los profetas revelarán este designio de Dios con gran claridad:

Isaías 25,1.4-5.8: “Yahveh, tú eres mi Dios, yo te ensalzo, alabo tu nombre, porque has hecho maravillas y planes muy de antemano que no fallan. Porque fuiste fortaleza para el débil, fortaleza para el pobre en su aprieto, parapeto contra el temporal, sombra contra el calor. Porque el aliento de los déspotas es como lluvia de invierno.
Como calor en sequedal humillarás el estrépito de los poderosos; como el calor a la sombra de una nube, el himno de los déspotas se debilitará. Enjugará el Señor Yahveh las lágrimas de todos los rostros, y quitará el oprobio de su pueblo de sobre toda la tierra, porque Yahveh ha hablado.”

Yahveh “enjugará las lágrimas de todos los rostros”, lo que significa que los afligidos serán consolados y ya no llorarán nunca más. Esta expresión será tomada por el Apocalipsis para caracterizar el Reino de Dios figurado por la Nueva Jerusalén celestial. Los que lloraban ahora reirán, porque tendrán una alegría eterna:

Isaías 35,10: “Los redimidos de Yahveh volverán, entrarán en Sión entre aclamaciones, y habrá alegría eterna sobre sus cabezas. ¡Regocijo y alegría les acompañarán! ¡Adiós, penar y suspiros!”

También Jeremías en profecías mesiánicas promete que cesará el llanto y llegará el consuelo, que aquí en este pasaje consiste específicamente en volver a la tierra prometida:

Jeremías 31,15-17: “Así dice Yahveh: Se oye una voz en Ramá, gemidos y llanto amargo. Es Raquel que llora a sus hijos, rehúsa consolarse de la suerte de sus hijos que ya no existen. Así dice Yahveh: Cese tu voz de llorar, y tus ojos de derramar lágrimas, pues será recompensada tu pena –oráculo de Yahveh-, volverán del país del enemigo. Hay esperanza para tus días postreros –oráculo de Yahveh-, pues tus hijos volverán a su tierra.”

En definitiva el consuelo perfecto para los afligidos, el cambiar su llanto por risa y alegría, tendrá su cumplimiento pleno con el advenimiento del Reino de Yahveh en los tiempos mesiánicos.


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4ª) Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia porque ellos serán saciados.

Lucas expresa: “Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados” (6,21).

Esta bienaventuranza, como la primera, parece tener dos componentes, según se considere los textos de Mateo o de Lucas. Este último evangelista plantea en su bienaventuranza a los que tienen hambre, que en definitiva no constituyen una categoría diferente a la de los pobres que se mencionan en la primera bienaventuranza, sino que son los mismos considerados ahora en el aspecto más extremo, que es la falta del alimento material.

Los hambrientos de este mundo resultarán saciados, colmados, en el Reino de Dios, que desde el Antiguo Testamento presenta como característica no sólo la abundancia de alimentos, sino la disponibilidad de todo tipo de manjares:

Salmo 107 (106), 8-9: “¡Den gracias a Yahveh por su amor, por sus prodigios con los hijos de Adán! Porque él sació el alma sedienta, el alma hambrienta saturó de bienes.”

Isaías 25, 6.9: “Hará Yahveh Sebaot a todos los pueblos en este monte un convite de manjares frescos, convite de buenos vinos: manjares de tuétanos, vinos depurados; Se dirá aquel día: «Ahí tenéis a nuestro Dios: esperamos que nos salve; éste es Yahveh en quien esperábamos; nos regocijamos y nos alegramos por su salvación.»”

El banquete del tiempo escatológico prefigura todas las bendiciones que Dios derramará en su Reino futuro.

Isaías 55,1-3: “¡Oh, todos los sedientos, id por agua, y los que no tenéis plata, venid, comprad y comed, sin plata, y sin pagar, vino y leche! ¿Por qué gastar plata en lo que no es pan, y vuestro jornal en lo que no sacia?
Hacedme caso y comed cosa buena, y disfrutaréis con algo sustancioso. Aplicad el oído y acudid a mí, oíd y vivirá vuestra alma. Pues voy a firmar con vosotros una alianza eterna: las amorosas y fieles promesas hechas a David.”

La saciedad es para todos, no existe ya la diferencia entre quien no tiene dinero y quien es rico, y esta saciedad se extenderá también al hambre espiritual.

Como vimos, el evangelista Mateo extiende el concepto, hablando de “hambre y sed de justicia”. Es importante distinguir con claridad qué quiere significar la palabra “justicia”. Evidentemente aquí no se evoca simplemente el orden jurídico, es decir, el respeto de la ley o el orden moral, donde a cada uno se le da lo debido, aunque no se encuentre fijado por la ley.

En el Antiguo Testamento la “justicia” es un valor religioso y espiritual sumamente importante, que designa la observancia integral de todos los mandamientos de Yahveh, y que convierte al hombre piadoso en “justo”. Abraham es considerado un justo por excelencia ante los ojos de Dios, el que “guarda el camino de Yahveh”:

Génesis 18, 17-19: “Dijo entonces Yahveh: «¿Por ventura voy a ocultarle a Abraham lo que hago, siendo así que Abraham ha de ser un pueblo grande y poderoso, y se bendecirán por él los pueblos todos de la tierra? Porque yo le conozco y sé que mandará a sus hijos y a su descendencia que guarden el camino de Yahveh, practicando la justicia y el derecho, de modo que pueda concederle Yahveh a Abraham lo que le tiene apalabrado.»

En los Salmos se ensalzan las virtudes del justo, de aquel que “teme a Yahveh”:

Salmo 15 (14), 1-5: “Yahveh, ¿quién morará en tu tienda?, ¿quién habitará en tu santo monte? El que ando sin tacha, y obra la justicia; que dice la verdad de corazón, y no calumnia con su lengua; que no daña a su hermano, ni hace agravio a su prójimo; con menosprecio mira al réprobo, mas honra a los que temen a Yahveh; que jura en su perjuicio y no retracta, no presta a usura su dinero, ni acepta soborno en daño de inocente. Quien obra así jamás vacilará.”

El profeta Ezequiel también presenta con claridad las características de aquel que es justo a los ojos de Yahveh:

Ezequiel 18, 5-9: “El que es justo y practica el derecho y la justicia, no come en los montes ni alza sus ojos a las basuras de la casa de Israel, no contamina a la mujer de su prójimo, ni se acerca a una mujer durante su impureza, no oprime a nadie, devuelve la prenda de una deuda, no comete rapiñas, da su pan al hambriento y viste al desnudo, no presta con usura ni cobra intereses, aparta su mano de la injusticia, dicta un juicio honrado entre hombre y hombre, se conduce según mis preceptos y observa mis normas, obrando conforme a la verdad, un hombre así es justo: vivirá sin duda, oráculo del Señor Yahveh.”

La justicia del hombre es fuente de méritos y recompensa de parte de Yahveh:

Salmo 18 (17), 21-25: “Yahveh me recompensa conforme a mi justicia, me paga conforme a la pureza de mis manos; porque he guardado los caminos de Yahveh, y no he hecho el mal lejos de mi Dios. Porque tengo ante mí todos sus juicios, y sus preceptos no aparto de mi lado; he sido ante él irreprochable, y de incurrir en culpa me he guardado. Y Yahveh me devuelve según mi justicia, según la pureza de mis manos que tiene ante sus ojos.”

Finalmente, por evolución del concepto, la palabra “justicia” llega a significar concretamente la recompensa que da Yahveh al justo:

Salmo 24, 3-5: “¿Quién subirá al monte de Yahveh?, ¿quién podrá estar en su recinto santo? El de manos limpias y puro corazón, el que a la vanidad no lleva su alma, ni con engaño jura. El logrará la bendición de Yahveh, la justicia del Dios de su salvación.”

La justicia de Yahveh, su bendición, es exclusivamente un don de Dios:

Proverbios 21,21: “Quien practica la justicia y la mansedumbre hallará vida, justicia y honra.

Es decir, esta bienaventuranza se interpretaría, según el desarrollo del tema en el Antiguo Testamento, de la siguiente manera: quien busque de corazón ser justo, cumpliendo todos los mandamientos de Yahveh, será recompensado en el reino de Dios con la plenitud de la bendición de Dios.


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5ª) Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

La misericordia es un concepto central en la experiencia religiosa de Israel. Se expresa como conjunción de dos aspectos complementarios: el primero, definido por la palabra hebrea “rahamin”, expresa el apego entre dos personas, cuyo asiento está en las entrañas o corazón, y que produce sentimientos de ternura y genera actos de compasión.
El segundo, “hesed” en hebreo, significa además un fuerte compromiso de fidelidad, de no cambiar el sentimiento por circunstancias variables.

Los hebreos, tomando conciencia de su pecado e infidelidad a Dios, y viendo como Él perdona y sigue fiel a las promesas hechas a su pueblo elegido, van descubriendo en toda su magnitud la misericordia de Yahveh, y a ella apelan en su arrepentimiento.
La revelación de la misericordia de Yahveh la recibe Moisés en el Monte Sinaí, donde Dios le afirma que es libre para usar gratuitamente su misericordia en quien le plazca, de perdonar el pecado, pero también es justo y no lo dejará impune:

Exodo 33, 18-19: “Entonces dijo Moisés: "Déjame ver, por favor, tu gloria." El le contestó: "Yo haré pasar ante tu vista toda mi bondad y pronunciaré delante de ti el nombre de Yahveh; pues hago gracia a quien hago gracia y tengo misericordia con quien tengo misericordia."

Exodo 34, 5-9: “Descendió Yahveh en forma de nube y se puso allí junto a él. Moisés invocó el nombre de Yahveh. Yahveh pasó por delante de él y exclamó: "Yahveh, Yahveh, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por millares, que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado, pero no los deja impunes; que castiga la iniquidad de los padres en los hijos y en los hijos de los hijos hasta la tercera y cuarta generación."
Al instante, Moisés cayó en tierra de rodillas y se postró, diciendo: "Si en verdad he hallado gracia a tus ojos, oh Señor, dígnese mi Señor venir en medio de nosotros, aunque sea un pueblo de dura cerviz; perdona nuestra iniquidad y nuestro pecado, y recíbenos por herencia tuya."

Los Salmos son una fuente inagotable del canto de los pecadores a la misericordia de Yahveh:

Salmo 32 (31), 10-11: “Muchos dolores aguardan al pecador, mas al que confía en Yahveh lo defenderá la misericordia. Alegraos en Yahveh y regocijaos, oh justos; saltad de júbilo todos los rectos de corazón.”

Salmo 57 (56), 10-11: “Te alabaré, Señor, entre los pueblos, te cantaré himnos entre las naciones. Porque tu misericordia es grande hasta el cielo, y tu fidelidad, hasta las nubes.”

Salmo 85 (84), 5-8: “Restáuranos, oh Dios, Salvador nuestro, aparta de nosotros tu indignación. ¿Acaso estarás siempre enojado con nosotros? ¿Extenderás tu saña de generación en generación? ¿No volverás Tú a darnos vida, para que tu pueblo se alegre en Ti? Muéstranos, Yahveh, tu misericordia y envíanos tu salvación.”

Dios, por su misericordia, se conmueve ante la miseria que acarrea el pecado, pero desea fervientemente que el pecador se convierta, se vuelva hacia Él.
El supremo grito del pecador arrepentido lo encontramos en el Salmo 51, conocido como “el Miserere”, escrito por David como la confesión más sincera de un corazón arrepentido por su grave pecado:

Salmo 51 (50), 3-5: “Ten compasión de mí, oh Dios, en la medida de tu misericordia; según la grandeza de tus bondades, borra mi iniquidad. Lávame a fondo de mi culpa, límpiame de mi pecado. Porque yo reconozco mi maldad, y tengo siempre delante mi delito.”

Está claro, entonces, el significado para los israelitas que escuchaban esta bienaventuranza: el ser misericordioso con los demás obtendrá como fruto la máxima expresión de la misericordia de Dios: la admisión a su Reino.


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6ª) Bienaventurados los de corazón puro porque verán a Dios.

Hay un deseo profundo en el pueblo elegido que se expresa con claridad en el Antiguo Testamento: ver a Yahveh con los propios ojos. La conciencia de haber perdido la relación familiar con Dios que existía en el paraíso por el pecado original genera esta enorme nostalgia de ver el rostro de Yahveh.

Moisés primero, y Elías después, se acercaron más que nadie al cumplimiento de este deseo, aunque Dios sólo permitió que lo entrevieran:

Éxodo 33, 18.21-33: “Entonces dijo Moisés: "Déjame ver, por favor, tu gloria." Luego dijo Yahveh: "Mira, hay un lugar junto a mí; tú te colocarás sobre la peña. Y al pasar mi gloria, te pondré en una hendidura de la peña y te cubriré con mi mano hasta que yo haya pasado. Luego apartaré mi mano, para que veas mis espaldas; pero mi rostro no se puede ver."

1 Reyes 19,11-13: “Le dijo: "Sal y ponte en el monte ante Yahveh." Y he aquí que Yahveh pasaba. Hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebrantaba las rocas ante Yahveh; pero no estaba Yahveh en el huracán. Después del huracán, un temblor de tierra; pero no estaba Yahveh en el temblor.
Después del temblor, fuego, pero no estaba Yahveh en el fuego. Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se puso a la entrada de la cueva. Le fue dirigida una voz que le dijo: "¿Qué haces aquí, Elías?"

Los Salmos hablan del deseo del justo de ver a Yahveh:

Salmo 17 (16), 15: “Yo empero, con la justicia tuya, llegaré a ver tu rostro, me saciaré al despertarme con tu gloria.”

Salmo 24 (23), 3-6: “Quién subirá al monte de Yahveh?, ¿quién podrá estar en su recinto santo? El de manos limpias y puro corazón, el que a la vanidad no lleva su alma, ni con engaño jura. El logrará la bendición de Yahveh, la justicia del Dios de su salvación. Tal es la raza de los que le buscan, los que van tras tu rostro, oh Dios de Jacob.”

Aquí encontramos unidas las dos expresiones de la bienaventuranza: los de corazón puro y manos limpias van impulsados por el deseo de ver el rostro del Dios de Jacob.

Las profecías mesiánicas exaltan la presencia de Dios mismo en medio de su pueblo, lo que colmará los deseos nostálgicos de volver a estar en presencia de Dios:

Zacarías 2, 14-15: “Grita de gozo y regocíjate, hija de Sión, pues he aquí que yo vengo a morar dentro de ti, oráculo de Yahveh. Muchas naciones se unirán a Yahveh aquel día: serán para mí un pueblo, y yo moraré en medio de ti.Sabrás así que Yahveh Sebaot me ha enviado a ti.”

Dios, en “aquel día” (el “Día de Yahveh”) morará nuevamente en medio de su pueblo, al establecer su Reino.

Isaías 2, 2-3: “Sucederá en días futuros que el monte de la Casa de Yahveh será asentado en la cima de los montes y se alzará por encima de las colinas.Confluirán a él todas las naciones, y acudirán pueblos numerosos. Dirán: "Venid, subamos al monte de Yahveh, a la Casa del Dios de Jacob, para que él nos enseñe sus caminos y nosotros sigamos sus senderos."Pues de Sión saldrá la Ley, y de Jerusalén la palabra de Yahveh.”

Será el mismo Yahveh, en esos últimos tiempos en los cuales su Reino se hará presente entre los hombres, que instruirá a su pueblo para que camine por sus senderos.

En la bienaventuranza esta recompensa de ser admitidos en el reino de Dios, en presencia del Rey, está unida a quienes tienen puro el corazón.

La pureza, para el pueblo de Israel, tiene un primer significado, que tiene que ver con la pureza cultual. Esta pureza, obtenida a través de distintos ritos de purificación (lavado del cuerpo y de la ropa, sacrificios expiatorios, no comer determinados alimentos, etc.) habilita al judío piadoso para participar en el culto y en la vida ordinaria de la comunidad.

Una segunda noción de pureza, más profunda, parte de lo externo y va hacia lo interior, lo que podría denominarse “pureza moral”. Esto significa expulsar del corazón, como centro de la vida interior, todo aquello que lo contamine, es decir, que conforme un pecado y una trasgresión a la Ley de Dios.

Los Salmos cantan constantemente la dicha de poseer un corazón puro:

Salmo 24 (23), 3: “¿Quién subirá al monte de Yahveh?, ¿quién podrá estar en su recinto santo? El de manos limpias y puro corazón, el que a la vanidad no lleva su alma, ni con engaño jura.”

Tener un corazón puro implica no tener vanidad ni utilizar el engaño.

Salmo 97 (96), 10-13: “Yahveh ama a los que el mal detestan, él guarda las almas de sus fieles y de la mano de los impíos los libra. La luz se alza para el justo, y para los de recto corazón la alegría. Justos, alegraos en Yahveh, celebrad su memoria sagrada.”

Salmo 125 (124), 4-5: “Haz bien, Yahveh, a los buenos, a los de recto corazón. ¡Mas a los que yerran por sus caminos tortuosos, los suprima Yahveh con los agentes de mal! ¡Paz a Israel!”

Yahveh favorece y bendice a los de corazón puro.

Según estos textos vemos que la pureza de corazón, con intenciones limpias y sin doblez, tendrá su recompensa en el reino de Dios, porque el de corazón puro estará en presencia de Dios.


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7ª) Bienaventurados los que trabajan por la paz porque ellos serán llamados hijos de Dios.

La paz (“shalom” en hebreo) constituye un elemento fundamental en los valores del pueblo israelita. Es un concepto que va mucho más allá del sentido de un tiempo sin conflictos ni guerras, sino que expresa una situación de felicidad y bienestar del hombre que vive en armonía con la naturaleza, con sus semejantes, consigo mismo y con Dios.

La paz es un don de Dios, que recompensa a quienes siguen sus caminos y obedecen sus leyes y mandamientos:

Salmo 34 (33), 12-15: “¿Quién es el hombre que apetece la vida, deseoso de días para gozar de bienes? Guarda del mal tu lengua, tus labios de decir mentira; apártate del mal y obra el bien, busca la paz y anda tras ella.”

El que se guarda del mal y de la mentira encuentra la paz.

Salmo 37 (36), 8-11: “Desiste de la cólera y abandona el enojo, no te acalores, que es peor; pues serán extirpados los malvados, mas los que esperan en Yahveh poseerán la tierra. Un poco más, y no hay impío, buscas su lugar y ya no está; mas poseerán la tierra los humildes, y gozarán de inmensa paz.”

Yahveh retribuye con la paz a los humildes, aún ante el aparente éxito de los impíos.

Las profecías escatológicas exaltarán a la paz como uno de los componentes fundamentales del Reino de Dios mesiánico:

Isaías 9, 5-6: “Porque una criatura nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Estará el señorío sobre su hombro, y se llamará su nombre "Maravilla de Consejero", "Dios Fuerte", "Siempre Padre", "Príncipe de Paz". Grande es su señorío y la paz no tendrá fin sobre el trono de David y sobre su reino, para restaurarlo y consolidarlo por la equidad y la justicia. Desde ahora y hasta siempre, el celo de Yahveh Sebaot hará eso.”

El Mesías es denominado “Príncipe de paz”, y en su reinado la paz durará para siempre.

Zacarías 9, 9-10: “¡Exulta sin freno, hija de Sión, grita de alegría, hija de Jerusalén! He aquí que viene a ti tu rey: justo él y victorioso, humilde y montado en un asno, en un pollino, cría de asna. El suprimirá los cuernos de Efraím y los caballos de Jerusalén; será suprimido el arco de combate, y él proclamará la paz a las naciones. Su dominio irá de mar a mar y desde el Río hasta los confines de la tierra.”

El rey profetizado, montado en un asno, tal como fue cumplido por Jesucristo, traerá la paz al mundo.

Por lo tanto, luchar y trabajar por la paz significa de alguna manera buscar uno de los valores básicos del Reino de Dios, de aquí que aquellos “pacificadores”, luchadores por la paz, entrarán al Reino de Dios, significado aquí por “ser llamados hijos de Dios”.

Desde la tradición más antigua Yahveh revela que el pueblo de Israel es como un hijo para Él:

Éxodo 4, 22-23: “Y dirás a Faraón: Así dice Yahveh: Israel es mi hijo, mi primogénito. Yo te he dicho: «Deja ir a mi hijo para que me dé culto», pero como tú no quieres dejarle partir, mira que yo voy a matar a tu hijo, a tu primogénito."

Deuteronomio 14, 1-2: “Hijos sois de Yahveh vuestro Dios. No os haréis incisión ni tonsura entre los ojos por un muerto. Porque tú eres un pueblo consagrado a Yahveh tu Dios, y Yahveh te ha escogido para que seas el pueblo de su propiedad personal entre todos los pueblos que hay sobre la haz de la tierra.”

El profeta Isaías recuerda esta tradición de Israel, donde los hijos se rebelaron y serán sometidos al juicio escatológico:

Isaías 63, 7-9: “Las misericordias de Yahveh quiero recordar, las alabanzas de Yahveh, por todo lo que nos ha premiado Yahveh, por la gran bondad para la casa de Israel, que tuvo con nosotros en su misericordia, y por la abundancia de sus bondades.
Dijo él: "De cierto que ellos son mi pueblo, hijos que no engañarán."Y fue él su Salvador en todas sus angustias. No fue un mensajero ni un ángel: él mismo en persona los liberó. Por su amor y su compasión él los rescató: los levantó y los llevó todos los días desde siempre.”

También el profeta Jeremías anuncia el llamado que hará Yahveh a sus hijos apóstatas:

Jeremías 3, 14-15: “Volved, hijos apóstatas - oráculo de Yahveh - porque yo soy vuestro Señor. Os iré recogiendo uno a uno de cada ciudad, y por parejas de cada familia, y os traeré a Sión. Os pondré pastores según mi corazón que os den pasto de conocimiento y prudencia.”

Por lo tanto, ser llamado “hijo de Dios” significa con claridad ingresar al Reino de Dios, habiendo sobrepasado el juicio escatológico del “Día de Yahveh”. Será la recompensa que recibirán los pacificadores, aquellos que trabajan por la paz verdadera.

*Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Aquí Jesús pareciera que no introduce una nueva bienaventuranza, sino que quiere ampliar la cuarta, dirigida a quienes tienen hambre y sed de la justicia, lo que queda indicado en la recompensa, que es la misma de la primera bienaventuranza, como cerrando la enumeración.

En primer lugar declara la bienaventuranza de los perseguidos por causa de ser fieles a la ley de Dios, lo cual evidentemente no era una novedad para los fieles israelitas, y que ya había sido descripta abundantemente en la Escritura, en especial con las persecuciones sufridas por los profetas de Yahveh:

Amós 7, 10-13: “El sacerdote de Betel, Amasías, mandó a decir a Jeroboam, rey de Israel: "Amós conspira contra ti en medio de la casa de Israel; ya no puede la tierra soportar todas sus palabras. Porque Amós anda diciendo: «A espada morirá Jeroboam, e Israel será deportado de su suelo.»" Y Amasías dijo a Amós: «Vete, vidente; huye a la tierra de Judá; come allí tu pan y profetiza allí. Pero en Betel no has de seguir profetizando, porque es el santuario del rey y la Casa del reino.»"

Por llevar la palabra de Yahveh Amós es acusado de conspiración y amenazado con el exilio. También Elías sufrió por su ministerio de profeta:

1 Reyes 19, 1-3: “Ajab refirió a Jezabel cuanto había hecho Elías y cómo había pasado a cuchillo a todos los profetas. Envió Jezabel un mensajero a Elías diciendo: «Que los dioses me hagan esto y me añaden esto otro si mañana a estas horas no he puesto tu alma igual que el alma de uno de ellos.» El tuvo miedo, se levantó y se fue para salvar su vida. Llegó a Berseba de Judá y dejó allí a su criado.”

Pero la figura del Antiguo Testamento que muestra con mayor claridad las desventuras y persecuciones que sufren los profetas de Yahveh es Jeremías, quien una y otra vez cae en desgracia porque lo que Dios expresa por su boca no es lo que los reyes quieren escuchar:

Jeremías 38, 1-6: “Oyeron Sefatías, hijo de Mattán, Guedalías, hijo de Pasjur, hijo de Malkiyías, las palabras que Jeremías hablaba a todo el pueblo: «Así dice Yahveh: Quien se quede en esta ciudad, morirá de espada, de hambre y de peste, mas el que se entregue a los caldeos vivirá, y eso saldrá ganando.»
Así dice Yahveh: «Sin remisión será entregada esta ciudad en mano de las tropas del rey de Babilonia, que la tomará.» Y dijeron aquellos jefes al rey: «Ea, hágase morir a ese hombre, porque con eso desmoraliza a los guerreros que quedan en esta ciudad y a toda la plebe, diciéndoles tales cosas.
Porque este hombre no procura en absoluto el bien del pueblo, sino su daño.» Dijo el rey Sedecías: «Ahí le tenéis en vuestras manos, pues nada podría el rey contra vosotros.» Ellos se apoderaron de Jeremías, y lo echaron a la cisterna de Malkiyías, hijo del rey, que había en el patio de la guardia, descolgando a Jeremías con sogas. En el pozo no había agua, sino fango, y Jeremías se hundió en el fango.”

Por lo tanto, la primera parte de esta bienaventuranza seguramente fue clara para los israelitas, pero el Maestro, sorprendentemente para los que lo escuchaban, agrega algo absolutamente novedoso, y dirigido en segunda persona directamente a su auditorio:

Mateo 5, 11-12: “Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegráos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.”

Comenzamos con esta expresión un nuevo enfoque de las Bienaventuranzas anunciadas por Jesús.


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C) Las Bienaventuranzas según la nueva enseñanza de Jesús.

Lucas 6, 22-23: “Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del hombre. Alegráos ese día y saltad de gozo, que vuestra recompensa será grande en el cielo. Pues de ese modo trataban sus padres a los profetas.”

El texto paralelo de Lucas es muy similar al de Mateo, y expresa la novedad tan sorprendente: ¡Las persecuciones de los creyentes, a partir de ahora, serán por causa de él, por causa de Jesús! Desde este punto, el discurso de Jesús refleja un dramático cambio de rumbo, una novedad radical, ya que equipara la persecución sufrida por los profetas “anteriores a vosotros” debido a su fidelidad a Yahveh con la que sufrirán quienes estén dispuestos a cumplir con las condiciones para entrar al reino, resumidas en una palabra: “justicia”.

Ante el estupor y la falta de comprensión de los que le escuchaban, Jesús les dice algo grandioso:

Mateo 5, 14-16: “Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.”

Esto significa que quienes busquen la justicia de Dios, según la enseñanza que les dará Jesús, serán como una luz que brillará entre los hombres, aunque no será una misión fácil, ya que muchos no entenderán y los perseguirán.

Planteado así en forma directa el tema del seguimiento de sus enseñanzas, y las consecuencias que ello traerá, Jesús comienza con una de las principales revelaciones novedosas sobre el reino de Dios:

Mateo 5, 17-18: “"No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sin que todo suceda.”

Jesús, como Mesías que se irá revelando poco a poco a los suyos, ha venido a dar pleno cumplimiento a la Ley antigua, sin abolir nada, sino llevándola a extremos que ningún judío, por más piadoso que fuera, podría haber imaginado, lo que establecerá nuevas bases de cumplimiento de la Ley para entrar al Reino de Dios.

Para explicar este tremendo cambio, el Maestro toma seis ejemplos de la ley antigua, aludiéndola con la fórmula “habéis oído que se dijo a los antepasados”, y luego proclama en cada caso cuál es el nuevo alcance de estos mandamientos, utilizando la expresión “pues Yo os digo”, quedando sumamente claro que es él quien tiene la misión y la autoridad de proclamar lo que luego se conocerá como la “Nueva Alianza” de Dios con los hombres.

Una frase de Jesús define claramente la ruptura con la antigua ley, cumplida según la interpretación legalista de los escribas y fariseos:

Mateo 5,20: “Porque os digo que, si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.”

¡Qué extraño habrá sonado en los oídos de quienes estaban con Jesús, siendo que los fariseos y los escribas eran el modelo del judío piadoso y cumplidor escrupuloso de la Ley, los mandamientos, los preceptos y la tradición oral que conocían como ninguno!
¡Ellos, judíos comunes, en su mayoría humildes y poco instruidos, debían practicar una justicia mayor aún que la de los fariseos y escribas!

Por supuesto el asombro habrá crecido al escuchar que no sólo no había que matar, sino ni siquiera encolerizarse con el hermano, o que no bastaba no cometer adulterio, sino que el hecho de desear otra mujer desde el corazón era tan reprensible como el adulterio sexual.
El desconcierto habrá sido mayor aún cuando Jesús terminó diciendo que no bastaba con amar al prójimo, sino que también el amor debía comprender incluso a los enemigos.

Pero, para rematar estas novedades tan apabullantes, Jesús dejó caer como una bomba una última frase:

Mateo 5, 48: “Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial.”

«¿Ser perfectos como Dios mismo? ¡Pero eso es absolutamente imposible para los hombres!», deben haber pensado los que oyeron este mandato de ese Maestro que estaba enseñando con tanta autoridad como nunca habían escuchado de los escribas.

Pero Jesús comenzará a acumular en su enseñanza, no sólo en este discurso, sino en la que lo sucederá, una sobre otra, nuevas actitudes del piadoso, que yendo mucho más lejos de las prescripciones antiguas, serán las que permitirán la entrada al Reino de los Cielos, afrontando con éxito el juicio de Dios.

Frente a esta novedad que los desconcertaba, los discípulos llegarán al clímax de su asombro cuando se produce el encuentro del Señor con el joven rico:

Mateo 19, 16-25: “En esto se le acercó uno y le dijo: «Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?» El le dijo: «¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el Bueno. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.» «¿Cuáles?» - le dice él. Y Jesús dijo: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo.»
Dícele el joven: «Todo eso lo he guardado; ¿qué más me falta?» Jesús le dijo: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme.» Al oír estas palabras, el joven se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes. Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «Yo os aseguro que un rico difícilmente entrará en el Reino de los Cielos.
Os lo repito, es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el Reino de los Cielos.» Al oír esto, los discípulos, llenos de asombro, decían: «Entonces, ¿quién se podrá salvar?»”

Los discípulos ven a un joven sumamente piadoso, que ha guardado fielmente los mandamientos que le recuerda el Maestro, por lo que bien puede ser considerado un “justo”. Pero todo eso parece que no basta para Jesús, quien le plantea que para ser “perfecto” (como perfecto es el Padre celestial, que es el resumen de la nueva exigencia expresada por Jesús en el discurso evangélico), deberá estar dispuesto a vender todas sus abundantes posesiones y repartir el dinero a los pobres, lo que a los ojos de los discípulos aparece como algo realmente imposible, y les hace preguntar angustiados y desconcertados: “entonces, ¿quién se podrá salvar?”

La respuesta de Jesús ante este serio planteo ofrece la gran clave, la llave maestra para entender de qué se trata la Nueva Alianza que Él está anunciando:

Mateo 19, 26: “Jesús, mirándolos fijamente, dijo: «Para los hombres eso es imposible, mas para Dios todo es posible.»"

El Maestro quiere significar que la perfección que permite la salvación, es decir, el ingreso al Reino de Dios, es un objetivo sobrenatural, que está completamente fuera de las posibilidades humanas naturales, y que sólo podrá obtenerse con el auxilio sobrenatural de Dios.

Este auxilio, como irá revelando Jesús y la consiguiente doctrina del Nuevo Testamento, consiste en el injerto sobrenatural en el alma del hombre de la gracia santificante, que lo proveerá de nuevas capacidades que no tenía, que le permitirán lograr esa perfección a semejanza de la perfección de Dios.

La teología nos enseña que estas capacidades sobrenaturales que permitirán efectuar actos sobrenaturales son las virtudes infusas o virtudes cristianas y los dones del Espíritu Santo, que son los auxilios para la inteligencia y la voluntad humana, que junto a la disposición del hombre y su acción secundando el don de Dios, permitirán alcanzar la denominada “santidad” del cristiano. (Se puede ampliar este tema en "La Vida cristiana plena”, Segunda Parte Capítulo 5).

Por lo tanto las bienaventuranzas, tomadas en su conjunto, son las que tipifican al cristiano que tiende hacia la perfección espiritual o santidad, que es lo que permitirá su salvación, es decir, su ingreso al Reino de Dios una vez que sea instaurado por Jesús en forma plena al fin de los tiempos.

Existen dos elementos más que surgen de la revelación de Jesús que nos permitirán completar el panorama de las exigencias que plantean las bienaventuranzas según las enseñanzas del Maestro:

* Jesús revela que en el Reino de Dios los bienaventurados no serán todos iguales.

Mateo 5,19: “Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos.”

En el Reino de Dios habrá más grandes y más pequeños, y esa “estatura” dependerá del mayor o menor cumplimiento de los mandamientos de Dios, es decir, de la mayor o menor perfección espiritual que se haya alcanzado en el momento de la muerte.

En el mismo sentido se expresa Jesús luego del episodio en que la madre de los hijos de Zebedeo (Santiago y Juan) pide que ellos estén a la derecha y a la izquierda del Señor en su Reino (es decir que ocupen las posiciones más relevantes, en el concepto judío de un reino puramente terrenal):

Mateo 20, 20-21. 24-28: “Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró como para pedirle algo. El le dijo: «¿Qué quieres?» Dícele ella: «Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino.» Al oír esto los otros diez, se indignaron contra los dos hermanos.
Mas Jesús los llamó y dijo: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos.»"

Aquí el Maestro revela dos cosas muy importantes: en primer lugar, que es lícito aspirar a ser grande, a ser el primero en el Reino de Dios, y luego, por ende, allí habrá quienes serán más grandes que otros, aunque el camino para esa grandeza es absolutamente distinto al de ser grande en el mundo.

¿Qué significa esto de ser más grandes o más pequeños en el Reino de Dios? Es un tema sumamente importante y que debería estar muy claro para el cristiano, ya que tiene relación directa con su vida en la tierra y con la vida eterna en el Reino de Dios.

La teología católica nos explica que la visión de Dios en el cielo por los bienaventurados, o “visión beatífica”, y la comprensión de sus atributos divinos, está por encima de la capacidad del entendimiento humano. Así se necesita un auxilio sobrenatural para que el entendimiento creado pueda ver a Dios en forma intuitiva, tal como lo ven los ángeles, y es la denominada “luz de gloria”.
Esta “luz de gloria” (“lumen gloriae”) es un don infuso de Dios por el cual el entendimiento recibe la capacidad de la “visión beatífica”, que es la “visión intelectual” de Dios en el cielo.

Encontramos así tres modos diferentes por los cuales la razón humana llega al conocimiento de las cosas: en forma natural la inteligencia humana conoce las cosas del mundo; en forma sobrenatural, por la gracia, el entendimiento recibe la luz de la fe, que le permite captar el sentido de las cosas sobrenaturales, como la revelación de Dios; por último, también como don de Dios, la luz de gloria permite conocer a Dios en el cielo, estando en su presencia, según el modo sobrenatural de la visión beatífica.

Como la luz de gloria que se recibe depende del grado de gracia santificante (o de santidad) alcanzado al momento de la muerte, se sigue de inmediato que la felicidad esencial en el cielo es desigual, no en cuanto a la visión de Dios, que todos la tienen, que comprende los actos de los bienaventurados que son la visión, el amor y el gozo, sino en cuanto a los grados de esa visión, de ese amor y de ese gozo.
Lo que esto significa es que todos los bienaventurados ven a Dios, pero lo ven, lo aman y lo gozan unos más que otros.

Por lo tanto se ve la gran importancia para el cristiano de conocer este tema: el desarrollo de la vida cristiana plena, significado por la vivencia lo más perfecta posible de las bienaventuranzas, permitirá alcanzar el Reino de Dios, aunque allí será vivida la relación con Dios en grados diversos, según el crecimiento en gracia (o santidad) alcanzado en la vida terrenal.

* El Reino de Dios ya está presente en la tierra, pero todavía no alcanza su plenitud.

Uno de los aspectos más estudiados y más discutidos sobre el Reino de Dios es la aparente tensión entre el anuncio de Jesús, que a veces habla del Reino como si ya estuviera presente entre los hombres y otras lo hace con palabras que lo consideran como un acontecimiento futuro.

La predicación inicial del Señor testimoniada por Mateo indica que “el Reino de los Cielos está cerca” (Mateo 4,17), con las mismas palabras que Juan el Bautista exhortaba a la conversión (Mateo 3,2). El evangelista Marcos recoge el mismo anuncio (Marcos 1,15).
El mandato de Jesús cuando envía a sus apóstoles dice: “Y de camino predicad diciendo: «El Reino de los cielos se ha acercado” (Mateo 10,7).

La petición del Padre Nuestro que Jesús enseña a los discípulos, “venga tu Reino”, implica que todavía no ha llegado. Lo mismo las exhortaciones a la vigilancia indican que hay una espera de la venida del Reino:

Mateo 24, 42-44: “"Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, estaría en vela y no permitiría que le horadasen su casa. Por eso, también vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre.”

Pero hay otras afirmaciones claras del Señor que son tan categóricas que, o se rechazan o desvirtúan, o hay que aceptar que el Reino de Dios ya está presente entre los hombres:

Mateo 12,28: “Pero si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios.”

La acción taumatúrgica y exorcista de Jesús es señal inequívoca que el poder del Reino de Dios ya está presente.

Lucas 17, 20-21: “Habiéndole preguntado los fariseos cuándo llegaría el Reino de Dios, les respondió: «El Reino de Dios viene sin dejarse sentir. Y no dirán: «Vedlo aquí o allá», porque el Reino de Dios ya está entre vosotros.»"

La llegada del Reino no es espectacular ni evidente, pero ya se encuentra aquí en la tierra.

¿Cuáles han sido las explicaciones dadas para aclarar esta aparente contradicción? Las podemos resumir en tres principales:

1ª) La llamada “escatología consecuente” considera que el Reino de Dios es una realidad totalmente futura, por lo que asume que las menciones al Reino ya presente no provienen de Jesús, sino que son añadidos de la primera comunidad.

2ª) En el otro extremo encontramos la escuela de la “escatología realizada”, que sostiene que el Reino ya ha llegado y no habrá ya ningún acontecimiento futuro de relevancia a su respecto.

3ª) Pero la explicación mayoritariamente aceptada, en especial por la doctrina católica, es la que plantea que el Reino de Dios ya ha sido inaugurado por Jesús en su primera Venida al mundo (con la encarnación del Hijo de Dios en Jesucristo), pero que el mismo tendrá un doble estadio, uno terrenal en este mundo, con una duración que solamente conoce el Padre, en el cual el Reino todavía no se manifiesta en forma clara y evidente para todos, sino que es más bien una realidad interior, espiritual, que alcanzará luego su perfección y plenitud con la segunda Venida de Cristo al fin de los tiempos.

En consecuencia a la última explicación, en la actualidad nos encontramos en una fase transitoria que se inició casi hace dos mil años, que un día será sucedida por la fase definitiva, que será instaurada por Jesucristo en su Parusía o segunda Venida.

De esta manera, las Bienaventuranzas comienzan ya en esta tierra a producir frutos, porque en ella está el Reino de Dios obrando en una forma más bien oculta, y solamente en la consumación las promesas de Dios llegarán a su pleno y total cumplimiento.


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D) La expresión plena de las Bienaventuranzas según la enseñanza de Jesús.

Con todos estos elementos podemos concluir lo siguiente respecto a las bienaventuranzas proclamadas por Jesús en el Sermón de la montaña: las mismas representan, en su conjunto, las condiciones establecidas en la Nueva Alianza para ser admitidos en el Reino de Dios, es decir, para aprobar el juicio de Dios.

Según su mayor o menor perfección indican un grado de santidad más o menos eminente, lo que redundará en un grado mayor o menor de gloria en el Reino de Dios. El grado mínimo para ingresar al Reino implica estar en estado de gracia, es decir, no haber perdido la gracia santificante por cometer un pecado grave o pecado mortal, y, si se la perdió de esa manera, haberla recuperado por el sacramento de la Reconciliación.

Estas bienaventuranzas se vivirán en forma plena cuando Jesús instaure su Reino, pero, mientras tanto, su ejercicio durante la vida del cristiano en este mundo produce desde ya frutos de santidad que hacen que el Reino de Dios sea vislumbrado y vivido, y la convivencia humana sea mucho mejor, tal como lo expresa la Constitución “Lumen Gentium” del Concilio Vaticano II (N° 40):

“Es, pues, completamente claro que todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, y esta santidad suscita un nivel de vida más humano incluso en la sociedad terrena."

Encontramos aquí una gran diferencia con la interpretación de las Bienaventuranzas según el Antiguo Testamento que vimos anteriormente, donde se remitían a su cumplimiento casi en su totalidad a los tiempos mesiánicos. Con Jesús, el Mesías ha llegado, pero de una manera distinta a la esperada por los judíos, por lo cual la mayoría no lo reconoció como tal; el Señor inaugurará una etapa que no se había vislumbrado antes de su venida, donde las bienaventuranzas toman un alcance imposible de imaginar por los judíos, y sus frutos ya comenzarán en la tierra, aunque tendrán su pleno cumplimiento cuando el Reino de Dios irrumpa con su perfección en la segunda Venida al fin de los tiempos.

Daremos a continuación las características de cada una de las bienaventuranzas, en consonancia con la enseñanza completa del Maestro de Galilea, recalcando los dos aspectos claros de la novedad del Nuevo Testamento: la perfección mayor en su vivencia y los frutos que ya se recogen en la vida terrenal, de donde surge sin lugar a dudas la supremacía de la Nueva Alianza respecto de la Antigua.


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1ª) *Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los Cielos.
*Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. (Lucas)

Las tres primeras bienaventuranzas de Lucas plantean la felicidad en el Reino de Dios de aquellos que están desposeídos de todo en este mundo (son pobres de bienes materiales, no tienen el alimento necesario y viven en situación de llanto y sufrimiento), lo cual parece en principio una enorme paradoja, que hay que tratar de entender, y precisamente la clave de comprensión la dan las bienaventuranzas según Mateo, que encaran esas situaciones desde el punto de vista interior o espiritual.

Cuando hablamos de los pobres y de los pobres de espíritu se nos plantean tres acepciones que han surgido a lo largo de la historia de la Iglesia en el estudio de esta bienaventuranza.

En primer lugar el pobre a secas es el pobre material, aquel que podemos asumir que vive en la indigencia o directamente en la miseria. Pero aquí no se trata sólo del pobre en sí mismo, sino de aquel que ha llegado a esta situación, y es mantenido en ella, por la ambición, la injusticia y la opresión de los impíos movidos por su egoísmo y soberbia, y con absoluto desprecio por las leyes de Dios.

La parábola del rico y el pobre Lázaro nos da una primera pauta para comprender esta bienaventuranza a la luz de la enseñanza toda de Jesús:

Lucas 16, 19-26: “"Era un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas. Y uno pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su portal, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico... pero hasta los perros venían y le lamían las llagas. Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado. Estando en el Hades entre tormentos, levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno.
Y, gritando, dijo: «Padre Abraham, ten compasión de mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama.» Pero Abraham le dijo: «Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado. Y además, entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros, no puedan; ni de ahí puedan pasar donde nosotros.»”

El rico ya tuvo su recompensa en la tierra, y por buscar solamente ese premio terrenal, perderá la posibilidad de entrar al Reino de Dios, mientras al contrario, el pobre Lázaro es consolado junto a los Patriarcas. Pero el verdadero pecado del rico no fue ni poseer su riqueza, ni disfrutarla, sino la indiferencia total frente al pobre que, echado delante de su puerta y cubierto de llagas, ni siquiera recibía una de las migajas que caían de la mesa de los grandiosos banquetes del rico.

Es decir, la condena de Dios a los ricos es por el mal uso que hacen de las riquezas, por el egoísmo y la falta de caridad hacia los necesitados, a los que podrían ayudar con la abundancia que poseen.

La reflexión que hace Jesús a sus discípulos después que el joven rico no acepta compartir sus bienes con los pobres, justamente apunta a esta actitud:

Mateo 19, 21-24: “Jesús le dijo: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme.» Al oír estas palabras, el joven se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes. Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «Yo os aseguro que un rico difícilmente entrará en el Reino de los Cielos. Os lo repito, es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el Reino de los Cielos.»"

El que está aferrado a sus posesiones y no es capaz de compadecerse de los necesitados, y que no tiene caridad, cierra con su actitud la puerta para entrar al Reino de Dios. Por esto Lucas, después de la Bienaventuranzas, pone las llamadas maldiciones, donde expresa:

Lucas 6,24: “"Pero ¡ay de vosotros, los ricos!, porque habéis recibido vuestro consuelo.”

Por lo tanto queda claro algo: el rico, por su egoísmo, soberbia, amor propio, crea una barrera en su espíritu muy difícil de sobrepasar para poder recibir la Buena Nueva del Reino de Dios, ya que, de alguna manera, él es rey en su propio reino material, que puede ser tanto un pequeño entorno familiar y social como un reino terrenal completo.
En cambio el pobre material se encuentra mucho más dispuesto a escuchar lo que podríamos llamar “la propuesta de Jesús”, ya que no posee nada, y todo lo desea y lo busca.

Por eso en uno y otro caso la acogida de la Palabra es distinta, de allí que diferente sea la posibilidad de alcanzar el Reino: más fácil para los pobres, más difícil para los ricos. Jesús explica esto con gran claridad en la parábola del sembrador:

Mateo 13,22: “El que fue sembrado entre los abrojos, es el que oye la Palabra, pero los preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas ahogan la Palabra, y queda sin fruto.

La “seducción de las riquezas” ahoga la Palabra de Dios y no la deja dar fruto en el espíritu del hombre.

Entonces, en esta primera acepción de la bienaventuranza, tenemos una promesa escatológica, de bendición para los pobres y de maldición para los ricos egoístas y sin caridad fraterna, tal como ya se entendía en el Antiguo Testamento.

Pero, ante esto, nos tenemos que preguntar: ¿y en este mundo, mientras tanto, los pobres están destinados a sufrir y los ricos a vivir de la mejor forma? Si esto fuera verdad, estaríamos frente a lo que muchos han dicho, equivocadamente, respecto a esta bienaventuranza: no es más que una utopía del cristianismo.

Sin embargo Mateo nos da otra clave de comprensión, con la bienaventuranza “espiritualizada”: “bienaventurados los pobres en el espíritu”. Ser “pobre en el espíritu” tiene dos acepciones comunes en la reflexión doctrinal y teológica cristiana:

La primera dice que es “pobre de espíritu” aquel que aunque posea bienes y riquezas, no está apegado a ellos, sino que vive “como si no las tuviera”, lo cual, en la práctica, obviamente es muy difícil de cumplir y de vivir, porque en definitiva no se está renunciando al bienestar que provee la riqueza, mayor o menor, que se posea. A su vez, el “pobre de espíritu” se siente indigente respecto a los bienes espirituales, y por ende necesitado de Dios, de su piedad, de su misericordia, de su gracia.

La segunda interpretación es conocida como “la pobreza evangélica”, que consiste en una decisión personal de renunciar, en un momento dado de la vida, a todas las posesiones materiales que se tiene, repartiéndolas entre los pobres y necesitados, y viviendo a partir de allí un seguimiento práctico y concreto de Cristo, según su enseñanza y ejemplo de vida:

Lucas 9, 57-58: “Mientras iban caminando, uno le dijo: «Te seguiré adondequiera que vayas.» Jesús le dijo: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.»"

Este camino fue el escogido por innumerables hombres y mujeres en la historia del cristianismo, muchos de los cuales forman parte de la pléyade de santos declarados como tales por la Iglesia. Es el camino de la vida religiosa, con el voto de la pobreza, renunciando por completo a la posesión de bienes terrenales.

Sin embargo, esta vivencia tan radical de la “pobreza de espíritu” es para pocos escogidos y llamados por Dios, pero este mismo concepto de ser “pobre de espíritu”, extendido a todos los cristianos que tengan posesiones en este mundo, muchas o pocas, es también lo que encierra el verdadero sentido de la bienaventuranza de Mateo.

El “pobre de espíritu” es entonces aquel cristiano que movido en particular por la virtud sobrenatural de la caridad fraterna y la misericordia, que han vencido en su espíritu al egoísmo y la dureza de corazón, está dispuesto a compartir la riqueza que puede tener, y a la que en definitiva reconoce como don de Dios, con aquellos más necesitados.

Por lo tanto el cristiano que, necesitado de Dios, lo busca y se santifica, estará dispuesto a ser instrumento de Dios, para brindar, en la medida que pueda, felicidad y bienestar a los más necesitados, utilizando los medios y maneras que tenga a su alcance o que Dios mismo le inspire, por lo que su santidad irá en aumento, y, por ende, alcanzará a formar parte del reino de Dios.

Es la exhortación que encontramos en la primera Epístola a Timoteo:

1 Timoteo 6,17-19: “A los ricos de este mundo recomiéndales que no sean altaneros ni pongan su esperanza en lo inseguro de las riquezas sino en Dios, que nos provee espléndidamente de todo para que lo disfrutemos; que practiquen el bien, que se enriquezcan de buenas obras, que den con generosidad y con liberalidad; de esta forma irán atesorando para el futuro un excelente fondo con el que podrán adquirir la vida verdadera.”

No está mal disfrutar de lo que Dios nos provee, siempre que se ayude de corazón a los que menos tienen, con “generosidad y liberalidad”. Será así como esta bienaventuranza, ya en este mundo, ayudará a que los pobres materiales encuentren un remedio a su miseria, reconociéndolo como don de Dios a través de alguna persona que se convirtió en instrumento suyo.

Y esta actitud será un verdadero testimonio que realmente el Reino de Dios ya se encuentra presente en el mundo, aunque todavía no se manifieste en plenitud, tal como lo mostraba la primera comunidad cristiana que se formó después de Pentecostés:

Hechos 2, 42-47: “Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones. El temor se apoderaba de todos, pues los apóstoles realizaban muchos prodigios y señales. Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno.
Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón. Alababan a Dios y gozaban de la simpatía de todo el pueblo. El Señor agregaba cada día a la comunidad a los que se habían de salvar.”

En el reino de Dios, iniciado en el mundo por Jesús, y que Él mismo llevará a su consumación cuando vuelva a la tierra, no hay necesitados, todo es compartido, y quién más tiene ayuda a quien menos posee.


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2ª) Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.

Ya vimos en la primera parte de este Capítulo la acepción bíblica de “manso”, como aquel que domina la ira. ¿Qué agrega Jesús a este concepto en su enseñanza? En primer lugar tenemos que notar que “manso”, en el original griego es “prays”, que textualmente significa “dulce”. En el Nuevo Testamento sólo encontramos esta misma palabra, además de la bienaventuranza de Mateo 5,5, en otros tres lugares:

En Mateo 11,29 Jesús se pone como ejemplo del manso: “Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí, que soy manso (“prays”) y humilde de corazón.”

También Mateo cita a Zacarías 9,9 en el pasaje donde se narra la entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén:

Mateo 21,5: “He aquí que tu Rey viene a ti manso (“prays”) y montado en un asna y un pollino, hijo de animal de yugo.”

Finalmente encontramos la otra utilización de este término en la Primera Carta de Pedro:

1 Pedro 3, 1-4: “De igual manera, vosotras, mujeres, sed sumisas a vuestros maridos, para que si algunos no obedecen a la predicación sean ganados sin palabra por la conducta de sus mujeres, al observar vuestra vida casta y llena de reverencia. Que vuestro adorno no sea de afuera: el rizarse los cabellos, ornarse de joyas de oro o ataviarse de vestidos, sino el adorno interior del corazón, que consiste en la incorrupción de un espíritu manso (“prays”) y suave, precioso a los ojos de Dios.”

Resulta claro que el espíritu manso consiste en una cualidad interior profunda, del corazón. El pasaje que vimos es muy interesante en su consejo a las esposas, donde para que sean testimonio de vida cristiana les pide mansedumbre, que significa una vida casta y respetuosa respecto a los maridos, en una sumisión por amor. De la misma manera tiene que relacionarse el cristiano con Dios.

Jesús mismo se pone como ejemplo de virtudes, por única vez en los evangelios, diciendo que es “manso y humilde de corazón”. Esta asociación de la mansedumbre con la humildad la encontramos descripta por Pablo:

2 Corintios 10, 1-2.10-11: “Soy yo, Pablo en persona, quien os suplica por la mansedumbre y la benignidad de Cristo, yo tan humilde cara a cara entre vosotros, y tan atrevido con vosotros desde lejos. Os ruego que no tenga que mostrarme atrevido en presencia vuestra, con esa audacia con que pienso atreverme contra algunos que consideran procedemos según la carne.
Porque se dice que las cartas son severas y fuertes, mientras que la presencia del cuerpo es pobre y la palabra despreciable. Piense ese tal que lo que somos a distancia y de palabra por carta, lo seremos también de cerca y de obra.”

Pablo suplica por la “mansedumbre y benignidad” de Cristo, defendiendo su humildad que es ridiculizada por algunos que hablan de su presencia insignificante y su “lenguaje despreciable”, que contrastan con la elocuencia y firmeza de su pluma.

También encontramos asociada la mansedumbre y la humildad en otros pasajes:

Efesios 4, 1-3: “Os exhorto, pues, yo, preso por el Señor, a que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz.” (Cf. Colosenses 3, 12-13).

Se agrega en este texto a la mansedumbre y humildad, la paciencia. Sin duda estas tres virtudes están íntimamente unidas y definen el sentido pleno de la propia disposición interior de Jesucristo, que debe manifestarse en el cristiano.

La humildad es una virtud que derriba a la soberbia como apetito desordenado de la propia excelencia, dando el justo conocimiento de la pequeñez e indigencia del hombre con relación a Dios. El humilde no es aquel que no reconoce tener virtudes o capacidades, sino quien sabe que son solamente don de Dios, y que por sí mismo nada merece ni logra, más que el pecado. En consecuencia, el humilde también sabe, al igual que el manso, que en todas las cosas depende de Dios, y que todo lo necesita de Él.

La paciencia completa admirablemente el sentido de la mansedumbre ya que es la virtud que permite soportar sin tristeza ni abatimiento los padecimientos físicos y morales, manteniendo una amorosa conformidad con la voluntad de Dios. La impaciencia, vicio que se opone a esta virtud, es por lo general el impulso para el surgimiento de la ira y la queja, por eso el ser paciente asegura sobremanera el ser manso.

La mansedumbre y la paciencia son frutos claros de la acción del Espíritu Santo en el alma:

Gálatas 5, 22-25: “En cambio el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí; contra tales cosas no hay ley. Pues los que son de Cristo Jesús, han crucificado la carne con sus pasiones y sus apetencias. Si vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu.”

Parecería que en el mundo, en particular en el que hoy vivimos, ser manso, humilde y paciente significa ser despreciado por todos, como le sucedía a Pablo según vimos antes, y hace que uno sea pisoteado y tratado como un tonto, haciendo que los demás busquen aprovecharse de esa disposición. Sin embargo, en lo personal, estas disposiciones preparan el alma del cristiano a recibir el don de la paz de Dios, que permite estar en armonía con Él y con el mundo que lo rodea.

Además la humildad es la llave maestra que abre el espíritu del creyente a la acción de la gracia, ya que éste se siente necesitado totalmente del auxilio divino, por lo que ser humilde permite avanzar enormemente en el camino de la santidad cristiana.

En resumen, el manso heredará el Reino de Dios cuando llegue a su plenitud, pero mientras en su vida terrenal progresa en santidad para alcanzar el mayor grado de gloria en la vida eterna, y esparce a su alrededor frutos espirituales que rechazan la ira y la contienda, y que producen armonía en su entorno.


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3ª) Bienaventurados los afligidos porque ellos serán consolados.

Ya estudiamos la concepción del Antiguo Testamento sobre la aflicción, basada esencialmente en las desventuras de la nación israelita, en la aparente injusticia del triunfo de los impíos sobre los que cumplen la ley de Dios y en el remordimiento que surge al tomar conciencia del pecado personal y del abandono de los caminos marcados por Yahveh. Pero Cristo, con su vida, pasión y muerte de cruz, y la posterior resurrección y glorificación, dará un sentido absolutamente nuevo al sufrimiento del inocente.

Veamos, en primer lugar, cuáles fueron las fuentes principales del sufrimiento interior de Jesucristo según lo revelan los evangelios, ya que el cristiano que siga al Maestro tendrá que pasar por los mismos, según su propia enseñanza:

Mateo 10, 24-25: “No está el discípulo por encima del maestro, ni el siervo por encima de su amo. Ya le basta al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su amo. Si al dueño de la casa le han llamado Beelzebul, ¡cuánto más a sus domésticos!”

Y también Jesús adelantó a sus discípulos que debería sufrir, y mucho:

Marcos 8,31: “Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días.”

Marcos 10, 33-34: “«Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, y se burlarán de él, le escupirán, le azotarán y le matarán, y a los tres días resucitará.»”

Efectivamente Jesús tuvo un gran sufrimiento moral y físico por ser acusado, perseguido, calumniado y finalmente crucificado y muerto, siendo inocente y sin culpa. Pero Jesús también encontró fuentes de sufrimiento interior profundo en el desarrollo de su ministerio de salvación:

*En primer lugar sufrió porque aquellos a quienes dirigió su mensaje de paz, de verdad y de amor no lo reconocen:

Mateo 23, 37-39: “«¡Jerusalén, Jerusalén, la que mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina reúne a sus pollos bajo las alas, y no habéis querido! Pues bien, se os va a dejar desierta vuestra casa. Porque os digo que ya no me volveréis a ver hasta que digáis: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!»”

Es el mismo sufrimiento del apóstol Pablo por sus compatriotas que no quieren recibir el evangelio:

Romanos 9, 1-4: “Digo la verdad en Cristo, no miento, - mi conciencia me lo atestigua en el Espíritu Santo -, siento una gran tristeza y un dolor incesante en el corazón. Pues desearía ser yo mismo anatema, separado de Cristo, por mis hermanos, los de mi raza según la carne, - los israelitas -, de los cuales es la adopción filial, la gloria, las alianzas, la legislación, el culto, las promesas.”

*También Jesús sufrió por el pecado de la humanidad como si fuera el suyo propio, tal como lo vivió tan intensamente la noche en el huerto de Getsemaní, antes de ser prendido, cuando asumió sobre sí mismo todos los pecados de la humanidad para llevarlos a morir en la cruz que lo esperaba:

Marcos 14, 32-36: “Van a una propiedad, cuyo nombre es Getsemaní, y dice a sus discípulos: «Sentaos aquí, mientras yo hago oración.» Toma consigo a Pedro, Santiago y Juan, y comenzó a sentir pavor y angustia. Y les dice: «Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad.» Y adelantándose un poco, caía en tierra y suplicaba que a ser posible pasara de él aquella hora. Y decía: «¡Abbá, Padre!; todo es posible para ti; aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú.»”

*En la cruz, además del padecimiento físico, Jesús vivió la terrible experiencia del abandono de Dios:

Mateo 27,46: “Y alrededor de la hora nona clamó Jesús con fuerte voz: «¡Elí, Elí! ¿lemá sabactaní?», -esto es:- «¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?»”

Sufrimiento de esta índole es el que experimentan los cristianos que siguen a Jesús: sufrimiento por su propio pecado, sufrimiento por una humanidad que se aparta de Dios y que ignora su existencia y sufrimiento por la experiencia del abandono de Dios en las purificaciones pasivas que Dios permite, conocidas como “noches”, necesarias para llegar a las cumbres de la experiencia mística contemplativa.

Pero el fruto ya en esta tierra es muy importante, como lo atestigua San Pablo en su propia experiencia:

2 Corintios 4, 10-11.17: “Llevamos siempre en nuestros cuerpos por todas partes el morir de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Pues, aunque vivimos, nos vemos continuamente entregados a la muerte por causa de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. En efecto, la leve tribulación de un momento nos produce, sobre toda medida, un pesado caudal de gloria eterna.”

El cristiano va encontrando cada vez más la vida de Jesús en sí mismo, la vida del crecimiento de la gracia, que le dará la medida de la gloria en la vida eterna. También el cristiano adulto, el espiritual, comprende al igual que Pablo el sentido salvífico de su sufrimiento:

Colosenses 1,24: “Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia.”

El sufrimiento permite asociar al hombre a la acción redentora de Cristo, aportar con sus dolores para la salvación de otros miembros del único Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia. De aquí resulta que, en esta tierra, el sufrimiento del inocente, vivido desde la fe crecida, ya produce frutos, no sólo salvíficos para el que lo experimenta, como vimos, sino también personales, como recibir y sentir el consuelo de Dios:

2 Corintios 1, 3-5: “¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de los misericordias y Dios de toda consolación, que nos consuela en toda tribulación nuestra para poder nosotros consolar a los que están en toda tribulación, mediante el consuelo con que nosotros somos consolados por Dios! Pues, así como abundan en nosotros los sufrimientos de Cristo, igualmente abunda también por Cristo nuestra consolación.”

Cuando el cristiano, en medio de sus tribulaciones, experimenta el consuelo de Dios, esta vivencia lo habilita para, a su vez, ser instrumento de Dios para consolar a otros que también padecen sufrimiento. No solamente se recibe consuelo, sino que ocurre también lo inaudito: ¡se vive el gozo en medio de las tribulaciones y sufrimientos!:

Hechos 5, 40-42: “Entonces llamaron a los apóstoles; y, después de haberles azotado, les intimaron que no hablasen en nombre de Jesús. Y les dejaron libres. Ellos marcharon de la presencia del Sanedrín contentos por haber sido considerados dignos de sufrir ultrajes por el Nombre. Y no cesaban de enseñar y de anunciar la Buena Nueva de Cristo Jesús cada día en el Templo y por las casas.”

2 Corintios 7, 4-7: “Tengo plena confianza en hablaros; estoy muy orgulloso de vosotros. Estoy lleno de consuelo y sobreabundo de gozo en todas nuestras tribulaciones. Efectivamente, en llegando a Macedonia, no tuvo sosiego nuestra carne, sino, toda suerte de tribulaciones: por fuera, luchas; por dentro, temores.
Pero el Dios que consuela a los humillados, nos consoló con la llegada de Tito, y no sólo con su llegada, sino también con el consuelo que le habíais proporcionado, comunicándonos vuestra añoranza, vuestro pesar, vuestro celo por mí hasta el punto de colmarme de alegría.”

Finalmente, en el Reino de Dios, se recibirá el consuelo total, y Dios “enjugará toda lágrima de sus ojos” (Apocalipsis 21,4):

*Ya no existirá ni la enfermedad ni el dolor físico.
*No existirá la tristeza, todo será alegría.
*El pecado habrá desaparecido, después de la purificación previa (en la tierra y/o en el purgatorio).
*No se experimentará más el abandono de Dios, sino que se estará eternamente en su presencia.


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4ª) Bienaventurados los que tiene hambre y sed de justicia:

La “justicia” como la entiende Jesús es una nueva justicia, distinta a la de los fariseos (Mateo 5,20). Sigue teniendo la misma acepción del Antiguo Testamento, en cuanto a la observancia integral de los mandamientos divinos y como una conducta irreprochable conforme a la Ley, pero Jesús plantea un cumplimiento más profundo y perfecto, más interior y menos externo, lo que en definitiva se puede considerar como el cumplimiento perfecto de la voluntad de Dios.

Jesús lo expresa claramente en ocasión de su bautismo, cuando Juan se niega, en principio, a bautizar al Señor:

Mateo 3, 13-15: “Entonces aparece Jesús, que viene de Galilea al Jordán donde Juan, para ser bautizado por él. Pero Juan trataba de impedírselo diciendo: «Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?» Jesús le respondió: «Déjame ahora, pues conviene que así cumplamos toda justicia.» Entonces le dejó.”

Es evidente que Jesús, sin mancha alguna de pecado, no necesitaba el bautismo, como claramente lo percibió Juan, pero el Señor quería mostrar con su ejemplo que era necesario guardar las leyes de Dios, que denomina “toda justicia”, es decir, la justicia perfecta.

Pero luego Jesús invertirá todo: en el Antiguo Testamento el “justo” era el que recibía la recompensa de Dios, en base a su esfuerzo por cumplir la Ley, es decir, en base a sus obras. Ahora Jesús ha traído su salvación, en la cual la justicia, es decir, el fruto de la gracia, es un don de Dios, mediante el cual es posible realizar las buenas obras. Lo único que necesita el cristiano es poner su disposición para recibir y hacer crecer el don de Dios.

Por lo tanto el orden respecto al Antiguo Testamento se ha invertido: antes el justo llegaba a serlo porque cumplía los mandamientos de Dios, manifestados en sus buenas obras. Ahora el justo en el Nuevo Testamento lo es por don de Dios, por la gracia, y si es fiel a la misma, su conducta se manifestará en el cumplimiento de las leyes de Dios y en la realización de las consiguientes buenas obras, lo que lo llevará a la santidad, fruto de la “justicia” en el Nuevo Testamento.

Esta es la realidad que expresa San Pablo:

Efesios 2, 8-10: “Pues habéis sido salvados por la gracia mediante la fe; y esto no viene de vosotros, sino que es un don de Dios; tampoco viene de las obras, para que nadie se gloríe. En efecto, hechura suya somos: creados en Cristo Jesús, en orden a las buenas obras que de antemano dispuso Dios que practicáramos.”

La salvación no proviene de las obras que se practiquen, como antes, sino que estas buenas obras son consecuencia de la salvación de Cristo.

También San Pablo interpretará muy claramente esta nueva condición del cristiano, que denominará “no estar ya bajo la Ley, sino bajo la gracia”:

Romanos 6, 12-14: “No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal de modo que obedezcáis a sus apetencias. Ni hagáis ya de vuestros miembros armas de injusticia al servicio del pecado; sino más bien ofreceos vosotros mismos a Dios como muertos retornados a la vida; y vuestros miembros, como armas de justicia al servicio de Dios. Pues el pecado no dominará ya sobre vosotros, ya que no estáis bajo la ley sino bajo la gracia.”

La injusticia lleva al pecado, la impureza y el desorden, mientras que la justicia conduce a la santidad. En consecuencia queda claro que en el Antiguo Testamento, donde existía una Ley que debía cumplirse a partir de las propias fuerzas naturales dirigidas por la inteligencia y la voluntad, debilitadas y enfermas ambas por el pecado original, nadie logró ser considerado absolutamente justo:

Romanos 3, 9-12: “Pues ya demostramos que tanto judíos como griegos están bajo el pecado, como dice la Escritura: « No hay quien sea justo, ni siquiera uno solo. No hay un sensato, no hay quien busque a Dios. »”

Salmo 14 (13), 1-3: “Dice en su corazón el insensato: «¡No hay Dios!» Corrompidos están, de conducta abominable, no hay quien haga el bien. Se asoma Yahveh desde los cielos hacia los hijos de Adán, por ver si hay un sensato, alguien que busque a Dios. Todos ellos están descarriados, en masa pervertidos. No hay nadie que haga el bien, ni uno siquiera.”

Por esta razón siempre existía en el hombre un hambre y una sed de justicia que no lograban satisfacerse. Pero entonces, en la Nueva Alianza, el cristiano recibe por la Salvación y Redención de Jesucristo el don de la gracia santificante. Ésta da al alma en forma sobrenatural una participación real y verdadera de la naturaleza divina, a partir de la cual se produce el hecho inaudito para el entendimiento humano, y sólo posible de aceptar por la fe, de la inhabitación de la Santísima Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo) en el alma del que se encuentra en estado de gracia, es decir, que no la ha perdido, luego de recibirla en el bautismo, por cometer un pecado grave o mortal, y no se ha reconciliado con Dios por el sacramento de la reconciliación.

La Trinidad mora en el alma del que posee la gracia santificante, con una finalidad principal: desea hacernos partícipes del misterio de la vida de Dios, semejante a la de Él, no la misma, sino en la medida que es posible a una criatura. De esta manera, el hombre se diviniza, proceso conocido como la santificación.

Para lograr esto la Trinidad despierta y fortifica en el cristiano el deseo de perfección o santidad. Es una fuerza interior impulsada por la gracia, que cuando encuentra en el cristiano la correspondencia basada en su esfuerzo y dedicación para utilizar y aprovechar todos los medios de crecimiento en la gracia que Dios ha dispuesto (práctica fervorosa de los sacramentos, la oración y las obras meritorias impulsadas por las virtudes infusas), entonces lleva al creyente por el camino del avance de los sucesivos grados de perfección cristiana.

Quizás sea ésta una de las novedades más importantes de la revelación de Jesús, adjudicada por apropiación a la obra interior y silenciosa del espíritu Santo en el alma que se encuentra en estado de gracia. Esta hambre y sed de santidad no sólo llegará a su saciedad total, es decir, a la santidad plena, en el reino de Dios, sino que también producirá frutos en la vida terrenal del santo.

Aquel cristiano que progresivamente se va santificando, asimismo va aumentando y mejorando su calidad de vida (Ver “La Vida Cristiana Plena, Segunda Parte, Capítulo V).


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5ª) Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

¿Cómo se manifiesta la misericordia de Jesús? Lo explica la Carta a los Hebreos:

Hebreos 2, 17-18: “Por eso tuvo que asemejarse en todo a sus hermanos, para ser misericordioso y Sumo Sacerdote fiel en lo que toca a Dios, en orden a expiar los pecados del pueblo. Pues, habiendo sido probado en el sufrimiento, puede ayudar a los que se ven probados.”

Jesús es el “Sumo Sacerdote misericordioso”, ya que al encarnarse el Hijo de Dios en la naturaleza humana fue tentado al igual que los hombres, y por eso pudo expresar su misericordia al grado máximo, expiando por el pecado de todos los hombres.

¿Cuál es la misericordia que viene a pedir Jesús? ¡Nada menos que la misma misericordia del Padre celestial, que tiene su máxima expresión en el sacrificio redentor de Jesucristo!:

Lucas 6, 36-38: “Sed misericordiosos como es misericordioso vuestro Padre. No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; absolved y se os absolverá. Dad y se os dará; una medida buena y apretada y remecida y rebosante se os volcará en el seno; porque con la medida con que medís, se os medirá.”

Solamente por la gracia que Dios mismo nos da como don, consecuencia de la Redención ganada para nosotros por Jesucristo con su vida, pasión, muerte y resurrección, será posible cumplir con este mandamiento del Maestro, ya que la gracia nos da una participación efectiva y real en la vida de Dios. Entonces no juzgaremos ni condenaremos, de la misma forma que el Padre no nos juzga ni condena por nuestros pecados, sino que espera siempre nuestro arrepentimiento sincero y conversión para absolvernos.

El sentido fundamental de la bienaventuranza es el del perdón de los pecados, como vimos en este pasaje de Lucas sobre la misericordia del Padre, ya que esa misericordia con la que trata Dios al misericordioso le abre la puerta para entrar al Reino de Dios. ¡Esta es la gran misericordia de Dios, sin la cual nadie podría nunca alcanzar el Reino de Dios!

Pero esta misericordia de Dios no se manifiesta solamente en el perdón de los pecados, sino que también se expresa en obras concretas para ayudar al hombre mediante la Providencia divina. Así, con la ayuda de la gracia, puede el cristiano imitar la misericordia del Padre en sus actitudes hacia el prójimo: el perdón de las ofensas y las obras de misericordia, por las cuales estamos atendiendo las necesidades del otro.

Jesús enseñará que la misericordia debe vencer a toda forma de ritualismo y justicia externa, tal como ya lo expresaba el profeta Oseas, pero que fue olvidado y sepultado por la justicia legalista de los escribas y los fariseos.

Mateo 9, 10-13: “Y sucedió que estando él a la mesa en casa de Mateo, vinieron muchos publicanos y pecadores, y estaban a la mesa con Jesús y sus discípulos. Al verlo los fariseos decían a los discípulos: «¿Por qué come vuestro maestro con los publicanos y pecadores?» Mas él, al oírlo, dijo: «No necesitan médico los que están fuertes sino los que están mal. Id, pues, a aprender qué significa aquello de: -Misericordia quiero, que no sacrificio.- Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores.»” (Cf. Oseas 6,6).

La misericordia en el corazón del cristiano va dejando frutos importantes en su paso por el mundo, además de llevarlo al Reino de Dios: los pobres y miserables, los afligidos, los indefensos, los débiles, los abandonados, los pecadores que han sido juzgados y sentenciados por el mundo, los despreciados, los olvidados por todos, serán los que encontrarán una luz en su camino de oscuridad por la misericordia del cristiano, que no sólo aliviará sus padecimientos, sino que quizás producirá el fruto más preciado: su conversión a Dios, reconociendo su presencia en el hermano lleno de misericordia que lo socorre.

Es decir, no sólo esta bienaventuranza tiene efecto en permitir la llegada al Reino definitivo y eterno, sino que manifiesta sus frutos ya en la vida en este mundo: el misericordioso hace presente en sus hermanos la misericordia de Dios a través de sus obras de misericordia concretas, y él mismo recibe a través de la Providencia divina la ayuda de Dios, manifestada generalmente por circunstancias imprevistas o a partir de otras personas que lo ayudan, convertidas en instrumentos de Dios.


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6ª) Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán a Dios.

Esta bienaventuranza tomó en la interpretación general de la Iglesia en los últimos siglos un significado casi exclusivamente relacionado con la pureza sexual, con el no cometer actos impuros desde el punto de vista de la carne.

Pero no es éste el significado que le da el Señor en su enseñanza, sino que el mismo se relaciona con la noción de la pureza en el corazón. El significado hebreo de “corazón”, no es como afirmamos hoy la sede de los sentimientos y afectos, sino que se refiere al centro total del ser, que incluye los pensamientos y la conciencia.

La pureza de corazón a la que se refiere Jesús surge claramente de su enseñanza a los discípulos:

Marcos 7, 5-8. 14-23: “Por ello, los fariseos y los escribas le preguntan: «¿Por qué tus discípulos no viven conforme a la tradición de los antepasados, sino que comen con manos impuras?» El les dijo: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, según está escrito: -Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.
En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres.- Dejando el precepto de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres.» Llamó otra vez a la gente y les dijo: «Oídme todos y entended. Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Quien tenga oídos para oír, que oiga.» Y cuando, apartándose de la gente, entró en casa, sus discípulos le preguntaban sobre la parábola.
El les dijo: «¿Conque también vosotros estáis sin inteligencia? ¿No comprendéis que todo lo que de fuera entra en el hombre no puede contaminarle, pues no entra en su corazón, sino en el vientre y va a parar al excusado?» - así declaraba puros todos los alimentos -. Y decía: «Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre.
Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre.»”

En este texto el Señor enseña concretamente que lo que define la pureza del corazón es lo que procede desde dentro, descartando la sola pureza ritual. Y del corazón salen las intenciones (v. 21), que cuando son malas contaminan el corazón y quitan la pureza. Es decir, un corazón puro es el que alberga intenciones rectas y transparentes, y es lo contrario de ser hipócrita, tal como el Maestro lo enseña refiriéndose a Isaías (v. 6), donde Yahveh se queja del hipócrita diciendo: “su corazón está lejos de mí.”

Dentro del Sermón de la Montaña de Mateo el Señor define también no dejando lugar a dudas qué es lo que marca la pureza de corazón, que es básicamente la intención que se tiene al realizar una acción. Presenta en el Capítulo 6 las obras de justicia u obras de misericordia, mostrando que tendrán valor ante Dios si poseen la intención pura de solamente agradar a Dios porque se está obrando según pide el Padre, y no para quedar bien ante los hombres:

Mateo 6, 1-4: “«Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga.
Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.»”

El hipócrita sólo busca ser admirado y honrado por los hombres en sus acciones de misericordia, aunque disfraza sus intenciones pareciendo que solamente lo hace por Dios, de donde comete uno de los pecados que Jesús más señala en sus enseñanzas: la hipocresía frente a Dios, que significa preocuparse mucho más por la opinión y el juicio de los demás que por los de Dios, relegando así al Creador a un segundo lugar, como si su juicio no tuviera importancia o no existiera.

La hipocresía es una de las maneras más fuertes de negar a Dios en forma implícita, y probablemente sea hoy en día también la actitud más extendida que lleva al hombre a convertirse en un “ateo práctico”, en aquel que quizás sin pensarlo está dejando a Dios completamente de lado, lo que ocurre también en muchos católicos “practicantes”, que con su hipocresía lo único que generan es escándalo.

Aquí está el profundo cambio que introduce Jesús en el concepto de pureza judío, donde se la entendía casi mayoritariamente en relación al sentido cultual y externo, en función que ciertas personas, cosas, animales o lugares eran “impuros” y contagiaban su impureza y separaban entonces de la santidad de Dios.

Ahora, con Jesús, el hombre debe tomar conciencia que está con las intenciones de su corazón frente a Dios, quien ve su interior con absoluta claridad, no para juzgarlo ni condenarlo, sino para que, ayudado por el don de la gracia, se convierta y reciba el perdón de su Padre misericordioso.

Jesús enseña que es Dios el que obra en el interior del hombre:

Lucas 11, 39-41: “Pero el Señor le dijo: «¡Bien! Vosotros, los fariseos, purificáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro estáis llenos de rapiña y maldad. ¡Insensatos! el que hizo el exterior, ¿no hizo también el interior? Dad más bien en limosna lo que tenéis, y así todas las cosas serán puras para vosotros».”

Cuando se cambian las intenciones malas del corazón (aquí rapiña y maldad) por las buenas (dar limosna en este ejemplo), el corazón del hombre se vuelve puro, y esa es la acción de la gracia santificante. La pureza de corazón es una de las bases para el florecimiento de la virtud de la caridad:

1 Timoteo 1,5: “El fin de este mandato es la caridad que procede de un corazón limpio, de una conciencia recta y de una fe sincera.”

Es Cristo quien con la efusión de su sangre en la Pasión nos obtiene la purificación interior por la gracia que traerá la Nueva Alianza:

Hebreos 9, 13-15: “Pues si la sangre de machos cabríos y de toros y la ceniza de vaca santifica con su aspersión a los contaminados, en orden a la purificación de la carne, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo! Por eso es mediador de una nueva Alianza; para que, interviniendo su muerte para remisión de las transgresiones de la primera Alianza, los que han sido llamados reciban la herencia eterna prometida.”

Esto mismo lo expresará con mucha fuerza San Juan:

1 Juan 1, 5-9: “y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron. Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Este vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz. La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.”

“Caminar en tinieblas” significa tener un corazón impuro, en el que no ha penetrado la luz de Dios, de su Palabra, que es la que lleva a la comunión con Él, purificando el corazón. La recompensa escatológica de quien tiene un corazón puro es clara: el bienaventurado llegará al Reino de Dios, donde estará en su presencia cara a cara, viviendo la beatitud eterna.

Sin embargo, ya en esta vida terrenal esta bienaventuranza tiene efecto, ya que el puro y limpio de corazón tiene una disposición interior mucho mayor en su relación con Dios, para avanzar en la intimidad de su trato con la Santísima Trinidad, para vivir la contemplación infusa, y para captar, aún en los acontecimientos más pequeños y simples de su existencia la presencia amorosa de Dios y su providencia. Y, sin duda, esta es una manera de “ver” a Dios, de conocerlo y experimentarlo en la oscuridad luminosa de la fe.


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7ª) Bienaventurados los que trabajan por la paz porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Esta bienaventuranza se refiere a una cualidad de los bendecidos que se puede traducir literalmente del original griego (“eireno-poios”) como “los pacificadores” o los “hacedores de paz”. Es decir, no se refiere a personas que se caracterizan por ser pacíficas, mansas, tranquilas, calmadas, que no buscan la violencia en ninguna de sus formas, sino a aquellos que asumen una misión concreta, que es la de reconciliar entre sí a los adversarios, a los que por su contienda no poseen paz.

Esta paz perdida no se refiere tanto a la consecuencia de guerras y enfrentamientos bélicos, sino más bien a la interior o espiritual, que generalmente deriva de faltas de perdón y reconciliación, de odios religiosos o raciales, y de otras causas similares, que sí pueden ser la semilla que germinará y producirá contiendas bélicas si no es desactivada.

El ejemplo claro de pacificador, como en todas las bienaventuranzas, es Jesús:

Efesios 2, 11-18: “Así que, recordad cómo en otro tiempo vosotros, los gentiles según la carne, llamados incircuncisos por la que se llama circuncisión - por una operación practicada en la carne -, estabais a la sazón lejos de Cristo, excluidos de la ciudadanía de Israel y extraños a las alianzas de la Promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Mas ahora, en Cristo Jesús, vosotros, los que en otro tiempo estabais lejos, habéis llegado a estar cerca por la sangre de Cristo.
Porque él es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad, anulando en su carne la Ley de los mandamientos con sus preceptos, para crear en sí mismo, de los dos, un solo Hombre Nuevo, haciendo la paz, y reconciliar con Dios a ambos en un solo Cuerpo, por medio de la cruz, dando en sí mismo muerte a la Enemistad.
Vino a anunciar la paz: paz a vosotros que estabais lejos, y paz a los que estaban cerca. Pues por él, unos y otros tenemos libre acceso al Padre en un mismo Espíritu.”

Jesús, en su misión pacificadora, lo primero que hace es llevar la paz y la concordia a judíos y gentiles, obteniendo uno de sus logros más importantes: de dos pueblos separados y enemistados, hizo uno solo, el nuevo Pueblo de Dios.

No hay duda que para ser pacificador, hay que tener previamente una condición de paz interior, que es un don que se recibe de Dios:

Santiago 3,16-18: “Porque donde hay celos y contiendas, allí hay desorden y toda clase de villanía. Mas la sabiduría de lo alto es ante todo pura, luego pacífica, indulgente, dócil, llana de misericordia y de buenos frutos, sin parcialidad, sin hipocresía. Fruto de justicia, ella se siembra en paz, para bien de los que siembran la paz.”

La paz es un atributo claro de Dios, así como lo es la caridad, y por eso se lo llama “Dios de la paz”:

2 Corintios 13,11: “Por lo demás, hermanos, alegraos; sed perfectos; animaos; tened un mismo sentir; vivid en paz, y el Dios de la caridad y de la paz estará con vosotros.”

Jesucristo es el dador por excelencia de la paz de Dios:

Juan 14,21: “Os dejo la paz, mi paz os doy.”

Resulta entonces que trabajar por la paz, ser pacificador, implica transmitir a los demás la paz recibida de Dios, para que puedan superar las discordias y los enfrentamientos.

San Pablo en todas sus Epístolas utiliza siempre el mismo saludo, muy usual entre los cristianos de los primeros tiempos, como vemos en otros escritos del Nuevo Testamento:

1 Tesalonicenses 1,2: “Gracia a vosotros y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.” (cf. 1 Cor 1,3; 2 Cor 1,2; Gal 1,3; Efesios 1,2; Filip 1,2; Colosenses 1,2; 2 Tesal 1,2; 1 Pedro 1,2; 2 Pedro 1,2; Judas 2; 2 Juan 3; Apoc 1,4).

En el saludo entre los cristianos se desea la paz que viene del Padre y de Jesucristo. Cuando recibe la paz, el cristiano debe transformarse en un instrumento de paz, haciendo suya la famosa súplica de San Francisco de Asís: “Señor, haz de mí un instrumento de paz.”.

¿Cuál es la novedad de la Nueva Alianza que trae Jesús respecto a la paz? Por el don del Espíritu Santo, la paz es dada como un fruto sobrenatural del espíritu, tal como lo explica Pablo:

Gálatas 5, 22-23: “En cambio el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí; contra tales cosas no hay ley.”

La paz es un don sobrenatural que se recibe y crece por la gracia santificante y se expande hacia los demás. Esta paz entre los hombres ha sido el proyecto de Dios para la humanidad, aunque en esta tierra no se ha cumplido todavía, pero allí donde un cristiano viva la paz de Cristo, “que supera todo conocimiento” (Filip 4,7), establece a su alrededor un pequeño oasis de paz, que humaniza en parte a un mundo en que la paz se ha convertido en algo muy raro y escaso.

Será en el Reino de Dios donde todos vivirán la vida plena de hijos adoptivos del Padre, que han comenzado a saborear ya en este mundo aquellos llenos de la paz de Cristo y que la transmiten a otros en su tarea de pacificadores.

*Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Ya mencionamos al final del punto B) de este Capítulo que no consideramos a esta una bienaventuranza más de la lista de las siete anteriores que da Mateo, sino que representa un giro total en la enseñanza de Jesús, y que resume en una sola las condiciones diversas que se han enunciado antes para ingresar al Reino de Dios. Vamos a examinar los distintos componentes de este texto tan importante:

Lo primero que se declara es que buscar la justicia teniendo hambre y sed de ella, como proclama la cuarta bienaventuranza, puede llegar a ser una fuente de persecuciones, pero cuando ocurra así esas tribulaciones abrirán la puerta del Reino.

Vimos en el comentario de la cuarta bienaventuranza que la “justicia” en la Nueva Alianza, como cumplimiento perfecto de la voluntad de Dios, es un don de Dios, que desde el interior del hombre sobrenaturalizado por el injerto de la gracia santificante, permite avanzar hacia la santidad, que es el fruto de la justicia.

¿Por qué, entonces, la práctica de esta justicia puede producir persecuciones? Porque aquel que busca vivirla en forma profunda, comienza a oponerse y dejar de lado los “valores” y las actitudes que el mundo acepta y alaba, y que son casi siempre antievangélicas.

Jesús no oculta en absoluto este hecho: el que opta por seguirlo y poner en práctica su enseñanza, decidido a buscar el Reino de Dios, recibirá toda clase de males, como injurias, persecuciones, ser proscrito de alguna manera y ser dejado de lado en muchos aspectos:

Mateo 5,11-12: “Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegráos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.”

Lucas 6,22-23: “Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del hombre. Alegráos ese día y saltad de gozo, que vuestra recompensa será grande en el cielo. Pues de ese modo trataban sus padres a los profetas.”

Así sucedió con los profetas de Dios en el pasado, y así sucederá dramáticamente con el Hijo del hombre, a través de las circunstancias de persecución, encarcelamiento y falsas acusaciones que lo llevarán finalmente a la muerte de cruz como el peor de los malhechores.

Este misterio es el que se conoce como la “configuración con Cristo”, y se basa en la progresiva transformación que irá produciendo la gracia santificante en el cristiano que pone todos sus deseos y su esfuerzo para avanzar por el camino de la perfección cristiana.

En realidad es completamente acertado decir que el proceso cristiano de santificación es un proceso de cristificación. Necesariamente el cristiano debe llegar a convertirse en otro Cristo, si quiere realmente llevar el nombre de cristiano.

Solamente se habrá alcanzado la cumbre de la perfección cristiana cuando con plena conciencia y verdad se pueda repetir la famosa frase de San Pablo:

Gálatas 2, 19-20: “Con Cristo estoy crucificado, y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí.”

La acción de la gracia santificante, que provee al cristiano de nuevas facultades sobrenaturales, las virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo, crece secundada por la docilidad y perseverancia del hombre, aprovechando todos los medios de crecimiento que dispone (los directos son los sacramentos, la oración y el mérito por las buenas obras, ver “La Vida Cristiana Plena”, Tercera Parte). Entonces su mente y su voluntad se van transformando, divinizando, hasta que sus pensamientos, sentimientos y acciones se asemejan cada vez más a las del propio Cristo:

1 Corintios 2, 6-7. 10. 12-14. 16b.: “Sin embargo, hablamos de sabiduría entre los perfectos, pero no de sabiduría de este mundo ni de los príncipes de este mundo, abocados a la ruina; sino que hablamos de una sabiduría de Dios, misteriosa, escondida, destinada por Dios desde antes de los siglos para gloria nuestra.
Porque a nosotros nos lo reveló Dios por medio del Espíritu; y el Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para conocer las gracias que Dios nos ha otorgado, de las cuales también hablamos, no con palabras aprendidas de sabiduría humana, sino aprendidas del Espíritu, expresando realidades espirituales.
El hombre naturalmente no capta las cosas del Espíritu de Dios; son necedad para él. Y no las puede conocer pues sólo espiritualmente pueden ser juzgadas. Pero nosotros tenemos la mente de Cristo.”

¡Nosotros tenemos la mente de Cristo! ¡A qué extraordinaria conclusión arriba San Pablo en base a su propia experiencia de conversión! Y esto, que parece demasiado lejano y casi imposible, es lo que está al alcance de todos los cristianos, siempre y cuando lo conocieran, en primer lugar, y luego lo vivieran hasta sus últimas consecuencias.

Esta configuración con Cristo obviamente abre de par en par las puertas del Reino de Dios, pero está señalada por las mismas persecuciones del mundo que padeció el Señor. Pero, la promesa de Jesús, si esto sucediera, es enorme: “Alegraos y regocijaos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.”

Queda así resumida en esta parte el sentido último de las Bienaventuranzas: Jesús establece nuevas condiciones para llegar al reino de los Cielos que superan largamente la justicia legalista de los escribas y fariseos, y que, sin embargo, su cumplimiento está al alcance de todo cristiano que ha recibido la gracia santificante en el bautismo (sacramental o de otra forma) y que lo irá transformando gradualmente, si así lo permite, en “otro Cristo” que anda por este mundo, y podrá a llegar a cumplir una de las grandes promesas del Señor:

Juan 14,12: “En verdad, en verdad os digo, el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún.”



Juan Franco Benedetto
Buenos Aires – Argentina
Octubre de 2010


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